Mil cosas que haría por ti

Siempre he defendido la idea de que si no tienes dinero para hacer una película en condiciones, mejor no la hagas. Ni qué decir ya del talento. Si el tema económico es importante a la hora de ofrecer un producto de calidad -a pesar de que hay películas excelentes rodadas con presupuestos ínfimos-, el talento es directamente crucial. Y me temo que Dídac Cervera no ha contado ni con una cosa ni la otra para su debut en el largometraje, la vergonzante y por momentos bochornosa Mil cosas que haría por ti (2017). Sería muy aventurado por mi parte asegurar que el director no posee el talento ni el ingenio para rodar una película sin que el sentimiento de vergüenza ajena asalte al espectador desde el minuto uno, pero desde luego esto es lo que consigue con su opera prima. Cervera ha estrenado su filmografía con una cinta soporífera, increíblemente aburrida y carente del más mínimo sentido del ritmo. Y lo que es todavía peor: que no tiene el más mínimo pudor en tratar al público como si fuera tonto. Sólo así se explica que se haya puesto en marcha un proyecto que atenta de forma severa contra la inteligencia del espectador. 

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