Princesas

Para ningún director con un mínimo de sensibilidad, no debe suponer un reto fácil construir una película tomando como base un drama tan complejo y con tantos aristas como la prostitución. Si, además, la aproximación que se pretende hacer sobre esta realidad social pasa por descubrir, a toda costa, esa verdad emocional, adentrarse en el robusto caparazón de unos prostitutas que, a pesar de no contar con el respaldo mayoritario de una sociedad que las margina, lloran, sufren y aman como el resto del mundo el resultado puede llegar a ser bastante estimulante. No hay duda, por tanto, que Fernando León de Aranoa, uno de los directores más comprometidos de nuestro país con títulos como Barrio (1998) o Los lunes al sol (2002), partía en Princesas (2005) con un material de alto riesgo que, no obstante, resolvió con su habitual maestría. El autor madrileño, a pesar de recurrir de cuando en cuando al tópico y a alguna situación un tanto inverosímil, consigue que sus princesas de barrio -unas Candela Peña y Micaela Nevárez que hacen un trabajo actoral ejemplar-, conecten con el gran público, empaticen con esa sociedad mezquina que nunca les prestó la suficiente atención, que siempre miró (y sigue mirando) para otro lado. 

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Caye (Peña) y Zulema (Nevárez), esas princesas a las que hace referencia el título del film, por encima de su profesión, representan a todo ese colectivo de mujeres que comparten ilusiones, sueños y ambiciones; mientras la primera sueña con encontrar el amor, la segunda, de nacionalidad extranjera, vive por y para poder reunirse con su hijo al otro lado del atlántico. Y es que, sin duda, la prostitución no es más que una excusa para elaborar uno de los más certeros discursos acerca de la amistad femenina del cine español; de ahí que el director no se sumerja de lleno en las entrañas de un drama que, en efecto, nunca termina de estar pintado con toda su crudeza. Aspectos como la legalización de la prostitución, los malos tratos que tienen que soportar las trabajadoras del sexo o la difícil convivencia entre éstas y los ciudadanos de a pie están abordados a través de leves pinceladas, lo que, además de potenciar la teoría de que León de Aranoa se muestra más interesado en filmar el proceso por el que estas (dos) mujeres sueñan con liberarse del ambiente de opresión al que viven expuestas -de ahí su obsesión por recrearse en sus esfuerzos para salir adelante, en sobrevivir-, evidencia el coraje de un director que huye en todo momento del morbo y el sensacionalismo al que se presta una historia estas características. 

Aranoa hinca el diente a la materia narrativa de la película -por otro lado, puro material de derribo para los que (aún) miran al cine español con cierto recelo-, y lo hace con la convicción de quien se sabe de todo menos un director para minorías, de entornos sociales contiguos a la masa, tal y como le tachan sus detractores: el cineasta sabe que los mensajes últimos de sus obras, más allá de la condición social o cultural de sus roles, son tan universales como la vitalidad, la energía o, al mismo tiempo, el aislamiento y la soledad que desprenden estas princesas.  Junto con la valentía de su director, otro de los aspectos más cuidados de la película es la caligrafía -esa cámara, inquieta, adentrándose en los recovecos de la noche o en las intimidades de sus protagonistas-, en perfecta sincronía con el espíritu de un film en el que cabe destacar su extraordinaria ambientación, una atmósfera que no hace sino aportar realismo e integridad a una película que parece rodada desde el alma, fabricada por un artesano que vuelve a demostrar un profundísimo amor hacia sus personajes -creados de su puño y letra-, capaces de cobrar vida propia en cuestión de segundos y de ganarse al respetable desde la primera línea de guión. Cualquiera que haya sentido alguna vez la necesidad de enamorarse o de, simplemente, ilusionarse por algo o por alguien, se verá reflejado en la océanica y estremecedora mirada de esa Caye, una auténtica heroína de nuestro tiempo, y de algunos de sus discursos como la inolvidable escena en la que explica cuál es su concepto del amor ante la atenta mirada de su inseparable amiga. Un instante que, por sí sólo, justifica el Goya a la mejor actriz que, al igual que su compañera de reparto, Candela Peña recibió por este difícil papel.

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Princesas, pues, bien podría servir como un admirable libro de estilo acerca de cómo abordar una problemática social sin prejuicios, con grandes dosis de verdad, con sentimiento -tal y como demuestra un guión trufado de frases para enmarcar- y sin mostrarse más reivindicativo que lo estrictamente necesario. Pasando por alto el manido empleo del tema principal de su banda sonora, obra de Manu Chao -ganador del tercer Goya del film-, y de algunos giros del guión discutibles, lo que al final queda es una obra pulcra, sumamente limpia, un salto importante hacia adelante de la más que sólida filmografía de un director que, tras encontrar en los dramas sociales la más fértil cartera de argumentos, parece dispuestos a llevarlos a la gran pantalla dejando implícita su artera, alentadora e infinita capacidad creativa.

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2 pensamientos en “Princesas

    • Y pa variar…vuelvo a estar de acuerdo contigo!! 😉 Ese monólogo de Candela Peña haciendo la descripción más pura de lo que es el AMOR (“que te recojan a la salida en el trabajo”) pone los pelos de punta…

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