Perfectos desconocidos

Uno de los mayores placeres que proporciona la película Perfectos desconocidos (Álex de la Iglesia, 2017), remake de su homóloga italiana Perfetti Sconociuti (2016), es imaginar la vergüenza -si es que tienen- que estarán sintiendo las personas que mientras ven la película se están identificando, muy a su pesar, con cualquiera de sus personajes. En una obra que habla de la hipocresía, la falta de confianza y que, de forma inmisericorde, deja al ser humano por los suelos -a excepción de un par de personajes que, en un clima de inmoralidad generalizada, consiguen salvarse de la quema-, sentirse identificado con cualquiera que desfila por aquí ya revela la categoría humana del sujeto. Seguro que no son pocos los que lo hacen, mientras que los que observamos el espectáculo desde la barrera, esos que estamos lejos de ser perfectos pero que estamos a años luz de semejante nivel de mediocridad como el que aquí se expone, disfrutamos con que un director saque a la luz de una forma tan clara y tan pulcra las mentiras y la doble vara de medir de la que cada día hacen gala la gente de nuestro entorno. Que la sociedad está enferma no es algo nuevo, pero que hasta la persona más aparentemente intachable sea capaz de esconder secretos que pongan en peligro su integridad moral, su matrimonio o hasta la relación con sus amigos es algo que debe hacernos reflexionar.

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Sexo fácil, películas tristes

Tras una curtida carrera como guionista –Vientos de Agua, Séptimo (Patxi Amezcua, 2013)-, y haber dirigido el cortometraje Vivir de negro (2010), Alejo Flah da el salto al largometraje con la romántica Sexo fácil, películas tristes (2015). Y lo cierto es que el realizador y guionista argentino no defrauda. Opera prima que bebe de títulos de cine indie americanos como Ruby Sparks (Jonathan Dayton & Valerie Faris, 2013) o 500 días juntos (Marc Webb, 2009), esta coproducción entre España y Argentina es una obra llena de encanto, de esas películas que en su mayor parte del tiempo se disfruta con una sonrisa. Aunque peca de cierta falta de impronta autoral y se echa en falta más riesgo en su realización, algo plana y televisiva, Flah construye la historia con buena caligrafía y teniendo siempre muy claro lo que quiere contar, algo especialmente remarcable al no ser éste último un atributo fácil de encontrar en los directores noveles. 

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Incautos

Desde que Tony Leblanc abriese la veda con el mítico Timo de la estampita en Los tramposos (Pedro Lazaga, 1959), el cine hispano ha parido, con mayor o menor fortuna, películas basadas en los llamados pillos callejeros, timadores de poca monta, amigos de lo ajeno. Incautos (Miguel Bardem, 2003) es uno de los ejemplos más destacados. El director teje una telaraña de personajes que se dedican a mentir los unos a los otros para, de paso, dar algún quebradero de cabeza al espectador que, hasta su potente giro final, nunca sabrá quien engaña a quien. Puede que la contribución de Bardem al género sea escasa -la sensación de déjà-vu está presente de principio a fin- o que la maraña de situaciones que van sucediéndose no dispongan de la suficiente cohesión -como si la ficción no fuese más que un cúmulo de delitos intercambiables, dispuestos sin ningún orden, fruto de un libreto alambicadamente meándrico-, pero nadie negará a Incautos que está rodada con ganas, con cierta ambición. Su estilo narrativo, raudo y vigoroso, se ve potenciado por ese espíritu caricaturesco reflejado en recursos visuales como la pantalla partida, la cámara lenta, el congelamiento de la imagen o el propio Ernesto Alterio interpelando directamente al espectador a través del objetivo de la cámara…

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