Ayer no termina nunca

Hay veces en la vida en la que lo das todo por sentado, disfrutas con el sabor de la estabilidad para, de repente, encontrarte a la deriva. La quiebra de los sueños es una realidad que nos puede golpear en cualquier momento, sacando a relucir la fragilidad de un ser humano que creía tenerlo todo atado y bien atado. Es lo que nos cuenta Isabel Coixet en Ayer no termina nunca (2013), una película que contentará a los fieles seguidores de la catalana pero que, como de costumbre, echará a patadas de la sala al resto. Cine independiente en su máximo nivel, esta vulnerabilidad de la que hablamos aquí se refleja en una pareja que ha pasado cinco años distanciada a raíz de la muerte de su hijo por una negligencia hospitalaria consecuencia de los recortes. Él (Javier Cámara) decidió poner tierra de por medio y emigrar a Alemania. Ahora, en esa España asolada por la miseria del 2017 en el que se ambienta la acción, vuelven a reencontrarse. Y no importa tanto revivir los motivos que le obligaron a marcharse como todas las emociones que se despiertan al volverse a tener cara a cara. Frente a frente. 

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El drama está servido. Y la crisis también. Pero, más que la crisis económica -de la que Coixet hace una excelente radiografía, lanzando puyas al sistema sanitario, a la falta de expectativas laborales, al capitalismo, los desahucios, etc.-, lo que de verdad le interesa al guión es reflejar la crisis existencial en el que tanto él como ella están inmersos. Se nota que la responsable de las superiores Mi vida sin mí (2003) o La vida secreta de las palabras (2005) ha escrito de su puño y letra unos personajes a los que hace evolucionar de forma asombrosa durante el metraje. Tras un lustro distanciados, en el que han tenido que lidiar cada uno a su manera con la tragedia que les tocó vivir, vuelven a retomar el contacto de forma fría, distante, con miedo incluso a mirarse a la cara. Lo atractivo está en  recrearse en cómo conforme van discutiendo, confesándose y, en definitiva, abriéndose en canal, ambos terminan de comprender que, aunque no lo quieran, lo que vivieron fue algo tan grande que siempre los va a mantener unidos. En este sentido, ese abrazo final no es un contacto físico más: es la prueba tangible de dos adultos que puede que no estén dispuestos a retomar su relación -eso es lo de menos-, pero que han comprendido que no pueden cambiar lo que sucedió y que el futuro puede plantearse esperanzador siempre y cuando aprendan a gestionar ese dolor interno.

Arriesgada y poco convencional -no ya sólo por su planteamiento, sino por contar con dos únicos actores o un equipo técnico reducido-, Ayer no termina nunca funciona por la atmósfera en la que Coixet envuelve a sus personajes. Hace que se desenvuelvan en unas localizaciones vacías, sin adornos, en las que no hay distracción posible; es como si tanto él como ella estuviesen apartados del mundo y, de alguna manera, condenados a entenderse. A lo largo de su hora y media larga esta pareja, que despierta una extraña capacidad de fascinación, será el eje sobre el que pivoten la impotencia, la desazón, el rencor o la ternura. Valores que se encarga de dar vida una Candela Peña sublime -ojo a esos interludios en los que ella, mirando a cámara, hace un repaso por algunos de los vértices de la crisis económica- y un Javier Cámara que, como también sucedía en Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013), sorprende con otra interpretación contenida y eficaz. Pocos actores hay en la escena española que aguanten los primeros planos tan bien como ambos. Por su parte, la directora elabora un magistral ejercicio retrospectivo con ellos, sabe cómo penetrar en su coraza interior. Coixet, además de manejar a sus roles con astucia, da una lección en el manejo de la cámara y, aunque tampoco invente nada -ni el nerviosismo de la cámara, ni las imágenes en blanco y negro ni el orden fracturado de la historia- sí que emplea de forma más que correcta todas estas fórmulas narrativas y visuales.   

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La película, qué duda cabe, no es cine que busque contentar a todos. Quizá, porque no todos son capaces de entender el discurso -o discursos- que aquí se articulan: la capacidad intelectual del individuo para saber colocar en su sitio -o apartar, directamente- los dramas que han marcado su vida y que, quiera o no, ha dado lugar a lo que es; el paso del tiempo como bálsamo para curar las heridas o el elogio al valor del diálogo como mecanismo para llegar a un entendimiento con la persona que, por suerte, también puede ser ese apoyo vital que pedías a gritos. Y es la más bella metáfora de la lluvia como excelso reconstituyente, como tremendo purificadorPero, sobre todo, Ayer no termina nunca es una propuesta diferente. Singular. Y eso siempre es de agradecer. 

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4 pensamientos en “Ayer no termina nunca

    • Te agradezco tus palabras y, sobre todo, que te tomes la molestia de leer mis críticas. Mi paso por la radio contigo me animó a ver varias películas que más tarde he incluido en este blog. Sólo me limito a hacer lo que me gusta lo mejor que sé. Si lo que hago gusta o no es algo que tienen que juzgar los demás. Yo por mi parte disfruto al máximo. Abrazo enorme!

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