Nadie quiere la noche

A lo largo de su prolífica carrera, Isabel Coixet ha alumbrado éxitos mayúsculos –La vida secreta de las palabras (2005), Mi vida sin mí (2003)-, películas aceptables –Aprendiendo a conducir (2014), Ayer no termina nunca (2013)- y otras directamente olvidables –Mi otro yo (2013)-. ¿En cuál de las tres categorías se podría situar Nadie quiere la noche (2015)? Para hacerlo quizá haya que crear otra nueva categoría que oscilase entre la primera y la segunda, es decir, grandes películas a las que, sin embargo, les faltan el empujón definitivo para hacerlas imprescindibles. De lo que no cabe duda es que Nadie quiere la noche está entre lo mejor de su cosecha de la directora catalana, no ya tanto por su ambición técnica -rodaje extremo a temperaturas de 23 grados bajo cero a través del que se consiguen planos de gran poderío visual-, sino por su magnífico retrato de los sentimientos. Estamos, sin duda, ante uno de los trabajos en los que la cineasta mejor plasma las emociones humanas, como la angustia, el dolor, la desesperación, la incertidumbre, el amor, la complicidad o el afecto. Y lo que es mejor: sin caer en la lágrima fácil, con ingentes cantidades de verdad.

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Star Wars. Episodio VI: El retorno del Jedi

A pesar de estar un escalón de calidad por debajo de sus dos predecesoras, Star Wars. Episodio VI: El retorno del Jedi (1983) supone un broche de oro a la trilogía original de la saga galáctica por antonomasia junto con Star Trek. Diluido el factor sorpresa de la primera parte y el tono oscuro de la segunda, el principal atractivo de esta tercera entrega -en la que Lucas volvió a ceder el timón a otro director, en esta ocasión Richard Marquand, famoso únicamente por El ojo de la aguja (1981)- es, en efecto, su capacidad para cerrar todos los cabos sueltos y dejarlo todo atado y bien atado, de manera que los fans vieron en su momento improbable la realización de más películas -a pesar de la afirmación inicial de George Lucas de querer hacer nueve films-. Tras tres años en vilo después del Episodio V: El Imperio Contraataca, por fin se resolvió uno de los grandes misterios que la segunda parte de la saga había dejado en el aire: el paradero de Han Solo. ¿Seguiría Harrison Ford en la saga? La respuesta tiene lugar al poco de comenzar la película y se prolonga durante toda su primera media hora, correspondiente a su rescate, para lo que Luke Skywalker y la princesa Leia se ven obligados a infiltrarse en el peligroso palacio de Jabba the Hutt en Tatooine.

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Star Wars. Episodio V: El imperio contraataca

Tras el inesperado éxito de la primera parte -tras el cual George Lucas pudo convertirse en productor independiente y empresario de éxito en Hollywood-, era de esperar la secuela de la saga espacial más importante de todos los tiempos. La segunda parte de Star Wars es más grande que su predecesora en todo: en presupuesto -18 millones-, en duración, en efectos especiales -las 380 tomas digitales de la primera entrega pasaron a ser 500-, en personajes -a destacar el emperador Palpatine– y, sobre todo -y aquí está la clave- en oscuridad. George Lucas acertó, por tanto, cediendo el timón en la dirección al que había sido uno de sus antiguos profesores de cine, Irvin Kershner, el cual imprimió a esta secuela de un tono y un estilo más sombrío que el Episodio IV; tono y estilo, dicho sea de paso, del que J. J. Abrams bebió para llevar a cabo el Episodio VII: el despertar de la fuerza (2015). La fórmula de Kershner al frente del Episodio V: El imperio contraataca (1980) es clara: potenciar  todas las virtudes de la anterior entrega y mejorar lo que podía ser mejorable. El resultado es una de las pocas secuelas en la Historia del cine que superan a la original, así como una obra fascinante y operística del primer al último minuto. 

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Star Wars. Episodio IV: Una nueva esperanza

Nunca he sido fan de Star Wars. O, mejor dicho, nunca he sabido si era fan o no de Star Wars porque nunca he visto sus películas. Soy consciente de que un cinéfilo como yo afirme algo de tal calibre debería estar tipificado como delito en el Código Penal, pero lo cierto es que así es. Cuando la gente hablaba de una tal princesa Leia, de un ser maligno inspirado en el doctor Muerte de Los 4 fantásticos llamado Darth Vader y decía aquello de “que la fuerza te acompañe” o “yo soy tu padre“, no sabía a lo que se referían. Todo me sonaba a chino. Han tenido que pasar casi cuarenta años desde el estreno de la película con la que se inició todo para animarme a ver todas las películas de la saga y averiguar, de una vez por todas, si yo también caigo seducido por el lado oscuro de la fuerza. El motivo habría que buscarlo en el reciente estreno del séptimo capítulo de saga -el cuarto, si obviamos las precuelas-, Star Wars Episodio VII: el despertar de la fuerza (J. J. Abrams, 2015), el cual ha supuesto un fenómeno social sin precedentes y tema de conversación estrella en cualquier tertulia. Como no quería ser un marginado social, me he dispuesto a ver todas las películas de la serie en estricto orden en el que fueron hechas. Y bien: tras ver Star Wars Episodio IV: Una nueva esperanza (George Lucas, 1977) confieso que no entiendo cómo he estado tantos años sin ver una película que cambió de forma tan brutal la Historia del Cine. 

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Jurassic World

Debería existir una regla escrita en cine que rezara que si no eres capaz de mejorar la película original, o por lo menos igualar a sus secuelas, mejor quédate quieto. No hagas nada. No mancilles el nombre de una película como Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993), un título de culto que durante tantos años ha hecho y sigue haciendo soñar a toda una generación. Esto es justo lo que ha hecho Colin Trevorrow con Jurrasic World (2015), la cuarta entrega de una saga que certifica lo que todos sospechábamos viendo la decepcionante tercera entrega: la fórmula está agotada. Muchos defensores de este nuevo capítulo jurásico esgriminarán que Jurassic World contiene los mejores efectos especiales de la serie y que el diseño de los dinosaurios es, sencillamente, brutal. Razón no les falta. Pero olvidan lo más importante: a un servidor no le sirve de nada que se empleen todos los avances tecnológicos en una película si éstos no están respaldados por un buen guión, por una buena historia, por un relato que haga tenernos ensimismados de principio a fin, que nos haga sufrir, amar, llorar, gozar, excitarnos, asustarnos. Nada de eso ocurre. Y éste es el garrafal error de esta secuela tan vacía como el interior de un globo: la total ausencia de algo que contar.

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El séptimo hijo

El séptimo hijo (2014), dirigida por el ruso Sergey Bodrov -dos veces nominado al Oscar en la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa por El prisionero de las montañas (1995) y Mongol (2007)-, supone la resurreción de las películas de aventuras medievales. Brujas, hechizos, amuletos, dragones, espadas, monstruos… no falta de nada en la adaptación de la novela fantástica “El aprendiz del espectro”, del novelista británico Joseph Delaney, uno de los tres libros que integran la colección Crónicas de la Piedra de Ward. A decir verdad, bien sea por las bajas expectativas a las que me enfrenté al film o bien por las tibias críticas que estaba cosechando, he de reconocer que El séptimo hijo me sorprendió. Para bien. Aunque muchos se cebaron con él por su aroma a serie B, un diseño de producción anticuado y su más que evidente falta de medios, todo esto es, en mi opinión, el principal punto fuerte de la película: lo bien que vuelve a poner en primera fila las películas de aventuras de corte familiar de la década de los 80, al estilo Willow (Ron Howard, 1988). Es en ese aroma nostálgico que encierran cada una de sus imágenes donde reside el principal atractivo de una cinta que entretiene y que engancha se mire por donde se mire. 

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Cuando todo está perdido

Tras hablar de un naufragio económico en Margin Call (2011)- concretamente en los orígenes de la actual crisis financiera- el estadounidense  J. C. Chandor se ciñe en su segundo trabajo en otro naufragio, esta vez en alta mar. Se aprovecha, así, del filón que las películas de supervivencia han venido experimentando en los últimos años, con La vida de Pi (Ang Lee, 2012) y Kon-Tiki (Joachim Ronning & Espen Sandberg, 2012), como dos de los más ilustres precedentes. Sin embargo, Cuando todo está perdido (2013) no tiene ni la pirotecnia ni el derroche visual de la primera ni tampoco el aliciente de estar basada en hechos reales de la segunda; así las cosas, estamos ante una obra atípica dentro del subgénero marítimo, más intimista de lo que parece a simple vista. Y es en su afán por distanciarse del cine comercial donde este film estrenado en el Festival de Cannes -donde, por cierto, recibió una de las ovaciones más largas de la historia del certamen- patina: su gran defecto es que no se empeña en disimular su bajo presupuesto; la cámara, por ejemplo, rara vez nos permite contemplar la inmensidad de ese Océano donde el protagonista, del que tampoco sabemos nada, se encuentra a la deriva. 

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Lawrence de Arabia

Hay un momento en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962) en el que el fósforo apagado de una cerilla del protagonista da paso a la rojiza inmensidad del desierto. Es sólo una muestra de la genialidad de un director que, cinco años después de rodar la también superproducción El puente sobre el río Kwai (1957), sorprendió a todos con la que no es sólo una lección de Cine, sino también una lección de Historia. Ganadora de 7 Oscar -incluidos Mejor película y Director-, estamos ante el biográfico relato de una de las personalidades históricas más destacadas: el comandante y militar T. E. Lawrence que, por el decisivo papel que jugó en la rebelión del pueblo árabe contra las turcos durante la Primera Guerra Mundial, terminó consagrado como líder para dicha comunidad. También para los británicos, que vieron como uno de sus oficiales -en el que depositaron sus ansias de colonialismo- había logrado la independencia de Arabia tras la derrota y posterior expulsión del Imperio Turco. Cobra aquí especial importancia la escena de la cerilla señalada, pues ejemplifica esa simbiosis con la naturaleza -en este caso, la majestuosidad del desierto del Cairo- en la que Lawrence fue enfrascándose conforme iban aumentando sus conocimientos sobre las tribus del lugar. 

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Cuando ruge la marabunta

Una de las razones por las que Cuando ruge la marabunta (Byron Haskin, 1954) ocupa un lugar destacado en la Historia del Cine es porque con ella se inició formalmente el género de catástrofes, el cual viviría una edad de oro en Hollywood de los años 70. Pero lo cierto es que, la que es considerada pionera de todas las películas de pandemias, tiene más de melodrama romántico que de cine de aventuras en sí. Más allá de esa plaga de hormigas caníbales que amenazan con arrasarlo todo -y que, en contra de lo esperado, sólo ocupan el último tercio del film-, lo que más peso tiene en la película es el cara a cara entre dos actores que se encontraban no sólo en el cénit de su belleza física sino también en su mejor etapa profesional: un atractivo Charlton Heston y la igualmente seductora Eleanor Parker, ésta última crecida por el excelente diseño del vestuario del film. Ambos titanes interpretativos nos regalan un portentoso cruce de puntos de vista que ocupan los primeros 45 minutos, en los que quedan perfectamente definidos sus roles -él, un machista y misógino; ella, dulce y flamígera-.

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Gravity

Recuerden esta fecha: 04/10/2013. Es el día en el que el cine cambió para siempre. Comparable a lo que en su momento se vivió con la transición del mudo al sonoro, o al terremoto entre el paso del blanco y negro al color, esta fecha del calendario pasará a la historia como el de la plena constatación del 3D para llevar al séptimo arte a, literalmente, otra dimensión. El artífice de semejante proeza, esta de convertir incluso al más profano de este revolucionario método narrativo, es un Alfonso Cuarón que ha parido un proyecto que ha logrado una unanimidad crítica a la que este cronista es incapaz de encontrar precedente tras siete años de sequía cinematográfica. Gravity (2013), la excelsa criatura del mexicano, ha venido no sólo para quedarse, sino también para sentar un precedente del que dentro de unos años se hablará en las escuelas de cine. Auténtica sinfonía para los sentidos, esta obra magna del celuloide se erige como una hiperrealista experiencia capaz de dejar al espectador más experimentado en los terrenos del thriller y la ciencia ficción agotado. Exhausto. Rendido ante un espectáculo visual que el cine ofrece con cuentagotas. En cualquier caso Gravity no es cine. Es algo más: es una experiencia (vital, emocional, física) de primer orden, dueña de la fuerza visual y narrativa necesaria para transportarnos a territorios nunca antes conocidos. 

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Kon-Tiki

En 1950, el documental que narraba la crónica del viaje en balsa que realizó el aventurero noruego Thor Heyerdahl por el Océano desde Sudamérica hasta la Polinesia en 1947 ganó el Oscar. Se titulaba Kon-Tiki y era una fidedigna recreación de una hazaña que conmocionó al mundo: la de recorrer, junto a 5 hombres, 8.000 kilómetros por el Pacífico, fértil territorio de tormentas, tiburones y demás peligros, a bordo de unos troncos de madera durante 101 días. Las posibilidades de sobrevivir de esta odisea, cuyo objetivo era demostrar que los indígenas de Sudamérica anteriores a Colón podían haber atravesado el Océano para habitar la Polinesia, eran prácticamente nulas. Más de medio siglo después, la noruega Kon-Tiki (Joachim Ronning & Espen Sandberg, 2012), vuelve a poner sobre la mesa una de esas historias que parecen concebidas para su traslado a la gran pantalla. A medio camino entre la ficción de aventuras y el documental autobiográfico, la nueva revisión del explorador y científico Heyerdahl se sirve del avance de las nuevas tecnologías para ofrecer un espectáculo visualmente intachable. El tándem de directores saca todo el jugo posible al avance de la técnica y la aplican de forma correcta para hipnotizar al espectador. 

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Zipi y Zape y el club de la canica

A lo largo de su historia, la adaptación del cómic en España ha estado, en líneas generales, más cerca del éxito –La gran aventura de Mortadelo y Filemón (Javier Fesser, 2003), Arrugas (Ignacio Ferreras, 2011)- que del descalabro – Capitán Trueno y el Santo Grial (Antonio Hernández, 2011)-.  Zipi y Zape y el club de la canica (Óskar Santos, 2013) viene a sumarse al primer grupo, aquel en el que por encima del mayor o menor grado de fidelidad del material adaptado, la película termina por hacerse recomendable. Pues bien: este es la cinta que me hubiese gustado ver siendo un niño. Y he de decir que por aquel entonces era un cinéfilo bastante exigente: no todo bastaba para entretenerme. Al contrario de lo que la gente cree, el público infantil es un sector difícil de saciar y que una película termine por cumplir sus expectativas es un reto al que las productoras se enfrentan cada vez con mayor ambición. A este colectivo está dirigida especialmente la nueva adaptación a pantalla grande de los personajes que Luis Escobar creó en los años 40 para la Editorial Bruguera. Y digo nueva porque en 1982 ya tuvo lugar la primera película en carne y hueso de este par de traviesos hermanos en la más caricaturesca que otra cosa Las aventuras de Zipi y Zape (Enrique Guevara).

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