Perfectos desconocidos

Uno de los mayores placeres que proporciona la película Perfectos desconocidos (Álex de la Iglesia, 2017), remake de su homóloga italiana Perfetti Sconociuti (2016), es imaginar la vergüenza -si es que tienen- que estarán sintiendo las personas que mientras ven la película se están identificando, muy a su pesar, con cualquiera de sus personajes. En una obra que habla de la hipocresía, la falta de confianza y que, de forma inmisericorde, deja al ser humano por los suelos -a excepción de un par de personajes que, en un clima de inmoralidad generalizada, consiguen salvarse de la quema-, sentirse identificado con cualquiera que desfila por aquí ya revela la categoría humana del sujeto. Seguro que no son pocos los que lo hacen, mientras que los que observamos el espectáculo desde la barrera, esos que estamos lejos de ser perfectos pero que estamos a años luz de semejante nivel de mediocridad como el que aquí se expone, disfrutamos con que un director saque a la luz de una forma tan clara y tan pulcra las mentiras y la doble vara de medir de la que cada día hacen gala la gente de nuestro entorno. Que la sociedad está enferma no es algo nuevo, pero que hasta la persona más aparentemente intachable sea capaz de esconder secretos que pongan en peligro su integridad moral, su matrimonio o hasta la relación con sus amigos es algo que debe hacernos reflexionar.

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La librería

La librería (Isabel Coixet, 2017) es uno de esos caramelos envenenados que de cuando en cuando llegan a la gran pantalla. Todo vaticina que será una película de esas que muchos cinéfilos denominamos como “agradables de ver”. Desde el cartel promocional, hasta el tráiler o la propia sinopsis nos vaticinan una obra bonita, liviana, sin más trascendencia que su bonita fotografía y el toque intimista necesario para que salgas del cine con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. Cierto es que la nueva obra de la directora, una nueva cima en una carrera plagada de éxitos, es una película con mucho, muchísimo encanto, y su fotografía, en efecto, es preciosa, pero de liviana no tiene absolutamente nada. Algo lógico, por otra parte, viniendo de quien la firma. Estamos ante una cinta exquisita trufada de sensibilidad, emoción y humanidad que aparenta ser extremadamente simple cuando en el fondo es extremadamente compleja, pura dinamita. Un trabajo que habla de tantos temas y de forma tan natural que parece que no está contando nada cuando, en realidad, te lo está contando todo.

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El secreto de Marrowbone

La última vez que me salí del cine en plena sesión fue con la infame Historia de mi muerte (Albert Serra, 2013), una película que provocó la mayor estampida en una sala de cine que soy capaz de recordar -cuando empezó la proyección éramos unas 200 personas en la sala; cuando me salí sólo quedábamos dentro 10-. Desde entonces, en todos estos años, nunca he abandonado una sala de cine, por muy tentado que haya estado para ello en no pocas ocasiones. Pienso que para juzgar una película, por muy mala que sea, hay que visionarla en su totalidad. Lo que ocurre es que, en algunos casos muy concretos, aguantar hasta el final de metraje de una película que no te está gustando nada es un ejercicio tan tortuoso que hace tiempo que decidí dejar de ponerlo en práctica. El secreto de Morrowbone (2017) ha sido la última en engrosar esta infame lista de películas; a pesar de intentarlo con todas mis fuerzas he sido incapaz de aguantar sus 110 minutos en el interior del cine. Al minuto 90 me he salido de la sala porque consideraba que lo que el director me estaba contando -todavía no sé muy bien qué es- era de una simpleza absoluta, carente del más mínimo interés. 

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Toc toc

Era cuestión de tiempo la adaptación cinematográfica de la exitosa obra de teatro “Toc toc”, escrita por el autor y humorista francés Leaurent Baffie. Estrenada en más de 20 países y representada durante 9 años ininterrumpidos en el Teatro Príncipe Gran Vía -lo que la convierten en la obra de teatro más longeva de la cartelera madrileña-, no cabe duda que Toc toc” tenía altas posibilidades de ser llevada al cine, aunque la materia prima no fuera excesivamente original ni nada del otro mundo. Con todo, era una responsabilidad trasladar a fotogramas este éxito internacional y el escogido ha sido Vicente Villanueva, autor de Lo contrario al amor (2011) y la desternillante e infravaloradísima Nacida para ganar (2015), donde Villanueva demostró un gran dominio de los códigos de la comedia. Y lo cierto es que en esta adaptación homónima (2017) el cineasta sigue estando en plenas facultades y vuelve a dar una lección de cómo hacer alta comedia. Y demuestra, y he aquí el gran mérito del autor, que la alta comedia no tiene que ser necesariamente aburrida ni gris, sino que puede habitar en un proyecto como este, con una clara vocación comercial y de apariencia fresca y ligera. 

 

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La llamada

Existen películas que puedes recomendar con total tranquilidad porque la probabilidad de que a quien se la recomiendas no le entusiasmen es mínima. Películas de las que, en cuanto sales del cine, sientes la necesidad de hablarles a la gente que más aprecias sabiendo que no se sentirán decepcionados. “La llamada” (Javier Ambrossi & Javier Calvo, 2017), es una de ellas. Una de esas películas que contagian tan buen rollo que sería posible que la disfrutásemos en bucle el resto de nuestra vida sin cansarnos. ¿Cuántas veces ocurre esto en la cartelera? Realmente en muy pocas ocasiones. Por eso, cuando sucede, hay que celebrarlo. En efecto, esta adaptación cinematográfica del musical homónimo que durante varias temporadas ha conquistado a crítica y público en el Teatro Lara de Madrid y en varias ciudades españolas es un acontecimiento que hay que festejar. Son escasas las veces en las que se estrena un trabajo en el que te quedarías a vivir sin pensarlo, bien porque la fuerza de la historia te atrapa de manera brutal, bien porque cada uno de los personajes tiene tanta vida interior que ansias conocerlo más a fondo o bien porque sabes que si fueses un protagonista más de la historia encajarías como un guante en las tramas. “La llamada” cumple todo estos factores. 

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Verónica

Confieso que tenía mucho miedo antes de ver Verónica (2017), la última película de Paco Plaza. Pero no miedo del que te entra al ver el tráiler del film en cuestión, sino del que se apodera de un cinéfilo cuando sabe que la cinta de terror que se dispone a ver es, según todo parece indicar, un compendio de ouijas, casas encantadas, espíritus y puertas que se abren y cierran solas. ¿Otra vez? ¡Pero si esto nos lo han contado un millón de veces! Luego recordé el nombre de quien la firma y me tranquilicé. Estamos hablando de un primera espada del cine de terror patrio de los últimos 10 años, consagrado para la eternidad con esa obra imprescindible del género como es Rec (2007), que codirigió junto a Jaume Balagueró.  Y, cuando salí del cine, absolutamente espeluznado por lo que acababa de ver, recordé que prejuzgar es uno de los principales cánceres a combatir de todos aquellos que nos dedicamos a ver películas y analizarlas. Verónica es una maravilla. Turbadora. Terrorífica. Consiguió lo que el 90% de películas de terror que se estrenan no consiguen: dejarme petrificado en la putada. Sus responsables lograron que varios días después de disfrutarla -o sufrirla, según se mire- sea incapaz de quitármela de la cabeza. Y es que se agradece ver una película en la que en ningún momento intentan manipularte, en la que te crees absolutamente todo lo que ocurre en pantalla.

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Mil cosas que haría por ti

Siempre he defendido la idea de que si no tienes dinero para hacer una película en condiciones, mejor no la hagas. Ni qué decir ya del talento. Si el tema económico es importante a la hora de ofrecer un producto de calidad -a pesar de que hay películas excelentes rodadas con presupuestos ínfimos-, el talento es directamente crucial. Y me temo que Dídac Cervera no ha contado ni con una cosa ni la otra para su debut en el largometraje, la vergonzante y por momentos bochornosa Mil cosas que haría por ti (2017). Sería muy aventurado por mi parte asegurar que el director no posee el talento ni el ingenio para rodar una película sin que el sentimiento de vergüenza ajena asalte al espectador desde el minuto uno, pero desde luego esto es lo que consigue con su opera prima. Cervera ha estrenado su filmografía con una cinta soporífera, increíblemente aburrida y carente del más mínimo sentido del ritmo. Y lo que es todavía peor: que no tiene el más mínimo pudor en tratar al público como si fuera tonto. Sólo así se explica que se haya puesto en marcha un proyecto que atenta de forma severa contra la inteligencia del espectador. 

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Cantábrico

Se hace difícil empezar a hablar de Cantábrico (Joaquín Gutiérrez Acha, 2017) sin mencionar primero los récords que ha atesorado el que, sin duda, es uno de los documentales españoles más ambiciosos de la historia. En primer lugar, su presupuesto: 2 millones de euros, lo que lo convierten en el documental más caro de nuestra industria. Seguidamente hay que mencionar de su recaudación, en torno a los 600.000 €, una cifra espectacular para un trabajo que apenas se ha podido ver en 60 salas, compitiendo con los blockbusters de turno y películas de un potencial comercial mucho mayor. Su taquilla, en cualquier caso, hace que estemos hablando del segundo documental más taquillero de los últimos tiempos, sólo superado por La última cima (Juan Manuel Cotelo, 2010), que con 800.000€ recaudados sigue ostentando el puesto de documental más exitoso de nuestro cine. Cifras aparte, y centrándonos ya en su argumento, si por algo pasará a la historia el nuevo trabajo del director de Guadalquivir (2013) -el que hasta ahora era, probablemente, el documento audiovisual naturista más importante rodado jamás en España- es por grabar de forma tan brillante una manada de lobos ibéricos de cacería. Casi 3 minutos de metraje que están grabados ya con letras de oro no sólo en la cinematografía española, sino mundial. 

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El bar

Álex de la Iglesia pertenece a la familia de directores que resultan imprevisibles. Por mucho que sus películas sean un recital de desenfreno y locura nunca sabes cómo van a terminar, cómo van a actuar los personajes o qué será lo que ocurrirá en la siguiente escena. Y El Bar (2017) no es una excepción. Estrenada a nivel mundial en el Festival de Berlín y encargada también de inaugurar la 20ª edición del Festival de Cine Español de Málaga, la decimocuarta película del director bilbaino es una película 100% Álex de la Iglesia. Es decir, que los incondicionales del director se lo pasarán en grande mientras que, los que no lo son, conviene que sigan alejados. El Bar es un trabajo para disfrutar y partirse de risa, aunque las múltiples lecturas que podemos extraer de ella -algunas más explícitas que otras- no tengan ninguna gracia. Muchos la han catalogado de comedia y lo cierto es que está en las antípodas de serlo. De hecho, adscribir este inclasificable film dentro de algún género es complicado teniendo en cuenta que es un híbrido entre thriller, terror, acción, drama, retrato social, cine fantástico y, efectivamente, comedia. Pero, por encima de todo, El bar es una película sobre la supervivencia.

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Lo que de verdad importa

Intenso dilema al que me he enfrentado con Lo que de verdad importa (2017) el segundo largometraje de Paco Arango, que hace cinco años debutó con Maktub, película nominada a 3 premios Goya. Y digo dilema porque no es plato de buen gusto hablar mal de una producción que se nos ha vendido como “la primera película 100% benéfica de la historia del cine”. Y es cierto. Todo lo recaudado por esta producción que toma su título de una asociación sin ánimo de lucro cuyo fin es promover valores fundamentales para la sociedad a la gente joven está yendo destinado íntegramente a Serious Fun Children´s Network -de la que Arango es miembro a través de su fundación Aladina-; una asociación creada hace más de 20 años por el mítico actor Paul Newman cuyo fin es acoger a niños enfermos de cáncer. Nada que objetar al respecto, más bien todo lo contrario: me resulta admirable cómo un director -y, en este caso, también guionista- es capaz de renunciar a su propio sueldo y pagar de su bolsillo a los cientos de profesionales que han trabajado en la película a cambio de que hasta el último céntimo recaudado vaya destinado a mejorar la calidad de vida de niños enfermos.

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El guardián invisible

Muy de vez en cuando llega a los cines la adaptación cinematográfica de una novela de éxito capaz de contentar por igual a los lectores, a la crítica y también a la autora de la misma. Es el caso de El guardián invisible (2017), dirigida por Fernando González Molina, todo un experto a la hora de trasladar a imágenes fenómenos editoriales. Ahí tenemos el ejemplo de A 3 metros sobre el cielo (2010), Tengo ganas de ti (2012) o  Palmeras en la nieve (2015), tres taquillazos indiscutibles. El guardián invisible es, en efecto, la última adaptación del director pampilonense. Se trata de la primera novela de la archiconocida Trilogía del Baztán de la escritora vasca Dolores Redondo, uno de los fenómenos literarios en castellano más importantes de los últimos tiempos; estamos hablando de unos libros que han vendido alrededor de un millón de ejemplares en todo el mundo y han sido traducidos a más de 30 idiomas, lo que convierten a esta trilogía en un éxito sin parangón. La expectación, por tanto, era máxima. Parecía imposible plasmar en fotogramas una novela tan compleja, con la virtud de debatirse en todo momento entre lo místico  y lo puramente terrenal, entre lo perverso y lo fascinante, pero el director sale más que airoso de la jugada. 

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Es por tu bien

Que la comedia española está atravesando una edad de oro es indiscutible. Con los datos de taquilla en la mano es fácil comprobar cómo la gran mayoría de las películas más vistas en nuestro país se engloban dentro de este género. El problema es que, en ocasiones, lo que más triunfa no es lo mejor. Dicho de otra forma: existen comedias que han arrasado en los cines a pesar de sus pocas -o nulas- virtudes cinematográficas -véase el ejemplo de la reciente Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016) o la primera parte de Fuga de cerebros (Fernando González Molina, 2009)- y otras que han pasado sin pena ni gloria cuando llevaban grabado a fuego en su ADN lo que es la alta comedia. Y en esta última categoría los ejemplos son incontables: El rey tuerto (Marc Crehuet, 2016), La noche que mi madre mató a mi padre (Inés París, 2016), Negociador (Borja Cobeaga, 2016) y un largo etcétera que los que critican la (última) oleada de comedias españolas tildándolas de “simples y tópicas” seguro que ni han oído hablar. Eso no quita con que haya casos en los que calidad y taquilla se dan la mano y salgan criaturas como Kiki, el amor se hace (Paco León), Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2015) o Mortadelo y Filemón contra Jimmy El Cachondo (Javier Fesser, 2014). Es por tu bien (Carlos Therón, 2017), viene a adscribirse al género de la comedia española con vocación de multisala, situándose, no obstante, varios peldaños por arriba de la insulsa comedia popular.

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