La noche que mi madre mató a mi padre

Han pasado varios días desde que disfruté de La noche que mi madre mató a mi padre (Inés París, 2016) en pantalla grande y todavía sigo riendo recordando muchos de sus puntazos. Confieso que esto me sucede con un número muy reducido de películas; son pocas las que consiguen que me ría a carcajada limpia durante toda la función -algo que, en los tiempos que corren, se agradece-, pero prácticamente ninguna la que tiene la habilidad de seguir provocándome la risa días después de su visionado. Conviene decirlo alto y claro: la segunda película en solitario de la directora y guionista Inés París -la tercera, si contamos el documental sobre mujeres negras africanas Manzanas, pollos y quimeras (2013)-, escrita junto a Fernando Colomo, es un trabajo imprescindible. Una de esas sorpresas cinematográficas que convienen que no pasen desapercibidas porque está pensada exclusivamente para el público. ¿Esto qué quiere decir? Que hay prácticamente un 100% de posibilidades de que la gente que la vea salga encantado, como me consta que está ocurriendo. En unos tiempos de películas predecibles, de fórmulas manidas y de tópicos varios, se agradece -y mucho- un artefacto tan original y sorprendente como este, en el que nunca sabes lo que va a ocurrir en la siguiente escena y mucho menos cómo va a terminar. 

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Ismael

Ismael (Marcelo Piñeyro, 2013) se estrenó en España el día de Navidad, un hecho muy significativo para una emotiva película que apela a la unión familiar y, muy especialmente, a la paternidad y las segundas oportunidades. Valores, todos, que cobran especial relevancia en estas fechas. La nueva criatura del director de Kamchatka (2002) y El método (2005) es una historia que disfrutarán todos los miembros de la casa por igual gracias a la universalidad de los temas tratados y su rico plantel -y edad- de personajes. Y eso que el director no nos pone fácil empatizar con ellos debido al cúmulo de errores que arrastran a sus espaldas O, precisamente por esto, la película funciona. Porque en la vida real, el ser humano es así de imperfecto, nadie puede presumir de una trayectoria ejemplar. No son ni héroes ni villanos: son personas de carne y hueso. Lo importante, parece querer decirnos la película, es tener la voluntad de enmendar las decisiones equivocadas. 

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Séptimo

Me resultan especialmente atractivos los relatos de intriga porque nos desafían, nos ponen a prueba. El (buen) guionista del género juega a ser más listo que el público, al que manipula a la hora de hacerle creer quiénes son los buenos o quiénes son los malos. Le gusta, además, mantener un pulso constante hasta con los más avispados, tumbando constantemente sus hipótesis y/o dotes adivinatorias. En definitiva, el buen escritor de películas de misterio consigue llevarte por la vía más insospechada. Esa es, o debería ser, su gran baza. Es así: a una película de terror le pides que te asuste, a una comedia que te haga gracia… y a un relato de intriga que saque toda su artillería para que resulte francamente difícil, por no decir imposible, anticiparse a la resolución del enigma. Ese es el gran hándicap de Séptimo (Patxi Amezcua, 2013), segundo largometraje del autor de la notable 55 kilates (2009). No hace falta ser alguien experimentado en estos lares para precipitarse al interrogante que mueve la película. Tenemos, de entrada, un proyecto frustrado. Séptimo patina en lo más esencial. Pero, ¿está todo perdido? Por increíble que parezca, no. 

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No tengas miedo

Si por algo me gusta el cine español es por lo bien que ha sabido desenvolverse, de forma especialmente notable en el periodo moderno, en el terreno del cine social y de denuncia. Al grupo de las imbatibles Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003)  Los lunes al sol y Princesas (Fernando León de Aranoa, 2002-2005) se sumó en 2011 No tengas miedo (Montxo Armendáriz) o, lo que es lo mismo, la pulcra, comprometida y fidedigna mirada del veterano director hacia un tema tan espinoso como los abusos sexuales. La espera de seis años que el máximo responsable de clásicos como Tasio (1984) o Secretos del corazón (1997) tardó en ponerse tras la cámara después de Obaba (2005), su último trabajo, mereció la pena. No tengas miedo se erige como un valiente pero, sobre todo, necesario documento que expone un asunto que sigue siendo tabú a pesar de sus alarmantes estadísticas -sólo en 2010 se presentaron 3.500 denuncias de presuntos abusos sexuales contra menores, sin contar la cantidad de gente que no denuncia por miedo o por la dificultad de demostrarlo- y los irreparables efectos psicológicos que provoca en la víctima. Sirva la frase de la protagonista, “me siento como un vaso que se estrella contra el suelo y se rompe en mil pedazos: nunca se podrá recomponer” para ejemplificar este hecho.

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El cuerpo

Siguiendo la estela de películas de cine negro clásicas de la década de los 40 y 50 y calculada hasta en sus más mínimos detalles, no cabe duda que El cuerpo (Oriol Paulo, 2012), está más cerca de ser un juego de intriga que una película en sí. Tomando como referente al mejor Hitchcock y tratando siempre al espectador como un ser inteligente -algo en lo que pecan, a menudo, este tipo de producciones-, el debut en la dirección de Paulo, guionista de la también notable Los ojos de Julia (Guillem morales, 2010), no ha podido ser más satisfactorio. Por un lado, porque su punto de partida, la desaparición de un cadáver de la morgue -escenario donde se desarrolla buena parte del film, lo que le confiere a la historia un halo de terror bastante logrado-, resulta tan estremecedor como eficaz a la hora de mantener enganchado al personal. Por otro, por la aparente sutileza con la que el director va regalándonos pequeñas pistas, detalles, con los que el espectador deberá elaborar su propio puzle o explicación de los hechos; una tarea nada fácil debido a sus constantes (e imprevistos) giros de guión y el carácter impredecible de una propuesta engrandecida por su final. 

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Los ojos de Julia

En el cosmos hipersaturado de thrillers contemporáneos -la mayoría más cerca de la vergüenza ajena que de su capacidad para ser tomados en serio-, todavía se elaboran propuestas que a uno le devuelven la fe en el género. Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010), es una de ellas. Impecable ejercicio de suspense de una obra que, a su vez, se atreve a conjugar diferentes registros -de hecho, está más cerca de ser una fábula sobre el sentimiento amoroso que una cinta de intriga al uso, lo que evidencia lo atípico de su naturaleza-, la segunda película del director de la también notable El habitante incierto (2005) desarrolla su entidad cinematográfica bebiendo indisimuladamente de films como Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), El fotógrafo del pánico (Michael Powell, 1960) o Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967), lo que no resta un ápice al mérito de un director que demuestra manejar gran parte de los recursos del género para mantener enganchado al espectador en todo momento. Sobre todo a la hora de desarrollar esa atmósfera inquietante e incómoda que ayuda a potenciar ese clima de indefensión, soledad y oscuridad en el que se mueve, con la misma dosis de temeridad y arrojo, su fuerte personaje femenino protagonista.

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8 citas

Manuale d´amore (Giovanni Veronesi, 2005) fue una de las primeras películas que retrató las diferentes fases por las que atraviesa el amor. Para ello dividió el relato en cuatro cortos, abordando en cada uno de ellos estas diversas etapas. Este título italiano es el referente más directo de 8 citas (Peris Romano & Rodrigo Sorogoyen, 2008), estimulante comedia coral española que, a lo largo de ocho historias románticas que finalmente se entrecruzan entre sí, va retratando cada uno de los periodos por las que transcurre una relación amorosa, desde el encuentro y el enamoramiento, la familia, la rutina, los celos y, finalmente, el reencuentro. Todas ellas van acompañadas de una ilustrativa y reflexiva frase, si bien la primera y la última de ellas son las que mejor resumen el espíritu del film: “Si el amor es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?” y “Bien está lo que bien acaba”. Uno de los aciertos de la película es que se limita a mostrar, siempre con la sencillez por bandera y alejada de cualquier atisbo pedagógico, las visicitudes de una serie de personas -algunas demasiado prototípicas, otras de carne y hueso- que experimentarán en primera mano sensaciones tan inolvidables como la primera cita o el primer beso.

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Mar adentro

Hablar de Mar Adentro (Alejandro Amenábar, 2004), es hablar del cine como vehículo social y agitador de conciencias. Pocas películas pueden presumir de haberse convertido en un fenómeno sociológico tan relevante como el que supuso esta obra basada en la vida real de Ramón Sampedro, un tetraplégico que luchó hasta el último día de su vida para poder “morir dignamente”. Su caso, uno de los más controvertidos de la España reciente, ocupó un lugar destacado en los medios de comunicación. Pocos podían imaginar que seis años después de aquello -1998-, uno de nuestros directores más visionarios iba a recurrir a él, máxime cuando sus anteriores películas eran Tesis (1996), Abre los ojos (1997) y Los Otros (2001). ¿Que un cineasta curtido en el género del terror iba a adaptar la vida de Ramón Sampedro al cine? Parecía cosa de locos. Pero Amenábar arriesgó. Y ganó. No sólo demostró ser uno de los creativos más versátiles y polifacéticos del cine español -músico, productor, guionista-, sino que además filmó una obra que, poniendo sobre la mesa una cuestión tan espinosa como la eutanasia, conquistó todos los rincones del planeta.

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