El guardián invisible

Muy de vez en cuando llega a los cines la adaptación cinematográfica de una novela de éxito capaz de contentar por igual a los lectores, a la crítica y también a la autora de la misma. Es el caso de El guardián invisible (2017), dirigida por Fernando González Molina, todo un experto a la hora de trasladar a imágenes fenómenos editoriales. Ahí tenemos el ejemplo de A 3 metros sobre el cielo (2010), Tengo ganas de ti (2012) o  Palmeras en la nieve (2015), tres taquillazos indiscutibles. El guardián invisible es, en efecto, la última adaptación del director pampilonense. Se trata de la primera novela de la archiconocida Trilogía del Baztán de la escritora vasca Dolores Redondo, uno de los fenómenos literarios en castellano más importantes de los últimos tiempos; estamos hablando de unos libros que han vendido alrededor de un millón de ejemplares en todo el mundo y han sido traducidos a más de 30 idiomas, lo que convierten a esta trilogía en un éxito sin parangón. La expectación, por tanto, era máxima. Parecía imposible plasmar en fotogramas una novela tan compleja, con la virtud de debatirse en todo momento entre lo místico  y lo puramente terrenal, entre lo perverso y lo fascinante, pero el director sale más que airoso de la jugada. 

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Tarde para la Ira

Ganar el Goya a la Mejor Película cuando tus competidoras son Julieta (Pedro Almodóvar, 2016); El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016), Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen , 2016) y Un monstruo viene a verme (J. A. Bayona, 2016), sólo puede certificar que la película premiada es, salvo error garrafal de la Academia de Cine, una auténtica maravilla. Y en este caso no se equivocó. Con semejante plantel de rivales, de un nivel extraordinario de calidad y perfección, resulta aún más meritorio el triunfo de Tarde para la ira, el debut en la dirección del reconocido actor Raúl Arévalo. Ganadora de 4 Goyas de los 11 a los que estaba nominada, este thriller seleccionado para la sección Orizzonti del Festival de Venecia es una de las óperas primas más deslumbrantes, fascinantes y extraordinarias que ha dado el cine español a lo largo de su historia. La veo y me resulta increíble que haya sido filmada por un director novel, por mucho que en sus venas corriera cine prácticamente desde que nació: cada plano, cada decisión creativa, cada construcción de los personajes y cada plano parecen más propios de alguien que lleva toda una vida dirigiendo -buen- cine que de alguien se pone por primera vez detrás de una cámara -exceptuando sus cortos Un amor y Foigrás-. 

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Múltiple

Imagino que para cualquier artista debe resultar agotador que el público compare cada una de sus nuevas creaciones con su obra cumbre. De esta realidad no se libran, ni mucho menos, los directores de cine. El cineasta M. Night Shyamalan firmó a finales de los años 90 un título clave ya no sólo para el cine de misterio -con un giro final del que se habló hasta en el rincón más recóndito del planeta-, sino también para la cultura popular, provocando un impacto social con pocos precedentes. El bombazo de El sexto sentido (1999) fue tal que, le guste o no, el director hindú tiene que soportar que público y crítica, a veces por mera rutina, infravaloren algunos de sus nuevos trabajos por el hecho de no estar a la altura de la mítica película protagonizada por Bruce Willis. Sirva esta introducción como autocrítica por no juzgar, a veces, las obras de un director de forma independiente, sino comparándolas con -digamos- el buque insignia de la filmografía del cineasta en cuestión. En cualquier caso, y como en en la cosecha de todo director de cine, Shyamalan ha firmado películas para recordar y otras para olvidar. Múltiple es de las primeras. Con sus puntos fuertes -la mayoría- y los débiles -la minoría-, este thriller psicológico termina en el lado de la balanza de las películas del cineasta que no nos podemos perder. 

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Contratiempo

Contratiempo (Oriol Paulo, 2016) es, ante todo, una película pensada para el público. Este matiz, al que sin duda aspiran todas las películas -ningún director rueda una película sin pensar en los espectadores que más tarde la disfrutarán-, se cumple en esta ocasión de forma más que explícita. El nominado al Goya al mejor director novel por El Cuerpo (2012), confecciona en su segundo largometraje un espectáculo para que los que somos adictos al cine negro y a los giros de guión capaces de dejarnos con la boca abierta, nos lo pasemos pipa. Y vaya si lo consigue. No son muchas las películas que se estrenan que, al margen de que estén mejor o peor hechas, te tengan con un nudo en el estómago todo el metraje al tiempo que consiguen que te hagas mil y una preguntas sobre cada uno de sus personajes, sin saber nunca quién dice la verdad o quién miente. Todo esto, a priori algo muy fácil de lograr pero en el práctica verdaderamente difícil, lo consigue Contratiempo, un eficaz truco de magia de 100 minutos de duración que me ha tenido embobado de principio a fin. 

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La chica del tren

Partamos de la base de que no era fácil trasladar a imágenes La chica del tren, una novela contada desde múltiples puntos de vista, trufada de flashbacks y viajes temporales de todo tipo. Adaptar un best seller tan complejo narrativamente a la gran pantalla, sin duda, no era moco de pavo, si se me permite la expresión. Y eso sin contar la enorme presión que supone filmar la adaptación del que es considerado el último gran fenómeno editorial mundial, como demuestran sus 11 millones de ejemplares vendidos. Para que nos hagamos una idea, basta decir que cada 6 segundos se despachan en las librerías de todo el mundo un ejemplar de esta novela negra que ha convertido a su autora, Paula Hawkins, en multimillonaria. La cuestión es si la película está a la altura del potente material en el que se basa y, como suele suceder en la mayoría de ocasiones, desgraciadamente no es así. Si la novela de Hawkins se caracterizaba por su ritmo ágil, su carácter imprevisible y su intriga más o menos lograda, en la película (Tate Taylor, 2016) todo sabe a añejo, a algo mil veces visto. No ayuda, en absoluto, el tono desganado y frío con el que parece que está rodada, dando como resultado una película espesa, pasada de moda, taciturna. 

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Toro

Después de conquistar el Goya al mejor director novel por su opera prima Eva (2011), fascinante y arriesgadísima historia futurista sobre una niña androide -y con el mediometraje Tú y yo (2014) de por medio-, Kike Maíllo regresa al cine por la puerta grande con Toro (2016), intenso y vibrante thriller con la capacidad de no dar ni un solo minuto de respiro al espectador. A partir de un guión firmado por Rafael Cobos y Fernando Navarro, el director catalán pilota una historia con sabor andaluz repleta de sangre, carreras de coches y escenas de acción que bebe de los clásicos setenteros de USA de Scorsese o De Palma -especialmente de Atrapado por su pasado (1993)- que destaca principalmente por su estilización visual de influjo hollywodiense. Lo primero que merece la pena señalar de la película es su honestidad a prueba de bombas: Toro da exactamente lo que esperamos de ella, así como lo que el tráiler o las campañas de publicidad nos han vendido: los fans del cine de género difícilmente saldrán decepcionados de esta película, por mucho que hayan muchos aspectos mejorables y otros directamente olvidables. Pero el cómputo general, que es lo importante, aprueba con nota.

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Cien años de perdón

Es curioso como un detalle aparentemente insignificante como la fecha en la que se estrena una película puede ser muchas veces un plus añadido. En este sentido, los productores de Cien años de perdón (Daniel Calparsoro, 2016) no han podido escoger mejor el día de lanzamiento de la que, quizá, sea una de las películas de atracos menos convencionales de la historia por el simple hecho de que, aquí, lo que menos importa es el atraco en sí. Coproducción entre España, Argentina y Francia, el noveno largometraje del director catalán se beneficia de la insoportable situación de corrupción política e institucional de nuestro país, la cual queda reflejada de forma inmisericorde en la película. En un momento en el que los españoles nos despertamos día sí y día también con un nuevo caso de corrupción en el Gobierno, se agradece un trabajo que saque las vergüenzas de nuestros responsables políticos de forma tan fidedigna y tan poco complaciente. En esta línea la nueva producción de Telecinco Cinema es cine social puro y duro. Y es que, tras un primer acto en el que nos creemos que los únicos malos de la película son los atracadores, llena la demoledora segunda mitad que nos demuestra cómo muchos de nuestros representantes públicos, más que serviciales funcionarios, constituyen una jauría dispuesta a todo en pos del dinero y el poder.

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El desconocido

Emulando al título de su opera prima, Dani de la Torre ha pasado de ser un completo desconocido para el gran público a ser uno de los directores de referencia en el panorama nacional (e internacional). Y todo gracias a El desconocido (2015), impresionante debut tras la cámara de un realizador que parece que lleva media vida rodando películas de acción. El cineasta, responsable de la miniserie para televisión más vista de la historia de las cadenas autonómicas de España: Mar libre (2010), confirma con este trabajo que algunas operas primas pueden tener el empaque y la fibra suficiente para hacernos creer que han sido firmadas por un director de reconocido prestigio y larga trayectoria en lugar de por un director novel. Bienvenida sea, pues, El desconocido, cinta que desde su estreno ha cosechado un gran éxito de público y crítica en nuestro país. Viéndola a uno no le queda más que admitir que todos y cada uno de los elogios que ha leído o escuchado sobre ella están más que justificados: la nueva producción de Atresmedia Cine es un thriller urbano con tintes de road-movie que engancha de principio a fin; no hay ni un segundo de respiro en una película con la virtud de tenernos en tensión a lo largo de sus portentosos 102 minutos, llenos de adrenalina y tensión. 

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Perdida

Quien la haya visto puede imaginarse lo difícil que resulta hacer una crítica sobre Perdida (David Fincher, 2014), adaptación del best seller homónimo de Gillian Flynn -responsable también del guión de la película- sin desvelar giros argumentarles ni sacar a la luz alguno de los constantes pliegues de su trama. En cualquier caso, aunque se haya vendido como un thriller al uso, conviene dejar claro desde el principio que no lo es. No podía ser de otra forma viendo quien lo firma, alguien acostumbrado a las películas no convencionales y a los retos narrativos complejos. Así, conviene no extrañarse cuando su premisa argumental -¿dónde y en qué condiciones está la mujer desaparecida?- queda resuelta a mitad de metraje. Película atípica donde las haya, quizá el mayor defecto de Perdida se produce cuando se ve obligada a dar respuestas a los múltiples interrogantes que va sembrando en el camino, principalmente en su última media hora: es cuando se desvela como una cinta tramposa, con una trama criminal que hace aguas por todos lados.

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La isla mínima

Conviene decirlo de entrada: La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), es un disparate de película. A todos los niveles. Entiéndase por “disparate” como el mejor calificativo que se puede aplicar a un trabajo que no sólo es un clásico instantáneo del cine español sino también uno de los thrillers más sólidos jamás realizados, nacionalidad aparte. A pesar de que el director andaluz no lo tenía nada fácil para superar a Grupo 7 (2012) -todo en aquella película nominada a 16 Goyas y ambientada en las barriadas sevillanas de finales de los 80 funcionaba con la precisión de un reloj suizo-, con La isla mínima asesta el golpe definitivo para consagrarse como un cineasta en mayúsculas. Ganadora de 2 premios en la 62 edición del Festival de San Sebastián -fotografía y actor principal-, la cinta consigue eso que para cualquier aficionado al séptimo arte es un auténtico milagro: lograr el sobresaliente en todos y cada uno de sus apartados. Todo, claro está, sustentado en un guión sin fisuras que bien podría estudiarse en las Escuelas de cine como paradigma del libreto perfecto. Robusta, envolvente y con personalidad propia, La isla mínima está llamada a dejar huella, poso, a permanecer en lo más hondo de los valientes que se atrevan a adentrarse en ella; en un ejercicio fílmico tan intenso que duele; tan realista que hace daño. Tan perfecto que asusta.

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El niño

El cine español debe sentirse muy afortunado de contar entre sus filas con un director de la talla y maestría de Daniel Monzón. El cineasta palmense, que destaca principalmente por su polivalencia en el oficio, lo mismo nos sirve una ambiciosa película de aventuras –El corazón del guerrero (2000)- que una delirante comedia –El robo más grande jamás contado (2002)- o una cinta de intriga digna del mejor Hitchcock –La caja Kovak (2006)-. Pero, sin duda, donde mejor se maneja Monzón es en el thriller, tal y como quedó demostrado en la notable Celda 211 (2009) y más tarde quedó refutado en su quinto largometraje: la sobresaliente El niño (2014). Es en este género donde el director parece sentirse más cómodo, además de permitirle demostrar un apego a la realidad, fruto de previas y exhaustivas labores de documentación, y un compromiso social indiscutibles. Todo esto, unido a su empeño por el buen acabado formal de sus obras -su nuevo trabajo vuelve a destacar por una estética deslumbrante y un meticuloso trabajo de producción- son motivos más que suficientes para considerar cualquier apuesta del director en garantía de éxito. Con la superproducción El Niño, Monzón vuelve a subir un peldaño más en su carrera, quizá ese que necesitaba, por fin, para perpetuarse entre los grandes del cine patrio. Y es que estamos ante su obra más ambiciosa, no sólo económicamente -6 M de €-, sino temáticamente. 

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Non-Stop (Sin escalas)

Nada más cumplir la mayoría de edad, el catalán Jaume Collet-Serra marchó a Hollywood a estudiar cine, donde ha permanecido afincado hasta la actualidad. Desde el estreno de su ópera prima –La casa de cera (2005)- el cineasta ha ido puliendo su estilo sin dar todavía con la tecla maestra que le convierta en alguien a tener muy en cuenta. Pocos logros artísticos remarcables y escasos méritos con los que quedarse en una carrera bastante irregular. Descripción que no ayuda a mejorar Non-Stop (Sin escalas) (2014), la última obra surgida de las entrañas de un creador que, hasta ahora, será más recordado por apadrinar a jóvenes talentos que por su labor detrás de la cámara. Enésima película desarrollada a bordo de un avión –Serpientes en el avión (David R. Ellis, 2006); Plan de vuelo: Desaparecida (Robert Schwentke, 2005),  El vuelo (Robert Zemeckis, 2012) y un largo etcétera-, el argumento de este thriller de acción no destaca precisamente por su originalidad: un agente, Bill Marks (Liam Neeson, que repite con el director tras Sin identidad) que, en pleno vuelo de Nueva York a Londres, es chantajeado por un asesino que le obliga a que el Gobierno le ingrese dinero en su cuenta. De lo contrario, cada 20 minutos matará a uno de los casi 200 tripulantes del avión. 

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