Déjame salir

Déjame salir (2017), debut en el largometraje del director y guionista Jordan Peele, es una de esas raras bendiciones que el amante del (buen) cine de terror agradece hasta la extenuación. En realidad cualquier amante del séptimo arte debería agradecer que se estrenen películas tan inteligentes, lúcidas y entretenidas como esta. Convertida en la gran sensación del cine de terror en Estados Unidos -donde a pesar de sus ínfimos 5 millones de dólares de presupuesto lleva recaudados sólo en ese país más de 150-, Déjame salir supone una de las operas primas más estimulantes del último cine de terror, demostrando que el género está más vivo que nunca. Peele, que ha hecho historia al convertirse en el primer director afroamericano que debuta con una película que rebasa los 100 millones de dólares en taquilla, firma un ejercicio cinematográfico de primer nivel; una película que va envolviendo al espectador poco a poco, enredándolo en una telaraña malsana y ametrallándolo con múltiples preguntas para terminar explotando por todo lo alto en su tramo final, tan apoteósico como inolvidable. 

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Expediente Warren: el caso Enfield

Si el cine de terror actual está viviendo un momento feliz es, en buena parte, gracias al director James Wan, uno de los máximos renovadores del género en los últimos años. Con Expediente Warren: el caso Enfield (2016), el director malayo se pone nuevamente al frente de una secuela de un trabajo dirigido por él, tal y como hizo con Insidious: Capítulo 2 (2013). Era inevitable que tras el brutal éxito de público y crítica de la imprescindible Expediente Warren: The Conjuring se pusiese en marcha la segunda parte de una de las películas de terror más estimulantes y terroríficas de lo que va de siglo. En esta ocasión nos encontramos ante una secuela que está al mismo nivel que su predecesora, dinamitando el concepto de que segundas partes nunca fueron buenas: Expediente Warren: el caso Enfield repite los mismos aciertos de la primera entrega -la misma atmósfera inquietante, lo en serio que se toma Wan a sus personajes, su robustez técnica…- y añade algunas mejoras, como incrementar el nivel de sustos y, sorpresa, prestar una atención especial a la banda sonora, con temas de Elvis Presley -“Can´t help falling in love“, brillante broche de oro- o de los Bee Gees –“I stapted joke”-, entre otros muchos. 

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La cumbre escarlata

Érase una vez una terrible mansión que guardaba un montón de oscuros secretos; una terrorífica construcción en donde los fantasmas campaban a sus anchas. Este escenario, de nombre Allerdale Hall, es el escogido por Guillermo del Toro para desarrollar la acción de La cumbre escarlata (2015), una película cuyo guión llevaba guardado en un cajón desde que finalizara el rodaje de El laberinto del fauno (2006), hace casi diez años. Ambientada en la Inglaterra del siglo XIX aunque rodada en Canadá, la nueva apuesta del director de Pacific Rim (2013) o El espinazo del diablo (2001) se puede interpretar como una declaración de amor hacia uno de los estilos literarios favoritos del autor: el romance gótico clásico. Lástima que dicho homenaje, este compromiso pendiente que Del Toro tenía con la pantalla grande con este género, esté muy por debajo de las expectativas creadas y, sobre todo, de las capacidades del aclamado cineasta. Y es que cuesta imaginar un espectáculo audiovisual tan torpe, reiterativo y plano como es La cumbre escarlata. Lo peor no es que no cuente nada -al menos durante su primera hora, terriblemente aburrida-, lo más grave es que incluso parece vanagloriarse de ello. Y el bostezo, claro, no tarda en aparecer.

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Musarañas

La etiqueta más adjudicable a Musarañas (2014), debut en el largometraje del mexicano Esteban Roel y el español Juanfer Andrés, es de entretenido pasatiempo. La película se autocondena a no ser una gran cinta desde el mismo momento en el que sus responsables empiezan a trabajar sobre un guión que, por extremadamente inverosímil, parece no tomarse nunca en serio a sí mismo. ¿Significa esto que haya que echar a la hoguera el que ha sido el primer trabajo de estos respetados cortometrajistas que, además, cuenta con el atractivo de haber sido apadrinado por Álex de la Iglesia? En absoluto. Tal y como está el panorama cinematográfico, infecto de sagas interminables, reboots innecesarios o películas en las que el bostezo te asalta desde el minuto uno, la etiqueta de “entretenido pasatiempo” se agradece. Musarañas, en efecto, no es una gran película, pero sí un trabajo digno cuya hora y media se consume en un suspiro gracias a la habilidad de sus creadores por crear un universo con el que conectar ipso facto. De planteamiento atractivo y atmósfera más que conseguida, el que supone también el primer trabajo como productora de Carolina Bang es un estimulante y arriesgado híbrido entre comedia negra, terror, thriller y melodrama romántico. 

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REC 4

En 2007 Jaume Balagueró y Paco Plaza consiguieron con REC algo casi impensable: dejar a un Festival tan experimentado como el de Sitges en estado de shock. Público y crítica cayeron rendidos a un ejercicio que rescataba el found footage -técnica cuyo origen se asocia a El proyecto de la Bruja de Blair (Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, 1999)- para narrar las devastadoras consecuencias de un virus en el interior de un antiguo inmueble barcelonés. Y, lo que es más importante, que daba miedo. Mucho miedo. La fórmula funcionó tan bien que provocó un remake americano y dio pie a una exitosa franquicia que, a diferencia de muchas, ha sabido mantener un nivel de calidad más que aceptable en todas sus entregas.  Así, en REC 2 (2009), a pesar de la pérdida del factor sorpresa y de buena parte de la frescura de la original, Balagueró y Plaza volvieron a meternos el miedo en el cuerpo. El primero le cedió el testigo de la dirección en REC 3 (2012) al segundo, que nos regaló la entrega más delirante y divertida de la franquicia -que rompió con lo establecido y caminó por otros vericuetos-, testigo que recoge el propio Balagueró en la cuarta y última parte -aunque en esto del terror nunca se sabe…si no recuerden lo que pasó con Scream-. Y lo cierto es que REC 4 (2014) supone un broche de oro en una saga convertida en una pieza angular, en un auténtico referente nacional e internacional del terror moderno. 

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Purgatorio

Si hay una verdad irrenunciable defendida por este cronista es que, en el mundo del cine, presupuesto y talento no tienen por qué ir cogidos de la mano -aunque el primero, en muchas ocasiones, ayude a materializar el segundo-. Son infinitos los casos en los que una película low cost, rodada con cuatro duros, aglutina mayores dosis de inteligencia y entretenimiento que la última gran superproducción de Hollywood, de ingente inversión. ¿Significa esto que todo el cine de bajo coste es bueno? En absoluto. El enésimo ejemplo lo tenemos en Purgatorio (Pau Teixidor, 2014), largometraje fruto de la iniciativa experimental Tu talento: Cine 365 Film, un festival de cortos que daba la oportunidad al ganador de rodar una película. Una iniciativa patrocinada por Orange y Atresmedia en la que Teixidor, que se presentó con su corto Leyenda, resultó ganador. Con apenas 200.000 € de presupuesto y durante un periodo de tiempo de 10 días, el director sacó adelante Purgatorio, una película que pretende deambular entre el cine de terror y el thriller psicológico pero que, en realidad, no funciona como ninguna de las dos cosas. 

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La hermandad

No son una, sino miles las películas ambientadas en casas encantadas, en las que lo mismo se suceden los asesinatos que oímos el llanto de unos niños inexistentes. Y, mientras, la protagonista -las féminas, en la mayoría de estos casos, suelen llevar la voz cantante- intenta llegar al fondo del tema. La hermandad (2013), debut en la dirección del catalán Julio Martí Zahonero, por tanto, no inventa nada nuevo. Tan poco original es el punto de partida de la película -una escritora de novelas de intriga que, tras sufrir un accidente de coche, es acogida en un misterioso lugar- como gran parte de su desarrollo; un desarrollo en el que priman los sustos fáciles y algunos tópicos y estereotipos de siempre -subidas repentinas de sonido, esos niños que aparecen y desaparecen… y una protagonista a punto de volverse loca porque no sabe si lo que está viendo es real o fruto de su imaginación, en línea con la Laura de El orfanato (J. A. Bayona, 2010), trabajo que ha servido como una clara fuente de inspiración de su autor-. ¿Significa esto que La Hermandad es un mal producto? En absoluto: detrás de cada uno de sus planos está la firma de alguien que sabe muy bien lo que se hace. 

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La Mosca

En 1982 John Carpenter demostró, en contra de la creencia popular, que un remake podía ser tan digno como el film original: La cosa (1982), en efecto, superaba en calidad y en dominio narrativo a su predecesora, The thing from another world (Howard Hawks, 1951). Con todo, el director de La noche de Halloween (1978) no fue el único que en la década de los 80 dejaba en evidencia a los que creían que una nueva versión fílmica no podía igualar, mucho menos superar, a un libreto ya adaptado al cine. El canadiense David Cronenberg dejó al mundo con la boca abierta con La mosca (1986), remake de la película homónima de serie B que en 1958 capitaneó Vincent Price. Escrita de su puño y letra, este clásico de la ciencia ficción se ha ganado a pulso la categoría de culto con el paso del tiempo, no sólo por su capacidad de articular la sinfonía del horror más brutal al tiempo que nos cuenta una historia de amor, sino por engrosar las que probablemente sean -con permiso de Posesión infernal (Sam Raimi, 1981)-, las escenas más deliciosamente gore de los años 80. Destaca, en este sentido, el instante del parto de la protagonista -un fantástico guiño a Alien, el 8º pasajero (Ridley Scott, 1979)- y el del monstruo gigante vomitando ácido al ex amante de la misma.

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Las brujas de Zugarramurdi

Disparatada, hiperbólica, gamberra, descarada, original, esperpéntica, desprejuiciada, tremendista, grotesca, excesiva, tenebrosa y excéntrica. La lista de adjetivos para definir a Las brujas de Zugarramurdi (Álex de la Iglesia, 2013) parece infinita, aunque, de tener que quedarme sólo con uno sería el de “inclasificable”. Termina la proyección y no puedo estar más desconcertado: ¿hemos asistido a un espectáculo de terror, a una comedia, a una apología fantástica, a un relato romántico encubierto o a una radiografía del mundo contemporáneo al más puro estilo De La Iglesia? Puede que, en el fondo, no haya sido más que un digestivo cóctel de todo ello. A partir de su potente arranque en ese fragmento ya emblemático del atraco en plena puerta del Sol, la que es una de las apuestas más ambiciosas del cineasta bilbaíno -no tanto por sus 5 millones de € de presupuesto, sino por su estimulante conglomerado de géneros-, nos va sumergiendo en una espiral de locura y orgasmo surrealista en el que es imposible anticiparte al rumbo de sus acontecimientos, tampoco a su desenlace. Álex de la Iglesia, para entendernos, hace lo que le da la gana en una película que renuncia al -inalcanzable- trasfondo de su obra mayor –Balada triste de trompeta (2010)-, al tiempo que recurre a la irreverencia de La Comunidad (2000) para deleitarnos con casi dos horas de puro entretenimiento, puro disfrute. 

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Tiburón

Si bien había ya orquestado las muy estimables El diablo sobre ruedas (1971) o Loca evasión (1974), la película por la que Steven Spielberg se doctoró (y con nota) en Hollywood fue Tiburón (1975), el primer blockbuster de su fulgurante carrera. La que fue la cinta más taquillera de todos los tiempos -hasta que La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) le arrebató el trono-, permitió que el semidesconocido director pasase a ostentar el trono del Rey Midas del cine americano. Con tan sólo 27 años, Spielberg da toda una lección de cinematografía por la que consigue uno de los films más terroríficos jamás filmados y una de las más rotundas expresiones del cine como fenómeno social, al menguar el sueño turístico de medio mundo atemorizado por la amenaza de un posible y hambriento escualo en el mar. La acción tiene lugar en un pequeño pueblo costero del Este de los Estados Unidos, donde un tiburón ha empezado a sembrar el pánico entre los veraneantes. El jefe de policía Martin Brody (Roy Scheider) aliará sus fuerzas con un reputado ictiólogo y un experimentado cazador marino para acabar con la vida de un carnívoro indiscriminado que ha puesto en jaque a la hasta ahora apacible localidad.

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La cabaña en el bosque

A finales del siglo pasado, Scream. Vigila quien llama (Wes Craven, 1996), marcó un hito principalmente por su forma de introducir el componente cómico y/o autoparódico al cine de terror. Quince años después, La cabaña en el bosque (Drew Goddard, 2011) reivindica de nuevo esta máxima, dotándolo además del toque fantástico y de ciencia-ficción. La que fue la gran sorpresa del Festival de Sitges en 2012 se ha ido convirtiendo en una de las películas más laureadas por público y crítica por méritos propios. Guionizada a cuatro manos entre el director y Joss Whedon -responsable de Los vengadores (2012) o creador de series como Buffy Cazavampiros-, la película empieza como la típica cinta de terror adolescente para transformase, en su genial giro de tuerca del minuto 40, en uno de los espectáculos más originales y frescos del género. Conviene que el espectador se arme de paciencia y no prejuzgue con demasiada antelación un film cuyo punto de partida lo conforma ese trillado grupo de amigos que van a pasar un fin de semana a una cabaña abandona en un inhóspito lugar, pero que luego sorprende por su audacia y originalidad. ¿Tópico? Nada más lejos de la realidad.

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Expediente Warren: The Conjuring

Lejos de amilanarse o de dormirse en los laureles del éxito, James Wan da un paso de gigante en su carrera con Expediente Warren: The Conjuring (2013), la que según este crítico es una de las mejores películas de terror de la última década. Alguien debería considerar seriamente otorgar el título del rey del género -distinción que ha llevado durante años Wes Craven- a un realizador que despuntó sobremanera con Saw (2004), repitió éxito con Insidiuos (2010) y ahora parece asestar el golpe definitivo con, al igual que en ésta última, una nueva historia sobre casas encantadas. Son tres los aspectos fundamentales por los que este proyecto termina imponiéndose a sus anteriores trabajos: mayor solidez presupuestaria -Wan, por fin, se desprende de la etiqueta low cost que definía su carrera-, más tiempo de rodaje -lo que aquí se traduce como una mejor calidad técnica del conjunto- y, ante todo, el hecho de que el film esté inspirado en un impactante caso real, acaecido a comienzos de los años 70. El director malayo tira de hemeroteca para llevar a pantalla grande la investigación que los reputados parapsicólogos Lorraine (Vera Farmiga) y Ed Warren (Patrick Wilson) llevaron a cabo tras acudir a la llamada de una familia aterrorizada por la presencia de un ente demoníaco en la granja donde se han mudado. No obstante, Wan se toma algunas licencias narrativas, como la posesión del último tramo, algo que no ocurrió en la vida real.

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