Café Society

Tras ver Café Society (Woody Allen, 2016) uno entiende por qué fue recibida con gran entusiasmo en el último Festival de Cannes: estamos ante una de las películas más logradas del genio neoyorquino. Al igual de lo que sucedió con Match Point (2004) o la más reciente Blue Jasmine (2013), la nueva obra de Allen está a la altura de alguna de las obras maestras de su primera etapa como cineasta, sin duda la más fructífera e interesante. Como muchas carreras cinematográficas, la trayectoria del director de Manhattan o Annie Hall está plagada de muchas cimas, simples colinas y algún que otro desastre -a la mente me viene A Roma con amor (2012), una película que nunca debería haber existido-. La razón principal por la que Café Society habría que encuadrarla dentro del primer grupo es que es una película que mezcla con pasmosa sencillez lo bonito con lo trágico, lo agradable con lo que no lo es, el brillo y la purpurina con el vacío más atronador. Inmensamente bella pero terriblemente trágica a la vez, esta comedia dramática ambientada en el Nueva York de los años 30 consigue dejar al espectador en un profundo estado de confusión: ese que te dejan las películas que disfrutas con una sonrisa pero que, al mismo tiempo, también te dan motivos para estar triste. 

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Irrational man

Llega un punto en la vida de cualquier artista en el que éste ya no tiene que demostrar nada a nadie; ese punto en el que lo que piensen los demás, por decirlo de forma llana y coloquial, se la trae al pairo. A estas alturas de la película -y nunca mejor dicho-, después de 4 Oscar, 24 nominaciones y de haber dirigido una cinta por año durante algo más de cuatro décadas, Woody Allen se ha ganado el respeto de la crítica y el público a base de tesón, genialidad y su capacidad de hacer cine en mayúsculas. El cine de Allen se ha convertido en un género en sí mismo; cuando un espectador paga por ver una de sus películas sabe lo que va a ver: su público más fiel sabe incluso detectar que una película está firmada por él con solo visionar alguno de sus planos. Y cuando un director consigue algo tan difícil ya se puede retirar con la cabeza alta. Sin embargo Woody Allen ahí sigue, al pie del cañón con 79 años. Es cierto que en su cosecha hay obras mayores y menores -como en la filmografía de cualquier otro cineasta, ojo-, pero siempre defenderé la idea de que una película menor de Woody Allen sigue siendo una película por encima de la media. Es el caso de Irrational man (2015), segunda colaboración de Emma Stone con el genio neoyorkino tras Magia a la luz de la luna (2014), esta vez acompañada del animal escénico Joaquin Phoenix. 

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Magia a la luz de la luna

Al acumular un buen puñado de obras maestras a sus espaldas, siempre que Woody Allen estrena una película que no lo es, crítica y público coinciden en el mismo calificativo: “obra menor”, como si el ser una obra menor del neoyorkino, que desde 1982 cuenta con la peculiaridad de estrenar un film por año, fuese poca cosa. Está claro que Magia a la luz de la luna (2014) no es una película redonda, ni mucho menos, pero lleva grabada a fuego la esencia, el alma de Woody Allen en cada uno de sus planos. Y conseguir dotar de personalidad y estilo propio cada uno de tus trabajos y, encima, sin esfuerzo aparente como es el caso de Allen, es una cualidad sólo al alcance de los más grandes. El mayor atractivo de Magia a la luz de la luna es su encanto, su capacidad de ser disfrutada con una sonrisa en la boca -y algún que otro bostezo, dado su irregular arranque y algún que otro tramo arrítmico- aunque, mal que le pese a los incondicionales del cineasta, se ve tan rápido como se olvida. La nueva película de Allen te garantiza hora y media de satisfacción, pero le falta potencial para perdurar en el recuerdo como sí lo hizo su anterior film, Blue Jasmine (2013) u otros grandes títulos como Match Point (2004).

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Blue Jasmine

Después de un tour por Europa que le llevó a recorrer lugares tan dispares como Barcelona, Inglaterra o París -la mayoría de veces con acierto, otras aproximándose peligrosamente a la mera postal turística- Woody Allen vuelve a Estados Unidos, el país donde ha firmado la mayor parte de su cosecha cinematográfica. Y el retorno no puede ser más celebrado: Blue Jasmine (2013) es la película más sólida del genio neoyorquino desde Match Point (2005), excelsa criatura que demostró que éste todavía tenía mucho que ofrecer. Pero, por si alguien todavía lo dudaba -a pesar de que en su ruta continental también alumbrase maravillas como Midnight in París (2011)-, este producto donde Allen vuelve a articular los elementos más reconocibles de su cine termina por disipar cualquier duda. A saber: a su manifiesta pasión por el arte, los encuadres estilizados y su habilidad para sacar el máximo jugo a sus localizaciones -esta vez toca perderse por las calles de San Francisco-, se suma su empecinada obsesión de retratar la realidad gracias a una idea central magníficamente desarrollada a cargo de un personaje al que el director y guionista muestra absoluto respeto.

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A Roma con amor

Hubo un tiempo en el que Woody Allen se empeñó en rodar películas que bien podrían suponer una colección de postales de las más emblemáticas ciudades europeas: Barcelona, Londres, París… y la ciudad eterna. La jugada le salió en ocasiones bien –Match Point (2005), Medianoche en París (2011)- y otras no tanto –Vicky Cristina Barcelona (2008)-. Sabiéndose una de las últimas leyendas vivas del séptimo arte, el director neoyorkino ha llegado a ese punto situado más allá de la propia y mera madurez en el que, para que nos entendamos, parece importarle un pimiento la opinión de la crítica. En lo que respecta a A Roma con amor (2012), el último trabajo en la carrera de un genio que continúa firmando una película por año sin dar síntomas de agotamiento, Allen apuesta por un relato de marcado carácter coral envuelto en las entrañas de la capital italiana. Recuperándose a sí mismo como actor -si es un placer verle tras las cámara, delante la satisfacción es doble-, el director se sirve de una maraña de personajes para rendir una declaración de amor a esta ciudad inmortal. Porque, ante todo, A Roma con Amor es eso: una inteligente manera de viajar sin movernos de la butaca, gracias a la habilidad de un director que, por momentos, parece más interesado en filmar un documental de viajes que una película con una consistencia dramática lo suficiente atractiva como para mantenernos enganchados durante sus 100 minutos.

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Match Point

“Aquel que dijo que más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte; asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control”. Con estas lapidarias afirmaciones da comienzo Match Point (Woody Allen, 2005), una de las más grandes obras maestras del legendario cineasta. Enmarcada dentro de su denominada trilogía londinense -a la que le siguieron Scoop (2006) y El sueño de Casandra (2007)- Match Point pone sobre la mesa cuestiones tan universales y jugosas tales como si realmente existe el destino o en qué medida la suerte puede condicionar nuestro futuro. Así, no es circunstancial esas afirmaciones en voz en off con la que se abre esta historia de obsesiones, tentación y pasiones desenfrenadas, además de las continuas referencias metafóricas al factor suerte en la narración -esa pelota del partido de tenis, debatiéndose a qué lado del campo caer-; un factor que se muestra como algo determinante para lograr el éxito en la vida, mucho más que el propio trabajo, esfuerzo o sacrificio.

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Scoop

Scoop (Woody Allen, 2006) se enmarca dentro de esa trilogía de películas que el cineasta, de manera seguida, rodó en Londres. Gran admirador del país, el director y guionista fue el responsable de la predecesora e inconmensurable Match Point (2005) y posteriormente filmó la fallida El sueño de Casandra (2007). Injustamente considerada una película menor del genio, esta comedia romántica aderezada con tintes de misterio y esoterismo, aborda temas tan universales como la preocupación por la muerte o esos momentos de la vida en los que la fuerza de los sentimientos es más fuerte que cualquier otra aspecto. En este sentido, la película se sustenta en ese principio que en el Siglo XVII hizo popular el filósofo Blas Pascal: “el corazón tiene razones que la razón no comprende”. O, al menos, es lo que define todo el entramado en el que se ve envuelta la estudiante de periodismo Sondra Pransky (Scarlett Johansson) cuando se enamora de un presunto homicida al que está investigando, el conocido como Asesino del Tarot. 

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