Suite francesa

Suite francesa (Saul Dibb, 2014) es una película que lo tenía todo para ser un espectáculo poderoso y un romance épico perdurable pero que, por la desgana con la que parece estar rodada, no pasa de ser un triste telefilm de sobremesa. Un telefilm, eso sí, envuelto en una elegante factura para que parezca mucho más interesante de lo que es. ¿Cuál es el motivo de tamaño desatino? A la evidente falta de interés o talento del director por trasladar la novela autobiográfica de Irène Némirowsky a la gran pantalla, se suma una puesta en escena más fría que el hielo y una realización plana y monótona; aspectos que, junto a un guión que no arriesga lo más mínimo, convierten el visionado de esta película en una experiencia soporífera. Pierdo la cuenta de las veces que me remuevo en la butaca o que consulto el reloj en esta obra que consigue aburrirme hasta la extenuación con sólo sus 5 primeros minutos. Un comienzo caótico que, en efecto, hace presagiar que lo peor está por venir: las sospechas de absoluta falta de ritmo, de emoción, de pasión y de todo lo que haga al espectador implicarse lo más mínimo con el relato se van confirmando conforme se va consumiendo el metraje. 

Suite Française Michelle Williams

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The imitation game (descifrando Enigma)

Hay películas que golpean. Hay películas que duelen. Y hay películas que te dejan completamente abatido, como es el caso de The imitation game (Morten Tyldum, 2014). Pocas veces se queda un sabor de boca tan amargo y se siente un puñetazo tan demoledor en el estómago como el que consigue crear la última criatura de uno de los máximos estandartes del cine noruego contemporáneo, gracias a películas como Headhunters (2011). The imitation game es la primera cinta británica en la filmografía de Tyldum y también su primera obra maestra. Biopic acerca de Alan Turing, visionario matemático que pasó a la Historia por descifrar el código de la máquina Enigma, la cual usaba la Alemania nazi para camuflar sus mensajes, la película es un prodigio a todos los niveles. Lo que más llama la atención es la interpretación de Benedict Cumberbatch, actor que da vida a esta científico condenado por homosexual por la misma sociedad que él mismo ayudó a salvar; y es que con su minucioso trabajo de investigación se pudo adelantar el final de la Segunda Guerra Mundial y salvar 14 millones de vidas. El actor ofrece un recital que debería estudiarse en todas las escuelas de arte dramático por cómo logra plasmar una personalidad tan compleja y atormentada como la de Turing en pantalla grande sin esfuerzo aparente.

THE IMITATION GAME

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Ida

Si hay algo que haga imprescindible a Ida (Pawel Pawlikowski, 2013) es su capacidad por recordarnos una máxima que no conviene olvidar: sólo conociendo mejor nuestro pasado seremos capaces de entender nuestro presente. Empeñados en fumigar ciertos capítulos de la Historia cuyos -infames- coletazos siguen aún vigentes en nuestros días, algunos sectores sociales -políticos y religiosos, principalmente- viven obstinados en minimizar sus consecuencias, llegando incluso a negar las más flagrantes evidencias; las mismas que demuestran, por ejemplo, que el fascismo existió -y sigue existiendo-, y que la Iglesia católica fue mano derecha de tan despreciable ideología. Con una depuración narrativa digna de elogio, el tercer largometraje del insigne realizador Pawlikowski viene dispuesto a sacar los colores a quienes se empeñan en ocultar la verdad, aunque sólo sea por hacer justicia a quienes en la actualidad siguen sufriendo los efectos secundarios -o no tan secundarios- de este pasado que intentan ahora taponar. El director nos sumerge en las entrañas de la Polonia de los años 60; un país devastado por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, viva sombra de lo que fue; un territorio decrépito en el que ni los fugaces destellos musicales tienen el vigor, el fulgor suficiente para dejar asomar la esperanza. 

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Tras el cristal

Pocas operas primas nacen con tal voluntad transgresora y polémica como en su día lo fue Tras el cristal (Agustí Villaronga, 1987), película que el diario El País incluso comparó con El imperio de los sentidosQuizá para esta cronista tal afirmación le resulte particularmente un tanto exagerada -teniendo en cuenta el impacto que en su día, y todavía hoy, me sigue produciendo la obra más explícita y recordada de Nagisa Oshima- , pero no cabe duda de que estamos ante una película que ya desde su primera imagen, ese primerísimo plano de un ojo y del objetivo de una cámara fotográfica que parecen prometer que no se dejará nada sin mostrar, va directa a la yugular. A continuación se muestra la escalofriante escena de un niño  completamente desnudo, magullado, maniatado y colgado del techo al tiempo que es observado lascivamente por el doctor Klaus (Günter Meisner), un pervertido sexual que alcanza la fascinación abusando y torturando a jóvenes criaturas en plena época de los campos de concentración nazis. Tal punto de partida, narrado con una frialdad y una determinación impropia para la época, le sirve al director para capturar lo peor de la condición humana y para trazar una historia sobre la justicia y  la sed de venganza que bebe de la (discutible) máxima del ojo por ojo

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Julia

No es casualidad que Julia (Fred Zinnemann, 1977) abra el telón, a través de una estampa absolutamente imborrable, con una pulcra y acertada definición en voz en off del término Pedimento, es decir, de cuando la pintura de un lienzo, envejecida, se empieza a volver transparente, desvelando el cambio de idea o finalidad del artista conforme fue creando su obra. Y no es circunstancial porque los personajes femeninos de esta película, curtidos a base de experiencias, bien podrían ser la fina metáfora de estos cuadros que sólo con la edad son capaces de mostrarse en su forma primitiva, en su génesis. Siendo unas adolescentes, tanto la escritora Lillian Hellman (Jane Fonda) como la hija de una adinerada familia escocesa, Julia (Vanessa Redgrave), quizá no tuviesen el coraje o las armas suficientes para enfrentarse a esa sociedad europea de los años 20, que aún cargada sobre sus hombros el inexorable peso de la Primera Guerra Mundial. No será hasta bien entrada la década de los 30 cuando Lilly comprenda que aún está a tiempo a reencontrase en Viena con la que nunca ha dejado de ser su otra mitad, desafiando a una Europa contaminada por el nazismo. 

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Ser o no ser

Si hay algo que  Charles Chaplin dejó patente con El gran dictador (1940) es que se puede hacer reír al público con cualquier cosa, incluso con algo tan espinoso como los regímenes totalitarios. Además, el cómico británico demostró su valentía al filmar en plena Segunda Guerra Mundial una obra que atacaba con inusitada dureza a los totalitarismos que en ese momento estaban asolando Europa. Era, por tanto, cuestión de tiempo que alguno de sus contemporáneos, tan preocupado por las cuestiones sociales y con tanto arrojo cinematográfico como él, filmase su propia sátira sobre el nazismo. Fue el caso del cineasta judío Ernst Lubitsch que, con ayuda de un brillante guión de Edwin Justus Mayer, consiguió el más difícil todavía: otorgar la etiqueta de apta para todos los públicos a su personal y fina visión de la tragedia gracias a su corrosivo sentido del humor. En unos años en los que el régimen de Hitler no sólo estaba candente sino también de plena actualidad, el director refleja, de forma ácida y contundente, este tema tan delicado con el mayor de los arrojos, logrando una de las más lapidarias críticas al nazismo.

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Casablanca

Obra cumbre de la historia del cine y uno de los títulos que mejor refleja la confrontación entre el sentimiento amoroso y el  netamente patriótico, el espíritu de Casablanca (Michael Curtiz, 1942) sigue más vivo que nunca a los 70 años de su estreno. Confeccionada con el material con el que se tejen las obras eternas, inmortales, estamos ante un poderoso romance ambientado en la convulsa época de la Segunda Guerra Mundial cuyo título hace referencia a la ciudad portuaria marroquí donde los miembros de la Resistencia contra el régimen alemán se refugiaban intentando huir del nazismo; uno de estos miembros es Victor Laszlo (Paul Henreid), cuya mujer, Ilsa (Ingrid Bergman) mantuvo un romance en el pasado con Rick Blaine (Humphrey Bogart), el administrador del local nocturno más famoso de Casablanca, el Café de Rick. Ambos integran un triángulo amoroso marcado en todo momento, además de por su carácter imprevisible –realzado por ese antológico y subversivo final, desafiante a los cánones románticos de la época, auténtica apología del idealismo por encima de todo-, por una intensidad dramática de muchos kilates.

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