It

Al igual que el director de la película que hoy nos ocupa, yo también leí la novela It de adolescente. Y, al igual que a él, a mí también me marcó profundamente. Sentí verdadero pánico durante su lectura, hasta el punto de que 15 años después aún recuerdo los escalofríos que recorrieron mi cuerpo. Durante el mismo instante en el que la leía supe que me hallaba ante un clásico de la literatura de terror; me atemorizaba enormemente la idea central del libro: que una entidad maligna, capaz de metamorfosearse en cualquier cosa, se alimentase de los miedos más recónditos de unos niños para torturarlos sin piedad. Uno de los aspectos por los que más conecté con esta obra magna de Stephen King fue, más que por el terror en sí, por la parte intimista del relato; por cómo todos los niños, llevando a la máxima potencia el concepto de amistad, se unen para superar sus miedos, hacer frente al monstruo y pasan de ser unos Perdedores a unos Ganadores. Porque It es una novela terrorífica, sí, pero también entrañable, tierna y por momentos incluso divertida. Y esto es lo que la convierte en algo especial. 

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Verónica

Confieso que tenía mucho miedo antes de ver Verónica (2017), la última película de Paco Plaza. Pero no miedo del que te entra al ver el tráiler del film en cuestión, sino del que se apodera de un cinéfilo cuando sabe que la cinta de terror que se dispone a ver es, según todo parece indicar, un compendio de ouijas, casas encantadas, espíritus y puertas que se abren y cierran solas. ¿Otra vez? ¡Pero si esto nos lo han contado un millón de veces! Luego recordé el nombre de quien la firma y me tranquilicé. Estamos hablando de un primera espada del cine de terror patrio de los últimos 10 años, consagrado para la eternidad con esa obra imprescindible del género como es Rec (2007), que codirigió junto a Jaume Balagueró.  Y, cuando salí del cine, absolutamente espeluznado por lo que acababa de ver, recordé que prejuzgar es uno de los principales cánceres a combatir de todos aquellos que nos dedicamos a ver películas y analizarlas. Verónica es una maravilla. Turbadora. Terrorífica. Consiguió lo que el 90% de películas de terror que se estrenan no consiguen: dejarme petrificado en la putada. Sus responsables lograron que varios días después de disfrutarla -o sufrirla, según se mire- sea incapaz de quitármela de la cabeza. Y es que se agradece ver una película en la que en ningún momento intentan manipularte, en la que te crees absolutamente todo lo que ocurre en pantalla.

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No respires

Debería existir una máxima en el mundo del cine que impidiese rodar un remake si éste no nace con la ambición de mejorar o, por lo menos, igualar, a la obra original. Dicha máxima, ignorada o directamente despreciada por la mayoría de cineastas que se aventuran a hacer un remake, se la tomó muy en serio Fede Álvarez cuando en 2013 decidió hacer su particular versión del clásico de Sam Raimi Posesión infernal (1981). El debut del director en el largometraje, tras una exitosa carrera como cortometrajista, nos dejó a todos de piedra: no sólo por conseguir superar en calidad a la icónica obra de Raimi -tomándose muy en serio lo que para el director de la saga Spider-man era un cachondeo puro y duro-, sino por demostrar una personalidad fílmica, una concisión y un tono estilístico impropio en un director novel. No respires (2016), película en la que Álvarez reincide en el terror, viene a confirmar que lo que parecía un espejismo no lo es en absoluto y que el uruguayo, último de una estirpe de cineastas iberoamericanos afincados en Hollywood, ya puede considerarse uno de los más grandes directores de terror de los últimos años. 

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Nunca apagues la luz

Digámoslo alto y claro desde el principio: Nunca apagues la luz (2016) es una película de terror que da miedo de verdad. Y esto, en una época en la que el género está infectado de remakes insufribles, cintas que más que miedo dan risa y otras que pretenden ser tan falsamente vanguardistas que olvidan que el principal objetivo de una cinta de terror es que el espectador se retuerza en la butaca, es de especial agradecer. David F. Sandberg, que debuta en el largometraje con la adaptación de un corto dirigido por él –Lights out (2013)- nos regala una película confeccionada para que el amante del cine de terror se lo pase pipa. Y, como sabe que el público de este tipo de productos es de todo menos paciente, empieza a disparar sangre y sustos desde el minuto uno. El cineasta sueco, que aplica la máxima de lo bueno si breve dos veces bueno -la acción queda condensada en apenas hora y cuarto- no se va por las ramas y comienza a darle a su público lo que pide desde el primer segundo. Parece poco, pero no lo es. Y más en un género en el que parecía que había que acostumbrarse a que transcurriera el ecuador de la película para encontrar un susto, por mínimo que fuese. La afilada capacidad de provocar miedo es algo que cada vez cuesta más encontrar en las películas de terror y este es, precisamente, uno de los platos fuertes de un film del que el propio director ya está preparando la secuela.

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Extinction

Que un director ruede una película del nivel de Secuestrados (2010) es, sin duda, un arma de doble filo: por un lado, el mundo entero será consciente de su inmenso talento, pero, por otro -precisamente por esa gran maestría demostrada-, el público no tendrá piedad en comparar cada trabajo posterior con esta obra maestra del terror. Y superar a esta pieza, que logró dejar a los amantes del género casi en estado de shock, es una proeza francamente difícil. 5 años después de aquella maravilla llega Extinction (2015) y, como decía, las comparaciones son inevitables. Ya no sólo por encuadrarse ambas en el género del terror, sino por pivotar en una idea que ya parece una constante en la filmografía del sevillano: la lucha por sobrevivir en situaciones extremas. Si bien en Secuestrados esta lucha pasaba por intentar salir vivo cuando un grupo de criminales se encargaban de hacer trizas la intimidad hogareña y familiar, en Extinction los protagonistas lucharán por salir ilesos del ataque de unas bestias salvajes. 

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Poltergeist

“Ya están aquíiiiii”. ¿Los fantasmas? No: la tediosa moda de los infames y, sobre todo, innecesarios remakes de películas de terror clásicas. Salvo contadas excepciones en las que la copia supera o empata con la original -a mi mente viene la muy digna Posesión infernal (Fede Álvarez, 2013), incluso La matanza de Texas (Marcus Nispel, 2004)-, la gran mayoría de remakes del género son un infructuoso intento de reeditar lo que en su día fue un éxito. Cuando aún no nos hemos recuperado del descomunal desatino que la directora Kimberly Pierce hizo con el clásico Carrie (1976) de Brian de Palma -aún duele ver a Julianne Moore metida en semejante estropicio-, toca enfrentarnos ahora a la nueva versión de Poltergeist, el clásico con el que Tobe Hooper aterrorizó a medio mundo en 1982, aunque la leyenda cuenta que fue Steven Spielberg quien estuvo al frente de la película y que no figuró en los títulos de crédito porque ese mismo año rodó E.T El extraterrestre y la legislación vigente prohibía a los cineastas dirigir dos películas al mismo tiempo. Y bien: el resultado es desastroso. El remake de Poltergeist (Gil Kenan, 2015) no sólo no aporta nada respecto al original, sino que es una película tremendamente insulsa, aburrida y sin garra.

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Annabelle

¿Es posible hacer una película sobre una muñeca diabólica sin que la muñeca se mueva en todo el film? Sí, si se llama Annabelle (John R. Leonetti, 2014). Pilotada por el director de fotografía de la muy superior Expediente Warren: The Conjuring (James Wan, 2013), Annabelle nace como spin off de esta misma película, a lo que algunos se preguntarán: ¿realmente era necesario una película sobre esta muñeca? Una duda que también asaltaba mi mente, por lo que decidí visionarla para salir de dudas. ¿Veredicto? Ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado tal despropósito. Cierto es que no esperaba la obra maestra definitiva del género del terror, ni siquiera una gran película, pero lo que me encontré rallaba directamente la tomadura de pelo. Dejando a un lado que viene precedida por uno de los tráilers más engañosos de la historia, Annabelle es el ejemplo de por qué el cine de terror está tan denostado por algunos críticos: es el paradigma de lo que no hay que hacer. Ni en el plano técnico -la textura visual de la película es bastante pobre-, ni en el artístico -los actores, sin rastro de expresividad, parecen no tomarse en serio su trabajo- ni por supuesto en el narrativo: pasan los minutos y no hay nada, absolutamente nada, que nos haga sentir un mínimo de inquietud. Nada que nos aterrorice.

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Castigo sangriento

Bailes de graduación, chicas populares de instituto, animadoras… y, en medio de todo esto, un psicho-kyller que empieza a cargarse a todo bicho viviente. La carta de presentación de Castigo sangriento (Joseph Kahn, 2011) hará saltar las alarmas a más de uno. A un servidor, sin ir más lejos. Aunque, contra todo pronóstico, he de reconocer que dilapidé mis prejuicios a sus pocos minutos, eclipsado ante el original y frenético arranque. Es probable que algunos críticos la valoren como una película al uso o, mejor dicho, que se la tomen demasiado en serio. Craso error: el atractivo de la nueva propuesta del director de ese patinazo llamado Torque, rodando al límite (2004) estriba en que es la antítesis de lo convencional. Enmarcada dentro del subgénero de la auto parodia del cine de terror -puesto de moda a raíz de la saga Scary Movie (Keenen Ivory Wayans, 2000)-, muchos la han comparado con la nueva Scream (Wes Craven, 1996) y no andan desencaminados: a un argumento que pasa por los intentos de un perturbado por emular al asesino de la película de moda –Cinderhella-, se suma la propia torpeza del propio criminal, como si en el fondo no fuese todo un espectáculo para reírse de sí mismos, del género… y de todo. 

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La matanza de Texas

Existen pocos eslabones tan destacados en la historia del cine de terror -por su condición de pionero en el subgénero del slasher, entre otros aspectos-, como La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), la que varias décadas después de su estreno sigue siendo una de las cintas más terroríficas jamás rodadas. Gran parte del mérito lo tiene Hooper, que con tan sólo una película en su haber -la también de corte independiente Eggshells (1969), escrita por los mismos guionistas-, demostró una extraordinaria disciplina cinematográfica y una fe ciega en el proyecto. El director americano, que se especializó en películas de terror y fantástico de bajo coste -con algunas excepciones como Poltergeist (1984), su otra obra magna, donde gozó de más dólares-. La influencia que tuvo en futuras producciones esta historia de cinco amigos que viajan en furgoneta a Texas y terminan siendo víctimas de un desequilibrado clan familiar, presidido por el mítico pshyco-killer Leatherface –inspirado en el famoso asesino en serie de Wisconsin Ed Gein, como en su día hicieron Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) con Norman Bates o El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) con Hannibal Lecter-, resulta innegable: es posible que Michael Myers o Jason Voorhees nunca hubiesen existido de no ser por cara de cuero. 

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Muñeco diabólico

Aprovechando el filón de los slashers alumbrados en la primera mitad de la década de los 80, el director especialista en películas de terror Tom Holland sorprendió a finales de la misma con Muñeco Diabólico (1988), unos años en los que el género parecía estar de capa caída. Tras su notable Noche de miedo (1985) y la irregular Belleza mortal (1987), el cineasta norteamericano filmó el que no tardaría en convertirse en uno de los clásicos del género más importantes de todos los tiempos. A pesar de que las últimas entregas  ha derivado en la autoparodia y en el festín gore, Muñeco diabólico fue ideada como un proyecto de terror puro y duro, cuyo realizador -aquí también responsable del guión en colaboración con el polivalente Don Mancini, autor del libreto de todas las películas de la saga-, sortea la aparentemente absurda idea de partida de que un muñeco de plástico pueda convertirse en un sádico asesino. Quizá por ello, por lo descabellado de su propuesta, esta película aún sigue entusiasmando tanto a los que se animan a descubrirla en la actualidad como a toda esa generación que la asocia con su infancia. 

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Guerra Mundial Z

La vorágine de películas acerca del fin del mundo y la extinción de la humanidad a la que estamos asistiendo en los últimos tiempos -hablo de Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007); The Road (John Hillcoat, 2009); Take Shelter (Michael Shannon, 2012), 2012 (Roland Emmerich, 2009) y un largo etcétera-, se han visto beneficiadas por el contexto social: por la incertidumbre generalizada de una población cada vez menos optimista ante un futuro incierto. El cine ha sabido aprovechar este filón materializando muchos de los (malos) presagios medioambientales, económicos o de cualquier otra índole que los expertos vaticinan. La última en sumarse a estas producciones nutridas de catástrofes nucleares y/o cataclismos varios ha sido Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013). Basada en la novela Guerra Mundial Z: una historia oral de la guerra contra los zombies, de Max Brooks -hijo del director Mel Brooks, responsable de El jovencitio Frankenstein (1974)-, la que ya es considerada como la primera superproducción zombie jamás rodada -y la más taquillera- aplica el avance de la tecnología y de los efectos digitales a este subgénero del terror iniciado hace casi medio siglo con esta pequeña maravilla titulada La noche de los muertos vivientes (1968), a cargo de un George A. Romero que introdujo por primera vez el concepto zombie en la industria del cine.

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Expediente Warren: The Conjuring

Lejos de amilanarse o de dormirse en los laureles del éxito, James Wan da un paso de gigante en su carrera con Expediente Warren: The Conjuring (2013), la que según este crítico es una de las mejores películas de terror de la última década. Alguien debería considerar seriamente otorgar el título del rey del género -distinción que ha llevado durante años Wes Craven- a un realizador que despuntó sobremanera con Saw (2004), repitió éxito con Insidiuos (2010) y ahora parece asestar el golpe definitivo con, al igual que en ésta última, una nueva historia sobre casas encantadas. Son tres los aspectos fundamentales por los que este proyecto termina imponiéndose a sus anteriores trabajos: mayor solidez presupuestaria -Wan, por fin, se desprende de la etiqueta low cost que definía su carrera-, más tiempo de rodaje -lo que aquí se traduce como una mejor calidad técnica del conjunto- y, ante todo, el hecho de que el film esté inspirado en un impactante caso real, acaecido a comienzos de los años 70. El director malayo tira de hemeroteca para llevar a pantalla grande la investigación que los reputados parapsicólogos Lorraine (Vera Farmiga) y Ed Warren (Patrick Wilson) llevaron a cabo tras acudir a la llamada de una familia aterrorizada por la presencia de un ente demoníaco en la granja donde se han mudado. No obstante, Wan se toma algunas licencias narrativas, como la posesión del último tramo, algo que no ocurrió en la vida real.

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