Villaviciosa de al lado

Se apagan las luces y comienza la película en la sala del cine. Me dispongo a ver una comedia popular, un género injustamente denostado que a lo largo de su historia le ha dado grandes alegrías al cine español. Y, no seamos hipócritas, también nos ha hecho reír. Películas mejores y peores, hechas con más o menos sutileza, que nos han enseñado a reírnos de nuestras miserias, radiografiando en la mayor parte de los casos un país a la deriva. No será este cronista el que se sume al carro de los puritanos, de esos intelectuales gafapasta que huyen como de la peste de todo lo que contenga la palabra “popular”. Yo amo y defiendo todo tipo de comedia, también la popular. El problema es que todo tiene un límite y que, como en todos los géneros o subgéneros -comedia negra, comedia refinada, comedia popular…- las películas se miden por diferentes patrones de calidad. Y Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016), el último exponente de un tipo de cine que aún sigue llenando las salas en nuestro país, es un claro ejemplo de que risas y calidad no van necesariamente de la mano.

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Ocho apellidos catalanes

En 2014 irrumpió un ciclón en la taquilla española que, contra todo pronóstico, arrasó con todo lo habido y por haber. El huracán Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro) se convirtió en un fenómeno social sin precedentes, dejando para la posterioridad unas cifras -más de 56 millones de € y casi 10 millones de espectadores- que le bastaron para ser la película española más taquillera de la historia. Me pongo, pues, en la piel de los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José -artífices indiscutibles del éxito de la primera parte, junto a otros factores como el carisma de Dani Rovira o la buena mano de Martínez Lázaro tras la cámara- a la hora de recibir la notificación de que se pone en marcha una secuela y que, de nuevo, ellos serán los encargados de escribirla, y siento auténtico vértigo. ¿Cómo igualar algo que es inigualable?; ¿Cómo superar un éxito que es insuperable? Y lo más importante: ¿cómo conseguir cumplir con las (altísimas) expectativas de un público cada vez más exigente? Los ex guionistas de Vaya semanita parecían tener la respuesta a todas estas preguntas: recurriendo al talento. Tan simple -pero tan difícil- como eso. 

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Ocho apellidos vascos

Si los prejuicios culturales de los habitantes de un país respecto a los de otro son difíciles de entender desde la óptica del sentido común, ni qué decir los que se producen entre los residentes de un mismo territorio. Los españoles tenemos muchas cosas buenas, pero hay una que, si no somos capaces de gestionar de una vez por todas, corre el riesgo de empañar todas estas virtudes: juzgar a nuestros vecinos a través de los tópicos. Disfrutar y reírse con éstos está bien, incluso es saludable, el problema viene cuando hay gente que los utiliza como alma arrojadiza. O, dicho de otro modo, para descalificar. Por este motivo se hace especialmente necesaria una película como Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014); cinta que, a pesar de situarse en las antípodas de lo trascendental, nos obliga a reírnos de nosotros mismos. Aunque es una comedia pura y dura, con una habilidad extraordinaria para no herir sensibilidades con un tema tan delicado como el nacionalista, si hay algo a destacar en la nueva cinta del director madrileño es su -inesperada, poderosa- lectura sobre la fraternidad, sobre todo en una coyuntura económica como la actual, en la que estar más unidos que nunca no sólo es recomendable, sino necesario. 

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La mujer sin piano

A lo largo del Festival de San Sebastián, pocos han sido los galardones que han suscitado la disparidad de opiniones que generó el premio al Mejor Director otorgado al prestigioso cortometrajista Javier Rebollo por su segundo largometraje: la atrevida La mujer sin piano (2010). Mientras unos veían una obra con ínfulas posmodernas, más próximas al sinsentido que del argumento racional, excesivamente sosegada o soporífera, la otra mitad de la crítica se dejaba seducir por una afrancesada obra que se podría resumir como una de las más certeras aproximaciones a un sentimiento tan poco explorado en cine como la monotonía, la rutina más salvaje. Armada de una intensidad humana brutal, la película otorga todo su protagonismo a Rosa (Carmen Machi), fascinante rol que pondrá de relieve ese hartazgo con la cotidianidad, esa exasperación del día a día a la que progresivamente, y sin que nadie haya hecho nada por evitarlo, se ha visto abocada. Ante un marido que la ignora y una vida sexual y afectiva prácticamente inexistente, Rosa sólo encontrará compañía en la televisión… y más tarde en la figura de un joven polaco exiliado de su tierra natal que conoce en una estación de tren tras armarse de valor y hacer la maleta en busca de un destino mejor. Un plan, el de atravesar en canal la noche madrileña en busca de aventuras, que parece atender más a una necesidad vital que a un plan premeditado, para que no deja de ser igual de admirable. Como todo lo que hace Rosa.

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Pájaros de papel

Pájaros de papel (Emilio Aragón, 2010), la primera película como director del conocido artista es, en contra de lo que pudiera parecer, una de las obras más valientes de los últimos años. Y no sólo por el hecho de apostar por un proyecto con la recurrente guerra civil española como telón de fondo -dando carnaza a los detractores de esta temática que a menudo olvidan que una película es mucho más que el contexto histórico en el que está desarrollada- sino, además, por haber convertido su ópera prima en un homenaje a toda esa generación de cómicos que, en tiempos convulsos, intentaban alegran al personal como buenamente podían. Un aspecto, este último, que el propio director conoce muy bien ya que pertenece a una de las sagas de artistas más importantes que ha dado nuestro país; es por ello que, debajo de todo ese sentimiento de agradecimiento a estas gentes del espectáculo, se halla un profundo homenaje a su propia familia -en general- y a la propia figura de su padre, en particular. 

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