El bar

Álex de la Iglesia pertenece a la familia de directores que resultan imprevisibles. Por mucho que sus películas sean un recital de desenfreno y locura nunca sabes cómo van a terminar, cómo van a actuar los personajes o qué será lo que ocurrirá en la siguiente escena. Y El Bar (2017) no es una excepción. Estrenada a nivel mundial en el Festival de Berlín y encargada también de inaugurar la 20ª edición del Festival de Cine Español de Málaga, la decimocuarta película del director bilbaino es una película 100% Álex de la Iglesia. Es decir, que los incondicionales del director se lo pasarán en grande mientras que, los que no lo son, conviene que sigan alejados. El Bar es un trabajo para disfrutar y partirse de risa, aunque las múltiples lecturas que podemos extraer de ella -algunas más explícitas que otras- no tengan ninguna gracia. Muchos la han catalogado de comedia y lo cierto es que está en las antípodas de serlo. De hecho, adscribir este inclasificable film dentro de algún género es complicado teniendo en cuenta que es un híbrido entre thriller, terror, acción, drama, retrato social, cine fantástico y, efectivamente, comedia. Pero, por encima de todo, El bar es una película sobre la supervivencia.

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Mi gran noche

Convencido de que hoy más que nunca la gente necesita humor en sus vidas, Álex de la Iglesia sigue anclado en un terreno en el que ha cosechado grandes éxitos como La comunidad (2000), Crimen Ferpecto (2004) o la muy notable Las brujas de Zugarramurdi (2013). Amante de las historias con ritmo que dibujan una realidad caricaturesca, hiperbolizada -aunque no más disparatada que la propia realidad, exagerada de por sí-, el director bilbaíno pega un nuevo golpe de autoridad en la mesa con su último trabajo, Mi gran noche (2015), una de sus mejores películas. Mientras el constante devenir de los acontecimientos impide que despeguemos los ojos de la pantalla y siempre haciendo gala de su característico humor negro, De la Iglesia hinca aquí el diente a muchos temas recurrentes de su filmografía, como la telebasura, la crisis económica -la protesta de los trabajadores en el exterior de la cadena, cómo las empresas de aprovechan de esa gente desesperada que busca trabajar a cualquier precio…- o la superficialidad dominante. Pero si hay algo de lo que habla Mi gran noche, es de cómo la vulgaridad eclipsa cada vez más al talento, al verdadero esfuerzo; de cómo la ordinariez avanza a pasos agigantados en nuestros días, en detrimento de la clase y el buen gusto. 

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Musarañas

La etiqueta más adjudicable a Musarañas (2014), debut en el largometraje del mexicano Esteban Roel y el español Juanfer Andrés, es de entretenido pasatiempo. La película se autocondena a no ser una gran cinta desde el mismo momento en el que sus responsables empiezan a trabajar sobre un guión que, por extremadamente inverosímil, parece no tomarse nunca en serio a sí mismo. ¿Significa esto que haya que echar a la hoguera el que ha sido el primer trabajo de estos respetados cortometrajistas que, además, cuenta con el atractivo de haber sido apadrinado por Álex de la Iglesia? En absoluto. Tal y como está el panorama cinematográfico, infecto de sagas interminables, reboots innecesarios o películas en las que el bostezo te asalta desde el minuto uno, la etiqueta de “entretenido pasatiempo” se agradece. Musarañas, en efecto, no es una gran película, pero sí un trabajo digno cuya hora y media se consume en un suspiro gracias a la habilidad de sus creadores por crear un universo con el que conectar ipso facto. De planteamiento atractivo y atmósfera más que conseguida, el que supone también el primer trabajo como productora de Carolina Bang es un estimulante y arriesgado híbrido entre comedia negra, terror, thriller y melodrama romántico. 

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Las brujas de Zugarramurdi

Disparatada, hiperbólica, gamberra, descarada, original, esperpéntica, desprejuiciada, tremendista, grotesca, excesiva, tenebrosa y excéntrica. La lista de adjetivos para definir a Las brujas de Zugarramurdi (Álex de la Iglesia, 2013) parece infinita, aunque, de tener que quedarme sólo con uno sería el de “inclasificable”. Termina la proyección y no puedo estar más desconcertado: ¿hemos asistido a un espectáculo de terror, a una comedia, a una apología fantástica, a un relato romántico encubierto o a una radiografía del mundo contemporáneo al más puro estilo De La Iglesia? Puede que, en el fondo, no haya sido más que un digestivo cóctel de todo ello. A partir de su potente arranque en ese fragmento ya emblemático del atraco en plena puerta del Sol, la que es una de las apuestas más ambiciosas del cineasta bilbaíno -no tanto por sus 5 millones de € de presupuesto, sino por su estimulante conglomerado de géneros-, nos va sumergiendo en una espiral de locura y orgasmo surrealista en el que es imposible anticiparte al rumbo de sus acontecimientos, tampoco a su desenlace. Álex de la Iglesia, para entendernos, hace lo que le da la gana en una película que renuncia al -inalcanzable- trasfondo de su obra mayor –Balada triste de trompeta (2010)-, al tiempo que recurre a la irreverencia de La Comunidad (2000) para deleitarnos con casi dos horas de puro entretenimiento, puro disfrute. 

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La comunidad

Si mezclásemos en una coctelera el suspense de La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954), la histeria de Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1987) y el toque surrealista de El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962), el resultado sería un cóctel tan potente y atractivo como el que nos ofrece La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000). Pero, además de todos estos ingredientes, en esta prestigiosa película del director vasco también podemos encontrar toques del mejor humor negro y algunas de las escenas de terror más logradas de cuantas ha dado el cine español, además de una ácida crítica social que es la base sobre la que se sustenta el relato. Con un guión firmado por el propio director, en compañía de su inseparable Jorge Guerricaechevarría -coautor de la mayoría de la mayoría de sus films-, De la Iglesia logra un conseguido ejercicio cinematográfico de en el que refleja cómo la codicia y la ambición desmedida pueden llegar a sacar los instintos más salvajes del ser humano.

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