Secreto tras la puerta

Aunque no posea la extrema lucidez de sus obras maestras –Metrópolis (1927), M, el vampiro de Düsseldorf (1931) o La mujer del cuadro (1944)- Secreto tras la puerta (Fritz Lang, 1947) es una de las películas más desconocidas y, a la vez, más fascinantes del cineasta austriaco. Cierto es que tanto el propio autor como la crítica del momento la consideraron un título menor -quizá por sus referencias demasiado explícitas a Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), obra por la que Lang nunca escondió su admiración-, pero los años han jugado a su favor, convirtiéndose en una de sus cuatro principales cintas de cine negro. A través de una historia de Rufus King y con guión firmado por Silvia Richards, Secretos tras la puerta vio la luz en una época en la que el subgénero del drama psicológico se hallaba en su máximo esplendor; a través de una estética gótica -tenue iluminación, barrocas mansiones, tétrica ambientación-, Lang elabora una reflexión acerca de la fuerza del subconsciente, de las consecuencias de los traumas internos en la infancia o la dependencia psicológica. Todo a través de un estudio analítico de primer orden de sus personajes, especialmente de su protagonista (Michael Redgrave), del que se desatan más interrogantes que respuestas. El magnetismo y el tremendo porte que desprende el actor en este trabajo, a la que ninguna mujer parece resistirse, refleja el gran acierto de casting. 

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El clavo

Tras demostrar su gran habilidad para la comedia en las primeras películas de su extensa filmografía –Huella de luz (1943), Eloísa está debajo de un almendro (1943) o El fantasma y doña Juanita (1944)-, el madrileño Rafael Gil entró por la puerta grande en el cine negro con El clavo (1944), un género que por aquel entonces vivía una edad de oro al otro lado del Atlántico. La que fue su segunda colaboración con Amparo Rivelles -que no la última, luego vendrían La calle sin sol (1948) y La fe (1947)- es una de las más destacadas réplicas españolas a esas producciones criminales que estaban cocinando en Hollywood. Basada en un relato de Pedro Antonio de Alarcón, escrito tal y como se sobreimpresiona al comienzo con el fin de demostrar que no hay nada tan insospechadamente novelesco como la realidad, El clavo es un relato de tanta carga dramática como el cuento original, publicado en 1957. Ambientada en el S.XIX, la razón por la que esta película se alza por encima de otros melodramas y películas criminales de la época es su perfección formal, lo bien que ha soportado el paso del tiempo y la confirmación de una gran actriz. 

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El cartero siempre llama dos veces

Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), Cintia (Melville Shavelson, 1958), Gilda (Charles Vidor, 1946)…y El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnett, 1946). Aunque la adaptación de la novela de James Cain no tenga nombre de mujer, qué duda cabe que sin el atractivo, enigmático y arrollador rol de Lana Turner, minuciosamente moldeado, esta joya del cine negro no sería ni una milésina parte de lo que es. Símbolo sexual de la década de los 40, la actriz encarna a Cora, una femme fatale casada con un hombre mayor y atrapada en la más absoluta rutina. Su disección de personaje, de rostro tan angelical como perverso, está perfectamente elaborado, así como un soberbio diseño de vestuario encomendado a una actriz envuelta en ceñidos vestidos que ayudan a potenciar de tensión sexual el ambiente. Sin embargo, el paroxismo del que tanto ella como el protagonista presumen en la novela, se apacigua sobremanera en la gran pantalla por el corsé de la censura, requisito obligado para sacar el proyecto adelante. El remake que Bob Rafelson llevó a cabo en 1981, mucho más fiel al libreto original, sí que potenció la parte erótica -imposible olvidar la mítica escena de la cocina-.

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El gran carnaval

De El Gran Carnaval (Billy Wilder, 1951), se desprenden dos aspectos fundamentales: en primer lugar, que el director jocosos títulos del calibre de Con faldas y a loco (1959) o La tentación vive arriba (1955) era algo más que el rey de la comedia. Estaba claro que, si se lo proponía, Wilder podía ser tan despiadado en el cine negro, en su capacidad de radiografiar de forma inmisericorde estamentos de poder tales como periodismo o política, como francamente hilarante en el terreno cómico. En segundo lugar, esta feroz condena a la incesante manipulación a la que los mass media someten a sus ciudadanos, reflejó la naturaleza atemporal de su obra, que más de medio siglo después de su estreno sigue impactando por su brutal paralelismo con la realidad. En efecto, muchos espectadores contemporáneos no lo tendrán muy difícil a la hora de identificar cómo la materia prima de la película, ese periodismo sensacionalista y amarillo a la que se lanza continuos dardos envenenados, se asoma diariamente a través de nuestros televisores o protagoniza portadas de periódicos de (des)información; un tema que siempre interesó al director, como se demostró en su posterior e igual de recomendable Primera plana (1974).

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Headhunters

Años después de la muerte del director sueco por antonomasia, Ingmar Bergman, el cine nórdico está más de moda que nunca; y lo está gracias a su personalísimo universo y la singular entidad de la mayoría de sus producciones. La espléndida Headhunters (Morten Tyldum, 2011) viene a sumarse a esa liga de grandes películas que, de cuando en cuando, nos llegan del norte de Europa, como En un mundo mejor (Susanne Bier, 2010), Siempre feliz (Anne Sewitsky, 2010) y, sobre todo, la que es en muy buena medida la responsable de esta especie de revitalización del cine nórdico noir en la última década: el fenómeno interplanetario de la trilogía Millenium, adaptación de los best sellers de Steig Larsson. Headhunters, el tercero de los largometrajes de un director consagrado con este genuino ejercicio de suspense, se erige como un notorio ejemplo de thriller europeo de calidad. Basado en la novela homónima del sueco Jo Nesbo, uno de los máximos referentes de novela negra en la actualidad, estamos ante un film tan exento de prejuicios como provocativo; un espectáculo violento, sexual y trepidante a partes iguales en el que, sin dar un segundo de tregua al espectador, aborda el descenso a los infiernos de un hombre consumido por la ambición. 

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Destino Oculto

Basada en el relato corto titulado “Equipo de ajuste” del aclamado escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, Destino oculto (George Nolfi, 2011) es una película de tintes filosóficos en el que se vuelven a dar cita temas como la política, el destino o la fantasía surrealista. Asuntos de cabecera, todos ellos, de un escritor en cuyas novelas se basan películas tan míticas como Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o Minority Report (Steven Spielberg, 2002). La ópera prima del guionista Nolf es un thriller acerca del papel que juega el destino en la existencia de las personas. A través de una hábil mezcla de géneros, en la que tiene cabida desde el cine negro hasta el drama romántico, Destino oculto se plantea entorno al controvertido eje de hasta qué punto el ser humano es realmente dueño de su futuro o si, por el contrario, no es más que una marioneta cumpliendo con el inamovible e implacable plan trazado por el destino. Y, si así fuera, si en el fondo no gozásemos de capacidad de elección, ¿es posible cambiarlo?

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Sangre fácil

Cuando Alfred Hitchcock decidió matar en la ducha a la protagonista principal de su título de culto Psicosis (1963) a mitad de metraje, ante un perplejo espectador que se preguntaba cómo era posible que aquél personaje sobre el que había recaído la totalidad de la acción desde el minuto uno desapareciese de golpe y porrazo, se abrieron nuevas vías narrativas tímidamente exploradas hasta la fecha. Los hermanos Coen se inspiraron en el realizador británico y, tomándolo como precedente, elaboraron su magnífica e hipnótica obra prima Sangre fácil (1984). En este abrumador debut tras las cámaras, donde ejercieron también de guionistas, los cineastas judíos fulminan (o al menos eso parece) a su trío protagonista a mitad del relato. Es tan sólo uno de los principios por el que los directores reinventaron el thriller, un género donde se acabarían moviendo como pez en el agua; si a esto sumamos deliciosos detalles surrealistas y una interesante fusión del thriller con un desenfadado humor negro que logra rebajar la tensión a un título excesivamente duro y violento, el resultado es una obra coeniana en estado puro, en la línea de Fargo (1996), otra de sus películas independientes, con la que comparte además ese añejo aroma a serie B -a pesar de una notable realización-, esa estética country marca de la casa y una decidida atmósfera localista.

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Muerte de un ciclista

Aunque sea un apellido que despierte tanta aversión como simpatía, lo cierto es que hablar de la familia Bardem es hablar de la lucha por las causas justas y por las desigualdades sociales. No me refiero sólo a Javier Bardem -el miembro del clan, sin duda, más internacional- y de sus proclamas en contra de la guerra de Irak o su persistente lucha a favor del pueblo saharaui. Medio siglo antes, su tío Juan Antonio Bardem -hijo también de actores- ya había usado su condición de director de cine para denunciar un régimen putrefacto que se cebaba con los habitantes de la España de provincias de mediados de la década de los 50. Así lo demostró en sus dos obras maestras -dejando al margen a Nunca pasa nada (1963)-: Calle mayor (1956) y Muerte de un ciclista (1955). Usando como telón de fondo esa flagrante desigualdad social entre las gentes adineradas, la burguesía, y el español de a pie, mucho más humilde, el comprometido cineasta construye una coproducción entre España e Italia cuyo motor es el sentimiento de culpa que se apodera de MªJosé (Lucía Bosé) y Juan Fernández Soler (Alberto Closas), dos jóvenes amantes que, tras uno de sus furtivos encuentros, atropellan y matan con su coche a un ciclista. Sin pensárselo dos veces, deciden huir del lugar del suceso y ocultar la tragedia. El joven profesor de Universidad intentará calmar a su bella acompañante con un “nadie nos ha visto”. ¿Nadie?

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El crepúsculo de los dioses

The Artist (Michel Hazanavicius, 2011), ese fenómeno del cine contemporáneo, no fue el primero en retratar el ocaso de un actor de Hollywood, en demostrar que la distancia entre las mieles del éxito y el sabor amargo del fracaso es, desde dentro de ese cosmos que forma la Meca del cine, más corta de lo que parece a través de un George Valentin (Jean Dujardin) condenado al destierro cinematográfico debido a su inexistente capacidad de adaptarse a los nuevos tiempos, a ese soplo de aire fresco y de modernidad que representa el cine sonoro.  Antes, cintas como El Crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950) ya habían tomado esta idea temática como interesante punto de partida.  En esta corrosiva y ácida mirada a los engranajes del antiguo Hollywood de los años 50 -no muy diferente al de ahora- y moviéndose en todo momento entre el terror psicológico, el drama y el más puro cine negro, Wilder nos sitúa concretamente en Sunset Boulevard, ese lugar que une Los Ángeles con Beverly Hills donde residen las que en otros tiempos eran las integrantes de ese cotizado star-system americano, almas convertidas en otros tiempos en divas deseadas y en auténticos fenómenos sociales pero que ahora tratan de sobrevivir condenadas al más cruel de los olvidos. Viven sepultadas por el implacable paso del tiempo y, sobre todo, por una industria no regida precisamente por la misericordia. 

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Atraco perfecto

Es un hecho incontestable que Stanley Kubrick, uno de los directores más influyentes del S.XX, abordó casi todos los géneros cinematográficos. Se manejaba igual de bien en el terror (El resplandor, 1980), la ciencia-ficción (2001: Una odisea en el espacio, 1968), el cine bélico (La chaqueta metálica, 1987) o el cine negro con la que fue su gran carta de presentación en Hollywood: Atraco Perfecto (1956). Y es que, a pesar de haber rodado previamente dos películas, fue con esta historia acerca del robo a un hipódromo con el que el cineasta terminó una enriquecedora etapa de formación, comenzando al año siguiente su esplendorosa etapa de madurez con ese alegato antibelicista que es Senderos de Gloria, (1957). Películas, la mayoría de ellas, en la que se da cita un constante en su filmografía, como es el uso de la violencia o ese antihéroe en permanente conflicto con el mundo. En Atraco Perfecto, adaptación de la novela Clean Break de Lionel White, este rol lo ocupa Johnny Clay (Sterling Hayden), un ex presidiario que planea, junto con varios colaboradores, un atraco de proporciones épicas en la que todo está milimétricamente calculado, planificado y estudiado. ¿Todo?

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Cara de ángel

Tras haber cosechado grandes éxitos de crítica y público con clásicos del cine negro tan imprescindibles como Laura (1944) o Al borde del peligro (1950), al maestro del género Otto Preminger se propuso dilapidar en Cara de ángel (1952) el tópico “la cara es el espejo del alma”. El cineasta austriaco, que vuelve a demostrar ser un referente a la hora de dotar a sus obras de una gran fluidez narrativa, filma una historia genialmente protagonizada por Robert Mitchum y Jean Simmons. Ambos dan vida a una de las parejas con más química de la historia del cine: Frank, un conductor de ambulancias, y a Diane, de cara aparentemente dulce e ingenua y de la que la película toma el título. Porque, como siempre en la vida, no es oro todo lo que reluce, ya que ese rostro angelical camufla la viva imagen de la perversión.

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