Call Me by Your Name

Hay películas que sólo se pueden disfrutar -y entender- si se dispone de la sensibilidad y la inteligencia necesarias para ello. Call Me by Your Name (2017), el último trabajo de Luca Guadagnino, uno de los directores claves del cine europeo contemporáneo, es una buena muestra de ello. Auténtica catedral de sensaciones e inabarcable templo de emociones, los 130 minutos que conforman este trabajo que desde el mismo momento de su estreno se convirtió en un título de culto son pura poesía visual y verbal. Estamos ante una de esas rarezas que de cuando en cuando llegan a la cartelera; entiéndase el término rareza como una de esas películas tan perfectas a todos los niveles que cuesta creer que sean de verdad. Que existan. Es bastante complicado, por no decir imposible, encontrar el más mínimo defecto a esta película que habla como muy pocas han hablado antes del paso del tiempo, de la fugacidad del primer amor, del deseo, la pasión o del dolor, la impotencia y la frustración que acarrea la pérdida. Temas lo suficientemente universales, todos ellos, para que algunos se limiten a calificar esta película como “una película de temática gay”, sin más. Y, aunque es cierto que estamos ante una de las historias de amor homosexuales más lúcidas que se han visto en pantalla grande en mucho tiempo, reducir todo su potencial a una “historia gay” es, además de simplista, injusto.

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El cuaderno de Sara

Qué rabia cuando una cinta que, a priori, contaba con todos los mimbres para ser una gran película prefiere conformarse con ser una buena película a secas. Sin más. El último ejemplo es El cuaderno de Sara (2018), dirigida por el televisivo Norberto López Amado –Tierra de Lobos, El incidente, El Tiempo entre Costuras…-. La nueva producción de Telecinco Cinema es una película estupenda, de esas capaz de generar un gran poder de abstracción en el espectador, pero que con un poco más de exigencia podría haber ocupado una posición privilegiada en el cine español. No será así. No obstante, como digo, el que ha sido el primer número 1 en taquilla del cine patrio en 2018 -con 1 millón de euros recaudados en su primer fin de semana-, es un trabajo que, aunque sólo sea por su temática, merece toda mi admiración. El género de acción , y más concretamente el de viajes exóticos, ha estado tan inexplorado históricamente en nuestro cine que el hecho de que se estrene una película como esta llama poderosamente la atención. Si encima el reparto lo encabeza una mujer, en el rol de heroína en mitad de la guerra, el nivel de fascinación se multiplica. 

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Tres anuncios en las afueras

Sólo un director con una gran seguridad en sí mismo y un inmenso talento puede rodar una película que gire en torno a la violación y asesinato de una joven desde un prisma sarcástico. El responsable de tal hazaña es el director británico Martin McDonagh, autor también del guión de una película que ha conquistado el Premio del Público en multitud de festivales (Toronto, San Sebastián…) y que opta a 7 estatuillas en los próximos Oscar. En efecto, el mayor mérito de Tres anuncios en las afueras (2017) es su funambulesco equilibrio entre el drama más desgarrado y la comedia más irreverente: conseguir esta constante dicotomía a lo largo de sus casi dos horas de metraje no es tarea fácil, pero McDonagh hace como si lo fuera. Embriagada de un humor negro que bebe constantemente de lo políticamente incorrecto, la que es la mejor película hasta la fecha del director de Escondidos en Brujas (2008) -por la que estuvo nominado a mejor guión original- es todo un tour de force de la búsqueda de la justicia, la venganza, el dolor, la pérdida, así como la violencia policial o el racismo. Temas de enjundia en una película que por sus gotas de western, cine negro, social y su ya comentada mezcla de drama y comedia hacen que sea difícil de adscribir a un género cinematográfico.

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Los Archivos del Pentágono

El llamado Rey Midas de Hollywood se ha ganado por méritos propios que cualquier estreno suyo en pantalla grande se convierta de forma instantánea en una cita ineludible, inexcusable. Convertido en el único director vivo que ha dirigido 11 películas nominadas en la categoría de mejor película en los Oscar, Spielberg es de esos tipos que nunca fallan. Y, cuando lo hacen, no quedan por debajo del 8 en una escala del 1 al 10, por lo que el notable lo tenemos más que garantizado. En esta ocasión, y para no perder la costumbre, el responsable de títulos tan míticos de la historia del cine como Tiburón (1975), E.T., el extraterrestre (1982) o Jurassic Park (1997), ha alumbrado una nueva obra maestra. Un 10. Una película de una perfección tan abrumadora que asusta y conmueve al mismo tiempo. Se titula Los Archivos del Pentágono y está predestinada a convertirse no sólo en uno de los títulos más emblemáticos de la filmografía de Spielberg, también en una de las cintas más importantes – y necesarias- de los últimos años.

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Jumanji: Bienvenidos a la Jungla

Hay películas que son intocables. Bien por el papel que desempeñan en la historia del cine o bien por la capacidad que tuvieron en su momento para marcar a toda una generación lo cierto es que, como digo, existen películas que -a priori- no admiten remakes, secuelas ni reboots. Jumanji, aquella joya que en 1995 nos enamoró a todos -gracias a su novedoso uso de los efectos digitales  pero, sobre todo, al inmenso carisma de su protagonista, el gran Robin Williams- es una de esas películas que tuvieron el poder de fascinar al mundo entero en su momento y que todavía hoy, más de dos décadas después de su estreno, se la recuerda con inmenso cariño. La mayoría que vimos este título siendo adolescentes nos sabemos la película de memoria y, aún así, somos incapaces de resistirnos a verla de nuevo cada vez que la vuelven a emitir por televisión. Era, sin duda, una de esas películas intocables. Por este motivo el público se echó encima del director Jake Kasdan cuando anunció que en 2017 estrenaría una nueva versión de la película original bajo el título Jumanji: Bienvenidos a la jungla. Y, para asombro de todos y el mío propio, el resultado ha merecido la pena.

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Que baje Dios y lo vea

No hay sensación más ingrata -ni más incómoda- a la hora de ver una película que la vergüenza ajena. Y esta es justo la sensación que provoca Que baje Dios y lo vea (2017), el debut en la dirección de Curro Velázquez, guionista del díptico Fuga de cerebros y creador de la exitosa serie Chiringuito de Pepe. Por más vueltas que le doy no logro encontrar la razón de la puesta en marcha de un film tan vulgar, plano, soporífero y mal realizado como este, en el que resulta una tarea titánica encontrar un aspecto que funcione. Confieso que vi la película el día de su estreno en los cines españoles pero he optado por esperar a que pasen varias jornadas para redactar mi crítica, ya que no quería que ésta fuese el fruto de un calentón, del tremendo enfado que me llevé por haber pagado por ver algo tan mal hecho. Pero lo cierto es que ahora, casi una semana después de haberla visto en pantalla grande, mi opinión no ha variado un ápice. A este crítico se le hace imposible hablar bien de un proyecto que pasará a mi memoria cinéfila como la peor película española de los últimos tiempos -aunque si le quitamos lo de “española” también vale-. 

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El gran showman

“El arte más noble es el de hacer felices a los demás”. La frase con la que echa el cierre El gran showman, debut en la dirección del australiano Michael Gracey, es toda una declaración de intenciones de uno de los musicales más exitosos de los últimos tiempos. Y lo es porque pocas veces se ha visto un musical con tanta vocación de hacer que el público se lo pase bien, que disfrute, que vibre incluso. Conscientes de que estaban ante uno de los géneros más peligrosos para la taquilla, los responsables de la que muchos han calificado como la heredera directa de Moulin Rouge -aunque Gracey no alcance el nivel de maestría ni el barroquismo de Luhrmann-, han apostado a lo seguro: canciones pegadizas, cast archiconocido, ritmo endiablado y duración ajustada. Estos son los ingredientes en los que se sustenta una película que no se avergüenza de estar ideada para las masas, que en ningún momento disimula su firme intención de llenar las salas de cine. Es más, parece incluso vanagloriarse de ello. ¿Es malo? Para los elitistas culturales quizá. Para este crítico desde luego que no.

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Perfectos desconocidos

Uno de los mayores placeres que proporciona la película Perfectos desconocidos (Álex de la Iglesia, 2017), remake de su homóloga italiana Perfetti Sconociuti (2016), es imaginar la vergüenza -si es que tienen- que estarán sintiendo las personas que mientras ven la película se están identificando, muy a su pesar, con cualquiera de sus personajes. En una obra que habla de la hipocresía, la falta de confianza y que, de forma inmisericorde, deja al ser humano por los suelos -a excepción de un par de personajes que, en un clima de inmoralidad generalizada, consiguen salvarse de la quema-, sentirse identificado con cualquiera que desfila por aquí ya revela la categoría humana del sujeto. Seguro que no son pocos los que lo hacen, mientras que los que observamos el espectáculo desde la barrera, esos que estamos lejos de ser perfectos pero que estamos a años luz de semejante nivel de mediocridad como el que aquí se expone, disfrutamos con que un director saque a la luz de una forma tan clara y tan pulcra las mentiras y la doble vara de medir de la que cada día hacen gala la gente de nuestro entorno. Que la sociedad está enferma no es algo nuevo, pero que hasta la persona más aparentemente intachable sea capaz de esconder secretos que pongan en peligro su integridad moral, su matrimonio o hasta la relación con sus amigos es algo que debe hacernos reflexionar.

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Asesinato en el Orient Express

Habrá quien se pregunte en la necesidad de poner en marcha esta nueva adaptación cinematográfica de la ya casi centenaria novela de Agatha Christie Asesinato en el Orient Express teniendo en cuenta la existencia de la mítica película de Sidney Lumet, quien en 1974 logró reunir a un cast de auténtico lujo para trasladar en imágenes la que muchos califican como la obra magna de la llamada Dama del Misterio. Y el resultado, lejos de ser una obra maestra, fue un trabajo más que digno muy aplaudido por la crítica, como demuestran sus 6 nominaciones a los Oscar y la estatuilla conseguida por Ingrid Bergman en el papel que ahora interpreta Penélope Cruz. Hay que destacar que igual de digna de aquella, lo es también este remake pilotado por Kenneth Branagh. Sí, es cierto que las comparaciones con su predecesora son inevitables y que la sombra de la obra de Lumet es alargada, pero intentaremos hacer una crítica de la película sin caer en comparaciones estériles e injustas. Merece la pena valorar esta nueva Asesinato en el Orient Express (2017) de forma independiente, porque cuenta con las suficientes virtudes como para sostenerse -y defenderse- por sí sola. 

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La librería

La librería (Isabel Coixet, 2017) es uno de esos caramelos envenenados que de cuando en cuando llegan a la gran pantalla. Todo vaticina que será una película de esas que muchos cinéfilos denominamos como “agradables de ver”. Desde el cartel promocional, hasta el tráiler o la propia sinopsis nos vaticinan una obra bonita, liviana, sin más trascendencia que su bonita fotografía y el toque intimista necesario para que salgas del cine con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. Cierto es que la nueva obra de la directora, una nueva cima en una carrera plagada de éxitos, es una película con mucho, muchísimo encanto, y su fotografía, en efecto, es preciosa, pero de liviana no tiene absolutamente nada. Algo lógico, por otra parte, viniendo de quien la firma. Estamos ante una cinta exquisita trufada de sensibilidad, emoción y humanidad que aparenta ser extremadamente simple cuando en el fondo es extremadamente compleja, pura dinamita. Un trabajo que habla de tantos temas y de forma tan natural que parece que no está contando nada cuando, en realidad, te lo está contando todo.

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El secreto de Marrowbone

La última vez que me salí del cine en plena sesión fue con la infame Historia de mi muerte (Albert Serra, 2013), una película que provocó la mayor estampida en una sala de cine que soy capaz de recordar -cuando empezó la proyección éramos unas 200 personas en la sala; cuando me salí sólo quedábamos dentro 10-. Desde entonces, en todos estos años, nunca he abandonado una sala de cine, por muy tentado que haya estado para ello en no pocas ocasiones. Pienso que para juzgar una película, por muy mala que sea, hay que visionarla en su totalidad. Lo que ocurre es que, en algunos casos muy concretos, aguantar hasta el final de metraje de una película que no te está gustando nada es un ejercicio tan tortuoso que hace tiempo que decidí dejar de ponerlo en práctica. El secreto de Morrowbone (2017) ha sido la última en engrosar esta infame lista de películas; a pesar de intentarlo con todas mis fuerzas he sido incapaz de aguantar sus 110 minutos en el interior del cine. Al minuto 90 me he salido de la sala porque consideraba que lo que el director me estaba contando -todavía no sé muy bien qué es- era de una simpleza absoluta, carente del más mínimo interés. 

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Toc toc

Era cuestión de tiempo la adaptación cinematográfica de la exitosa obra de teatro “Toc toc”, escrita por el autor y humorista francés Leaurent Baffie. Estrenada en más de 20 países y representada durante 9 años ininterrumpidos en el Teatro Príncipe Gran Vía -lo que la convierten en la obra de teatro más longeva de la cartelera madrileña-, no cabe duda que Toc toc” tenía altas posibilidades de ser llevada al cine, aunque la materia prima no fuera excesivamente original ni nada del otro mundo. Con todo, era una responsabilidad trasladar a fotogramas este éxito internacional y el escogido ha sido Vicente Villanueva, autor de Lo contrario al amor (2011) y la desternillante e infravaloradísima Nacida para ganar (2015), donde Villanueva demostró un gran dominio de los códigos de la comedia. Y lo cierto es que en esta adaptación homónima (2017) el cineasta sigue estando en plenas facultades y vuelve a dar una lección de cómo hacer alta comedia. Y demuestra, y he aquí el gran mérito del autor, que la alta comedia no tiene que ser necesariamente aburrida ni gris, sino que puede habitar en un proyecto como este, con una clara vocación comercial y de apariencia fresca y ligera.


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