Uno, dos, tres

No ha de extrañarnos que Uno, dos, tres (1961), constituya, junto a El gran carnaval (1951), uno de los más estrepitosos fracasos en taquilla de Billy Wilder. Sólo al inclasificable director se le podía ocurrir un proyecto tan aparentemente suicida como esta trepidante comedia camuflada bajo el manto de -feroz- sátira política. Ambientada en las entrañas de Guerra Fría, en pleno apogeo de la rivalidad entre la Unión Soviética y Estados Unidos, el cineasta propone una reflexiva e insobornable lección en la que sacar a relucir los trapos sucios de cada uno de los dos bloques abanderados pror estas dos grandes potencias que pilotaban el mundo: el comunista y el capitalista. Y digo que nadie puede echarse las manos a la cabeza ante su escaso rendimiento en las salas porque el ciudadano Wilder, a diferencia de la mayoría social de la época, no comulgaba con ninguno -o, por lo menos, así lo refleja buena parte de su obra- y se muestra inmisericorde con ambos; tacha de incompetentes y poco lúcidos a los primeros, al tiempo que cataloga de manipuladores y ambiciosos a los segundos. Se mantiene, por tanto, neutral en el conflicto, provocando sonrojo a cualquiera de los defensores de cualquiera de estos dos sistemas, tan llenos de carencias y defectuosos, como a menudo alejados de lo que debería ser una democracia.

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El gran carnaval

De El Gran Carnaval (Billy Wilder, 1951), se desprenden dos aspectos fundamentales: en primer lugar, que el director jocosos títulos del calibre de Con faldas y a loco (1959) o La tentación vive arriba (1955) era algo más que el rey de la comedia. Estaba claro que, si se lo proponía, Wilder podía ser tan despiadado en el cine negro, en su capacidad de radiografiar de forma inmisericorde estamentos de poder tales como periodismo o política, como francamente hilarante en el terreno cómico. En segundo lugar, esta feroz condena a la incesante manipulación a la que los mass media someten a sus ciudadanos, reflejó la naturaleza atemporal de su obra, que más de medio siglo después de su estreno sigue impactando por su brutal paralelismo con la realidad. En efecto, muchos espectadores contemporáneos no lo tendrán muy difícil a la hora de identificar cómo la materia prima de la película, ese periodismo sensacionalista y amarillo a la que se lanza continuos dardos envenenados, se asoma diariamente a través de nuestros televisores o protagoniza portadas de periódicos de (des)información; un tema que siempre interesó al director, como se demostró en su posterior e igual de recomendable Primera plana (1974).

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¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?

En mi ranking de comedias románticas más surrealistas de la Historia del Cine, ¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre? (Billy Wilder, 1972) -absurda traducción al español del título original, Avanti!–  ocupa uno de los primeros puestos. Inspirada de la obra teatral homónima de Samuel Taylor y unánimemente considerada un título menor del maestro, este agradable espectáculo, de argumento tan imposible como eficaz, funciona gracias a la habilidad con la que el director y guionista va tejiendo la relación de sus protagonistas; un vínculo que da comienzo de la forma más descabellada posible, pero que -¡oh, milagro!-, termina haciéndose creíble a ojos del espectador. Él es Wendell (Jack Lemmon), un americano amargado y tradicional; ella, Pamela (Juliet Mills), una extrovertida británica entregada al hedonismo. Dos personalidades opuestas que se cruzan en Italia, donde Wendell se traslada con motivo del fallecimiento de su padre en un accidente de coche. Será cuando descubra que éste tenía una amante, también fallecida en dicha tragedia y ésta, a su vez, una hija: Pamela. A partir de entonces se establecerá entre ellos una relación plagada de momentos hilarantes e infinidad de enredos, todos barnizados con ese aura de encanto de la que sólo Wilder sabía dotar sus películas.  

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El crepúsculo de los dioses

The Artist (Michel Hazanavicius, 2011), ese fenómeno del cine contemporáneo, no fue el primero en retratar el ocaso de un actor de Hollywood, en demostrar que la distancia entre las mieles del éxito y el sabor amargo del fracaso es, desde dentro de ese cosmos que forma la Meca del cine, más corta de lo que parece a través de un George Valentin (Jean Dujardin) condenado al destierro cinematográfico debido a su inexistente capacidad de adaptarse a los nuevos tiempos, a ese soplo de aire fresco y de modernidad que representa el cine sonoro.  Antes, cintas como El Crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950) ya habían tomado esta idea temática como interesante punto de partida.  En esta corrosiva y ácida mirada a los engranajes del antiguo Hollywood de los años 50 -no muy diferente al de ahora- y moviéndose en todo momento entre el terror psicológico, el drama y el más puro cine negro, Wilder nos sitúa concretamente en Sunset Boulevard, ese lugar que une Los Ángeles con Beverly Hills donde residen las que en otros tiempos eran las integrantes de ese cotizado star-system americano, almas convertidas en otros tiempos en divas deseadas y en auténticos fenómenos sociales pero que ahora tratan de sobrevivir condenadas al más cruel de los olvidos. Viven sepultadas por el implacable paso del tiempo y, sobre todo, por una industria no regida precisamente por la misericordia. 

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Con faldas y a lo loco

Hay una regla no escrita -o sí, da igual- de que el truco para que una sitcom funcione debe ser la inclusión de un gag cada quince segundos. Estas comedias de situación, importadas de América, basan su fórmula en incluir chistes permanentes en los guiones con el fin de mantener en todo momento su ritmo ágil y dinámico. Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959) llevó esta máxima al cine, dando como resultado una película en la que conforme avanza el metraje los gags son cada vez más ingeniosos y constantes, convirtiendo a este film en la mejor comedia de la historia. Ambientada en el Chicago de 1929, y haciendo inevitables referencias a temas tan actuales en la época como la Ley Seca (por la que se prohibió la distribución y fabricación de alcohol en América en los años 20 y que bien ejemplifica la escena del ataúd repleto de botellas) o el ajuste de cuentas entre bandas organizadas, Wilder nos regala una obra basada en los chispeantes diálogos, ritmo vertiginoso y un encanto infinito. 

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La tentación vive arriba

Cuando se cumplen 10 años de la muerte de Billy Wilder todo el mundo recuerda películas tan imborrables como El apartamento (1960) o El gran carnaval (1951). Y no seré yo quien lo reproche tratándose de dos obras maestras indiscutibles. Sin embargo, muchas veces suelen dejarse en el tintero otras obras que, indudablemente, fueron decisivas tanto en la carrera del director como en la historia posterior del séptimo arte. Es el caso de La tentación vive arriba (1955), una película que, esquivando la censura y las acusaciones de machismo, encumbró a una sexy y explosiva Marilyn Monroe a icono del cine. Pero no sólo eso: fue capaz de elaborar, en una época poco acostumbrada a estos temas, un fiel retrato acerca de la fidelidad, la traición y la tentación sin escatimar recursos tan provocativos como transgresores por aquellos años. ¿O acaso ustedes no sabían que el remedio para el calor de la Monroe en esta película, tal y como le confiesa al protagonista, es meter la ropa interior en la nevera? Pues eso.

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Testigo de cargo

En la lista de las películas judiciales más importantes de todos los tiempos, que Testigo de Cargo (Billy Wilder, 1957) sea una de las que ocupe los primeros puestos es algo que no admite discusión. El director consigue en este paradigma del género una obra rebosante de tensión desde el primer minuto en la que destaca sus constantes giros de guión, hechos que la convierten en una de las más recordadas y aplaudidas del prolífico cineasta. Adaptación de la breve novela homónima de Agatha Christie -que más tarde convirtió en una obra de teatro- la película de Wilder se caracteriza, fundamentalmente, en desarrollarse en dos únicos escenarios, correspondientes a las dos mitades de la película: la primera parte tiene lugar en el despacho del abogado Wilfrid Roberts (Charles Laughton), encargado de la defensa de Leonard Vole (Tyrone Power), acusado de la muerte de una rica viuda que lo ha nombrado heredero universal. Cuando se inicia el juicio, escenario del segundo acto, por la sala van desfilando todo tipo de personajes involucrados con la tragedia (la ama de llaves de la anciana, la esposa del acusado…). Todos testifican contra Leonard en un crimen en el que el móvil está más que justificado. Mientras, van surgiendo nuevas pruebas incriminatorias. Pero, ¿es realmente culpable?

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