Perdiendo el norte

En los últimos coletazos del franquismo, se estrenó una comedia que con el tiempo ha adquirido la condición de clásico del cine español acerca de la emigración a Alemania de una generación a la que las circunstancias históricas le habían privado de la más mínima formación. Eran analfabetos que soñaban con el inicio de una nueva vida en un país europeo que se antojaba paradisíaco, aunque la realidad, tal y como el personaje de Alfredo Landa pudo comprobar en sus propias carnes en ¡Vente a Alemania, Pepe! (Pedro Lazaga, 1971), no eran tan idílica. La historia se repite décadas después en Perdiendo el norte (Nacho G. Velilla, 2015), con la diferencia de que ahora podemos presumir de contar con la generación mejor preparada de la historia, aunque eso sirva de poco cuando muchos tienen que emigrar en busca de una vida digna. Sin embargo, lejos de ahondar en un drama que poco o nada tiene de gracioso, el creador de fenómenos televisivos como 7 vidas o Aída y director de largometrajes como Fuera de carta (2008) o Que se mueran los feos (2010), lo usa como mero telón de fondo para construir una película alocada, divertida y entregada al slapstick continuo. Una cinta que va de menos a más, alcanzado momentos de hilaridad máxima.

Pelicula PERDIENDO EL NORTE de Nacho G.Vililla Produccion Aparte

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2 francos, 40 pesetas

En 2006, el director y guionista Carlos Iglesias se aventuraba a retratar el drama de la inmigración española en la década de los 60. La propuesta no pudo salirle mejor: notable éxito de público, proyección en varios festivales y lo más importante de todo: nos permitió descubrir el inmenso talento del madrileño, conocido hasta entonces por su histriónica faceta televisiva. Ocho años después de aquel -vamos a llamarlo- retrato sociológico altamente autobiográfico, Iglesias retoma a los personajes y escenarios de la primera parte en 2 francos, 40 pesetas (2014). En esta secuela, el cineasta deja por el camino el tono trágico de su predecesora y se lanza de lleno a la comedia. Pura y dura. Sin la carga emocional ni el trasfondo sociológico de su predecesora, ahora lo que toca es hacer reír. Quizá porque el director sabe que la trama principal de la obra -ese joven de 18 años que sale a buscarse la vida al extranjero- es terriblemente actual en nuestros días y que lo último que necesita el público es que le recuerden esta realidad en una pantalla de cine a través de una óptica trágica. Aún así, encontramos algunas ráfagas dramáticas que, junto con su manifiesta apuesta por la comedia costumbrista, hubieran engatusado a Berlanga y Azona, por mucho que este filme no sea -ni pretenda ser- tan mordaz como resultaban ambos. 

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Un franco, 14 pesetas

Resulta difícil no adherirse a un retrato tan profundamente humano sobre la inmigración como el que desprende Un franco, 14 pesetas (2006), debut en la dirección del madrileño Carlos Iglesias. Narrada y escrita con la seguridad de alguien que sabe de qué está hablando -la película, altamente autobiográfica, se basa en su propia experiencia y en la de su padre-, la cinta aborda un tema desconocido para muchos jóvenes españoles hoy día como es la inmigración en la España dictatorial de los años 60. Sorprende que las nuevas generaciones sean tan poco conscientes de cómo alrededor de cuatro millones de personas, entre legales e ilegales -un porcentaje nada desdeñable para la época-, tuvieron que salir a buscarse la vida fuera, más arrastrados por la coyuntura económica que por la política. En muchos países, como en Suiza, hallaron el confort y la seguridad de la que no disponían en su tierra: una España gris, exenta de libertades. Aspectos, todos, que quedan recogidos en un trabajo ganador de 3 Biznagas en el Festival de Málaga -mejor fotografía, mejor guión novel y Premio del Público- y por el cual Iglesias estuvo nominado al Goya al mejor director novel. La película, que apela con conocimiento de causa a la memoria histórica, no se deja arrastrar por el drama y se erige como una fábula entrañable aliñada con altas dosis de comedia.

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Frozen River

La protección maternal es fascinante. Resulta admirable cómo una hembra, en todas sus tipologías, es capaz de hacer cualquier cosa (o casi cualquier cosa) con tal de sacar a sus crías adelante, a rescatarlas de la penuria aún a riesgo de traspasar ciertos límites. Ray Eddy (Melissa Leo), protagonista de Frozen River (Courtney Hunt, 2008), es una de las últimas heroínas del cine en recordarnos hasta dónde es capaz de llegar este don exclusivo de las féminas, tan imprevisible como fascinante; una mujer cuyo marido, un ludópata, ha huido con los ahorros de su familia y sobra la que pesa una amenaza de embargo. En su busca, Eddy se topará con Lila Littlewolf (Misty Upham), una mujer india también abandonada por su esposo. La incertidumbre y su empecinada lucha por la supervivencia no tardará en unirlas, surgiendo entre ambas una férrea amistad. Abocadas al drama más insostenible y con sus mundos patas arriba, no dudan en embarcarse en un peligroso negocio: cruzar inmigrantes ilegales de Canadá a Estados Unidos a través de un río helado, esquivando las patrullas fronterizas colocadas en las orillas. Una discutible forma de ganar dinero que empezará a tambalearse con la llegada de un deshielo que no sólo supondrá el resquebrajamiento del río, sino también el de sus propias vidas. 

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Una vida mejor

Dentro de esa cuadrilla de películas que procuran descifrar la crisis económica, podemos discernir dos subgrupos: las que tienen como misión explicar quiénes son los culpables de esta convulsa situación -con Inside job (Charles Ferguson, 2010) como máximo exponente en los últimos años- y las que, aun sin dejar de criminalizar a los auténticos responsables, se centran más en el lado humano, en el ciudadano de a pie que, al fin y al cabo, es el que sufre en sus carnes dicha realidad. En esta segunda agrupación existen ejemplos tan reconfortantes como la americana The company men (John Wells, 2010), la española 5 metros cuadrados (Max Lemcke, 2011) o la francesa Una vida mejor (Cédric Kahn, 2011). A juzgar por el origen de las películas, la crisis económica no atiende a una nacionalidad específica, sino que la mayor parte de cinematografías del mundo han reflejado, con mayor o menor tino, un tema que preocupa a todos y para el que es necesario disponer de una sensibilidad especial si se pretende lograr la conexión con el público. Es lo que ocurre con éste último ejemplo, protagonizado por el director de Pequeñas mentiras sin importancia (2010), un film que hace 10 años no tendría sentido -o, por lo menos, no tanto como ahora-, pero que en en la actualidad se hace terriblemente necesario. 

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Rabia

Rabia (Sebastián Cordero, 2009) se nos presenta bajo un envoltorio fascinante: dejando de lado sus múltiples reconocimientos -entre los que se encuentra la Biznaga de Oro a la mejor película en el Festival de Málaga-, esta coproducción entre España, México y Colombia vio la luz amparada bajo dos pesos pesados de la talla de Telecinco Cinema -productora responsable de los mayores éxitos del cine español e iberoamericano en los últimos años-  y Guillermo del Toro, alguien que no necesita ni carta de presentación. Para colmo, su máximo responsable, Cordero, es un director que se ha ido labrando una de las filmografías más sólidas de América latina y que, incomprensiblemente, continúa siendo un gran desconocido en nuestro país. Precisamente por semejante arsenal de virtudes, a uno le puede parecer cuanto menos extraño que Rabia haya pasado sin pena ni gloria no sólo por las carteleras de nuestro país, sino de buena parte de los países donde se ha estrenado; un fracaso en taquilla debido, sin duda, a la absoluta falta de promoción del film y, sobre todo, a que el resultado final no satisface las expectativas depositadas en él. 

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Las chicas de la sexta planta

Tal vez resulte exagerado considerar a Las chicas de la sexta planta (Philippe Le Guay, 2010) como un documento histórico acerca de aquellas mujeres españolas que inmigraron a Francia para trabajar como criadas en casas de familias ricas -y, de paso, huir de un opresivo régimen y de una posguerra que parecía no tener fin-. Pero, de lo que no hay duda, es su capacidad para erigirse como una incuestionable pieza audiovisual, tan fidedigna como exenta de pretensiones, a la que recurrir para conocer a fondo el París de los años 60; un París cuyas familias aburguesadas y su castiza y envolvente atmósfera iban a protagonizar un auténtico choque cultural (un tema ya explorado en films como Intocable o Bienvenidos al norte) con esta riada de féminas típicamente españolas, de todas las edades, que marcharon hacia la capital de Francia en busca de un futuro mejor. En forma de retrato social, en la película están muy presentes cuestiones como la emigración -con Españolas en París (Roberto Bodegas, 1971) como referente más directo-, el siempre efectivo contraste entre ricos y pobres y la capacidad de afrontar la vida con positivismo hasta en las circunstancias más trágicas. 

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