Las ovejas no pierden el tren

Un escritor poco inspirado que hace tiempo que no saborea las mieles del éxito;  una mujer que intenta desafiar a su reloj biológico quedándose embarazada y otra desesperada por encontrar al amor de su vida; un anciano que padece Alzhéimer; la historia de un amor imposible… ¿El mayor drama de todos los tiempos? No: la última comedia de Álvaro Fernández Armero. Las ovejas no pierden el tren (2014), el regreso del cineasta madrileño a la gran pantalla tras 7 años dedicado a la televisión, es de esas películas con la habilidad de contarte cosas serias con risas; uno de esos trabajos que utilizan el humor como herramienta para reflexionar sobre temas de envergadura, como la madurez, la familia, la búsqueda del amor, las falsas expectativas… y, por encima de todo, la autodeterminación para romper con lo políticamente correcto. En efecto: el nuevo trabajo del director de las chispeantes e ingeniosas Todo es mentira (1994) o Nada en la nevera (1998)  es un  llamamiento a dar de lado a los cánones y a los plazos determinados que parece fijar la sociedad para triunfar, cuando lo único que ésto trae consigo es infelicidad y frustración. 

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Descongélate

Siempre he sido fan del tándem artístico formado por Dunia Ayaso y Félix Sabroso, viva imagen del talento y la creatividad en todas y cada una de sus producciones que parieron desde 1994, año en el que debutaron con el largometraje Fea. La razón principal de mi admiración por esta pareja tan dotada tanto detrás de la cámara como en la escritura de guiones es sencilla: pocas veces me he reído tanto como con algunas de sus películas. Y en su filmografía hay dos que destacan especialmente: Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí (1997) y Descongélate (2003). Ésta última quizá sea la mejor criatura que parieron estas dos almas bizarras entregadas a lo diferente, incomprendidas por la industria, que llevaban por bandera su afán por divertir y hacer disfrutar al personal. ¿Puede haber algo más admirable? En este sentido, Descongélate no es una película: es una terapia contra el mal humor, un saludable remedio para el quebranto y la amargura. Comedia fresca y alocada, este trabajo ambientado en el madrileño barrio de Lavapiés es la prueba empírica de que nadie como esta pareja de creadores -con buena mano también para el drama, como demostraron en Los años desnudos (2008) y La isla interior (2009)- para perfilar personajes, para regalarnos un microcosmos de roles tan acomplejados, estrafalarios e imperfectos como cualquiera de nosotros. Quizá por ello Descongélate sea un trabajo que conecta tan bien con el público. 

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Ayer no termina nunca

Hay veces en la vida en la que lo das todo por sentado, disfrutas con el sabor de la estabilidad para, de repente, encontrarte a la deriva. La quiebra de los sueños es una realidad que nos puede golpear en cualquier momento, sacando a relucir la fragilidad de un ser humano que creía tenerlo todo atado y bien atado. Es lo que nos cuenta Isabel Coixet en Ayer no termina nunca (2013), una película que contentará a los fieles seguidores de la catalana pero que, como de costumbre, echará a patadas de la sala al resto. Cine independiente en su máximo nivel, esta vulnerabilidad de la que hablamos aquí se refleja en una pareja que ha pasado cinco años distanciada a raíz de la muerte de su hijo por una negligencia hospitalaria consecuencia de los recortes. Él (Javier Cámara) decidió poner tierra de por medio y emigrar a Alemania. Ahora, en esa España asolada por la miseria del 2017 en el que se ambienta la acción, vuelven a reencontrarse. Y no importa tanto revivir los motivos que le obligaron a marcharse como todas las emociones que se despiertan al volverse a tener cara a cara. Frente a frente. 

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Princesas

Para ningún director con un mínimo de sensibilidad, no debe suponer un reto fácil construir una película tomando como base un drama tan complejo y con tantos aristas como la prostitución. Si, además, la aproximación que se pretende hacer sobre esta realidad social pasa por descubrir, a toda costa, esa verdad emocional, adentrarse en el robusto caparazón de unos prostitutas que, a pesar de no contar con el respaldo mayoritario de una sociedad que las margina, lloran, sufren y aman como el resto del mundo el resultado puede llegar a ser bastante estimulante. No hay duda, por tanto, que Fernando León de Aranoa, uno de los directores más comprometidos de nuestro país con títulos como Barrio (1998) o Los lunes al sol (2002), partía en Princesas (2005) con un material de alto riesgo que, no obstante, resolvió con su habitual maestría. El autor madrileño, a pesar de recurrir de cuando en cuando al tópico y a alguna situación un tanto inverosímil, consigue que sus princesas de barrio -unas Candela Peña y Micaela Nevárez que hacen un trabajo actoral ejemplar-, conecten con el gran público, empaticen con esa sociedad mezquina que nunca les prestó la suficiente atención, que siempre miró (y sigue mirando) para otro lado. 

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Una pistola en cada mano

Nítido ejemplo del extraordinario estado de salud del que goza el cine patrio a nivel creativo -incluso en tiempos agitados-, Una pistola en cada mano (Cesc Gay, 2012) es la nueva pieza de orfebrería de uno de los realizadores más originales y honestos del actual panorama español. Como ya sucediera en sus espléndidas Ficción (2006) o En la ciudad (2006), el director barcelonés se muestra absolutamente comprometido con sus personajes, a los que transforma en seres de carne y hueso gracias a la riqueza de sus matices y al potente texto que se muestran empecinados en defender. Y es que todos y cada uno del impresionante reparto de Una pistola en cada mano hace un trabajo exquisito-a pesar de que los nombres de Luis Tosar y Ricardo Darín constituyan el mejor anzuelo publicitario del film-, otorgando grandes dosis de humanidad y respeto a sus roles. Gracias a su buen hacer, y también al engañosamente sobrio trabajo de dirección de un cineasta que demuestra su buen manejo -y la perfecta sincronía con el guión- de la escala de planos, el espectador no le queda otra que olvidar que está ante una obra de ficción y asumir que todo, absolutamente todo, es real. 

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Te doy mis ojos

No es fácil llevar asuntos tan vidriosos como el de los malos tratos a la gran pantalla, sobre todo por tratarse de un tema que exige la máxima documentación y sensibilidad posible. Por eso, es aún más elogiable Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003), una de las películas más arriesgadas de nuestro país de los últimos años. Cine social puro y duro, que gira en torno a un terrible drama que, lejos de cesar, es cada día más palpable en nuestra sociedad. La historia comienza con un prólogo contundente, en el que se nos narra la huida de una mujer, Pilar (Laia Marull), junto a su hijo de ocho años, de las garras de un hombre que, no solo le ha dejado una secuelas físicas irreparables, sino que además la ha anulado como persona. Así, llega a casa de su hermana Ana (Candela Peña), una restauradora de arte que le brindará todo su apoyo. Pero Pilar alberga todavía la esperanza de que el hombre con el que lleva diez años casada algún día cambie… y, mintiendo a su propia familia, empezará a creer las insostenibles promesas que le hace Antonio.

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