El amante doble

Una de las señas de identidad más características del cine de François Ozon es su admirable equilibrio entre lo genial y lo ridículo. Este hecho, lejos de ser un argumento para atacarle, es la pasta de la que están hecha los más grandes autores y directores de cine. La pasmosa facilidad con la que Ozon construye escenas que no sabes si catalogar como geniales o directamente de tomadura de pelo son constantes en su filmografía, y el que esto escribe no tiene ningún pudor en calificarlas de geniales. Sí: soy un ferviente admirador de este director francés, al que descubrí de forma tardía -con la inmejorable En la casa (2012)-, y me ha ido conquistando con cada nuevo trabajo, especialmente con Joven y bonita (2013) y Una nueva amiga (2014). Por eso me duele especialmente tener que hablar mal de El amante doble (2017), el primer gran tropiezo de su extraordinaria trayectoria. Se me antoja imposible defender con argumentos sensatos y coherentes una película tan plana, absurda, vacía y terriblemente aburrida como esta, un extraño e imposible híbrido entre thriller erótico, romance y traumas existenciales aderezados con mezcla de realidad y ficción. Duele reconocerlo, pero es así: no hay por donde coger El amante doble, una película en la que es imposible no perderse. Hasta el espectador más avispado saldrá del cine con la sensación que la han tomado el pelo. 

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Lo que de verdad importa

Intenso dilema al que me he enfrentado con Lo que de verdad importa (2017) el segundo largometraje de Paco Arango, que hace cinco años debutó con Maktub, película nominada a 3 premios Goya. Y digo dilema porque no es plato de buen gusto hablar mal de una producción que se nos ha vendido como “la primera película 100% benéfica de la historia del cine”. Y es cierto. Todo lo recaudado por esta producción que toma su título de una asociación sin ánimo de lucro cuyo fin es promover valores fundamentales para la sociedad a la gente joven está yendo destinado íntegramente a Serious Fun Children´s Network -de la que Arango es miembro a través de su fundación Aladina-; una asociación creada hace más de 20 años por el mítico actor Paul Newman cuyo fin es acoger a niños enfermos de cáncer. Nada que objetar al respecto, más bien todo lo contrario: me resulta admirable cómo un director -y, en este caso, también guionista- es capaz de renunciar a su propio sueldo y pagar de su bolsillo a los cientos de profesionales que han trabajado en la película a cambio de que hasta el último céntimo recaudado vaya destinado a mejorar la calidad de vida de niños enfermos.

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Moonlight

Resulta casi un milagro que una película como Moonlight (Barry Jenkins, 2016) haya llegado hasta donde ha llegado. Hay que exprimir mucho la mente para recordar cuándo una película tan alejada de los parámetros comerciales tradicionales, protagonizada por actores prácticamente desconocidos para el gran público y pilotada por un director casi debutante -por no hablar de su escaso presupuesto: apenas 5 millones de dólares, cifra casi insólita en el Hollywood actual- llegaba a las carteleras de todo el mundo de forma tan masiva, cosechando entusiastas acogidas de público y crítica. Un recorrido fulgurante que vivió su punto álgido la noche del 26 de febrero, fecha en la que esta cinta de corte independiente acerca de lo duro que es ser gay y afroamericano en América se alzó con el Oscar a la Mejor Película -uno de los tres galardones que logró de un total de 8 nominaciones-, arrebatándole el premio gordo a la que todas las quinielas daban como gran favorita: La la land (Damien Chazelle, 2016). Se convertía, así, en la primera película de temática LGTB en ganar el Oscar más importante. Pero, ¿es justificable este fenómeno? ¿por qué tras su historia aparentemente manida, y pese a abordar temas muy sobados en el cine -maltrato escolar, drogas, las trabas de la homosexualidad-, ha logrado conquistar al público?

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El ciudadano ilustre

Viendo quienes la firman, no debería resultarnos un hallazgo sorprendente “El ciudadano ilustre” (2016). Estamos hablando del duplo Mariano Cohn y Gastón Duprat, probablemente la pareja artística más importante en el ámbito del séptimo arte de toda latinoamérica. Responsables de la imprescindible “El hombre de al lado” -obra que supuso su gran salto internacional-, era de esperar que tras aquella maravilla este tándem de creadores lúcidos, inteligentes y poseedores de un extraordinario don para entender el cine como herramienta para diseccionar lo cotidiano y hablar del aquí y ahora, nos regalaran otra maravilla. Lo que pocos imaginábamos era el extraordinario alcance cinematográfico que iba a suponer este nuevo trabajo, el cuarto de su carrera, un incontestable salto adelante en su ya de por sí estimable filmografía. Seleccionada por Argentina para los Oscar, “El ciudadano ilustre” es una obra tan inabarcable que hasta las subcapas tienen subcapas: un trabajo tan lleno de sustancia que exige necesariamente de un segundo visionado. Una de esas películas, en suma, a las que es imposible acceder a su totalidad con una única proyección. 

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Un monstruo viene a verme

Cuando terminé de leer “Un monstruo viene a verme” pensé que ahí había un inmejorable material para rodar una película sobre el poder de la fantasía y lo difícil que resulta reunir el valor para contar la verdad. Mi alegría fue mayúscula cuando me enteré que la celebrada novela de Patrick Ness había caído en manos de J. A. Bayona, director que ya demostró su exquisita sensibilidad tras la cámara en El orfanato (2007) y Lo imposible (2012), y que éste había decidido llevarla a la gran pantalla. Así nació la tercera película del director catalán y la primera inspirada en un libro, de título homónimo. Y lo cierto es que no pude tener mejores impresiones al salir del cine: me sentí reconfortado por haber visto plasmado en imágenes de forma meticulosamente fiel todo el poderoso universo visual, artístico y sentimental ideado por Ness -guionista de la película-, envuelto, como no podía ser de otra forma firmándolo quien lo firma, en una coraza técnica inmejorable y con un plantel de actores de primera fila -y grandes descubrimientos, como el pequeño pero no por ello menos superdotado Lewis MacDougall- dando vida a todos los personajes. 

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Elle

En un tiempo en el que cada vez más directores sucumben a la tentación de lo políticamente correcto, en el que cada vez cuesta más encontrar riesgo, atrevimiento y osadía en el séptimo arte, se agradece (y mucho) un film como Elle y un director como Paul Verhoeven, autor de una filmografía que se caracteriza precisamente por no casarse con ningún parámetro preestablecido y hacer básicamente el cine que le da la gana, ajeno a si éste resulta más o menos polémico. Y este adjetivo es, precisamente, el que mejor describe a su última criatura, un film que desde su triunfal proyección en el Festival de Cannes (dentro de la sección oficial de largometrajes a concurso) ha despertado un inusitado respaldo unánime de la crítica. Los factores que convierten a Elle, la elegida por Francia para representarle en los Oscar, en una película polémica van mucho más allá del hecho de mostrar algo que nunca se ha visto en el cine -como es el retrato de una mujer violada que se niega a aceptar el papel de víctima-, sino en todo el conjunto de debates morales que va desplegando su(s) trama(s) y la aguda mirada del director por mostrar un mundo enfermo. 

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Café Society

Tras ver Café Society (Woody Allen, 2016) uno entiende por qué fue recibida con gran entusiasmo en el último Festival de Cannes: estamos ante una de las películas más logradas del genio neoyorquino. Al igual de lo que sucedió con Match Point (2004) o la más reciente Blue Jasmine (2013), la nueva obra de Allen está a la altura de alguna de las obras maestras de su primera etapa como cineasta, sin duda la más fructífera e interesante. Como muchas carreras cinematográficas, la trayectoria del director de Manhattan o Annie Hall está plagada de muchas cimas, simples colinas y algún que otro desastre -a la mente me viene A Roma con amor (2012), una película que nunca debería haber existido-. La razón principal por la que Café Society habría que encuadrarla dentro del primer grupo es que es una película que mezcla con pasmosa sencillez lo bonito con lo trágico, lo agradable con lo que no lo es, el brillo y la purpurina con el vacío más atronador. Inmensamente bella pero terriblemente trágica a la vez, esta comedia dramática ambientada en el Nueva York de los años 30 consigue dejar al espectador en un profundo estado de confusión: ese que te dejan las películas que disfrutas con una sonrisa pero que, al mismo tiempo, también te dan motivos para estar triste. 

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A primera vista

En 2010 el director y guionista brasileño Daniel Ribeiro alumbró No quiero volver solo, un cortometraje de corte homosexual que encandiló a público y crítica -se alzó con el galardón al mejor cortometraje en el prestigioso Festival de Sao Paulo-. Dicho trabajo, en el que el director experimentó lo que suponía trabajar con un actor joven dando vida a un adolescente ciego, permitió a Ribeiro conseguir la financiación para rodar su primer largometraje, A primera vista (2014), film que profundiza en la trama de dicho cortometraje y que está protagonizado por el mismo elenco principal. En ambos proyectos es palpable la sensibilidad y el buen hacer del cineasta tras la cámara, así como su afán por conseguir transmitir la máxima emoción posible con el menor número de trucos y artificios. Si por algo destaca tanto el cortometraje, primero, como el largometraje, después, es por huir de cualquier tipo de exceso: sorprende encontrarse en la parcela de películas de temática LGTB, tan dadas a lo explícito y a lo superficial, un trabajo que deje de lado cualquier atisbo de provocación y morbo y no se deje arrastrar tampoco por el dramatismo que bien podría derivarse de muchas de las situaciones que aquí se nos plantean -los compañeros de clase homófobos, el sufrimiento interior del protagonista, etc-. 

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El olivo

Tras ambientar sus últimas películas en lugares tan dispares como Bolivia, Nepal o Escocia –También la lluvia (2010), Katmandú, un espejo en el cielo (2011) y En tierra extraña (2014), respectivamente-, Icíar Bollaín sigue su fascinante itinerario en El olivo (2016). En esta ocasión la directora madrileña nos traslada al bajo maestrazgo castellonense para narrarnos una historia llena de sentimientos y buenas intenciones dispuesta a tocar la fibra sensible del público. Escrita por su marido, el guionista escocés Paul Laverty, El olivo es una de esas películas que, conjugando extraordinariamente bien drama y comedia, consiguen hacernos reflexionar. Y es que bajo su buenrrollismo general -a veces excesivo- y su apariencia de drama intrascendente, esta historia en torno a un árbol centenario lleno de simbolismo esconde un implacable mensaje sobre los males del capitalismo, un sistema enfermo que antepone cualquier rédito económico a la tradición, la cultura, la ecología o al propio sentido común. Por encima de su lectura medioambiental y de su llamamiento a correr riesgos en determinados momentos de la vida -por mucho que toque navegar en contra de todo y todos-, lo que subyace en la nueva criatura de Bollaín es su demoledor retrato del aquí y ahora: vivimos bajo un sistema en el que el dinero es lo más importante. 

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Cantinflas

Con dos años de retraso llegó a las salas españolas Cantinflas (Sebastián del Amo, 2014), biopic sobre el famoso actor y cómico mexicano, al que Charles Chaplin definió como “el mejor comediante del mundo”. Si la espera se ha hecho dura ha sido, sobre todo, por disfrutar del que sin duda es el gran bastón de esta película seleccionada por México para los Oscar: la excelsa interpretación de Oscar Jaenada. Acostumbrado a dejarnos con la boca abierta en sus trabajos por su innata capacidad de cambiar de registro como si no le costara el más mínimo esfuerzo -cuando detrás de cada uno de sus papeles hay horas, meses de trabajo-, el actor español logró convencer con su interpretación hasta aquellos que veían injusto que no fuese un mexicano el que encarnase el papel del que sin duda ha sido el comediante de habla hispana más famoso de todos los tiempos. Al nivel de su interpretación de Camarón de la Isla -que le reportó un más que merecido Goya- es Jaenada el que sostiene en todo momento una película irregular a la que se le podría haber sacado mucho más partido. Junto a él, brillan también Michael Imperiolli en la piel del director Mike Todd y todo su elenco de secundarios. 

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Techo y comida

Cuentan que cuando la actriz Natalia de Molina terminó de leer el guión de Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, 2015), no podía parar de llorar. Tampoco podía parar de preguntarse cómo en un país europeo como España, en pleno siglo XXI, todavía hubiesen niños que pasasen hambre o que siguiese existiendo la lacra de los desahucios. Estas injusticias reforzaron el compromiso de la actriz con la historia de esta valiente opera prima, entregándose en cuerpo y alma en uno de esos papeles que marcan la carrera de una intérprete. El jerezano Miguel del Castillo escribe y dirige una película que se nutre de la crisis económica para denunciar los -graves- descosidos que arrastra un país como España al mismo tiempo -y esto es lo más indignante- que el Gobierno intenta, sin ruborizarse, poner a nuestro país como máximo estandarte de la recuperación económica. Rodada con voluntad de llegar a un público amplio y de instalar el debate en los espectadores, a los que sin duda esta película removerá por dentro, Techo y comida no es un trabajo en absoluto sensacionalista: es el más fiel retrato que ha podido rodarse sobre la desigualdad y la falta de humanidad de este mundo en el que vivimos.

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La Habitación

¿Puede una película ser profundamente desagradable y profundamente hermosa al mismo tiempo? La respuesta es sí. Se llama La Habitación (2015) y la firma Lenny Abrahamson, responsable de las inclasificables Garaje (2007) o Frank (2014). El director irlandés debuta en Hollywood con una película reposada, tierna, llena de sentimientos y, al mismo tiempo, tremebunda, desgarradora y, por instantes, terrorífica. Queda claro que no es una película al uso. Más que un relato sobre la perversión moral de la condición humana, la libertad, el poder de la imaginación o la niñez, el film es una historia de amor entre una madre y su hijo, aún en las más adversas y terribles circunstancias. En efecto: lo que verdaderamente sostiene la película y el fin último de la misma es mostrarnos lo fuerte que puede llegar a ser el vínculo que, desde el propio instante del nacimiento, se establece entre un hijo y su progenitora; un lazo irrompible que ni la más cruel perversión humana puede romper. Se agradece, por tanto, que el director no ahonde en lo escabroso, en la parte más oscura del relato, y se centre en la vertiente afectiva. 

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