Call Me by Your Name

Hay películas que sólo se pueden disfrutar -y entender- si se dispone de la sensibilidad y la inteligencia necesarias para ello. Call Me by Your Name (2017), el último trabajo de Luca Guadagnino, uno de los directores claves del cine europeo contemporáneo, es una buena muestra de ello. Auténtica catedral de sensaciones e inabarcable templo de emociones, los 130 minutos que conforman este trabajo que desde el mismo momento de su estreno se convirtió en un título de culto son pura poesía visual y verbal. Estamos ante una de esas rarezas que de cuando en cuando llegan a la cartelera; entiéndase el término rareza como una de esas películas tan perfectas a todos los niveles que cuesta creer que sean de verdad. Que existan. Es bastante complicado, por no decir imposible, encontrar el más mínimo defecto a esta película que habla como muy pocas han hablado antes del paso del tiempo, de la fugacidad del primer amor, del deseo, la pasión o del dolor, la impotencia y la frustración que acarrea la pérdida. Temas lo suficientemente universales, todos ellos, para que algunos se limiten a calificar esta película como “una película de temática gay”, sin más. Y, aunque es cierto que estamos ante una de las historias de amor homosexuales más lúcidas que se han visto en pantalla grande en mucho tiempo, reducir todo su potencial a una “historia gay” es, además de simplista, injusto.

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Tres anuncios en las afueras

Sólo un director con una gran seguridad en sí mismo y un inmenso talento puede rodar una película que gire en torno a la violación y asesinato de una joven desde un prisma sarcástico. El responsable de tal hazaña es el director británico Martin McDonagh, autor también del guión de una película que ha conquistado el Premio del Público en multitud de festivales (Toronto, San Sebastián…) y que opta a 7 estatuillas en los próximos Oscar. En efecto, el mayor mérito de Tres anuncios en las afueras (2017) es su funambulesco equilibrio entre el drama más desgarrado y la comedia más irreverente: conseguir esta constante dicotomía a lo largo de sus casi dos horas de metraje no es tarea fácil, pero McDonagh hace como si lo fuera. Embriagada de un humor negro que bebe constantemente de lo políticamente incorrecto, la que es la mejor película hasta la fecha del director de Escondidos en Brujas (2008) -por la que estuvo nominado a mejor guión original- es todo un tour de force de la búsqueda de la justicia, la venganza, el dolor, la pérdida, así como la violencia policial o el racismo. Temas de enjundia en una película que por sus gotas de western, cine negro, social y su ya comentada mezcla de drama y comedia hacen que sea difícil de adscribir a un género cinematográfico.

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La librería

La librería (Isabel Coixet, 2017) es uno de esos caramelos envenenados que de cuando en cuando llegan a la gran pantalla. Todo vaticina que será una película de esas que muchos cinéfilos denominamos como “agradables de ver”. Desde el cartel promocional, hasta el tráiler o la propia sinopsis nos vaticinan una obra bonita, liviana, sin más trascendencia que su bonita fotografía y el toque intimista necesario para que salgas del cine con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. Cierto es que la nueva obra de la directora, una nueva cima en una carrera plagada de éxitos, es una película con mucho, muchísimo encanto, y su fotografía, en efecto, es preciosa, pero de liviana no tiene absolutamente nada. Algo lógico, por otra parte, viniendo de quien la firma. Estamos ante una cinta exquisita trufada de sensibilidad, emoción y humanidad que aparenta ser extremadamente simple cuando en el fondo es extremadamente compleja, pura dinamita. Un trabajo que habla de tantos temas y de forma tan natural que parece que no está contando nada cuando, en realidad, te lo está contando todo.

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El secreto de Marrowbone

La última vez que me salí del cine en plena sesión fue con la infame Historia de mi muerte (Albert Serra, 2013), una película que provocó la mayor estampida en una sala de cine que soy capaz de recordar -cuando empezó la proyección éramos unas 200 personas en la sala; cuando me salí sólo quedábamos dentro 10-. Desde entonces, en todos estos años, nunca he abandonado una sala de cine, por muy tentado que haya estado para ello en no pocas ocasiones. Pienso que para juzgar una película, por muy mala que sea, hay que visionarla en su totalidad. Lo que ocurre es que, en algunos casos muy concretos, aguantar hasta el final de metraje de una película que no te está gustando nada es un ejercicio tan tortuoso que hace tiempo que decidí dejar de ponerlo en práctica. El secreto de Morrowbone (2017) ha sido la última en engrosar esta infame lista de películas; a pesar de intentarlo con todas mis fuerzas he sido incapaz de aguantar sus 110 minutos en el interior del cine. Al minuto 90 me he salido de la sala porque consideraba que lo que el director me estaba contando -todavía no sé muy bien qué es- era de una simpleza absoluta, carente del más mínimo interés. 

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El amante doble

Una de las señas de identidad más características del cine de François Ozon es su admirable equilibrio entre lo genial y lo ridículo. Este hecho, lejos de ser un argumento para atacarle, es la pasta de la que están hecha los más grandes autores y directores de cine. La pasmosa facilidad con la que Ozon construye escenas que no sabes si catalogar como geniales o directamente de tomadura de pelo son constantes en su filmografía, y el que esto escribe no tiene ningún pudor en calificarlas de geniales. Sí: soy un ferviente admirador de este director francés, al que descubrí de forma tardía -con la inmejorable En la casa (2012)-, y me ha ido conquistando con cada nuevo trabajo, especialmente con Joven y bonita (2013) y Una nueva amiga (2014). Por eso me duele especialmente tener que hablar mal de El amante doble (2017), el primer gran tropiezo de su extraordinaria trayectoria. Se me antoja imposible defender con argumentos sensatos y coherentes una película tan plana, absurda, vacía y terriblemente aburrida como esta, un extraño e imposible híbrido entre thriller erótico, romance y traumas existenciales aderezados con mezcla de realidad y ficción. Duele reconocerlo, pero es así: no hay por donde coger El amante doble, una película en la que es imposible no perderse. Hasta el espectador más avispado saldrá del cine con la sensación que la han tomado el pelo. 

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Lo que de verdad importa

Intenso dilema al que me he enfrentado con Lo que de verdad importa (2017) el segundo largometraje de Paco Arango, que hace cinco años debutó con Maktub, película nominada a 3 premios Goya. Y digo dilema porque no es plato de buen gusto hablar mal de una producción que se nos ha vendido como “la primera película 100% benéfica de la historia del cine”. Y es cierto. Todo lo recaudado por esta producción que toma su título de una asociación sin ánimo de lucro cuyo fin es promover valores fundamentales para la sociedad a la gente joven está yendo destinado íntegramente a Serious Fun Children´s Network -de la que Arango es miembro a través de su fundación Aladina-; una asociación creada hace más de 20 años por el mítico actor Paul Newman cuyo fin es acoger a niños enfermos de cáncer. Nada que objetar al respecto, más bien todo lo contrario: me resulta admirable cómo un director -y, en este caso, también guionista- es capaz de renunciar a su propio sueldo y pagar de su bolsillo a los cientos de profesionales que han trabajado en la película a cambio de que hasta el último céntimo recaudado vaya destinado a mejorar la calidad de vida de niños enfermos.

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Moonlight

Resulta casi un milagro que una película como Moonlight (Barry Jenkins, 2016) haya llegado hasta donde ha llegado. Hay que exprimir mucho la mente para recordar cuándo una película tan alejada de los parámetros comerciales tradicionales, protagonizada por actores prácticamente desconocidos para el gran público y pilotada por un director casi debutante -por no hablar de su escaso presupuesto: apenas 5 millones de dólares, cifra casi insólita en el Hollywood actual- llegaba a las carteleras de todo el mundo de forma tan masiva, cosechando entusiastas acogidas de público y crítica. Un recorrido fulgurante que vivió su punto álgido la noche del 26 de febrero, fecha en la que esta cinta de corte independiente acerca de lo duro que es ser gay y afroamericano en América se alzó con el Oscar a la Mejor Película -uno de los tres galardones que logró de un total de 8 nominaciones-, arrebatándole el premio gordo a la que todas las quinielas daban como gran favorita: La la land (Damien Chazelle, 2016). Se convertía, así, en la primera película de temática LGTB en ganar el Oscar más importante. Pero, ¿es justificable este fenómeno? ¿por qué tras su historia aparentemente manida, y pese a abordar temas muy sobados en el cine -maltrato escolar, drogas, las trabas de la homosexualidad-, ha logrado conquistar al público?

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El ciudadano ilustre

Viendo quienes la firman, no debería resultarnos un hallazgo sorprendente “El ciudadano ilustre” (2016). Estamos hablando del duplo Mariano Cohn y Gastón Duprat, probablemente la pareja artística más importante en el ámbito del séptimo arte de toda latinoamérica. Responsables de la imprescindible “El hombre de al lado” -obra que supuso su gran salto internacional-, era de esperar que tras aquella maravilla este tándem de creadores lúcidos, inteligentes y poseedores de un extraordinario don para entender el cine como herramienta para diseccionar lo cotidiano y hablar del aquí y ahora, nos regalaran otra maravilla. Lo que pocos imaginábamos era el extraordinario alcance cinematográfico que iba a suponer este nuevo trabajo, el cuarto de su carrera, un incontestable salto adelante en su ya de por sí estimable filmografía. Seleccionada por Argentina para los Oscar, “El ciudadano ilustre” es una obra tan inabarcable que hasta las subcapas tienen subcapas: un trabajo tan lleno de sustancia que exige necesariamente de un segundo visionado. Una de esas películas, en suma, a las que es imposible acceder a su totalidad con una única proyección. 

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Un monstruo viene a verme

Cuando terminé de leer “Un monstruo viene a verme” pensé que ahí había un inmejorable material para rodar una película sobre el poder de la fantasía y lo difícil que resulta reunir el valor para contar la verdad. Mi alegría fue mayúscula cuando me enteré que la celebrada novela de Patrick Ness había caído en manos de J. A. Bayona, director que ya demostró su exquisita sensibilidad tras la cámara en El orfanato (2007) y Lo imposible (2012), y que éste había decidido llevarla a la gran pantalla. Así nació la tercera película del director catalán y la primera inspirada en un libro, de título homónimo. Y lo cierto es que no pude tener mejores impresiones al salir del cine: me sentí reconfortado por haber visto plasmado en imágenes de forma meticulosamente fiel todo el poderoso universo visual, artístico y sentimental ideado por Ness -guionista de la película-, envuelto, como no podía ser de otra forma firmándolo quien lo firma, en una coraza técnica inmejorable y con un plantel de actores de primera fila -y grandes descubrimientos, como el pequeño pero no por ello menos superdotado Lewis MacDougall- dando vida a todos los personajes. 

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Elle

En un tiempo en el que cada vez más directores sucumben a la tentación de lo políticamente correcto, en el que cada vez cuesta más encontrar riesgo, atrevimiento y osadía en el séptimo arte, se agradece (y mucho) un film como Elle y un director como Paul Verhoeven, autor de una filmografía que se caracteriza precisamente por no casarse con ningún parámetro preestablecido y hacer básicamente el cine que le da la gana, ajeno a si éste resulta más o menos polémico. Y este adjetivo es, precisamente, el que mejor describe a su última criatura, un film que desde su triunfal proyección en el Festival de Cannes (dentro de la sección oficial de largometrajes a concurso) ha despertado un inusitado respaldo unánime de la crítica. Los factores que convierten a Elle, la elegida por Francia para representarle en los Oscar, en una película polémica van mucho más allá del hecho de mostrar algo que nunca se ha visto en el cine -como es el retrato de una mujer violada que se niega a aceptar el papel de víctima-, sino en todo el conjunto de debates morales que va desplegando su(s) trama(s) y la aguda mirada del director por mostrar un mundo enfermo. 

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Café Society

Tras ver Café Society (Woody Allen, 2016) uno entiende por qué fue recibida con gran entusiasmo en el último Festival de Cannes: estamos ante una de las películas más logradas del genio neoyorquino. Al igual de lo que sucedió con Match Point (2004) o la más reciente Blue Jasmine (2013), la nueva obra de Allen está a la altura de alguna de las obras maestras de su primera etapa como cineasta, sin duda la más fructífera e interesante. Como muchas carreras cinematográficas, la trayectoria del director de Manhattan o Annie Hall está plagada de muchas cimas, simples colinas y algún que otro desastre -a la mente me viene A Roma con amor (2012), una película que nunca debería haber existido-. La razón principal por la que Café Society habría que encuadrarla dentro del primer grupo es que es una película que mezcla con pasmosa sencillez lo bonito con lo trágico, lo agradable con lo que no lo es, el brillo y la purpurina con el vacío más atronador. Inmensamente bella pero terriblemente trágica a la vez, esta comedia dramática ambientada en el Nueva York de los años 30 consigue dejar al espectador en un profundo estado de confusión: ese que te dejan las películas que disfrutas con una sonrisa pero que, al mismo tiempo, también te dan motivos para estar triste. 

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A primera vista

En 2010 el director y guionista brasileño Daniel Ribeiro alumbró No quiero volver solo, un cortometraje de corte homosexual que encandiló a público y crítica -se alzó con el galardón al mejor cortometraje en el prestigioso Festival de Sao Paulo-. Dicho trabajo, en el que el director experimentó lo que suponía trabajar con un actor joven dando vida a un adolescente ciego, permitió a Ribeiro conseguir la financiación para rodar su primer largometraje, A primera vista (2014), film que profundiza en la trama de dicho cortometraje y que está protagonizado por el mismo elenco principal. En ambos proyectos es palpable la sensibilidad y el buen hacer del cineasta tras la cámara, así como su afán por conseguir transmitir la máxima emoción posible con el menor número de trucos y artificios. Si por algo destaca tanto el cortometraje, primero, como el largometraje, después, es por huir de cualquier tipo de exceso: sorprende encontrarse en la parcela de películas de temática LGTB, tan dadas a lo explícito y a lo superficial, un trabajo que deje de lado cualquier atisbo de provocación y morbo y no se deje arrastrar tampoco por el dramatismo que bien podría derivarse de muchas de las situaciones que aquí se nos plantean -los compañeros de clase homófobos, el sufrimiento interior del protagonista, etc-. 

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