Una botella en el mar de Gaza

Basada en la novela semiautobiográfica de Valérie Zenatti -donde la escritora plasmó los recuerdos de su juventud en Israel-, Una botella en el mar de Gaza (Thierry Binisti, 2011), vuelve a poner sobre la mesa el eterno y agudizado conflicto entre judíos y palestinos a través de la historia de Tal (Agathe Bonitzer), una judía francesa de 16 años que comienza a mantener una relación virtual con Naim (Mahmoud Shalaby), un palestino hastiado de una vida en Gaza incompatible con el progreso y la esperanza. Sin embargo, lo que hace diferente esta coproducción entre Francia, Israel y Canadá, no es tan sólo su firme compromiso con la paz o su (sonoro) grito de advertencia que permite concienciarnos de un drama que, lejos de extinguirse, parece acrecentarse con el tiempo, sino su tacto a la hora de reflejar de forma explícita no la propia confrontación en sí -de hecho, las bombas sólo se escuchan, nunca se ven- sino las consecuencias -a nivel individual- que de ello se derivan. En base a esto, se elabora una sólida historia de amor que no entiende de fronteras ni de ideologías pero que, precisamente por el contexto en el que se desarrolla, se antoja a todas luces imposible.

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Así pues, Binisti focaliza la atención, más que en el apartado histórico, en ese poderoso relato emocional en el que se transforma la cálida historia de amor que va surgiendo entre ambos protagonistas; se empeña en subrayar, con la mayor de las sutilidades, ese ambiente (casi) carcelario, exento de libertad, en el que se desarrolla una relación que, a la vez que afectuosa, es de esperanza, sentimiento que la música del film, afligida, de tintes nostálgicos y de la que se hace un uso muy especial, ayuda a potenciar. Ambos jóvenes sueñan con encontrarse algún día, algo que la realidad social impide a toda costa, pero parecen conformarse con el simple hecho de recibir cada uno de los correos electrónicos que, en el fondo, no es sino un mensaje que invita a soñar en un futuro mejor. Al mismo tiempo, se evidencia que el amor puede llegar a ser incluso un sentimiento más tenaz -a la par que admirable- que el odio que se profesan ambos países, cuyo problema principal, según parece apuntar el director, es que parecen negados a escucharse, a comprenderse de la misma manera de la que son capaces de hacer Tal y Naimconvertidos ya en dos de los mayores héroes contemporáneos del cine indie.

Espectáculo comprometido y honesto, abanderado del entendimiento y alérgico a cualquier tipo de crispación, Una botella en el mar de Gaza evita posicionarse políticamente, quizá porque, tal y como se llega a apuntar en el film, en una guerra, un escenario tan hostil donde el precio que hay que pagar por la vida es tan alto, no hay culpables e inocentes, sino únicamente culpables. En esta línea, resulta memorable la conversación entre la protagonista y su hermano, un combatiente militar, reflexionando acerca de las consecuencias de los conflictos bélicos. Es sólo un instante de la infinidad de bellos y reflexivos momentos de un film de corte independiente, de bajo presupuesto y de actores prácticamente desconocidos, que no reniega de su vocación de llegar al público mayoritario gracias a la fuerza de su mensaje y su clarividente disección de un sentimiento tan esencial como el respeto entre el ser humano, más allá de culturas, religiones o nacionalidades.

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Con un elenco de actores -jóvenes y adultos- entregados a la causa y sin recurrir a no más sentimentalismos que los justos y necesarios, Una botella en el mar de Gaza se mueve con desenvoltura, desprende una genuina energía emocional y consigue ganarse al espectador desde el minuto uno gracias a la también espléndida estructura de su guión, que ayuda a transportarnos al contexto social de forma inmediata. Un ejercicio social de primer orden muy apropiado en los tiempos que corren que, jugando en todo momento a ser inteligente -gracias, sobre todo, al no estiramiento de sus escenas nada más que lo necesario- nos recuerda gracias a su muy apropiado desenlace cómo una imagen de apenas un segundo puedo regalarnos el aliento para seguir luchando, sentido común mediante, toda una vida. Seguro que Tal aprendió esta lección aquél día. 

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