Annabelle vuelve a casa

Nadie podía imaginar, ni siquiera sus propios creadores, que con el estreno de Expediente Warren: The Conjuring (James Wan, 2013) se estaba dando el pistoletazo de salida a una de las sagas más potentes -y rentables- de toda la historia del cine de terror. Annabelle vuelve a casa (Gary Dauberman, 2019) viene para seguir engrosando una lista de películas que, a pesar de su calidad variable, se encuentran enlazadas por el reconocible e infinito universo de los Warren, ya sea a través de secuelas, precuelas, spin-offs y todo lo que nos podamos imaginar. Esta tercera parte de la saga de la muñeca diabólica, y continuación directa de la primera entrega, viene para demostrar que la franquicia tiene todavía mucho recorrido. Muy superior a Annabelle (2014) -lo cual no es mucho decir porque era un completo desastre-, y ligeramente más entretenida que Annabelle: Creation (2017), Annabelle vuelve a casa es la mejor entrega de las tres que se han estrenado hasta ahora. La razón es muy sencilla: es la que consigue dar más miedo. 

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Muñeco diabólico

Soy de los que piensa que siempre que se pone en marcha un remake éste siempre tiene que estar justificado, de alguna u otra forma. Son tal la cantidad de remakes innecesarios y absurdos en la historia del cine, que lo mínimo que le pido a cualquier director que se disponga a rodar una nueva adaptación de una película clásica -o no tan clásica- es que aporte algo original, algo novedoso, algo que, en definitiva, justifique la puesta en marcha de ese nuevo proyecto. Y esto es justo lo que consigue el director noruego Lars Klevberg con Muñeco diabólico (2019), reboot del clásico de culto homónimo que dirigió Tom Holland en 1988 y con el que conquistó la taquilla mundial. 30 años y 6 secuelas después -con unas dos últimas entregas que reinventaban completamente la saga-, ve la luz un remake cuya mayor virtud es ofrecer una mirada completamente diferente que la de su predecesor, pero manteniendo en todo momento esa esencia, esa atmósfera y ese universo propio tan característico de la franquicia. 

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Elisa y Marcela

Trasladar una historia real tan apasionante como la que narra Elisa y Marcela (2019) a la gran pantalla -el primer matrimonio homosexual de España, travestismo mediante- debería ser considerado un deporte de riesgo. La valentía, sin duda, era una cualidad imprescindible de cualquier director que decidiese ponerse al frente del proyecto. Isabel Coixet, una directora acostumbrada a pisar suelo dramático, la tiene. El problema es que la valentía tiene que ir acompañada de otra serie de cualidades como el conseguir que la historia rezume emotividad y, lo más importante, reflejar también el drama interior al que tuvieron que enfrentarse las protagonistas al sentir atracción por otra persona del mismo sexo en una época en la que eso era considerado, como mínimo, inmoral. Este último aspecto, imperdonable, termina lastrando una película que se queda a medio gas en todo. El hecho de que la directora no dedique ni un solo minuto a que sus dos heroínas, en un ambiente en las antípodas del progresismo y la tolerancia, manifiesten la más mínima duda sobre sus sentimientos, como si el querer a una persona de tu mismo sexo a finales del S.XIX en una aldea rural en España fuese lo más normal del mundo, es inexplicable.

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Rocketman

Hablar de Rocketman (Dexter Fletcher, 2019) sin mencionar a Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2019) es tarea casi imposible, no sólo por la proximidad en el tiempo entre los dos biopics, sino porque ambos se centran en las dos figuras más importantes que ha dado la industria musical británica en su historia. Si el año pasado fue el film sobre el líder del mítico grupo Queen el rey de la cartelera mundial -sus casi mil millones de dólares recaudados en todo el planeta y su lluvia incesante de premios así lo acreditan-, este año es el turno de Rocketman, la película que nace a rebufo de la obra de Singer a pesar de que, en el fondo, no tengan nada que ver. Por mucho de que la sombra de Bohemian Rhapsody sea alargada, la obra de Fletcher se erige como una película con personalidad propia, muy superior en calidad al biopic de Freddie Mercury que, a juicio de este cronista, despertó una entusiasta acogida no principalmente por sus méritos cinematográficos, sino por su mero objeto de estudio -una película con las canciones de un grupo como Queen, por muy mala que sea, tiene de entrada al 80% del público ganado-.

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El hijo

Hay dos requisitos imprescindibles para disfrutar de una película como El hijo (David Yarovesky, 2019): ser un incondicional del cine de terror -aunque la película no se adscriba 100% a este género- y, sobre todo, enfrentarse a ella sin ningún tipo de prejuicio. Si reunimos estas dos premisas es muy probable que lo pasemos pipa con una película tan sumamente entretenida como esta, un extraño y original híbrido entre el cine de superhéroes y el cine de terror. En una época en la que las películas nos suelen dar gato por liebre, esto es, prometernos una cosa y luego darnos otra muy distinta, se agradece una barbaridad que una producción ofrezca exactamente lo que promete. La honestidad, esa cualidad tan denostada en el día a día, es un valor que aprecio muchísimo, más aún en el cine. Prefiero mil veces una película que no se avergüence de exhibir sus limitaciones pero que cumpla su cometido de forma eficaz a la típica producción pomposa y llena de artificios pero que, en el fondo, aburre. A El hijo se le podrán reprochar muchas cosas, pero que aburre desde luego no es una de ellas. 

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La perfección

Hay películas a las que conviene enfrentarse sin haber leído ni haber visto nada sobre ellas previamente. Ni sinopsis, ni argumento, ni tráiler. Nada. Es el caso de La perfección (Richard Shepard, 2018), el último éxito viral de Netflix. La última obra del director de Matador (2005) o La sombra del cazador (2007), tan imprevisible como sorprendente, está confeccionada con el fin de dejar con la boca abierta al espectador escena tras escena. A través de infinidad de giros de guión, acontecimientos imprevistos y mil trampas argumentales -giro sorpresa final incluido- la película se las ingenia para no dar tregua al público jamás. A medio camino entre el thriller y el cine de terror -con cierto trasfondo social-, La perfección es una película imposible de definir, de adscribir a un género concreto. Sus concesiones al gore harán las delicias de los fans del género, mientras que el ambiente de tensión que se respira en todo momento conectará de forma inmediata con los que busquen una película capaz de enganchar de principio a fin.

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Carmen y Lola

Cuando un director o directora de cine se enfrenta a la tarea de dirigir su primer largometraje, puede optar por dos caminos: por la vía de la libertad creativa -a pesar de que esto incluya una serie de riesgos que no todos están dispuestos asumir-, o, por el contrario, por el camino más complaciente, el más cómodo, el más seguro. La directora bilbaína Arantxa Echevarria, en una pirueta aparentemente suicida, se decantó por el primer camino para alumbrar Carmen y Lola (2018), una historia que, a priori, lo tenía todo en contra para triunfar: actores desconocidos, aire documental, escaso presupuesto y, en lo que respecta a la temática, por narrar el romance entre dos mujeres gitanas. Producida y escrita por ella misma, Echevarria estuvo durante 6 años detrás de un proyecto que le ha costado sudor y lágrimas levantar; un proyecto con la virtud de haberse dado a conocer al gran público sin una televisión privada detrás que lo financie ni tampoco una masiva campaña de promoción. Sus 8 nominaciones a los premios Goya y sus dos galardones finales -mejor dirección novel y mejor actriz de reparto- fueron determinantes para que el espectador pusiera los ojos en una cinta que, con todo en contra, se ha ido abriendo camino por su autenticidad. 

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A pesar de todo

Entre los innumerables méritos a lo largo de la corta pero intensa existencia de Bambú Producciones, hay uno que destaca especialmente: el de haber firmado la primera serie española de Netflix: Las chicas del cable. La prestigiosa productora española, que hasta entonces había sido artífice de éxitos televisivos tan rotundos como Gran Reserva, Velvet o Bajo Sospecha, inició en 2017 un romance con la plataforma de streaming más famosa del mundo que, lejos de romperse, se fortalece con el tiempo. El hecho de que Las chicas del cable se convirtiera en una de las 3 series con más impacto de la compañía a nivel mundial -a la altura de sus otros dos buques insignia, Stranger Things y Por 13 razones-, fue motivo más que suficiente para que ambas partes estuviesen dispuestas a seguir trabajando juntas. En este contexto nace A pesar de todo (Gabriela Tagliavini, 2019), la primera película de Bambú para Netflix y, a su vez, la segunda incursión de la productora gallega en el cine tras El club de los incomprendidos (Carlos Sedes, 2014). Y el resultado, me temo, ha sido un desastre.

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Mi querida cofradía

Me resulta especialmente gratificante comprobar cómo en los últimos años el cine español ha ido incorporando a sus filas a múltiples mujeres directoras; talento con sello femenino que, sin duda, ha regenerado nuestra cinematografía aportando aire fresco y una mirada totalmente renovada. La lista sería considerable, pero basta con citar nombres como el de Paula Ortiz, Nely Reguera, Leticia Dolera, Carla Simón, Andrea Jaurrieta… para dar buena cuenta de que -por si alguien todavía lo dudaba- en materia de talento hombres y mujeres están a la par. Desgraciadamente el campo de la dirección de cine no ha sido ajeno a la brecha histórica entre ambos sexos, aunque el hecho de que con el tiempo la balanza se vaya equilibrando es una noticia esperanzadora. Marta Díaz es la última en engrosar la lista de directoras que, tras varios cortos a sus espaldas, han decidido lanzarse al mundo del largometraje. Y lo cierto es que la opera prima de Díaz, que rodó recién graduada en la ESCAC, es una película excelente. Un producto digno, bien acabado y mejor planteado. Con referentes como Berlanga o Pedro Almodóvar -especialmente de su película Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988)-, Díaz alumbra un trabajo costumbrista y lleno de situaciones memorables.

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Campeones

Decir que Javier Fesser es un director comprometido es constatar una evidencia. Ya no sólo por la temática de algunos de sus trabajos, sino por el tiempo que emplea en sacar adelante cada una de sus películas -una media de 5 años-, lo que revela el carácter perfeccionista del cineasta. Como buen director Fesser se lanza siempre a la construcción de la película perfecta y con Campeones (2018), su mejor proyecto hasta la fecha, lo ha conseguido. Aunque en su carrera hay películas extraordinarias -como Camino, ese brutal retrato del fanatismo religioso, o Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo (2014), la mejor película animada española de la historia que capturaba de forma impecable el espíritu de los míticos personajes de Ibáñez-, lo cierto es que es con Campeones cuando se puede hablar de la primera obra maestra de la fulgurante y prodigiosa carrera del director madrileño. Estamos ante un triunfo absoluto firmado por uno de los creadores más originales e indómitos de nuestro cine, que ha rodado siempre lo que le ha dado la gana sin perder nunca su esencia ni su peculiar sentido del humor. A continuación pasamos a desgranar las razones que hacen de Campeones una película imprescindible que, por sus valores y buenas intenciones, debería ser obligatoria en todos los colegios y centros educativos del mundo. 

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Ready Player One

Que me perdonen los incondicionales del cine de Steven Spielberg, pero su última película me ha parecido un coñazo. Con el corazón en la mano he de decir que mientras estaba disfrutando (o sufriendo, mejor dicho) Ready Player One (2018) en la sala de cine no fueron pocas las veces que me asaltó la idea de abandonar la sala -y eso es la primera vez que me pasa con un director cuyas películas han marcado mi adolescencia, juventud y, ahora, mi vida adulta-. Sí, me entraron ganas de irme no porque la película sea mala, que no lo es en absoluto, sino porque es una película que no está hecha para un espectador como yo. Hace mucho aprendí que, al igual que hay películas infames para el gran público que forman parte de mis placeres culpables, también hay películas magníficamente realizadas con las que no comulgo. Pero reconozco que son buenas películas. Es el caso de Ready Player One, largometraje número 31 en los casi 50 años de carrera del Rey Midas de Hollywood. Visualmente es brillante, los efectos especiales prodigiosos, sus escenas de acción están perfectamente coreografiadas… pero no consigo conectar con ella en ningún momento porque le falta lo más importante: alma. 

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La tribu

Como mejor se puede definir La tribu (2018), el largometraje número 21 del reputado y veterano Fernando Colomo, es como una feel-good movie, un término relativamente moderno que se inventó para todas aquellas producciones que tienen como objetivo principal que el público se sienta bien. Durante y después de la proyección. Estamos hablando de películas que hablan de temas cotidianos, con facilidad para conectar con el lado más sensible del espectador y, sobre todo, cargadas de buenas intenciones. Todos estos requisitos los cumple La Tribu, un trabajo inspirado en el caso real de Las Mamis, que es como se hicieron llamar un grupo de mujeres de mediana edad de Badalona que gracias a su pasión por el baile urbano llegaron a participar incluso en el programa televisivo Got Talent. A través de situaciones y personajes fácilmente reconocibles. el cineasta madrileño elabora un trabajo que se ve siempre con una sonrisa en la cara, aunque en realidad no tenga situaciones excesivamente graciosas ni provoque la carcajada más allá de un par de momentos puntuales -el mejor de todos: esa Carmen Machi enseñando a bailar a una compañera de trabajo-

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