La Mula

La mula (Michael Radford, 2013) llega a nuestro país después de más de tres años de conflictos legales que culminaron con la salida del director del proyecto a falta tan sólo de una semana para finalizar el rodaje. Las discrepancias con la productora y sus trifulcas con el Ministerio de Cultura motivaron al cineasta anglo-indio, que aquí también ejerce de guionista y coproductor, a renunciar al proyecto, hasta el punto de borrar su nombre de los títulos de crédito. Lástima que lo que podría no haber trascendido de la anécdota se convierta en algo más serio cuando este hecho actúa en detrimento a la calidad de la cinta en relación con el montaje, casi caótico. Con todo, esta adaptación homónima de la novela de Juan Eslava Galán  -que se inspiró en la vida de su padre, un herrador del frente- sorprende. Y, además, está confeccionada para dejar buen sabor de boca en el público. Emotiva y tierna a partes iguales, La Mula es, ante todo, un ejercicio cinematográfico valiente, ya que es una de las pocas veces en las que una cinta ambientada en la guerra civil española se narra bajo la perspectiva nacional, y no desde la óptica republicana, algo a lo que el cine patrio no nos tiene acostumbrados. Además, se sitúa en las entrañas del conflicto, en las propias trincheras, una posición desde la que también rompe varios tópicos.

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El mar

Si de algo le tiene que estar agradecido Agustí Villaronga a su ópera prima Tras el cristal (1987), revolucionario film en el que además demostró saber manejarse como pocos en el terreno de la perversión y los deseos soterrados, es que le sirvió para hacerse con el título del director español más audaz e indómito del cine español. De golpe y porrazo había nacido un cineasta sin temor a la censura, impermeable a los reproches de los sectores más conservadores de la sociedad y, lo que era más de admirar, de inquebrantable personalidad. Todas estas constantes volvieron a sucederse en El mar (1990), el que es junto a la también espléndida Pa Negre (2011), el mejor trabajo del mallorquín hasta la fecha. Al igual de su primera película, esta adaptación de la novela homónima de Blai Blonet es una desasosegante y descorazonadora propuesta contraria a dar un segundo de alivio al espectador. En este hecho influye las épocas en la que está ambientada -guerra civil española y posguerra, respectivamente-, con las que el director pretende hacer una comparativa de hasta qué punto lo vivido en unos años tan hostiles como los del conflicto armado tienen consecuencias a largo plazo, sobre todo en los niños, por lo que el film se situaría próximo a ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976).

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Las 13 Rosas

Además de demostrar que es uno de los directores más polivalentes del panorama español -tras aprobar con notar en la comedia con títulos como Amo tu cama rica (1991) o en el género musical –El otro lado de la cama (2002) y Los dos lados de la cama (2005)- Emilio Martínez Lázaro demostró con Las 13 Rosas (2007), que es uno de los realizadores más comprometidos con la historia de nuestro cine. Ambientada en la guerra civil española -un contexto que generó infinidad de desgracias tan dignas de ser contadas como la que retrata esta película-, Lázaro elabora un arriesgado ejercicio de homenaje cinematográfico al llevar a la pantalla la grande la historia de un grupo de jóvenes mujeres que fueron condenadas a la pena de muerte por el Tribunal Militar del Franquismo. Un argumento, que evoca a la posterior, La Voz Dormida (Benito Zambrano, 2011) y en el que el director se rodea, al igual que en la mencionada obra del sevillano, de un solvente cast femenino, en el que sobresalen Nadia de Santiago, Marta Etura, Verónica Sánchez y, muy especialmente, Pilar López de Ayala. El personaje de ésta última, además, se alza como fundamental en el relato, puesto que, católica y en contra de la República, es vital para contrastar el prisma de imparcialidad del film.

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La voz dormida

Cada vez que en España se estrena una película ambientada en la Guerra Civil diversos colectivos -especialmente los conservadores o los relativos a la extrema derecha- tiemblan. Mientras que otros pueblos, como el americano o el francés, respetan su Historia, aquí parece que cada vez que un director ofrece, con toda la legitimidad del mundo, su visión sobre uno de los hechos históricos más relevantes del último siglo en nuestro país, se toma cuanto menos como una ofensiva. ¿Por qué? Como prefiero no pensar que el motivo principal son ciertas reminiscencias del franquismo, pasemos a analizar La voz dormida (Benito Zambrano, 2011), la adaptación de la novela homónima de Dulce Chacón, que viene a sumarse a la larga lista de películas ambientadas en los convulsos años de la posguerra española. La obra enfoca su atención en esas valientes mujeres que sufrieron la represión y la barbarie franquista. Se sitúa así, por tanto, en la misma división en la que ya jugaron títulos de temática similar como Las 13 Rosas (Emilio Martínez Lázaro, 2007) o Libertarias (Vicente Aranda, 1996). Con guión del propio director, en colaboración de Ignacio del Moral -la autora del libro original no pudo colaborar debido a su fallecimiento en 2003-, La voz dormida es una película que, por su permanente y firme compromiso con la realidad, despertará tantos odios como admiraciones: mientras algunos la acusarán de remover un pasado que (aseguran) ya cicatrizó, otros -entre los que me incluyo-, verán en ella una oportunidad perfecta para conocer más a fondo un suceso capital de nuestra historia reciente, desde una óptica imparcial.

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La lengua de las mariposas

Nunca he entendido a esos detractores del cine español que, para menospreciar la industria, argumentan que buena parte de la temática de nuestras películas versa en torno a la guerra civil. Si este contexto histórico sirve para ofrecernos obras de arte como El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985) o, la que hoy nos ocupa, La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), bienvenido sea. No sólo me parece admirable sino, además, necesario. Porque, no lo olvidemos, el cine es un arte que debería aspirar a ser un fiel reflejo de nuestro tiempo y, queramos o no, la guerra civil forma parte de una historia no tan lejana como algunos piensan. No estoy hablando de posicionamientos ideológicos, ése es otro debate: a lo que me refiero es que, al igual que hacen los norteamericanos con sus Guerras de Secesión o sus conflictos de Independencia, aquí se pueda hablar algún día de nuestra historia sin que nos ruboricemos, sin que se caldee el ambiente y, lo más importante, sin que utilicemos este hecho como excusa para infravalorar a una larga lista de impecables artefactos audiovisuales, capaces de explicar mejor nuestro origen, nuestras raíces, que muchos libros de texto. 

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El espíritu de la colmena

“Esta película habla de los grandes misterios de la creación: de la vida y de la muerte; pocas películas han causado mayor impresión en el mundo entero”. Esta frase, dicha por uno de los personajes de El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) para presentar la película El Doctor Frankenstein al comienzo de la misma, bien podría servir como frase promocional de la ópera prima de Erice. En efecto, no son muchos los títulos que puedan presumir de haber provocado el impacto que en su día, y todavía hoy, sigue originando esta fascinante obra maestra. Tampoco es común encontrar películas que reflejen de una forma tan coherente y verosímil el mundo infantil, con sus miedos, inquietudes y fantasías. Estamos, ante todo, ante una bella fábula adulta -lo de usar a dos niñas como protagonistas es sólo el pretexto- en forma de cuento infantil que da comienzo con el típico “Erase una vez” para, seguidamente, situarnos en la acción a través de una frase quijotenesca: “en un lugar de la meseta castellena hacia 1940…”, concretamente en Hoyuelos. El resultado es una obra inmensa, de significado desbordante, un canto a la inocencia de la infancia donde ningún estudiado fotograma se encuentra colocado al azar y donde se ese constante juegos de luces -esos filtros anaranjados, obra del extraordinario Luis Cuadrado-, resulta ser una herramienta clave para entender la psicología, el mundo interior de los personajes. 

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