Non-Stop (Sin escalas)

Nada más cumplir la mayoría de edad, el catalán Jaume Collet-Serra marchó a Hollywood a estudiar cine, donde ha permanecido afincado hasta la actualidad. Desde el estreno de su ópera prima –La casa de cera (2005)- el cineasta ha ido puliendo su estilo sin dar todavía con la tecla maestra que le convierta en alguien a tener muy en cuenta. Pocos logros artísticos remarcables y escasos méritos con los que quedarse en una carrera bastante irregular. Descripción que no ayuda a mejorar Non-Stop (Sin escalas) (2014), la última obra surgida de las entrañas de un creador que, hasta ahora, será más recordado por apadrinar a jóvenes talentos que por su labor detrás de la cámara. Enésima película desarrollada a bordo de un avión –Serpientes en el avión (David R. Ellis, 2006); Plan de vuelo: Desaparecida (Robert Schwentke, 2005),  El vuelo (Robert Zemeckis, 2012) y un largo etcétera-, el argumento de este thriller de acción no destaca precisamente por su originalidad: un agente, Bill Marks (Liam Neeson, que repite con el director tras Sin identidad) que, en pleno vuelo de Nueva York a Londres, es chantajeado por un asesino que le obliga a que el Gobierno le ingrese dinero en su cuenta. De lo contrario, cada 20 minutos matará a uno de los casi 200 tripulantes del avión. 

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Kamikaze

En su debut en el largometraje, Alex Pina -creador y guionista de series de éxito como El barco, Los hombres de Paco o Los Serrano-, forja un trabajo tan arriesgado al que su título parece hacerle honor. Kamikaze (2014), híbrido entre comedia costumbrista, thriller, terrorismo, verborrea argentina y drama sentimental, era un proyecto, a todas luces, suicida. Sin embargo, en manos de Pina, la arriesgada y valiente peripecia no sólo aprueba, sino que se eleva por encima de la media. Armada con un reparto absolutamente entregado a sus papeles y por un competente despliegue de producción, Kamikaze está lejos de ser, desde luego, una película rendida al tópico. Sus prodigiosos diez minutos iniciales, que nos engañan creyendo que el argumento va a irse por derroteros que finalmente no son, nos introducen en la historia de forma ipso facta. Con un dominio sorprendente para crear tensión, el director y coguionista de la cinta junto a Iván Escobar se revela también como un maestro del humor cuando, tras este intrigante arranque, la película apueste por los derroteros de la comedia -ojo a la tronchante escena del trineo entre los personajes de Carmen Machi y Eduardo Blanco-.

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Asesinato en febrero

Asesinato en febrero (Eterio Ortega Santillana, 2001) supuso un paso decisivo en la carrera del considerado El Productor en mayúsculas del cine español: Elías Querejeta. Aunque el documental no es un género que le fuese ajeno –El desencanto (Jaime Chávarri, 1976); La espalda del mundo (Javier Corcuera, 2000)-, en este trabajo el productor de Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002) firmó en solitario el guión de uno de ellos. El éxito fue tal, que repitió en su siguiente ejercicio de compromiso en su lucha contra ETA y su última contribución al género documental: Al final del túnel (2011), del mismo director, centrado esta vez en el final de la histórica banda armada. Encargado también de la producción, Querejeta afianzó en Asesinato en febrero su compromiso con la sociedad en general, y vasca en particular, al abordar la lacra de la organización terrorista ETA y, muy especialmente, de cómo sus atentados tienen consecuencias irreparables en los familiares y amigos de las víctimas. El guionista se centra en el caso concreto del dirigente socialista vasco Fernando Buesa, asesinado por la banda cuando caminaba por el campus de Vitoria de la Universidad del País Vasco por un coche-bomba que costó también la vida a su escolta, el erzaina alavés Jorge Díez Elorza, miembro de la Policía Autónoma Vasca. Con este punto de partida, las personas más allegadas harán un repaso por sus vidas y ofrecerán su réplica a los que piensan que una determinada tendencia política justifica un asesinato.

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La noche más oscura (Zero Dark Thirty)

La frontera entre el largometraje inspirado en hechos reales y el documental ficcionado pocas veces había permanecido tan difusa como en La noche más oscura (Zero Dark Thirty) – Kathryn Bigelow, 2012-, potente thriller donde se recrea, de la forma más fidedigna posible, la caza y captura de Osama bin Laden, líder de al Qaeda y responsable intelectual del mayor atentado terrorista de la historia: el 11S. La que fuera la primera directora en ganar un Oscar por En tierra hostil (2010), derrocando al mismísimo James Cameron y su Avatar (2009), vuelve a poner de relieve su condición de cineasta osada y comprometida, al tiempo que (casi) también la de reportera, puesto que su cinta -cuyo título hace referencia a las 00:30, hora a la que se produjo dicha captura- se puede entender más como un documento periodístico de primerísimo nivel acerca de un acontecimiento histórico sobre el que no se ha proporcionado la información suficiente y sobre el que, al fin, parecen arrojarse respuestas. Desde el minuto uno es palpable la exhaustiva labor de investigación de una directora empecinada en mostrar los hechos tal y como ocurrieron, despojando su relato -a diferencia de lo que pueda parecer- de banderas patrióticas y volviendo a subrayar que, en terreno hostil, puede que haya culpables, pero nunca inocentes.

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Una botella en el mar de Gaza

Basada en la novela semiautobiográfica de Valérie Zenatti -donde la escritora plasmó los recuerdos de su juventud en Israel-, Una botella en el mar de Gaza (Thierry Binisti, 2011), vuelve a poner sobre la mesa el eterno y agudizado conflicto entre judíos y palestinos a través de la historia de Tal (Agathe Bonitzer), una judía francesa de 16 años que comienza a mantener una relación virtual con Naim (Mahmoud Shalaby), un palestino hastiado de una vida en Gaza incompatible con el progreso y la esperanza. Sin embargo, lo que hace diferente esta coproducción entre Francia, Israel y Canadá, no es tan sólo su firme compromiso con la paz o su (sonoro) grito de advertencia que permite concienciarnos de un drama que, lejos de extinguirse, parece acrecentarse con el tiempo, sino su tacto a la hora de reflejar de forma explícita no la propia confrontación en sí -de hecho, las bombas sólo se escuchan, nunca se ven- sino las consecuencias -a nivel individual- que de ello se derivan. En base a esto, se elabora una sólida historia de amor que no entiende de fronteras ni de ideologías pero que, precisamente por el contexto en el que se desarrolla, se antoja a todas luces imposible.

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Argo

Tras sorprender como director con sus dos primeros trabajos –The town (2010) y Adiós, pequeña, adiós (2007)-, Ben Affleck se lanza a producir, protagonizar y dirigir un proyecto tan arriesgado como Argo (2012). En primer lugar, merece la pena destacar la valentía del cineasta por tomar las riendas de un entramado basado en unos hechos reales que conmocionaron a medio mundo a finales de la década de los 70 -fecha en la que seis diplomáticos estadounidenses fueron tomados como rehenes por un grupo de iraníes en Teherán-. A pesar de permitirse algunas licencias cinematográficas -sobre todo en un tramo final de alto voltaje-, Affleck demuestra máxima fidelidad por una historia que, a pesar de antojársenos irreal o estrafalaria, no sólo sucedió en verdad sino que, a día de hoy, sigue siendo un ejemplo perfecto de lo que debería ser la cooperación internacional entre Gobiernos. El exhaustivo trabajo de documentación que se puede intuir en la cinta está a la altura de un hecho de estas dimensiones; además de un contextualizador prólogo que bien podría funcionar como una magistral clase de historia, durante el resto de metraje se recurre a un buen puñado de textos escritos, documentales televisivos y material gráfico de todo tipo que enriquecen y clarifican el conjunto. 

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