Boyhood

Con la trilogíaAntes de…”love story que narraba el inicio, la consolidación y el ocaso de una relación a lo largo de dos décadas, Richard Linklater se reveló como uno de los cineastas más originales y vanguardistas, además de quedar consagrado como autor de culto. En su último proyecto, Boyhood (2014), el director americano no sólo acentúa estos calificativos, sino que los lleva al extremo: alérgico a los métodos de narración convencionales y siguiendo fiel a la máxima fellinesca del hiperrealismo -mostrar la verdad con los menos artificios posibles-, Linklater sorprende con una película rodada durante 12 años. ¿El motivo? Hay varios: desde el querer mostrar la transición de la niñez a la última etapa de la adolescencia de su protagonista, al que vemos crecer y evolucionar a lo largo del metraje -desde los 6 a los 18 años-, hasta la propia ambición del director de comprimir en un documento audiovisual la levedad de la vida, el implacable paso del tiempo, la propia autodefinición del individuo. Linklater captura a lo largo de sus dos horas y media largas cómo el ser humano va siendo moldeado por las circunstancias de su entorno, por sus propios logros personales o por la mera genética. Boyhood, que muy acertadamente se subtitula “Momentos de una vida“, es la vida misma trasladada a la gran pantalla.

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Amigos de más

Cuando una comedia romántica no pierde un ápice de elegancia tras la pirueta, aparentemente suicida, de mostrar a sus protagonistas manteniendo una conversación acerca de la cantidad de heces que determinadas personalidades acumulaban en su intestino a la hora de morir, es que la cosa funciona. Es lo que sucede con la canadiense Amigos de más (Michael Dowse, 2013), deliciosa cinta inspirada en la también encantadora 500 días juntos (Marc Webb, 2009) en gran medida por sus entrañables matices fantásticos. Si estos rasgos distintivos venían de la mano de Joseph Gordon-Levitt cantando sin ton ni son en mitad de un parque en el film de Webb, aquí son las creaciones pictóricas de la protagonista, revoloteando en pantalla en momentos concretos, las que aportan ese meditado rasgo diferenciador. Lo curioso es que, a pesar de estas pinceladas surrealistas, la película nos gana desde el primer minuto por su constante apego a la realidad. Desde sus protagonistas, lejos del canon de belleza al que históricamente se han aferrado las producciones del género -que hace que los reconozcamos como alguien cercanos, de carne y hueso-, hasta la importancia de los temas tratados -fidelidad, tenacidad, ilusión-, todo en Amigos de más está orientado a buscar la complicidad con el espectador exigente. 

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Sister

Al igual que en su opera prima, Home, ¿dulce hogar? (2008), la realizadora y guionista francesa Ursula Meier vuelve a bucear en su segundo largometraje en la quiebra y descomposición familiar, consolidándose como una de las voces actuales más importantes a la hora de hablar de un asunto tan delicado -ambas obras estuvieron preseleccionadas para representar a Suiza en los Oscar-. Comprometida hasta la médula, Sister (2012) es una película terriblemente hija de su tiempo, a pesar de que beba del espíritu neorrealista de la Nouvelle Vague y, muy especialmente, de Los 400 golpes (François Truffaut, 1959) en lo referido a su visión de la infancia. Siempre con la crisis económica como telón de fondo, esta destacada pieza del cine independiente nos recuerda que una sociedad no podrá ser nunca tildada de progre mientras sigan produciéndose casos como el de Simon (Kacey Mottet Klein), un chico que debe mantener a su hermana (Léa Seydoux) y a sí mismo a partir del dinero que obtiene revendiendo los objetos de esquí que se dedica a robar a los turistas de la lujosa estación de las inmediaciones de su casa. 

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Buscando un beso a medianoche

Si uno ama de verdad el cine, con todo su corazón y con la suficiente pasión, a la fuerza hará una buena película“. La ilustrativa frase con la que Quentin Tarantino explicó, en los extras de la edición en DVD de Reservoir Dogs (1992), la principal receta para hacer cine, parece haber sido aplicada por Alex Holdridge en su obra Buscando un beso a medianoche (2007). Buque insignia del cine independiente de la última década, hasta el punto de competir en más de 20 festivales de todo el mundo, incluido el de Gijón, este soplo de aire fresco podría encuadrarse en esas producciones que han dignificado al género romántico en los últimos años. Tras disfrutarla, es fácil que uno la engrose en la misma lista de 500 días juntos (Marc Webb, 2009), Bon Appétit (David Pinillos, 2010) o Two Lovers (James Grey, 2008). Aunque no llega al nivel de perfección formal de este trío invencible, ni tampoco atesora ninguna escena que la haga especialmente memorable, sería injusto negar a Buscando un beso a medianoche su capacidad para conectar con el espectador a través de un romance que no es más que un mero pretexto para radiografiar su tema central: el miedo a la soledad.

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Siempre feliz

Carlo Bini decía que “la felicidad consiste siempre en saber engañarse”. Y, tras disfrutar de Siempre feliz (Anne Sewitsky, 2011), uno comprueba que al escritor italiano no le faltaba razón. La ópera prima de una de las directoras noruegas más importantes de los últimos años elabora una aguda radiografía de las relaciones de pareja y, en concreto, disecciona algunas de las causas que la contaminan, desde la pérdida de confianza hasta la falta de complicidad. Lo curioso del asunto es que la protagonista, Kaja (Agnes Kittelsen), disfraza la crisis de su matrimonio no sólo bajo la apariencia de pareja modélica, sino también con una aplastante felicidad. Conforme se va desgranando el metraje, se comprueba que la circunstancia de Kaja no es aislada, ya que  todo en conglomerado de personajes que componen esta cinta tan alejada de la maquinaria y los cánones hollywoodienses, viven en un permanente engaño, no sólo respecto a los demás sino hacia ellos mismos. Tienen, en verdad, pocos motivos para ser felices. Y, con la ilusión con la que escriben felicitaciones de navidad o el empeño con el que cantan en el coro del pueblo, parecen serlo. 

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El amigo de mi hermana

Son tan pocos las películas perfectas que nos regala el cine que, cuando esto ocurre, no cabe sino celebrarlo. Si además esta producciones, redondas hasta el punto de que no cambiaríamos ni un ápice su diseño, nacen en el seno de la comedia romántica, el motivo de satisfacción es doble. El amigo de mi hermana (Lynn Shelton, 2011) es uno de estos títulos. La directora filma, con determinación y creyendo firmemente en su sólida propuesta, una película se desmarca por completo de los típicos cánones de la comedia romántica USA que, salvo en contadas ocasiones, tanto daño ha hecho al buen cine. El nuevo largo de una de las directoras más a tener en cuenta de los últimos años es un relato sincero, pulcro y honesto que, como los mejores clásicos instantáneos, perdurará en el tiempo. Y lo hará gracias a que, por encima de cualquier otro aspecto, está respaldada por una buena historia en la que, junto con algunos de los gags más divertidos que el que esto firma es capaz de recordar, se conjugan soledades, frustraciones, miedos y desesperanzas. Al final, lo que queda no es una comedia romántica al uso, sino un proyecto al que Shelton se empeña, originalidad aplastante mediante, dar una vuelta de tuerca a un género agonizante introduciendo un fondo dramático y reflexivo al que no estamos acostumbrados. 

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