Joker

Rara vez se genera tanta expectación mundial ante una película como con Joker (Todd Phillips, 2019), la ganadora del León de Oro en el último Festival de Venecia -galardón insólito para una película de cómics, que en realidad, no lo es en absoluto-. Pero más raro es que vean la luz películas a las que no se les puede sacar ni un defecto. Lo que vienen siendo películas perfectas. Y para quien todavía piense que la perfección no existe solo tiene que ver la nueva obra del director de la trilogía Resacón en Las Vegas, que cambia completamente de registro para ofrecernos la que es, sin ninguna duda, la película del año y una de las más importantes -por muchos y muy variados motivos- que se han rodado en lo que llevamos de siglo. Camuflada bajo la etiqueta de cine de superhéroes -sólo así puede explicarse que, en los estándares del sistema de producción del Hollywood actual, haya podido rodarse una cinta que critica de forma tan inmisericorde el sistema, que se muestre tan poco complaciente con él-, el director y co-guionista construye una obra en torno a un personaje tan enigmático como el Joker, del que se sabe muy poco a pesar de llevar formando parte de la cultura popular durante décadas.

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Mientras dure la guerra

Habrá quien se pregunte qué necesidad tenía un director de la trayectoria de Alejandro Amenábar, que en líneas generales gusta tanto a público de izquierdas como de derechas, de rodar una película como Mientras dure la guerra (2019), tan aparentemente proclive a disgustar a alguno de los dos bandos. Y digo aparentemente porque, para quienes la hemos visto, lo último que pretende la película es caer en el maniqueísmo y los clichés en los que han caído algunas películas españolas sobre la guerra civil. En su séptimo largometraje, el director de Abre los ojos y Tesis no busca glorificar a un bando y cargar las tintas sobre el otro, sino explicar que la realidad es tan poliédrica como el personaje central del film, Miguel de Unamuno, quien precisamente caía mal a ambos bandos por sus continuos vaivenes ideológicos. Film arriesgado y valiente, Mientras dure la guerra no nace para provocar, como los mismos fanáticos de siempre apuntan, sino para reconciliar. Porque, por encima de ver cuál de los dos bandos cometió más disparates, con lo que verdaderamente hay que quedarse de este documento fílmico sobre la contienda española es con su llamada a la reflexión y, así, evitar que los errores del pasado se vuelvan a repetir. 

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Litus

La prueba más incontestable de que una película te ha gustado es si, nada más terminar, te han entrado ganas de volver a verla. Fue justo lo que me pasó con Litus (2019), quinto largometraje del director catalán Dani de la Orden. Situada más cerca de los parámetros de su tándem Barcelona, noche de verano (2013) y Barcelona, noche de invierno (2015), que de El pregón (2016) y El mejor verano de mi vida (2018), Litus es una de esas películas en las que parece que no está pasando nada cuando en realidad está pasando de todo. De cuidada estética y trazo elegante, el director cuenta una historia ligera en las formas, pero de calado en el fondo; estamos ante un trabajo que parece directamente extraído de la realidad, donde todo exhala verdad -las interpretaciones, los diálogos, las situaciones-. Y, en su obstinación por ser lo más realista posible, la película se hace difícil de enmarcar dentro de un género concreto. Porque Litus es como la vida misma: tan compleja que es imposible que reducirla a la etiqueta de “drama” o de “comedia”. 

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Quien a hierro mata

Reconozco que durante sus veinte primeros minutos, permanecí más bien impasible ante Quien a hierro mata, el quinto largometraje en solitario de Paco Plaza. No me aburrí, pero confieso que durante esos minutos no tenía muy claro lo que estaba sucediendo en pantalla. No imaginaba por esos instantes que me encontraba ante una película que va de menos a más. Porque, transcurridos esos 20 minutos iniciales que funcionan a modo de carta de presentación, el progreso narrativo del nuevo trabajo del cocreador de la saga REC es bestial. Paradigma de película que va atrapando al espectador de forma magistral y sibilina, la curva ascendente de tensión de Quien a hierro mata es implacable, hasta desembocar en uno de los planos finales más impactantes e icónicos que ha dado el cine español en los últimos años. Este último fotograma, de una crudeza extraordinaria, supone el remate de una película que nos va envolviendo en su tela de araña casi sin que nos demos cuenta, regalándonos por el camino escenas en las que la tensión se hace casi inaguantable. Y lo más importante: tratando al espectador siempre como un ser inteligente. 

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Padre no hay más que uno

El creador de la saga más popular del cine español, Santiago Segura, sorprendió a propios y extraños cuando en 2018 estrenó Sin rodeos, su primer trabajo como director fuera de la saga Torrente, aquella que le hizo mundialmente conocido y por la que ganó el Goya al mejor director novel en 1998. Y sorprendió porque, aunque nadie dudara a estas alturas de su talento, pocos esperaban que se desenvolviera tan bien en el terreno de la comedia familiar, lejos de la comedia policíaca y cañí a la que nos tenía acostumbrados. Un año después el polifacético artista vuelve a reincidir en el género con Padre no hay más que uno (2019), remake de la película argentina Mamá se fue de viaje (2017). Escrita al alimón entre el propio director y protagonista y Marta González de la Vega -que repiten juntos tras Sin rodeos-, el nuevo trabajo de Segura supone un homenaje a La gran familia (Fernando Palacios, 1962), lo que vuelve a demostrar la admiración que el creador siente por el cine español de los 50 y los 60 -de ahí también que decidiera contar con Tony Leblanc para su popular saga, que le propició al popular actor su único Goya, sin contar el Goya de Honor-.

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Annabelle vuelve a casa

Nadie podía imaginar, ni siquiera sus propios creadores, que con el estreno de Expediente Warren: The Conjuring (James Wan, 2013) se estaba dando el pistoletazo de salida a una de las sagas más potentes -y rentables- de toda la historia del cine de terror. Annabelle vuelve a casa (Gary Dauberman, 2019) viene para seguir engrosando una lista de películas que, a pesar de su calidad variable, se encuentran enlazadas por el reconocible e infinito universo de los Warren, ya sea a través de secuelas, precuelas, spin-offs y todo lo que nos podamos imaginar. Esta tercera parte de la saga de la muñeca diabólica, y continuación directa de la primera entrega, viene para demostrar que la franquicia tiene todavía mucho recorrido. Muy superior a Annabelle (2014) -lo cual no es mucho decir porque era un completo desastre-, y ligeramente más entretenida que Annabelle: Creation (2017), Annabelle vuelve a casa es la mejor entrega de las tres que se han estrenado hasta ahora. La razón es muy sencilla: es la que consigue dar más miedo. 

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Muñeco diabólico

Soy de los que piensa que siempre que se pone en marcha un remake éste siempre tiene que estar justificado, de alguna u otra forma. Son tal la cantidad de remakes innecesarios y absurdos en la historia del cine, que lo mínimo que le pido a cualquier director que se disponga a rodar una nueva adaptación de una película clásica -o no tan clásica- es que aporte algo original, algo novedoso, algo que, en definitiva, justifique la puesta en marcha de ese nuevo proyecto. Y esto es justo lo que consigue el director noruego Lars Klevberg con Muñeco diabólico (2019), reboot del clásico de culto homónimo que dirigió Tom Holland en 1988 y con el que conquistó la taquilla mundial. 30 años y 6 secuelas después -con unas dos últimas entregas que reinventaban completamente la saga-, ve la luz un remake cuya mayor virtud es ofrecer una mirada completamente diferente que la de su predecesor, pero manteniendo en todo momento esa esencia, esa atmósfera y ese universo propio tan característico de la franquicia. 

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Elisa y Marcela

Trasladar una historia real tan apasionante como la que narra Elisa y Marcela (2019) a la gran pantalla -el primer matrimonio homosexual de España, travestismo mediante- debería ser considerado un deporte de riesgo. La valentía, sin duda, era una cualidad imprescindible de cualquier director que decidiese ponerse al frente del proyecto. Isabel Coixet, una directora acostumbrada a pisar suelo dramático, la tiene. El problema es que la valentía tiene que ir acompañada de otra serie de cualidades como el conseguir que la historia rezume emotividad y, lo más importante, reflejar también el drama interior al que tuvieron que enfrentarse las protagonistas al sentir atracción por otra persona del mismo sexo en una época en la que eso era considerado, como mínimo, inmoral. Este último aspecto, imperdonable, termina lastrando una película que se queda a medio gas en todo. El hecho de que la directora no dedique ni un solo minuto a que sus dos heroínas, en un ambiente en las antípodas del progresismo y la tolerancia, manifiesten la más mínima duda sobre sus sentimientos, como si el querer a una persona de tu mismo sexo a finales del S.XIX en una aldea rural en España fuese lo más normal del mundo, es inexplicable.

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Rocketman

Hablar de Rocketman (Dexter Fletcher, 2019) sin mencionar a Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2019) es tarea casi imposible, no sólo por la proximidad en el tiempo entre los dos biopics, sino porque ambos se centran en las dos figuras más importantes que ha dado la industria musical británica en su historia. Si el año pasado fue el film sobre el líder del mítico grupo Queen el rey de la cartelera mundial -sus casi mil millones de dólares recaudados en todo el planeta y su lluvia incesante de premios así lo acreditan-, este año es el turno de Rocketman, la película que nace a rebufo de la obra de Singer a pesar de que, en el fondo, no tengan nada que ver. Por mucho de que la sombra de Bohemian Rhapsody sea alargada, la obra de Fletcher se erige como una película con personalidad propia, muy superior en calidad al biopic de Freddie Mercury que, a juicio de este cronista, despertó una entusiasta acogida no principalmente por sus méritos cinematográficos, sino por su mero objeto de estudio -una película con las canciones de un grupo como Queen, por muy mala que sea, tiene de entrada al 80% del público ganado-.

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El hijo

Hay dos requisitos imprescindibles para disfrutar de una película como El hijo (David Yarovesky, 2019): ser un incondicional del cine de terror -aunque la película no se adscriba 100% a este género- y, sobre todo, enfrentarse a ella sin ningún tipo de prejuicio. Si reunimos estas dos premisas es muy probable que lo pasemos pipa con una película tan sumamente entretenida como esta, un extraño y original híbrido entre el cine de superhéroes y el cine de terror. En una época en la que las películas nos suelen dar gato por liebre, esto es, prometernos una cosa y luego darnos otra muy distinta, se agradece una barbaridad que una producción ofrezca exactamente lo que promete. La honestidad, esa cualidad tan denostada en el día a día, es un valor que aprecio muchísimo, más aún en el cine. Prefiero mil veces una película que no se avergüence de exhibir sus limitaciones pero que cumpla su cometido de forma eficaz a la típica producción pomposa y llena de artificios pero que, en el fondo, aburre. A El hijo se le podrán reprochar muchas cosas, pero que aburre desde luego no es una de ellas. 

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La perfección

Hay películas a las que conviene enfrentarse sin haber leído ni haber visto nada sobre ellas previamente. Ni sinopsis, ni argumento, ni tráiler. Nada. Es el caso de La perfección (Richard Shepard, 2018), el último éxito viral de Netflix. La última obra del director de Matador (2005) o La sombra del cazador (2007), tan imprevisible como sorprendente, está confeccionada con el fin de dejar con la boca abierta al espectador escena tras escena. A través de infinidad de giros de guión, acontecimientos imprevistos y mil trampas argumentales -giro sorpresa final incluido- la película se las ingenia para no dar tregua al público jamás. A medio camino entre el thriller y el cine de terror -con cierto trasfondo social-, La perfección es una película imposible de definir, de adscribir a un género concreto. Sus concesiones al gore harán las delicias de los fans del género, mientras que el ambiente de tensión que se respira en todo momento conectará de forma inmediata con los que busquen una película capaz de enganchar de principio a fin.

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Carmen y Lola

Cuando un director o directora de cine se enfrenta a la tarea de dirigir su primer largometraje, puede optar por dos caminos: por la vía de la libertad creativa -a pesar de que esto incluya una serie de riesgos que no todos están dispuestos asumir-, o, por el contrario, por el camino más complaciente, el más cómodo, el más seguro. La directora bilbaína Arantxa Echevarria, en una pirueta aparentemente suicida, se decantó por el primer camino para alumbrar Carmen y Lola (2018), una historia que, a priori, lo tenía todo en contra para triunfar: actores desconocidos, aire documental, escaso presupuesto y, en lo que respecta a la temática, por narrar el romance entre dos mujeres gitanas. Producida y escrita por ella misma, Echevarria estuvo durante 6 años detrás de un proyecto que le ha costado sudor y lágrimas levantar; un proyecto con la virtud de haberse dado a conocer al gran público sin una televisión privada detrás que lo financie ni tampoco una masiva campaña de promoción. Sus 8 nominaciones a los premios Goya y sus dos galardones finales -mejor dirección novel y mejor actriz de reparto- fueron determinantes para que el espectador pusiera los ojos en una cinta que, con todo en contra, se ha ido abriendo camino por su autenticidad. 

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