La llamada

Existen películas que puedes recomendar con total tranquilidad porque la probabilidad de que a quien se la recomiendas no le entusiasmen es mínima. Películas de las que, en cuanto sales del cine, sientes la necesidad de hablarles a la gente que más aprecias sabiendo que no se sentirán decepcionados. “La llamada” (Javier Ambrossi & Javier Calvo, 2017), es una de ellas. Una de esas películas que contagian tan buen rollo que sería posible que la disfrutásemos en bucle el resto de nuestra vida sin cansarnos. ¿Cuántas veces ocurre esto en la cartelera? Realmente en muy pocas ocasiones. Por eso, cuando sucede, hay que celebrarlo. En efecto, esta adaptación cinematográfica del musical homónimo que durante varias temporadas ha conquistado a crítica y público en el Teatro Lara de Madrid y en varias ciudades españolas es un acontecimiento que hay que festejar. Son escasas las veces en las que se estrena un trabajo en el que te quedarías a vivir sin pensarlo, bien porque la fuerza de la historia te atrapa de manera brutal, bien porque cada uno de los personajes tiene tanta vida interior que ansias conocerlo más a fondo o bien porque sabes que si fueses un protagonista más de la historia encajarías como un guante en las tramas. “La llamada” cumple todo estos factores. 

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La bella y la bestia

Empecemos hablando claro: quien piense que por adaptar una obra maestra de la animación a acción real el resultado tiene que ser necesariamente otra obra maestra, está profundamente equivocado. Es más, puede que lo que salga de dicho experimento sea una película poco recomendable o, directamente, una mala película. Hay revisiones -o repeticiones- que sobran, y La Bella y la bestia -última criatura de esa factoría Disney dispuesta a rentabilizar a toda costa sus grandes éxitos de animación de la Historia- ha sido la última en engrosar esta lista. Dirigida por Bill Condon y escrita a cuatro manos -por increíble que parezca, ya que el 80% de los diálogos están calcados de la original-, esta adaptación de la mítica película de 1991, el primer largometraje de animación nominado a la Mejor Película en los Oscar, es un trabajo injustificable se mire por donde se mire que lo único que pone de manifiesto es la falta de creatividad y de ideas originales del Hollywood actual. Acabará el año como la película más taquillera de 2017: quizá aquí tengamos la justificación de haberla puesto en marcha. 

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La la land

Ocurre de cuando en cuando. Y, cuando sucede, no cabe otra que celebrarlo. Estoy hablando de la película perfecta. Aquella a la que es (casi) imposible ponerle un “pero”. Me estoy refiriendo al que muchos califican como el musical del S.XXI y, sin duda, uno de los fenómenos cinematográficos  más importantes de los últimos años. Y lo más fuerte de todo es que, a la hora de escribir estas líneas, la cinta apenas lleva unos días en cartel. Tiempo más que suficiente para comprobar como La la land (2016) ha trascendido su condición de película para pasar a convertirse en un fenómeno social; no hay rincón del planeta en el que no se hable del tercer largometraje de Damien Chazelle, el aclamado director de Whiplash (2014). Como no soy de dejarme llevar por las opiniones mayoritarias, me dejé caer en una sala de cine dos días después del estreno de la película temeroso de que las expectativas disparadas -algo inevitable, después de leer y escuchar todo lo BUENO que se estaba diciendo del film en cuestión- no se cumplieran. Pero se cumplieron. La la land es una de esas bendiciones que agradecemos todos los amantes del cine. Un regalo. 

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Los miércoles no existen

Aunque está basada en la pieza teatral homónima, muchos no saben que el origen de “Los miércoles no existen” (Peris Romano, 2015) es un guión de cine escrito por el propio director antes de que su obra se llevara a las tablas con gran éxito, con representaciones durante 3 años en 3 teatros de Madrid -El Sol de York, Lara y Fígaro- y una gira por toda España, a cargo de dos compañías distintas que la interpretaron de forma simultánea. La galopante crisis y la dificultad de encontrar productores imposibilitó la idea de trasladar a fotogramas un guión pensado inicialmente para el cine, pero la jugada le salió bien a Romano, ya que tres años después y con el aval del público y la crítica a sus espaldas, los productores se interesaron por fin en su proyecto. La película Los miércoles no existen pasó a ser una realidad. Comedia dramática ambientada en un Madrid que en todo momento funciona como un personaje más, la obra gira en torno a las idas y venidas sentimentales de un grupo de 6 treintañeros en crisis -siete, si contamos a María León, que únicamente aparece en la introducción del film-. Todo aderezado, claro está, con música, para mantener intacto el espíritu de la obra original. 

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A propósito de Llewyn Davis

Tres años después de Valor de Ley (2010), los hermanos Coen retornaron a la gran pantalla con A propósito de Llewyn Davis (2013), una historia escrita y dirigida a cuatro manos centrada en la frontera que separa el éxito del fracaso. Ambientada en el Nueva York de 1961 -viajar al pasado se confirma como una de las constantes del cine de los responsables de Sangre fácil (1984) o Fargo (1996)-, la cinta cuenta los esfuerzos que debe hacer un primoroso cantante de folk para ganarse la vida. Sin el respaldo de las discográficas, durmiendo de casa en casa y malviviendo con las míseras propinas de los clientes, el irascible y por momentos adusto Llewyn Davis (Oscar Isaac) es la viva imagen de la derrota, hasta que un día se le presenta la que puede ser su gran oportunidad: hacer una prueba para el magnate musical Bud Grosshman en Chicago. El film propone una interesante reflexión acerca de cómo debemos relacionarnos con los demás para lograr el éxito, hasta dónde es capaz de llegar el ser humano por resistir en sus sueños o, más especialmente, de qué manera el factor suerte resulta decisivo para triunfar. De poco sirve ser bueno, parece querer decirnos la película, si nacemos en un contexto o con unas circunstancias poco proclives para desarrollar ese don.

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Serrat y Sabina: el símbolo y el cuate

El documental Serrat y Sabina: el símbolo y el cuate (Francesc Relea, 2013) recoge las andanzas de estas dos leyendas vivas de la música por América Latina para presentar La orquesta del Titanic, disco con el que ofrecen su segunda y última gira conjunta por un continente donde han crecido y desarrollado profesionalmente. Colosal tarea la de comprimir en 83 minutos un recorrido que abarca lugares tan dispares como Montevideo, Perú, Rosario o México a cargo de dos personalidades tan férreas y apasionantes, aunque Relea afronta siempre su misión con gran capacidad de síntesis. El director ofrece una documentada y atildada mirada hacia sus objetos de estudio, sirviéndose de su anterior profesión periodística y de reportero por algunos de los países donde ha grabado el documental, que abarca desde las reuniones menorquinas en las que ambos escribían al alimón las letras de sus canciones, hasta el concierto con el que se despiden de los escenarios. Pero el director no se limita a contarnos qué sucede en estos 9 meses que duró esta mítica gira latinoamericana, también se nutre de continuas miradas retrospectivas y viajes al pasado en los que se explican el compromiso social -e, incluso, político- de estos dos artistas con estos lugares, muchos en vías de desarrollo y golpeados por la dictadura, régimen contra el que siempre lucharon.  

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Chicago

La crucial revitalización del cine musical que supuso Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001) a principos del pasado milenio tuvo una influencia decisiva en Chicago (Rob Marshall, 2002), estrenada un año después. Al margen de su valor cinematográfico, esta crónica de tintes criminales ambientada en la Ciudad de los Vientos se vio enormemente beneficiada por tan ilustre precedente, fenómeno catódico donde los haya. Al igual que ese vodevil posmoderno y dominado por los fuegos artificiales del director australiano, la criatura de Marshall nace con una indisimulada vocación: conectar a toda costa con las masas, a lo que contribuye de manera decisiva su excepcional trío protagonista -Richard Gere, Catherine Zeta-Jones y Renée Zellweger-, que se desenvuelven como unos auténticos profesionales del musical y su colorista estética. Aunque no se sitúa a la altura de Moulin Rouge, y está a años luz de grandes clásicos del género firmados por Robert Wise –West Side Story (1961) o Sonrisas y lágrimas (1965)-, sería una injusticia no reconocer a Chicago unas virtudes que la convierten en cita ineludible para el cinéfilo, incluso al más profano del género. Entre todas, destaca su eléctrica banda sonora y su sagacidad para integrar los números musicales en la trama, alumbrando así un sugestivo híbrido entre fantasía y realidad.

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Las cosas del querer

Maridaje intachable entre el drama de posguerra y el homenaje a un cimiento cultural español tan significativo como la copla, Las cosas del querer (Jaime Chávarri, 1989) no sólo es una de las películas más inspiradas de su director -a pesar de que se sitúe lejos de algunas de sus obras maestras, como Las bicicletas son para el verano (1984) o El desencanto (1976)-, sino también una de sus más polémicas. A pesar de que al final de la misma se nos advierte que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, lo cierto es que el personaje de Manuel Bandera está basado en la figura del coplero Miguel de Molina, quien tuvo que emigrar a Buenos Aires debido a su homosexualidad. En las memorias del malagueño, tituladas “Botín de guerra”, el artista expresaba su malestar porque no había recibido la parte correspondiente a derechos de autor que considerada le pertenecían. Polémicas al margen, Las cosas del querer se muestra empecinada en rendir tributo a la figura del artista, algo parecido a lo que ocurriría en la inmediatamente posterior ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990); una profesión que lo tenía especialmente difícil para sobrevivir en las entrañas de una sociedad consumida por el miedo, la falta de libertad y la desilusión. 

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20 centímetros

Reconozcámoslo: cualquier película musical que suba el telón con Tómbola de Marisol, y lo baje con el I want to break free de Queen, se merece, cuando menos, una ovación, aunque sólo sea por la osadía de la propuesta. En efecto, quizá sea osada la palabra que mejor defina 20 centímetros (2005), segundo largo del malagueño Ramón Salazar, quien se ganó el respaldo de la crítica con Piedras (2002), su opera prima. Esta incursión en el musical es un film imposible de definir, no sólo por sus malabarismos entre drama y comedia, sino porque se desarrolla a partes iguales en el mundo terrenal y en el imaginario, consecuencia de los sueños de su protagonista, víctima de narcolepsia. Uno de sus grandes atractivos, además del interés del director por ofrecer algo diferente -hecho que siempre es bienvenido- es lo bien que éste se maneja en mostrar esta dicotomía de realidad y ficción: mientras en la primera aprovecha para capturar ese ambiente marginal y suburbano en el que se desarrolla la acción, en la segunda, referida a los números musicales, despliega un singular y enérgico torrente de color, vitalidad y dinamismo. Despliega vida. 

Credit: ALIGATOR PRODUCCIONES / Album

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Los Miserables

Definir a Los Miserables (Tom Hooper, 2012) como el musical más puro de la historia del cine no resulta tan descabellado si tenemos en cuenta que, en primer lugar, este largometraje basado en la exitosa adaptación teatral de la aclamada novela que Victor Hugo escribió en 1864 se trata de uno de esos escasísimos ejemplos en el que los propios actores no sólo son los que cantan -que no bailan- sus propios temas, sino que además lo hacen en directo en el plató, mostrando una alergia al playback de la que ya podrían tomar nota otras producciones similares. En segundo lugar, el otro gran acontecimiento que termina de convertir a Los Miserables en una película que hará las delicias de todos los seguidores del género -abstenerse todos los demás- es el hecho de su vocación decididamente musical, ya que a lo largo de sus más de 150 minutos, en los que tan sólo figuran unas veinte frases dialogadas, las (magníficas) canciones se suceden una tras otra. Si, además, valoramos la correcta inserción a nivel argumental de todos sus canciones -lo más difícil de conseguir en un musical-  el resultado deja de ser estimulante para convertirse en todo un acontecimiento.

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Mamma Mia

La propia época en la que han sido engendradas las películas es un valor añadido que puede influir, de forma notable, en su éxito. Mamma mia (Phyllida Lloyd, 2008) es una de ellas. Quizá éste no constituya el factor decisivo para que este proyecto de dicha directora americana se convirtiese en una de las cintas más taquilleras de la década pero, sin duda, la actual crisis económica mundial y, por consiguiente, efectos colaterales como el desánimo o la incertidumbre social han beneficiado enormemente a un musical cuya verdadera razón de ser es la de constituir toda una inyección de energía y optimismo. En definitiva, en un auténtico vehículo de evasión, donde la luz, el color, el mar y unas pegadizas melodías de gran intensidad, auténticos motores de la función, traspasan la pantalla y consiguen el más primario de sus propósitos: que el espectador se olvide de sus problemas. No es justo pedir más a un film cuya genética Lloyd pone al descubierto desde el principio: quien espere algo de enjundia o la más mínima reflexión filosófica que huya despavorido. 

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West Side Story

El argumento de Romeo y Julieta de William Shakespeare, dos jóvenes amantes de diferentes clases sociales abocados a un trágico destino, ha servido de inspiración a multitud de películas. Robert Wise no fue ajeno a esta práctica y, antes de que dirigiese ese musical que ha quedado para la posterioridad llamado Sonrisas y lágrimas (1965), firmó otra de los grandes obras del género: West Side Story (1961), con el que consiguió un auténtico hito, al ganar no sólo 10 de los 11 Oscar a los que estaba nominada (destacando Mejor Película y Director), sino también una de las más notables revisiones de esta historia de amor clásica del escritor británico. Adaptación moderna de la historia de los Capuleto y Montesco, estamos ante una producción adelantada a su tiempo de ambiente típicamente neoyorkino que usa como excusa el romance entre dos jóvenes pertenecientes a bandas rivales, María (Natalie Wood) y Tony (Richard Beymer, un papel que estuvo a punto de ser interpretado por Elvis Presley) y hasta los propios números musicales para ofrecernos un relato donde se habla de temas tan variopintos como la rivalidad entre ambas callejeras , la rebelión de los jóvenes marginales y de familias desestructuradas en plena década de los 50, las continuas digresiones sociales –racismo y lucha contra la autoridad incluida– o los problemas de integración de los inmigrantes. Aspectos temáticos, todos, que estaban a la orden del día en la época en la que se desarrolla la película y que evocan a títulos como Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955) o Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955).

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