Las lágrimas de África

Muchos humanistas aseguran que vivimos en un mundo herido, ajenos a los problemas y dificultades de la gente que no tiene ni para comer. La polifacética actriz Amparo Climent, que debuta tras la cámara con el estremecedor documental Las lágrimas de África (2015), va más allá y sentencia que vivimos en un mundo sin corazón. Una afirmación nada descabellada si tenemos en cuenta que hoy, en pleno siglo XXI, se cuentan por miles las vidas de seres humanos muertos en búsqueda de un futuro mejor. Consciente de que el drama de los refugiados es una de las mayores vergüenzas que padece el mundo contemporáneo, Climent se adentra de lleno en él a través de un largo que dirige y escribe poniéndose por bandera un firme compromiso con la verdad y un alto grado de exigencia para no caer en la lágrima fácil, lo que hubiera convertido a este trabajo necesario en los tiempos en los que vivimos en algo sensacionalista y no en un agitador de conciencias como finalmente es. Narrado en primera persona, la directora consigue lo que muy pocos han conseguido hasta ahora: mostrar este drama humanitario de forma pulcra y cercana a través de una narración depuradísima y una claridad expositiva digna de elogio. Sus 70 minutos son, pues, pura sustancia. 

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Un día perfecto

He aquí una de las grandes películas españolas de los últimos años. Un día perfecto (2015) viene a sumarse a la lista de obras maestras de Fernando León de Aranoa, uno de los cineastas que mejor maneja el cine social en nuestro país. En el que es su primer largometraje en inglés y su primero proyectado en el Festival de Cannes, el director y guionista madrileño nos traslada a uno de los mayores conflictos europeos de los últimos 20 años: la guerra de los Balcanes. Tan comprometido como de costumbre, León de Aranoa intenta arrojar luz a este drama desde el punto de vista de un grupo de cooperantes humanitarios. Más que de la guerra -de la que habla sin el estruendo de las bombas y sin rastro de violencia explícita- el director de Princesas (2005) o Barrio (1998) se centra en lo que viene después. Un día perfecto ayuda a concienciarnos de que el alto al fuego no supone la llegada de la tranquilidad, sino el inicio de algo que puede ser incluso peor que la guerra en sí: el largo camino que hay hacia la normalidad. Si es que alcanzar esto es posible.

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La familia Bélier

Gran sorpresa con La familia Bélier (Eric Lartigau, 2014), una película a la que me enfrenté sin ningún tipo de expectativa y me terminó sorprendiendo. Nuevo taquillazo del cine francés -y uno de los más importantes de los últimos años junto con Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? (Philippe de Chauveron, 2014) e Intocable (Olivier Nakache & Eric Toledano, 2011)- estamos ante un trabajo que conquista por su sencillez. No hay en La familia Bélier dobles lecturas ni mensajes ocultos: lo que hay es lo que ves, algo que se agradece en una época en la que los directores se dejan llevar por la pretenciosidad o confunden calidad con ser lo más enrevesados posible. El director de Los infieles (2011) da un golpe en la mesa con su nuevo trabajo, en el que reivindica las películas de mensaje fácil, sin que ello suponga jugar en segunda división. Y es que ya les gustarían a muchas películas condensar toda la verdad que exhala La familia Bélier por cada uno de sus poros o encerrar la mitad de emoción que desprenden algunos momentos, como esa actuación final de la protagonista que pasa a engrosar, ipso facto, la lista de las escenas más bellas de la historia del cine francés.

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A cambio de nada

A cambio de nada (2015) supone el deslumbrante debut en la dirección del actor Daniel Guzmán, que alcanzó su mayor éxito con Aquí no hay quien viva. Una película de fuerte carácter autobiográfico por la que el ganador del Goya al mejor cortometraje por Sueños (2004) se vacía emocionalmente, como si de una necesidad vital se tratase. Un trabajo hecho con el corazón e infinita sensibilidad con el que cualquiera puede sentirse identificado que conecta fácilmente con el público por la honestidad que hay en cada fotograma, cada palabra o cada línea de guión. Magistralmente escrita, dirigida e interpretada, estamos ante una película que desprende autenticidad por los cuatro costados y, para más inri, pone sobre la mesa, de golpe y porrazo, a la nueva hornada de talentos del cine español. Es el caso del protagonista, Miguel Herrán,  a quien el director tardó año y medio en encontrar y a quien habrá que seguir la pista muy de cerca después de sorprendernos con uno de los mejores debuts juveniles que se recuerden en la historia del cine español. No es el único: le secunda Antonio Bachiller, su mejor amigo en la ficción, con el que desprende una química brutal. Dos jóvenes que devoran cada plano a pesar de no haberse puesto nunca delante de una cámara.

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Pride

Ocurre cada cierto tiempo y, cuando sucede, no cabe más que celebrarlo. Hablo de la película perfecta. La industria del cine acoge a cintas mejores y peores, pero muy de cuando en cuando nos regala la que no admite otro calificativo que PERFECTA. En mayúsculas. Pride (Matthew Warchus, 2014) es el último ejemplo. Intento enfrentarme con la máxima objetividad a todas y cada de las críticas que escribo, destacando los aciertos y errores que encierra cada producción. Sin embargo, de la cinta británica de Warchus se me hace imposible señalar el más mínimo defecto. Todo en ella me parece redondo. Genial. Único. Irrepetible. Estamos, sin ninguna duda, ante la mejor película británica de los últimos años. Aunque podríamos quitar la nacionalidad y hacer la frase aún más contundente: una de las producciones más redondas, radiantes y brillantemente manufacturadas de lo que llevamos de siglo.

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Azul y no tan rosa

Hay películas que trascienden su mera condición cinematográfica para convertirse en auténticos fenómenos sociales. Es el caso de Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari, 2012), cinta venezolana que nació con una clara vocación: dar voz a las minorías, a todos aquellos colectivos que se sentían marginados por la sociedad. Y es que, a pesar de que males como la homofobia siguen aún muy presentes en todo el mundo, Venezuela es uno de los lugares donde más arraigada está. El drama de ser homosexual en un país con un alto rechazo a este colectivo es uno de los asuntos que aborda, con grandes dosis de humanidad y respeto, una obra que tampoco descuida otros temas como la transexualidad, la violencia machista o los nuevos modelos familiares. Estrenada el 30 de noviembre de 2012 en su país de origen, una de las razones por las que Azul y no tan rosa se mantuvo durante 11 semanas en la cartelera venezolana y fue vista por casi 150.000 espectadores se debe precisamente a las ganas que tenían estos sectores sociales de verse reflejados en la gran pantalla; de hacerse notar. De, en definitiva, normalizar su situación.

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Dallas Buyers Club

A comienzos de los 90, Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) conseguía arrojar luz a un tema tan hermético y sobre el que existía mucha desinformación por aquel entonces como el SIDA, además de dignificar la figura del seropositivo homosexual, asociada por algunos sectores conservadores a la promiscuidad. La cinta protagonizada por Tom Hanks demostraba también que un enfermo de VIH podía llevar una vida tan normal y tan estable como cualquier heterosexual, y la remataba esa redención del abogado homófobo del protagonista. Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013), historia sobre la vida del cowboy texano Ron Woodroof, vuelve a subrayar algunas de sus tesis, aunque la más novedosa es que, en esta ocasión, el afectado por el virus es un mujeriego. Se demostraba así, en el seno de la sociedad americana de finales de los 80 y comienzos de los 90, que los gays no eran el único campo de cultivo para dicha enfermedad. En cualquier caso, más allá de su canto contra la tolerancia, lo que se desprende de esta película nominada a 6 Oscar es una crítica contra los intereses de las grandes empresas farmacéuticas, inflexibles a la hora de presionar al sistema para administrar medicamentos ilegales a sus pacientes en pro de su beneficio. Se pone de manifiesto, pues, la pésima burocracia institucional de aquella época, en manos del más inhumano chantaje económico. 

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Historias de Lima

Aplaudamos a rabiar un documental como Historias de Lima (Miguel Ángel Barroso, 2012) por hacernos entender la diferencia entre dos verbos tan, a priori, semejantes pero tan diferentes a la vez como ver y mirar. Entre sus muchas acepciones, la RAE define a éste segundo como el “acto de dirigir la vista a un objeto u observar las acciones de alguien”. Es decir, que con que se den las acciones físicas y lumínicas suficientes, es una acción que todos podemos llevar a cabo sin problemas. Más complejo es el verbo ver, ya que además de mirar, implica prestar atención a lo que estamos mirando. Esta breve introducción meramente lingüística estaría de más si no fuese porque como mejor se puede definir al nuevo trabajo del director, crítico de cine e historiador cinematográfico Barroso es como un ejercicio que no se conforma con mirar, sino que se empecina en ver, en radiografiar todo lo que se cuece a su alrededor. Dotado de una extraordinaria facilidad para acceder, para penetrar en esa selva urbana de Lima, compuesta por una manada de personajes tan variopintos como enriquecedores, el director madrileño sorprende con un trabajo que se nota rodado desde las entrañas, por alguien empeñado en capturar las más altas dosis de verdad.

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Elling

¡Qué gusto da encontrarse con una película que no disfruta haciendo leña del árbol caído! O, lo que es lo mismo, que no utiliza su drama para vender compasión ni lágrima fácil, sino respeto, comedia y, por encima del resto, humanidad. La nórdica Elling, segundo trabajo del realizador Petter Naess, es el perfecto ejemplo de cómo un documento audiovisual es capaz de esquivar el tremendismo en el que podía haber incurrido fácilmente su argumento para regalarnos un trabajo lleno de ternura y de vida. Basada en la tercera de las cuatro novelas del prestigioso escritor noruego Ingvar Ambjörnsen -todas protagonizadas por el entrañable y deficiente intelectual Elling-, la película narra el proceso por el que dos compañeros de habitación de psiquiátrico deben enfrentarse al mundo real, justo en el momento en el que los servicios sociales, tras considerar que ya son aptos para valerse por sí mismos, le concedan un apartamento en el que iniciar una nueva vida. Además de por sus perpetuos intentos de superación, ejemplificado en acciones tan cotidianas como ir a comprar, contestar al teléfono o cruzar la calle, lo que nos termina de emocionar es el lazo afectivo que se crea entre ambos. Al final, más que una historia sobre dos disminuidos, asistimos a una auténtica oda, a un sincero canto a la amistad. 

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Pelo malo

“Es muy doloroso que una hija no quiera a su madre”, rezaba el fascinante personaje de Carmen Maura en Volver (Pedro Almodóvar, 2009). Pero más doloroso aún es, si se me permite el apunte, que esa completa pérdida de afecto de un retoño hacia quien lo ha parido no sólo sea entendible, sino justificable. El protagonista de Pelo Malo (Mariana Rondón, 2013) es un niño de 9 años que tiene que soportar algo aún peor que la violencia y la turbia atmósfera de su Caracas natal: la opresión a la que se enfrenta diariamente en su hogar. Opresión que viene de la mano de su propia madre, quien no tiene reparos en despreciar, incluso anular, la identidad de su vástago por el simple hecho de sospechar de su ambigüedad sexual. La humillación, la falta de tacto y, en definitiva, la homofobia con la que la mujer trata a éste, estalla en una de las escenas claves de la última ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, en la que ambos se confiesan que no se quieren. Brillante clímax para un trabajo que no sólo ha hecho visible el cine venezolano al mundo, también ha puesto de manifiesto el terrible grado de intolerancia que se vive en el país -mérito que comparte con su contemporánea Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari, 2012), Goya a la Mejor película hispanoamericana-. 

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La piedra de la paciencia

Lo peor que le puede pasar a La piedra de la paciencia (Atiq Rahimi, 2012) es que haya quien la interprete como una película pequeña. Su escasez de escenarios, de actores y de, en definitiva, de un holgado presupuesto -ligado a su escasa distribución comercial o la propia procedencia de la cinta: Afganistán, un país cuya cosecha cinematográfica sigue siendo desconocida por la mayoría- pueden ser motivos para acusarla de intrascendente. Algo que clamaría al cielo: la adaptación para la gran pantalla que el propio director llevó a cabo de su novela homónima -galardonada con el prestigioso premio Gouncourt en 2008- es uno de los trabajos más subyugantes del cine reciente. Un alegato feminista tan rotundo como éste, en el que se pone de relieve la marginalidad y la irracionalidad a la que están sujetas las mujeres en Oriente Medio en plena época de las Convenciones de los Derechos Humanos, jamás puede ser acusado de pequeño, máxime cuando el cineasta también aborda otros temas como el poder destructor de la guerra, los fanatismos religiosos o la falta de comunicación. Todo en el marco de una ciudad que atesora todos los méritos posibles para proclamarse el más lacerante de los infiernos terrenales. 

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La herida

No hay nada más estimulante para el amante del cine español -y del séptimo arte en general- que comprobar la existencia de una larga lista de talentos noveles que, con sus operas primas, certifican el buen estado de salud creativo de la industria. La herida (Fernando Franco, 2013), además de suponer el debut en el largometraje del hasta ahora montador y cortometrajista sevillano, encierra otro extraordinario descubrimiento: el de una colosal Marian Álvarez. Una actriz que, a pesar de haber participado en cintas como Lo mejor de mí (Roser Aguilar, 2007), ha quedado consagrada con este poliédrico papel. El egregio despliegue de la intérprete -auténtico alma de la película- junto con el compromiso del cineasta con su tema central -el Trastorno Límite de la Personalidad- da como resultado una de las cartas de presentación más profundas de los últimos años. Arriesgada y sincera, La herida es uno de esos trabajos que no se conforman con entretener: aspiran a ser un documento útil en la sociedad; un testimonio audiovisual que reflexiona acerca de la soledad a través de un personaje en situación límite que arrastra una herida imposible de curar y que ve en la autolesión la vía para salir del pozo de angustia en el que vive. De alguien que, aunque nadie sea capaz de escucharla, pide ayuda a gritos. 

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