El mar

Si de algo le tiene que estar agradecido Agustí Villaronga a su ópera prima Tras el cristal (1987), revolucionario film en el que además demostró saber manejarse como pocos en el terreno de la perversión y los deseos soterrados, es que le sirvió para hacerse con el título del director español más audaz e indómito del cine español. De golpe y porrazo había nacido un cineasta sin temor a la censura, impermeable a los reproches de los sectores más conservadores de la sociedad y, lo que era más de admirar, de inquebrantable personalidad. Todas estas constantes volvieron a sucederse en El mar (1990), el que es junto a la también espléndida Pa Negre (2011), el mejor trabajo del mallorquín hasta la fecha. Al igual de su primera película, esta adaptación de la novela homónima de Blai Blonet es una desasosegante y descorazonadora propuesta contraria a dar un segundo de alivio al espectador. En este hecho influye las épocas en la que está ambientada -guerra civil española y posguerra, respectivamente-, con las que el director pretende hacer una comparativa de hasta qué punto lo vivido en unos años tan hostiles como los del conflicto armado tienen consecuencias a largo plazo, sobre todo en los niños, por lo que el film se situaría próximo a ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976).

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Relato de tormento, de la fuerza del deseo y la indomabilidad de la pasión a través de un diseccionamiento impúdido de los más nobles y bajos instintos de la condición humana, habrá quién vea en El Mar una historia de amor imposible entre dos jóvenes, Andreu Ramallo (Roger Casamajor) y Manuel Tur (Bruno Bergonzini) en unos años en los que la homosexualidad no sólo era tabú, sino que estaba castigada incluso con la muerte. El régimen franquista es lo que lleva a Manuel a vivir todo lo que siente por Ramallo a escondidas, tanto en su traumática niñez, como cuando 10 años vuelvan a encontrarse en un hospital para tuberculosos. En este periodo de tiempo sus vidas han cambiado: mientras que Andreu se ha convertido en un ladrón, Manuel se ha refugiado en la religión como una de las pocas vía de escape, como también lo es ese mar al que hace referencia el título. Dejando de lado este irreprochable planteamiento de la película, en el plano actoral hay que destacar el trabajo tanto de Casamajor como de Bergonzini, que brillan en el fue su debut para la gran pantalla. Ambos defienden unos roles trufados de aristas, complejos, consiguiendo lo que a todas luces se antojaba (casi) imposible: dar con el tono exacto de sus personajes, a lo que también contribuye un guión en el que colaboró el propio director. Su gran trabajo de casting se cierra con Antonia Torrens, en el que también fue su primera gran incursión en el cine, y a nombres consagrados como Ángela Molina o Simón Andreu. 

El mar es una película donde, en ocasiones, es más importante lo que no se dice de lo que se dice; un canto reivindicativo a la apertura mental -y espiritual- de la religión, a la que se hace un llamamiento para que esté más cerca de la gente; una historia opresiva que, sin embargo, exhala libertad por los cuatro costados y que, en el camino, nos regala algunas de las imágenes más poderosas del cine español; una crónica de despertar sexual que no disimula su feroz crítica contra el régimen totalitario que, entre otras lindezas, impedía la plena realización del individuo. Sí es cierto que la película opta por recrearse -casi exclusivamente- en el ámbito de la libertad sexual, pero Villaronga la usa como perfecto paradigma para mostrar a unos seres humanos amputados, incompletos. También hay que aplaudir a El mar por no avergonzarse de mostrarse explícita, incluso morbosa, en no pocos momentos de la narración, quizá porque de otra forma era imposible reflejar visualmente la crudeza de una novela no destinada a todos los públicos. La película no le teme al desnudo, ni a llevar hasta el límite los arrebatos pasionales que van sucediéndose. Y no le teme, simple y llanamente, porque están narrados bajo una corriente hiperrealista tan poco frecuente como admirable. El mar es incómoda de ver, pero ahí está su grandeza: perturba y aterra porque lo que se desprende de ella es, inequívocamente, algo real. Villaronga no abandona nunca su máxima de dotar de tridimensionalidad una historia que, en manos de otro director, hubiese derivado en un espectáculo gratuito y carente del más mínimo trasfondo.

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Quizá muchos interpreten la película como un relato de perversión, pero lo que la hace grande es que muchos de los actos políticamente incorrectos que muestra están movidos por sentimientos nobles, puros. El personaje de Manuel, genialmente dibujado, el tiempo lo ha convertido, por méritos propios, en la voz de infinidad de personas que, a buen seguro, se habrán visto reflejadas en él, por lo que no sería descabellado catalogar a El mar como un título de cine social, casi de denuncia. En conclusión, un derroche de fuerza, visual y literaria que, en última instancia, consigue incluso emocionar. Una excepcional ocasión para embarcarse en un viaje de consecuencias inesperadas y altas cotas de reflexión firmado por un director que, por encima de dimes y diretes, de críticas sin fundamento, volvió a demostrar que en el mundo del cine hay algo más importante: el arrojo y la valentía. 

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3 pensamientos en “El mar

  1. Y ya no es sólo ese arrojo y valentía del que hablas. Es atreverse con un tema “tabú” como la religión de forma tan sucinta y clara. No ridiculiza para nada el hecho de ser creyente ni de que haya una “figura divina” (cosa que otras películas han caído en lo que ha sido para mí un acto panfletario…..y lo dice alguien que no cree en estas cosas). La película a través de una narración exquisita te muestra las cosas como son: la absorción de algunas personas por unas ideas dictadas por aún no se quién y la posterior (y lógica) consecuencia de ello, la pérdida de la individualidad y capacidad para ser (y razonar) por uno mismo a favor de unos valores importados de aún no se donde (aún sigo pensando que el dogma religioso es una forma de avasallar a la gente que un buen día un pirado se inventó para tener adoctrinada a la gente…..lo que me recuerda a ciertos regímenes totalitarios….y no sigo por si alguien se siente ofendido).

    En definitiva, un excelente retrato del instinto (Ramallo) contra el pensamiento más racional (Manuel).

    • No sabía que me iba a gustar tanto la película; no conocía al Villaronga director y la verdad que me ha sorprendido. No puedo elegir entre “Tras el cristal” y “El Mar” porque las dos me han gustado por igual…me sorprende sobre todo la época en la que están rodadas. Fue un director muy valiente. Yo también comparto contigo tu visión sobre el dogma religioso, creo que la religión tiene muchas cuentas pendientes que dar y muchas explicaciones que ofrecer, y me temo que nunca llegará ese momento. Respeto todo tipo de creencias, pero no puedo respetar a la Institución en sí, que ha apoyado a todos los regímenes totalitarios (incluido el franquismo), relega a la mujer a un segundo plano o es abiertamente homófoba. Así no.

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