Marte

Se puede establecer un subgénero dentro del cine de ciencia ficción que es aquel que engrosaría todas las películas cuya acción transcurre en el espacio. Desde la pionera 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968) hasta la más reciente Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), muchos han sido los ejercicios fílmicos que han permitido que cada vez sean más los estudiosos del cine que ya hablen de un subgénero como tal. La última en sumarse a esta lista es Marte (Ridley Scott, 2015), adaptación del best seller El marciano (Ed. B), el exitoso debut literario de Andy Weir. Y, aunque no defrauda, esta criatura de Scott está lejos de cualquier cima de la ciencia ficción que podamos mencionar, como la ya citada obra de Kubrick o los prodigiosos precedentes del propio autor, como Alien, el 8º pasajero (1979) o Blade runner (1982). Precisamente por la experiencia del director en un género que ha demostrado manejar muy bien no se explica que renuncie a inyectar más aliento épico y emoción a una propuesta altamente estimulante, perfectamente ejecutada, pero fría como el hielo, gélida. Y decir esto de una película en la que un hombre trata de sobrevivir en mitad de un planeta desértico es preocupante. 

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Exodus: Dioses y reyes

He aquí un magnífico ejemplo de película más preocupada por el envoltorio que por el contenido. Exodus: Dioses y Reyes (Ridley Scott, 2014) es un ejercicio cinematográfico de aspecto impecable, majestuosos escenarios y fidedignas recreaciones. Es, en definitiva, una obra de dimensión colosal. Sin embargo, esta cinta con 140 millones de dólares de presupuesto y con un 70% de producción española naufraga en lo más importante: el guión. Y es que el libreto de la nueva película del director de la infravalorada El Consejero (2013) o la también adscrita al género peplum Gladiator (2000) hace aguas por todos lados. Desde su caótico comienzo, hasta un sinfín de aburridos diálogos, escenas alargadas u otras directamente suprimibles. A Exodus: Dioses y Reyes no le hubiese venido mal una revisión profunda de un guión cuyo mayor defecto es que no logra nunca despertar el interés del espectador. Con todo, su principal problema es que no cuenta nada que no nos hayan contado antes; Scott nos lo vuelve a contar y, encima, peor. Esta “nueva” versión de la historia de Moisés, príncipe de Egipto, lo tenía todo para ser la nueva Ben-Hur (Willian Wyler, 1959): buenos actores, un director de reconocida trayectoria, abultado presupuesto… pero no pasará de ser una película más del montón.

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El consejero

El consejero (Ridley Scott, 2013) es una película que me gusta, pero que tendría mucho cuidado a quién se la recomiendo. En las antípodas de lo fácil, la nueva criatura del director de Alien, el 8º pasajero (1979) o Blade Runner (1982) y la primera que escribe el aclamado novelista Cormac McCarthy podría definirse más que como una película, como una experiencia. Y, como todas, se siente o no se siente. Quien acuda a ella esperando ver la enésima película comercial, de corte intrascendente y típica a más no poder, se equivoca. Y es que este lienzo donde Scott y McCarthy plasman la inmoralidad, la bajeza humana y la miseria en cotas máximas, es un thriller de autor. Y, como tal, se aleja de los cánones preestablecidos. Pocas películas han envuelto en un aura tan sofisticada y elegante la depravación moral, la decadencia más absoluta del ser humano. El consejero, en esta línea, es un caramelo envenenado: sus lujos y su engatusador brillo formal camuflan una historia donde del primer al último de sus personajes -con la única excepción del interpretado por Penélope Cruz, el único alma inocente de la cinta, la única víctima inocente en medio de este paisaje desolador- son seres amorales, despojos de una sociedad que te brinda el lujo del libre albedrío, pero en la que la opción escogida se puede terminar pagando incluso con la sangre -ojo a los versos de Machado aquí citados-. Su moraleja bien podría ser que no importa tanto el fin al que aspires, sino el rastro que dejas a tu paso.  

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Gladiator

Con un arrollador comienzo, de cortante y abierta violencia, Ridley Scott da el pistoletazo de salida a Gladiator (2000). Ambientada en el año 180 d.C, época en la que el Imperio Romano era dueño  y señor de todo el mundo, esta galardonada película es uno de los ejemplos más nítidos de que la fusión de cine comercial con el de calidad no sólo es posible, sino incluso recomendable: rezumando espectacularidad, unas muy acertadas gotas de romanticismo y una gran dimensión épica -agudizada por la espectacular banda sonora de Hans Zimmer-, el director de Alien, el 8º pasajero (1979) o Prometheus (2011)- vuelve a erigirse como un valor seguro en cuanto a poderío visual se refiere, al tiempo que logra una película no ya sólo muy entretenida, sino accesible a todo tipo de público, como más tarde lo sería Ágora (Alejandro Amenábar, 2009). Ambas obras cuentan la historia de una forma muy didáctica, a pesar de que las licencias que se permite Scott son superiores a las del film español. Es por ello que no hay que tomar a Gladiator como un documento histórico puro y duro, sino más bien como un artefacto en el que, por encima de su falta de apego a la realidad, lo que verdaderamente termina importando es su grandiosidad. En todos los aspectos.

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Prometheus

Cuando uno se llama Ridley Scott, tiene 75 años y puede presumir de una carrera más que digna a sus espaldas, habrá quien se pregunte qué necesidad tenía el creador de Alien: el 8º pasajero (1979) en elaborar una precuela –a pesar de que la película funcione por sí sola y el director se empeñe en repetir, una y otra vez, que no lo es- de la gran obra maestra de su filmografía (con permiso de Blade Runner, 1982). Máxime si este proyecto, que desde su proceso embrionario hasta su estreno mundial ha permanecido en el más absoluto de los secretos, no se sitúa a la altura de su predecesor. Prometheus (2012), en efecto, no sólo no mejora al original –las comparaciones son inevitables-, sino que defrauda por las altas expectativas depositadas en ella, quizá porque nació bajo la sombra de una película que marcó a toda una generación y que no tardó en convertirse en un auténtico título de culto. De nada le ha servido en esta ocasión a Scott aliarse con uno de los máximos guionistas de la serie Lost, Damon Lindelof, y de impregnar al film de esa atmósfera oscura, fría y con esa esencia de trasfondo siniestro con el que ya nos sorprendió hace más de treinta años, marcando uno de los puntos y aparte más rotundos dentro de la ciencia ficción. El ADN, por tanto, podemos concluir que es el mismo. ¿Qué falla, pues? Más allá de la nula capacidad de sorpresa y de su incapacidad para marcar un hito o, en su defecto, de un capítulo mínimamente destacable dentro del género –dos de los mayores puntos fuertes de Alien o de la propia Blade Runner (1982)-, el verdadero problema de Prometheus es la torpeza de un guión endeble, cargado de tópicos y sustentado en un argumento casi risible e infantiloide, de desarrollo confuso que no hace sino imposibilitar cualquier empatía con la historia, provocando un inevitable deja-vu.

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Alien, el octavo pasajero

Nunca he sentido especial devoción por el género de la ciencia ficción, aunque Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) es una de las inevitables excepciones. No sólo por su indudable condición de clásico del cine, sino porque con su carácter visionario e innovador sentó las bases de un género que, a pesar de no ser de mis favoritos, tiene obras maestras incontestables. Y lo más importante: es una cinta más cercana al terror que a la ciencia ficción. En realidad, lo que hizo Scott en esta película fue uno de los más hábiles híbridos de género que se recuerdan, convirtiendo a esta narración surrealista de invasión alienígena en un cuento de terror puro y duro, sí, pero donde tampoco faltan elementos del mejor cine de aventuras, fantástico, incluso alguna licencia erótica -esa escena que ha quedado para la posterioridad de la inmortalizada (y semi-desnuda) Sigourney Weaver, gracias a su papel de la suboficial Ellen Ripley-. La película, que originó varias secuelas e imitaciones, está protagonizada por siete tripulantes que viajan en la nave de carga Astromo y que, de regreso a la Tierra, son advertidos por el ordenador central, MADRE, de la existencia de una forma de transmisión desconocida. Al investigar, descubren que es una señal enviada desde fuera del Sistema Solar y deciden ir a comprobar su origen, con el capitán Dallas (Tom Skerritt) al mando. No tardarán en comprobar que no ha sido una buena idea.

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