El guardián invisible

Muy de vez en cuando llega a los cines la adaptación cinematográfica de una novela de éxito capaz de contentar por igual a los lectores, a la crítica y también a la autora de la misma. Es el caso de El guardián invisible (2017), dirigida por Fernando González Molina, todo un experto a la hora de trasladar a imágenes fenómenos editoriales. Ahí tenemos el ejemplo de A 3 metros sobre el cielo (2010), Tengo ganas de ti (2012) o  Palmeras en la nieve (2015), tres taquillazos indiscutibles. El guardián invisible es, en efecto, la última adaptación del director pampilonense. Se trata de la primera novela de la archiconocida Trilogía del Baztán de la escritora vasca Dolores Redondo, uno de los fenómenos literarios en castellano más importantes de los últimos tiempos; estamos hablando de unos libros que han vendido alrededor de un millón de ejemplares en todo el mundo y han sido traducidos a más de 30 idiomas, lo que convierten a esta trilogía en un éxito sin parangón. La expectación, por tanto, era máxima. Parecía imposible plasmar en fotogramas una novela tan compleja, con la virtud de debatirse en todo momento entre lo místico  y lo puramente terrenal, entre lo perverso y lo fascinante, pero el director sale más que airoso de la jugada. 

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Sexo fácil, películas tristes

Tras una curtida carrera como guionista –Vientos de Agua, Séptimo (Patxi Amezcua, 2013)-, y haber dirigido el cortometraje Vivir de negro (2010), Alejo Flah da el salto al largometraje con la romántica Sexo fácil, películas tristes (2015). Y lo cierto es que el realizador y guionista argentino no defrauda. Opera prima que bebe de títulos de cine indie americanos como Ruby Sparks (Jonathan Dayton & Valerie Faris, 2013) o 500 días juntos (Marc Webb, 2009), esta coproducción entre España y Argentina es una obra llena de encanto, de esas películas que en su mayor parte del tiempo se disfruta con una sonrisa. Aunque peca de cierta falta de impronta autoral y se echa en falta más riesgo en su realización, algo plana y televisiva, Flah construye la historia con buena caligrafía y teniendo siempre muy claro lo que quiere contar, algo especialmente remarcable al no ser éste último un atributo fácil de encontrar en los directores noveles. 

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Presentimientos

Presentimientos (Santiago Tabernero, 2013) supone la segunda incursión tras la cámara de su director tras la entrañable Vida y color (2005). Tras aquella, da gusto comprobar cómo el riojano, director de programas como Versión española o La Nube, no ha perdido un ápice de talento en estos ocho años alejado del cine. Basada en la novela homónima de Clara Sánchez, la película, que supone el primer guión cinematográfico de su también protagonista, Eduardo Noriega, escrito al alimón con el propio director -que ya fue guionista de Taxi (Carlos Saura, 1996)-, nos habla de la crisis en una relación de pareja; una crisis que, lejos de ser destructiva, les servirá para volverse a enamorar. Sin embargo, para abordar esta conflicto, la cinta se escapa de los márgenes folletinescos y apuesta por la vía del thriller psicológico. A través de un buen trabajo de montaje paralelo, la película se mueve en dos tiempos en los que observamos a los protagonistas intentar escapar del profundo bache en el que están sumidos.

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Sin vergüenza

“Si tenemos miedo a sentir, tenemos miedo a actuar”. La ilustrativa frase con la que se abre Sin vergüenza (Joaquín Oristrell, 2001), funciona como perfecta declaración de intenciones por parte de una comedia en la que, por encima de sus enredos y su esencia castiza, subyace siempre un sentido homenaje a la profesión actoral, al abnegado y sacrificado mundo de la interpretación. Sin embargo, en contra de lo que se pueda creer, la película se muestra lo más objetiva posible, reflejando las luces y sombras de una profesión hermosa, vocacional, pero también competitiva y endiosada. El director catalán, en efecto, construye este sentimiento de afecto hacia el actor desde la perspectiva más idónea, a través de este sano (e incalculable) ejercicio de autocrítica, a través del cual Sin vergüenza aspira a ser algo más que una mera comedia urbana más que la cinematografía española acogió principalmente en los años 90 y a comienzos de siglo -con Nada en la nevera (Álvaro Fernández Armero, 1998) o Cha cha chá (Antonio del Real, 1998) como dos de sus máximos exponentes-. Porque tras esa fachada costumbrista, de personajes (casi) esperpénticos o cierta estética de tebeo, se esconde una película real, de personas que sufren, aman, anhelan, se ilusionan y se decepcionan como cualquiera de nosotros. 

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Los últimos días

Si algo se le podía reprochar a parte de películas de tintes apocalípticos que el cine acogió especialmente con la entrada del nuevo milenio, era una suspensión de la credibilidad propiciada por ofrecer historias ambientadas en terrenos inhóspitos y protagonizadas por zombies, vampiros o cualquier otra especia escatológica. Reglas válidas, en todo caso, y en su gran mayoría disfrutables. Ahora bien, ¿qué ocurriría si los protagonistas de la función no fuesen la avalancha de alienígenas de la que tiene que huir Tom Cruise en La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005) o los mutantes a los que intenta combatir Will Smith en Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007)? O, en otras palabras, ¿qué ocurriría si la acción la encabezaran dos personas de carne y hueso, con los que cualquiera nos podemos identificar, se desarrollase en un lugar fácilmente reconocible y las consecuencias de la epidemia no fueran extrañas criaturas, sino un pavor incontrolado a la realidad, una irracional sensación de agorafobia que, quién sabe, nadie está libre de padecer? El resultado sería Los últimos días (Àlex Pastor & David Pastor, 2013), la última gran sorpresa del cine español. 

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Las 13 Rosas

Además de demostrar que es uno de los directores más polivalentes del panorama español -tras aprobar con notar en la comedia con títulos como Amo tu cama rica (1991) o en el género musical –El otro lado de la cama (2002) y Los dos lados de la cama (2005)- Emilio Martínez Lázaro demostró con Las 13 Rosas (2007), que es uno de los realizadores más comprometidos con la historia de nuestro cine. Ambientada en la guerra civil española -un contexto que generó infinidad de desgracias tan dignas de ser contadas como la que retrata esta película-, Lázaro elabora un arriesgado ejercicio de homenaje cinematográfico al llevar a la pantalla la grande la historia de un grupo de jóvenes mujeres que fueron condenadas a la pena de muerte por el Tribunal Militar del Franquismo. Un argumento, que evoca a la posterior, La Voz Dormida (Benito Zambrano, 2011) y en el que el director se rodea, al igual que en la mencionada obra del sevillano, de un solvente cast femenino, en el que sobresalen Nadia de Santiago, Marta Etura, Verónica Sánchez y, muy especialmente, Pilar López de Ayala. El personaje de ésta última, además, se alza como fundamental en el relato, puesto que, católica y en contra de la República, es vital para contrastar el prisma de imparcialidad del film.

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Mientras duermes

Tras revolucionar el género del terror con la saga REC, y con más de quince años dedicado al género, Jaume Balagueró se dispuso volver a reivindicar su condición de ser uno de nuestros cineastas que mejor se mueve entre el thriller psicológico y el terror en estado puro. Y lo hizo con Mientras Duermes (2011), una cinta que, tras una inofensiva fachada cotidiana -la portería de un antiguo edificio del centro de Barcelona-, esconde uno de los villanos más retorcidos, inhumanos y sádicos que se han visto en cine en mucho tiempo. Y es que, a pesar de que  Mientras Duermes no puede ser catalogada como una película de terror como tal, los efectos secundarios que deja el espectador, perplejo ante una maldad humana que no conoce límites, tardan tiempo en desvanecerse.

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Celda 211

Se ha instalado en una parte de la sociedad española el incesante tópico de que nuestro cine, el made in Spain, no está a la altura del que se hace en otros países como puede ser Francia, Italia o EE.UU. Y, claro, ante esta falacia uno no puede quedarse callado: ¿cuántas películas americanas insufribles tenemos que tragarnos para encontrar una que sea medianamente decente? Probablemente muchas menos de las que tenemos que sufrir en España para encontrar verdaderas joyas como esta Celda 211 (Daniel Monzón, 2009). Porque, no nos engañemos, mucha gente que critica ferozmente al cine español (con motivos cada cual más estrambótico, como el recurrido tema de las subvenciones, como si fuese lo único que está subvencionado en este país), no sólo no ha visto películas tan recomendables como esta, sino que ni incluso saben ni de su existencia. ¿Cómo puedes opinar de algo que no has visto?, se preguntarán muchos. Y, efectivamente, así es. Este colectivo, por agruparlo de algún modo, siguen aferrados en ese insostenible tópico de que el cine español no tiene calidad. Pues bien. Hablemos de Celda 211.

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