Los Vengadores: la era de Ultrón

Tras reformular el concepto de blockbuster y dar una dimensión narrativa hasta entonces desconocida al cine de superhéroes con su primera parte, llega ahora Los Vengadores: la era de Ultrón (Joss Whedon, 2015), la continuación de las aventuras de este grupo de superhéroes Marvel creados por Stan Lee y Jack Kirby. Eran muy altas las expectativas hacia esta nueva entrega, no sólo por tratarse de personajes tan afianzados en la cultura popular, sino por las cifras de récord que dejó en su camino Los vengadores, como sus 1.200 millones de dólares de taquilla o su título de película más taquillera del 2012. Capitanea la jugada  nuevamente Whedon, realizador de culto tanto en cine como en televisión también firmante del guión. La pregunta, por tanto, es clara: ¿cumple Los vengadores: la era de Ultrón con todo lo que se esperaba de ella? La respuesta lo es aún más: no. Estamos no sólo ante una película claramente inferior a la primera parte, sino a una historia innecesariamente alargada, aburrida y sin ningún atisbo de mesura. Una película que pretende ser tan espectacular, tan falsamente épica y tan de todo, que no tarda en revelarse como un batiburrillo de excesos absolutamente agotador. 

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X-Men: Días del futuro pasado

En los más de 10 años que Bryan Singer ha estado alejado de la franquicia X-Men, ésta lo mismo se ha encauzado por el derrotero del spin-off -las dos cintas centradas en el personaje de Lobezno (Huhg Jackman)- como por el del reboot –X-Men Primera generación (M. Vaughn, 2011)-. En cualquier caso, y obviando este último e infravalorado capítulo, ninguno ha estado a la altura de los dos de los que se hizo cargo Singer. No porque fueran malos sino porque, simplemente, no estaban capitaneados por alguien especialmente dotado a la hora de dirigir películas con muchos personajes –véase, además de X-Men y X-Men 2, Sospechosos habituales (1995)-, en fusionar de modo brillante acción con humor y, sobre todo, en la forma de controlar la compleja cosmología mutante, haciéndola accesible tanto al público familiarizado con los cómics como al que no. Singer retorna a una franquicia de la que nunca debería haberse ido con X-Men: Días del futuro pasado, y la jugada vuelve a salirle bien. La que es la ebtrega más ambiciosa no sólo de la serie sino de todas cuantas ha dirigido el estadounidense, contentará especialmente a los fans de los cómics por el tremendo respeto, consabidas licencias narrativas mediante, que demuestra por su material de partida, que en este caso corresponde a las viñetas de los 2 números de “Días del futuro pasado”, publicadas en 1981 por el guionista Chris Claremont y el ilustrador John Byrne.

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X-Men: Primera generación

Aunque X-Men 3 (Brett Ratner, 206) dejaba las puertas abiertas para la continuación de la saga, la tibia aceptación por parte de la crítica y de los fans de los cómics condenaron a la franquicia a la pena de muerte. No ayudaron demasiado los spin off del personaje de Lobezno (Hugh Jackman) que, lejos de contribuir en avivar el interés por la misma, se recibieron con el mismo desinterés, en parte porque no contenían un ápice del espíritu ni del universo de los mutantes alumbrados por Stan Lee. Por eso X-Men: Primera Generación (2011) fue acogida con tanto entusiasmo: porque consiguió resucitar una serie estancada, casi en el olvido. El responsable de la hazaña fue el británico Matthew Vaughn, cineasta elegido por Bryan Singer -director de X-Men (2000) y X-Men 2 (2003)- para ponerse al frente de la mencionada X-Men 3, labor que abandonó dos semanas antes de comenzar el rodaje, siendo finalmente Brett Ratner el elegido. La labor de Vaughn es aún más merecedora de elogio al tratarse de la película más arriesgada de la franquicia, en parte por encuadrar esta historia sesentera, nostálgica y bondiana a más no poder con capítulos claves de la Historia de telón de fondo, como la Guerra Fría, el conflicto nuclear o la crisis de los misiles en Cuba. Realidad y ficción nunca habían caminado tan de la mano.

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X-Men 3: La decisión final

Iba tan advertido por gente de mi confianza de que X-Men 3: La decisión final (Brett Ratner) rayaba el despropósito que mis reticencias a la hora de enfrentarme a ella eran inevitables. Sin embargo, y en contra de lo esperado, fui el primer sorprendido de mi entusiasmo hacia ella. Cierto es que es la peor de la trilogía -Bryan Singer, que abandonó la franquicia para dirigir Superman Returns (2006), puso el listón muy alto-, pero no es, ni de lejos, una mala película. Su gran problema es que es la que más se aleja del cine de autor de las tres, entendiéndose como cine de autor la capacidad del director por imprimir, con la mayor libertad posible, estilo y personalidad a su trabajo. X-Men 3, en este sentido, es una película de estudio pura y dura: Ratner, para entendernos, parece un tirititero en manos de una compañía que, ávida de hacer caja, no tiene reparos en sobrecargar de acción todos y cada uno de los minutos de la película, en detrimento de la profundidad y el trasfondo que habían caracterizado las películas de Singer. El principal defecto de X-Men 3, en efecto, es que sus cabezas pensantes parecen no ser conscientes de que sus escasos 105 minutos son insuficientes para desarrollar, aunque sea mínimamente, toda la nueva galería de mutantes o todo el cúmulo de situaciones cruciales que aquí se plantean. 

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X-Men 2

Tres años después de ponerse al frente de X-Men (2000), película que trasladó a la gran pantalla los personajes creados por Stan Lee y Jack Kirby en 1963, Bryan Singer se hizo responsable también de la secuela de una obra que desató la fiebre de las adaptaciones cinematográficas de cómics. Superior a su predecesora en presupuesto, duración y recaudación mundial, X-Men 2 (2003) está también por encima en cuanto a sentido del espectáculo. Su excelente fragmento inicial en el interior de la Casa Blanca -escenario poco casual en un filme que trata de señalar a la política como herramienta fundamental para articular el discurso de integración que, a fin y al cabo, es lo que da sentido a los X-Men-, con la soberbia presentación del Rondador Nocturno, constituye la mejor carta de presentación de lo que está por venir: escenas de acción que sacan todo el jugo posible de la tecnología que hacen a la cinta impermeable a cualquier atisbo de aburrimiento. Este potente arranque, unido a momentos como el de su vibrante clímax -con un mensaje en voz en off capaz de poner los pelos de punta- certifica el gran nivel lúdico de una película que, al mismo tiempo, no renuncia al intimismo que hizo de la primera entrega algo diferente. Synger, en efecto, logra una dicotomía perfecta entre las escenas de combate y las de diálogo; una montaña rusa de emociones dispuesta a satisfacer a todo tipo de público. 

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X-Men

Lo confieso: nunca he sentido el más mínimo interés por los X-Men. Desde que nací, he dado la espalda a este grupo de mutantes, alabados iconos de la cultura popular, por no parecerme lo suficientemente atractivos. La cosa tiene más delito si tenemos en cuenta que siempre he sido un pertinaz devorador de cómics de superhéroes, especialmente de todos los amparados por el sello Marvel, mítica editorial que ha parido a personajes sin los cuales me resultaría imposible concebir mi infancia, como Spiderman o Hulk. Es por ello que, cuando al fin me decidí a ver X-Men (Bryan Singer, 2000), no tardé en darme cuenta de mi error: estos personajes, en contra de lo que yo creía, tenían mucho que decir. Lo que más me llamó la atención del film, cuyo éxito derivó en la puesta en marcha de varias secuelas y propició que la Marvel diera luz verde a nuevas cintas de superhéroes, es que es accesible a todo tipo de público: de toda edad, sexo y condición. Y, lo que es más importante, está orientada tanto al que está familiarizado con los cómics como a los que no: los que nunca hayan leído una historieta de los X-Men no tendrán problemas en seguir una película que brilla por su nitidez expositiva.

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The Amazing Spiderman 2

Más que por sus producciones de terror, por lo que siempre le estaré agradecido a Sam Raimi es por haber orquestado una trilogía tan rayana en lo sobresaliente como Spiderman. Experimentado cineasta, consiguió con ésta, para el que esto firma, la mejor saga de superhéroes hasta la fecha –incluyendo Spiderman 3, injustamente vilipendiada por la crítica a pesar de ser la más floja de las tres-. Pero cuando creíamos que el hombre araña ya tenía su saga definitiva, cinco años más tarde salta la noticia de que Marc Webb, director con una única película a sus espaldas –500 días juntos (2009)-, pilotará un reboot del famoso arácnido. La pregunta inmediata fue clara: ¿era necesario? Aunque, ante todo, admiré la valentía de un director que pasó de manejar reducidos presupuestos a amasar grandes cantidades -los algo más de 5 millones de su película indie Vs. los más de 200 millones de The Amazing Spiderman– y que tuvo la osadía de enfrascarse en un universo creativo sometido a las suspicacias de sus millones de fans, máxime cuando Raimi había dejado el listón tan alto.

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El increíble Hulk

Hay dos aspectos impropios del cine de superhéroes que me gustan sobremanera de El increíble Hulk (Louis Leterrier, 2008). En primer lugar, cómo el director francés nos ahorra asistir al origen del icónico personaje de la Marvel creado por Stan Lee y Jack Kirby en 1962 -quizá porque en la versión anterior, la fallida Hulk (Ang Lee, 2003) ya se nos mostró-. En segundo lugar, sus malabarismos entre la secuela propiamente dicha y el renacimiento de la saga; no llega a ser lo primero porque el cineasta resetea de principio a fin la historia y los personajes, pero tampoco un reinicio como tal precisamente por la omisión del nacimiento del héroe. Detalles atípicos al margen, El increíble Hulk se erige como un trabajo más comercial y con más vocación de entretenimiento que el que parió el director taiwanés, que nunca terminó de dar con el tono adecuado de su personaje principal. Leterrier, en cambio, explora la dicotomía entre Bruce Banner (Edward Norton) y su Alter Ego, penetra en su tragedia interior como nadie hasta entonces lo había hecho. La mancada radiografía de Lee a Hulk queda sustituida por el retrato que aquí se hace del mismo, que se muestra -¡por fin!- tan destructivo, furioso y violento como reflejan los cómics.

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