Descongélate

Siempre he sido fan del tándem artístico formado por Dunia Ayaso y Félix Sabroso, viva imagen del talento y la creatividad en todas y cada una de sus producciones que parieron desde 1994, año en el que debutaron con el largometraje Fea. La razón principal de mi admiración por esta pareja tan dotada tanto detrás de la cámara como en la escritura de guiones es sencilla: pocas veces me he reído tanto como con algunas de sus películas. Y en su filmografía hay dos que destacan especialmente: Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí (1997) y Descongélate (2003). Ésta última quizá sea la mejor criatura que parieron estas dos almas bizarras entregadas a lo diferente, incomprendidas por la industria, que llevaban por bandera su afán por divertir y hacer disfrutar al personal. ¿Puede haber algo más admirable? En este sentido, Descongélate no es una película: es una terapia contra el mal humor, un saludable remedio para el quebranto y la amargura. Comedia fresca y alocada, este trabajo ambientado en el madrileño barrio de Lavapiés es la prueba empírica de que nadie como esta pareja de creadores -con buena mano también para el drama, como demostraron en Los años desnudos (2008) y La isla interior (2009)- para perfilar personajes, para regalarnos un microcosmos de roles tan acomplejados, estrafalarios e imperfectos como cualquiera de nosotros. Quizá por ello Descongélate sea un trabajo que conecta tan bien con el público. 

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La historia gravita en torno al personaje de Justo Santos (Pepón Nieto), un actor de cabaret con un don especial para las imitaciones que un día recibe la golosa oferta de protagonizar una gran película. El joven no tarda en aceptar la propuesta, ya que ve en ella el fin de sus apuros económicos. Sin embargo, los acontecimientos toman un rumbo inesperado cuando el futuro director del film muera de repente en casa de Santos instantes antes de firmar el contrato. Temeroso de perder el papel de su vida, tanto a él como su compañera Iris (Candela Peña) se les ocurre ocultarlo en la bañera hasta que se formalice dicha intervención. La llegaba de Berto, el hermano de Santos (Rubén Ochandiano),y de su madre (Carmen Machi) no ayudará a solucionar las cosas. A pesar de que detrás del guión se intuyan grandes dosis de brillantez, originalidad, ganas de ser rompedor -algunas veces incluso transgresor- gracias a sus altas dosis de humor negro, todo hubiese quedado en balde de no contar con un reparto entregado, incapaz de dejarse el alma en sus papeles. Y en esta línea podemos estar tranquilos: todos los actores de la película, del primero al último, brillan con luz propia, desde un Pepón Nieto soberbio convirtiendo cada una de sus escenas de imitaciones en un espectáculo o un Óscar Jaenada que ya apuntaba tablas cinematográficas -confirmadas después en la exitosa Camarón (Jaime Chávarri, 2005), por la que ganó el Goya-, hasta una arrolladora Loles León en el estrambótico papel de ex-vedette retirada adicta a la comida congelada. Mención especial merece una Candela Peña que, como siempre, vuelve a demostrar lo que es significa ser actriz en mayúsculas. A pesar de ser muy coral, todos los personajes tienen su momento de gloria, su oportunidad de lucirse. 

No es extraño que la película lleve el sello de la factoría de El deseo y esté producida por Agustín Almodóvar, puesto que en todo momento es patente en ella la estética, el toque kitsch, el afán por las situaciones límite y el toque de frivolidad, locura y desenfreno que caracterizan a las películas de su hermano manchego. Algunos la acusarán de excesivamente surrealista, adjetivo que se hace especialmente notable en el final -ojo al indescriptible momento en el que el personaje de Loles León aparece con un Goya-, pero acaso… ¿hay algo en la película que no lo sea? Tampoco lo eran Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) o Vértigo (1958) y, sin embargo, ambas están consideradas referentes en su género. Las escenas en las que el rol de Pilar Castro descubre el cadáver en la bañera y  el posterior fragmento de la moto, por poner sólo un par de ejemplos, no sólo dan buena cuenta de la capacidad de los directores por provocar gags hilarantes, también ocupan un lugar destacado en la historia de la comedia española. Y eso por no hablar de algunas frases icónicas del guión como la de “yo no creo en la reencarnación, creo en la congelación” en boca de Loles León. 

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Desconocida por el gran público por pasar sin apenas promoción y por el maltrato de los distribuidores a una pareja creativa que siempre tenía cosas que contar, Descongélate es un film por descubrir. Una comedia castiza, fresca y rompedora basada en un guión exento de oquedades, compuesto por una sucesión de escenas cada cual más graciosa que la anterior -a pesar de que algunas pidan a gritos un plus extra de locura, una dosis adicional de despiporre- que conforman una oda a la diversión. Sin grandes aspavientos ni alardes técnicos, sí, pero con algo mucho más importante (y escaso): ingenio. Y, todo, sin más lógica narrativa que la de hacer reír. Algo tremendamente difícil, por mucho que en manos de Dunia Ayaso y Félix Sabroso siempre pareciera lo más fácil del mundo. 

 

 

 

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