Toro

Después de conquistar el Goya al mejor director novel por su opera prima Eva (2011), fascinante y arriesgadísima historia futurista sobre una niña androide -y con el mediometraje Tú y yo (2014) de por medio-, Kike Maíllo regresa al cine por la puerta grande con Toro (2016), intenso y vibrante thriller con la capacidad de no dar ni un solo minuto de respiro al espectador. A partir de un guión firmado por Rafael Cobos y Fernando Navarro, el director catalán pilota una historia con sabor andaluz repleta de sangre, carreras de coches y escenas de acción que bebe de los clásicos setenteros de USA de Scorsese o De Palma -especialmente de Atrapado por su pasado (1993)- que destaca principalmente por su estilización visual de influjo hollywodiense. Lo primero que merece la pena señalar de la película es su honestidad a prueba de bombas: Toro da exactamente lo que esperamos de ella, así como lo que el tráiler o las campañas de publicidad nos han vendido: los fans del cine de género difícilmente saldrán decepcionados de esta película, por mucho que hayan muchos aspectos mejorables y otros directamente olvidables. Pero el cómputo general, que es lo importante, aprueba con nota.

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Cien años de perdón

Es curioso como un detalle aparentemente insignificante como la fecha en la que se estrena una película puede ser muchas veces un plus añadido. En este sentido, los productores de Cien años de perdón (Daniel Calparsoro, 2016) no han podido escoger mejor el día de lanzamiento de la que, quizá, sea una de las películas de atracos menos convencionales de la historia por el simple hecho de que, aquí, lo que menos importa es el atraco en sí. Coproducción entre España, Argentina y Francia, el noveno largometraje del director catalán se beneficia de la insoportable situación de corrupción política e institucional de nuestro país, la cual queda reflejada de forma inmisericorde en la película. En un momento en el que los españoles nos despertamos día sí y día también con un nuevo caso de corrupción en el Gobierno, se agradece un trabajo que saque las vergüenzas de nuestros responsables políticos de forma tan fidedigna y tan poco complaciente. En esta línea la nueva producción de Telecinco Cinema es cine social puro y duro. Y es que, tras un primer acto en el que nos creemos que los únicos malos de la película son los atracadores, llena la demoledora segunda mitad que nos demuestra cómo muchos de nuestros representantes públicos, más que serviciales funcionarios, constituyen una jauría dispuesta a todo en pos del dinero y el poder.

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El desconocido

Emulando al título de su opera prima, Dani de la Torre ha pasado de ser un completo desconocido para el gran público a ser uno de los directores de referencia en el panorama nacional (e internacional). Y todo gracias a El desconocido (2015), impresionante debut tras la cámara de un realizador que parece que lleva media vida rodando películas de acción. El cineasta, responsable de la miniserie para televisión más vista de la historia de las cadenas autonómicas de España: Mar libre (2010), confirma con este trabajo que algunas operas primas pueden tener el empaque y la fibra suficiente para hacernos creer que han sido firmadas por un director de reconocido prestigio y larga trayectoria en lugar de por un director novel. Bienvenida sea, pues, El desconocido, cinta que desde su estreno ha cosechado un gran éxito de público y crítica en nuestro país. Viéndola a uno no le queda más que admitir que todos y cada uno de los elogios que ha leído o escuchado sobre ella están más que justificados: la nueva producción de Atresmedia Cine es un thriller urbano con tintes de road-movie que engancha de principio a fin; no hay ni un segundo de respiro en una película con la virtud de tenernos en tensión a lo largo de sus portentosos 102 minutos, llenos de adrenalina y tensión. 

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Conviene advertirlo de entrada: los que no comulguen con el cine de Julio Medem mejor que ni se acerquen a ma ma (2015), su última criatura. Los vírgenes en el cine del realizador de Lucía y el sexo (2001) o Los amantes del círculo polar (1998) no encontrarán en ella un sólo motivo para adherirse al estilo introspectivo e intimista del aclamado cineasta. Los que sean devotos del director, por su parte, tampoco es que estén de especial enhorabuena: el último trabajo de Medem es decepcionante. Duele decirlo, pero parece que el director que rompió moldes con su opera prima –Vacas (1992)- y se fue reafirmando título a título como uno de los talentos cinematográficos más indomables e inclasificables del cine español, ha ido perdiendo progresivamente parte de su magnetismo inicial. Lo que antes parecía pura sugestión, ahora es mero artificio; lo que antes conmovía, ahora queda ridículo; lo que antes era pura poesía, ahora no pasan de ser unos versos impostados. Ma ma es, pues, un quiero y no puedo. Se agradece la intención de Medem en hacer un elogio a la maternidad y a la fortaleza de las mujeres, pero en el cine hace falta algo más que tener buenas intenciones: hay que saber llevarlas a la práctica.

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El niño

El cine español debe sentirse muy afortunado de contar entre sus filas con un director de la talla y maestría de Daniel Monzón. El cineasta palmense, que destaca principalmente por su polivalencia en el oficio, lo mismo nos sirve una ambiciosa película de aventuras –El corazón del guerrero (2000)- que una delirante comedia –El robo más grande jamás contado (2002)- o una cinta de intriga digna del mejor Hitchcock –La caja Kovak (2006)-. Pero, sin duda, donde mejor se maneja Monzón es en el thriller, tal y como quedó demostrado en la notable Celda 211 (2009) y más tarde quedó refutado en su quinto largometraje: la sobresaliente El niño (2014). Es en este género donde el director parece sentirse más cómodo, además de permitirle demostrar un apego a la realidad, fruto de previas y exhaustivas labores de documentación, y un compromiso social indiscutibles. Todo esto, unido a su empeño por el buen acabado formal de sus obras -su nuevo trabajo vuelve a destacar por una estética deslumbrante y un meticuloso trabajo de producción- son motivos más que suficientes para considerar cualquier apuesta del director en garantía de éxito. Con la superproducción El Niño, Monzón vuelve a subir un peldaño más en su carrera, quizá ese que necesitaba, por fin, para perpetuarse entre los grandes del cine patrio. Y es que estamos ante su obra más ambiciosa, no sólo económicamente -6 M de €-, sino temáticamente. 

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Una pistola en cada mano

Nítido ejemplo del extraordinario estado de salud del que goza el cine patrio a nivel creativo -incluso en tiempos agitados-, Una pistola en cada mano (Cesc Gay, 2012) es la nueva pieza de orfebrería de uno de los realizadores más originales y honestos del actual panorama español. Como ya sucediera en sus espléndidas Ficción (2006) o En la ciudad (2006), el director barcelonés se muestra absolutamente comprometido con sus personajes, a los que transforma en seres de carne y hueso gracias a la riqueza de sus matices y al potente texto que se muestran empecinados en defender. Y es que todos y cada uno del impresionante reparto de Una pistola en cada mano hace un trabajo exquisito-a pesar de que los nombres de Luis Tosar y Ricardo Darín constituyan el mejor anzuelo publicitario del film-, otorgando grandes dosis de humanidad y respeto a sus roles. Gracias a su buen hacer, y también al engañosamente sobrio trabajo de dirección de un cineasta que demuestra su buen manejo -y la perfecta sincronía con el guión- de la escala de planos, el espectador no le queda otra que olvidar que está ante una obra de ficción y asumir que todo, absolutamente todo, es real. 

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Los lunes al sol

Paradigma de cineasta comprometido con los asuntos sociales más espinosos, Fernando León de Aranoa explora en Los lunes al sol (2002) el drama del desempleo, temática que le sirvió para terminar de revelarse como uno de los realizadores con más tacto y capacidad de denuncia del actual panorama español, además de como un auténtico visionario, ya que pocos años después estallaría de una de las más grandes crisis económicas de se recuerden. Aranoa, ese director que lo mismo te sumerge en las entrañas de la prostitución (Princesas, 2005), de la pobreza social (Barrio, 1998) o de la discapacidad (Amador, 2010), focaliza la lacra del desempleo en el proletariado y, en concreto, en ese colectivo social de escasa cualificación y edad madura que debe hacer frente como, de la noche a la mañana, le arrebatan su puesto de trabajo. En esta radiografía, no exenta de un alto grado de combustión emotiva, el director madrileño hace al espectador partícipe de hasta qué punto los resquicios y los agujeros del actual sistema capitalista son los responsables de un drama social que, como se nos recuerda en la producción, afecta principalmente a las clases más débiles. 

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También la lluvia

Que Icíar Bollaín siempre ha sentido curiosidad por el cine social no es ningún misterio: sus películas han girado en torno al maltrato, feminismo o inmigración. En esta ocasión, en También la lluvia (2010), la realizadora madrileña se pone al frente de su proyecto más ambicioso (un presupuesto de cinco millones de euros, miles de extras, escenas en exteriores, 70 localizaciones…) con el que pretende, dejando constancia la máxima de que “el hombre es un lobo para el hombre”, denunciar la injusta situación que se vivió en Cochabamba (Bolivia) en el año 2000 con la llamada Guerra del Agua. A través de sus dos personajes principales, el director de cine Costa (Luis Tosar) y el productor Sebastián (Gael García Bernal), que aspiran a rodar una película en la que recrear el descubrimiento de América de Cristóbal Colón, la directora va tejiendo una historia de choque culturales y de mentalidades; una historia que, a medida que avanza el metraje, se va tornando más envolvente, alzando definitivamente el vuelo el momento en el que estalla dicha guerra. Entonces, Bollaín se reafirma como una de nuestras grandes, capaz de llevar a la pantalla grande el primer guión de su carrera que no está firmado por ella (hasta ahora, había coescrito todas sus películas), sino por el guionista escocés Paul Laverty.

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Mientras duermes

Tras revolucionar el género del terror con la saga REC, y con más de quince años dedicado al género, Jaume Balagueró se dispuso volver a reivindicar su condición de ser uno de nuestros cineastas que mejor se mueve entre el thriller psicológico y el terror en estado puro. Y lo hizo con Mientras Duermes (2011), una cinta que, tras una inofensiva fachada cotidiana -la portería de un antiguo edificio del centro de Barcelona-, esconde uno de los villanos más retorcidos, inhumanos y sádicos que se han visto en cine en mucho tiempo. Y es que, a pesar de que  Mientras Duermes no puede ser catalogada como una película de terror como tal, los efectos secundarios que deja el espectador, perplejo ante una maldad humana que no conoce límites, tardan tiempo en desvanecerse.

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Te doy mis ojos

No es fácil llevar asuntos tan vidriosos como el de los malos tratos a la gran pantalla, sobre todo por tratarse de un tema que exige la máxima documentación y sensibilidad posible. Por eso, es aún más elogiable Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003), una de las películas más arriesgadas de nuestro país de los últimos años. Cine social puro y duro, que gira en torno a un terrible drama que, lejos de cesar, es cada día más palpable en nuestra sociedad. La historia comienza con un prólogo contundente, en el que se nos narra la huida de una mujer, Pilar (Laia Marull), junto a su hijo de ocho años, de las garras de un hombre que, no solo le ha dejado una secuelas físicas irreparables, sino que además la ha anulado como persona. Así, llega a casa de su hermana Ana (Candela Peña), una restauradora de arte que le brindará todo su apoyo. Pero Pilar alberga todavía la esperanza de que el hombre con el que lleva diez años casada algún día cambie… y, mintiendo a su propia familia, empezará a creer las insostenibles promesas que le hace Antonio.

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Celda 211

Se ha instalado en una parte de la sociedad española el incesante tópico de que nuestro cine, el made in Spain, no está a la altura del que se hace en otros países como puede ser Francia, Italia o EE.UU. Y, claro, ante esta falacia uno no puede quedarse callado: ¿cuántas películas americanas insufribles tenemos que tragarnos para encontrar una que sea medianamente decente? Probablemente muchas menos de las que tenemos que sufrir en España para encontrar verdaderas joyas como esta Celda 211 (Daniel Monzón, 2009). Porque, no nos engañemos, mucha gente que critica ferozmente al cine español (con motivos cada cual más estrambótico, como el recurrido tema de las subvenciones, como si fuese lo único que está subvencionado en este país), no sólo no ha visto películas tan recomendables como esta, sino que ni incluso saben ni de su existencia. ¿Cómo puedes opinar de algo que no has visto?, se preguntarán muchos. Y, efectivamente, así es. Este colectivo, por agruparlo de algún modo, siguen aferrados en ese insostenible tópico de que el cine español no tiene calidad. Pues bien. Hablemos de Celda 211.

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18 comidas

“En una ciudad pequeña como Santiago de Compostela, se cocinan cada día medio millón de comidas. Unas grandes, otras pequeñas… fuertes, ligeras… de plato o de picoteo, para disfrutar entre amigos o para comer con uno mismo. En algunas el tiempo pasa sin más, y de la comida sólo queda el plato vacío. En otras la vida da un giro inesperado y el mundo cambia su sabor para siempre: agrio, dulce, o los dos que es lo más habitual. Y es que comer no es sólo comer: alrededor de una mesa se abre el apetito, pero también el alma. Por eso en esta ciudad se cocinan cada día medio millón de ocasiones para cambiar el sabor de la vida; en la cena, en la comida o en lo que dicen que es lo más importante para empezar bien el día: un buen desayuno”.

Con esta reveladora voz en off da comienzo una película tan difícil de clasificar y de tematizar como es 18 Comidas (Jorge Coira, 2010). No sólo por un reparto coral que trabaja basándose en la improvisación, sino porque a veces no sabes si llorar, reír o hacer las dos cosas a la vez. Y es que lo que convierte es imprescindible a esta película es justo eso, su facilidad para moldear los sentimientos del espectador.

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