Mil cosas que haría por ti

Siempre he defendido la idea de que si no tienes dinero para hacer una película en condiciones, mejor no la hagas. Ni qué decir ya del talento. Si el tema económico es importante a la hora de ofrecer un producto de calidad -a pesar de que hay películas excelentes rodadas con presupuestos ínfimos-, el talento es directamente crucial. Y me temo que Dídac Cervera no ha contado ni con una cosa ni la otra para su debut en el largometraje, la vergonzante y por momentos bochornosa Mil cosas que haría por ti (2017). Sería muy aventurado por mi parte asegurar que el director no posee el talento ni el ingenio para rodar una película sin que el sentimiento de vergüenza ajena asalte al espectador desde el minuto uno, pero desde luego esto es lo que consigue con su opera prima. Cervera ha estrenado su filmografía con una cinta soporífera, increíblemente aburrida y carente del más mínimo sentido del ritmo. Y lo que es todavía peor: que no tiene el más mínimo pudor en tratar al público como si fuera tonto. Sólo así se explica que se haya puesto en marcha un proyecto que atenta de forma severa contra la inteligencia del espectador. 

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Es por tu bien

Que la comedia española está atravesando una edad de oro es indiscutible. Con los datos de taquilla en la mano es fácil comprobar cómo la gran mayoría de las películas más vistas en nuestro país se engloban dentro de este género. El problema es que, en ocasiones, lo que más triunfa no es lo mejor. Dicho de otra forma: existen comedias que han arrasado en los cines a pesar de sus pocas -o nulas- virtudes cinematográficas -véase el ejemplo de la reciente Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016) o la primera parte de Fuga de cerebros (Fernando González Molina, 2009)- y otras que han pasado sin pena ni gloria cuando llevaban grabado a fuego en su ADN lo que es la alta comedia. Y en esta última categoría los ejemplos son incontables: El rey tuerto (Marc Crehuet, 2016), La noche que mi madre mató a mi padre (Inés París, 2016), Negociador (Borja Cobeaga, 2016) y un largo etcétera que los que critican la (última) oleada de comedias españolas tildándolas de “simples y tópicas” seguro que ni han oído hablar. Eso no quita con que haya casos en los que calidad y taquilla se dan la mano y salgan criaturas como Kiki, el amor se hace (Paco León), Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2015) o Mortadelo y Filemón contra Jimmy El Cachondo (Javier Fesser, 2014). Es por tu bien (Carlos Therón, 2017), viene a adscribirse al género de la comedia española con vocación de multisala, situándose, no obstante, varios peldaños por arriba de la insulsa comedia popular.

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Villaviciosa de al lado

Se apagan las luces y comienza la película en la sala del cine. Me dispongo a ver una comedia popular, un género injustamente denostado que a lo largo de su historia le ha dado grandes alegrías al cine español. Y, no seamos hipócritas, también nos ha hecho reír. Películas mejores y peores, hechas con más o menos sutileza, que nos han enseñado a reírnos de nuestras miserias, radiografiando en la mayor parte de los casos un país a la deriva. No será este cronista el que se sume al carro de los puritanos, de esos intelectuales gafapasta que huyen como de la peste de todo lo que contenga la palabra “popular”. Yo amo y defiendo todo tipo de comedia, también la popular. El problema es que todo tiene un límite y que, como en todos los géneros o subgéneros -comedia negra, comedia refinada, comedia popular…- las películas se miden por diferentes patrones de calidad. Y Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016), el último exponente de un tipo de cine que aún sigue llenando las salas en nuestro país, es un claro ejemplo de que risas y calidad no van necesariamente de la mano.

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La Reina de España

18 años después de la triunfal acogida de La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998), se estrena la secuela de esta película que consiguió una conexión con el público casi mágica. Quizá porque la regocijante galería de personajes que Rafael Azcona y el resto de guionistas crearon en esta primera parte eran tan humanos, tan reconocibles, que cualquiera podíamos identificarnos con ellos. Casi dos décadas después el director madrileño se reencuentra con toda esta tropa de personajes impagables que tan dentro quedaron grabados en la memoria colectiva y nos muestra en qué han cambiado sus vidas. Dirigida y escrita por él, si algo vuelve a poner de manifiesto La reina de España (2016) es el extraordinario director de actores que es Fernando Trueba. Al igual que en la primera parte, sorprende cómo a lo largo de sus dos horas largas de duración, les da oportunidad a todos y cada uno de sus actores a lucirse y tener su momento de gloria. Este hecho, a priori nada significativo, es tremendamente difícil de conseguir en una película coral, donde a veces unos personajes quedan deslucidos o pasan totalmente inadvertidos. Aunque algunos tienen evidentemente más peso que otros -Resines, Cruz, León-, todos tienen ocasión de brillar, de seguir demostrando que su talento interpretativo permanece intacto.

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El ciudadano ilustre

Viendo quienes la firman, no debería resultarnos un hallazgo sorprendente “El ciudadano ilustre” (2016). Estamos hablando del duplo Mariano Cohn y Gastón Duprat, probablemente la pareja artística más importante en el ámbito del séptimo arte de toda latinoamérica. Responsables de la imprescindible “El hombre de al lado” -obra que supuso su gran salto internacional-, era de esperar que tras aquella maravilla este tándem de creadores lúcidos, inteligentes y poseedores de un extraordinario don para entender el cine como herramienta para diseccionar lo cotidiano y hablar del aquí y ahora, nos regalaran otra maravilla. Lo que pocos imaginábamos era el extraordinario alcance cinematográfico que iba a suponer este nuevo trabajo, el cuarto de su carrera, un incontestable salto adelante en su ya de por sí estimable filmografía. Seleccionada por Argentina para los Oscar, “El ciudadano ilustre” es una obra tan inabarcable que hasta las subcapas tienen subcapas: un trabajo tan lleno de sustancia que exige necesariamente de un segundo visionado. Una de esas películas, en suma, a las que es imposible acceder a su totalidad con una única proyección. 

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Cuerpo de élite

De entre los muchos factores que contribuyen a que una película sea un éxito, no hay duda que la fecha elegida para su estreno es uno de los más importantes. Cuerpo de élite (2016), debut en el largometraje del director madrileño Joaquín Mazón, se ha visto enormemente beneficiada por haber llegado a las salas en un momento en el que los españoles parecen pedir a gritos una cosa: reír. Con la crisis económica todavía haciendo de las suyas y los conflictos nacionalistas en su punto álgido, no hay duda que lo que el público demanda son películas que les ayude a desconectar de sus problemas cotidianos. En este sentido la opera prima de Mazón es irreprochable: da exactamente lo que su público pide de ella. Humor costumbrista, risas construidas en base a los tópicos regionales -en la línea de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014)-, más mala baba de la esperada -genial toda su afilada crítica a los falsos defensores de la patria- y mucha acción son los ingredientes de una película cuyos pros y contras son claramente palpables. Pasamos a analizarlos.

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Café Society

Tras ver Café Society (Woody Allen, 2016) uno entiende por qué fue recibida con gran entusiasmo en el último Festival de Cannes: estamos ante una de las películas más logradas del genio neoyorquino. Al igual de lo que sucedió con Match Point (2004) o la más reciente Blue Jasmine (2013), la nueva obra de Allen está a la altura de alguna de las obras maestras de su primera etapa como cineasta, sin duda la más fructífera e interesante. Como muchas carreras cinematográficas, la trayectoria del director de Manhattan o Annie Hall está plagada de muchas cimas, simples colinas y algún que otro desastre -a la mente me viene A Roma con amor (2012), una película que nunca debería haber existido-. La razón principal por la que Café Society habría que encuadrarla dentro del primer grupo es que es una película que mezcla con pasmosa sencillez lo bonito con lo trágico, lo agradable con lo que no lo es, el brillo y la purpurina con el vacío más atronador. Inmensamente bella pero terriblemente trágica a la vez, esta comedia dramática ambientada en el Nueva York de los años 30 consigue dejar al espectador en un profundo estado de confusión: ese que te dejan las películas que disfrutas con una sonrisa pero que, al mismo tiempo, también te dan motivos para estar triste. 

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Nacida para ganar

Me consta que hay críticos de cine que todavía tienen reparos en valorar positivamente una comedia. Por increíble que parezca, es cierto. La infravaloración histórica que sufre el género que tantas y tan buenas películas nos ha dado, reflejada en las escasas ocasiones en las que una comedia se ha alzado con los galardones más importantes en cualquiera de los premios de cine de referencia, es tan injusta como la incapacidad de los profesionales de la crítica que ignoran -o fingen ignorar- lo increíblemente difícil que es hacer reír al público. Evidentemente todo depende del público y del tipo de humor: el que nos interesa es el humor inspirado, ingenioso, con gracia. Para provocar la carcajada a un ser sin neuronas basta con ponerle en bucle un vídeo chorra del Youtube. El otro humor, el que realmente merece la pena, es el que rezuma Nacida para ganar (2016), segundo largometraje del director y guionista valenciano Vicente Villanueva tras la estimable Lo contrario al amor (2010).

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La noche que mi madre mató a mi padre

Han pasado varios días desde que disfruté de La noche que mi madre mató a mi padre (Inés París, 2016) en pantalla grande y todavía sigo riendo recordando muchos de sus puntazos. Confieso que esto me sucede con un número muy reducido de películas; son pocas las que consiguen que me ría a carcajada limpia durante toda la función -algo que, en los tiempos que corren, se agradece-, pero prácticamente ninguna la que tiene la habilidad de seguir provocándome la risa días después de su visionado. Conviene decirlo alto y claro: la segunda película en solitario de la directora y guionista Inés París -la tercera, si contamos el documental sobre mujeres negras africanas Manzanas, pollos y quimeras (2013)-, escrita junto a Fernando Colomo, es un trabajo imprescindible. Una de esas sorpresas cinematográficas que convienen que no pasen desapercibidas porque está pensada exclusivamente para el público. ¿Esto qué quiere decir? Que hay prácticamente un 100% de posibilidades de que la gente que la vea salga encantado, como me consta que está ocurriendo. En unos tiempos de películas predecibles, de fórmulas manidas y de tópicos varios, se agradece -y mucho- un artefacto tan original y sorprendente como este, en el que nunca sabes lo que va a ocurrir en la siguiente escena y mucho menos cómo va a terminar. 

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Cantinflas

Con dos años de retraso llegó a las salas españolas Cantinflas (Sebastián del Amo, 2014), biopic sobre el famoso actor y cómico mexicano, al que Charles Chaplin definió como “el mejor comediante del mundo”. Si la espera se ha hecho dura ha sido, sobre todo, por disfrutar del que sin duda es el gran bastón de esta película seleccionada por México para los Oscar: la excelsa interpretación de Oscar Jaenada. Acostumbrado a dejarnos con la boca abierta en sus trabajos por su innata capacidad de cambiar de registro como si no le costara el más mínimo esfuerzo -cuando detrás de cada uno de sus papeles hay horas, meses de trabajo-, el actor español logró convencer con su interpretación hasta aquellos que veían injusto que no fuese un mexicano el que encarnase el papel del que sin duda ha sido el comediante de habla hispana más famoso de todos los tiempos. Al nivel de su interpretación de Camarón de la Isla -que le reportó un más que merecido Goya- es Jaenada el que sostiene en todo momento una película irregular a la que se le podría haber sacado mucho más partido. Junto a él, brillan también Michael Imperiolli en la piel del director Mike Todd y todo su elenco de secundarios. 

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Kiki, el amor se hace

Alguien dijo una vez que no existe la normalidad, que todos somos la excepción. Fiel a esta máxima, el director y guionista Paco León destierra en su tercer largometraje el concepto de normalidad. No por no parecerle interesante, sino porque directamente parece considerar que no existe. ¿Quién dictamina lo que es normal y lo que no? ¿Quiénes somos nosotros para sentenciar que alguien no es normal cuando, aunque nunca lo confesemos en público por puro pudor, todos tenemos manías, filias o aspectos ocultos de nuestra personalidad que no encajarían con lo que entendemos como persona normal? Kiki, el amor se hace (2016) es una extraordinaria celebración de lo diferente, un espejo al que mirarnos para comprobar que, en contra de lo que siempre habíamos pensado, no somos ningún bicho raro. Más que una película, el tercer trabajo de Paco León es una fruta refrescante a la que dan ganas de hincarle el diente y devorar por completo; una fruta que, mientras la engulles, no quieres que se termine, ya que la sensación de plenitud y satisfacción que te está proporcionando comértela no es comparable con nada. Kiki, el amor se hace es un nuevo triunfo de un cineasta que, tal como ocurrió cuando alumbró Carmina y Amén (2014), vuelve a sorprender por su espectacular paso hacia adelante como cineasta.

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Tenemos que hablar

Con paciencia de monje pastrense y tomándose su tiempo entre proyecto y proyecto, el director y guionista David Serrano se ha ido labrando una filmografía por la que se ha convertido en uno de los principales renovadores de la comedia española de los últimos tiempos. Tenemos que hablar (2016), cuarto largometraje del madrileño, supone la consagración definitiva de un autor especialmente dotado para la comedia, género al que pertenecen todas sus películas. El principal valor de la nueva obra del máximo responsable de Días de fútbol (2003) o Una hora menos en Canarias (2010) es, por tanto, que está capitaneada por alguien que conoce perfectamente los códigos de la comedia y que, dada su amplia experiencia también como guionista, maneja las réplicas y las contrarréplicas de forma brillante, así como el humor verbal y visual. Tras 6 años sin dirigir Serrano alumbra la que sin duda es su mejor película hasta la fecha, un artefacto perfecto que necesita apenas unos instantes para estallar en comicidad, locura y chispazos de puro ingenio. Precedida por un prólogo que es todo un ejemplo de concisión narrativa, Tenemos que hablar va creciendo progresivamente, dando como resultado una comedia dinámica y frenética alérgica a los tramos muertos. 

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