Volver

En la carrera de numerosos directores encontramos películas capaces de despertar las simpatías de hasta sus más férreos detractores. En el caso de Pedro Almodóvar ocurrió con Todo sobre mi madre (1999), para repetirse años después en Volver (2006), films que abren y cierran la etapa de absoluta madurez creativa de su autor. Incursión absoluta a los orígenes del propio Almodóvar, a esa fértil tierra manchega a la que pone todo su empeño en radiografiar y filmar con toda intensidad, Volver es un sentido homenaje de tintes autobiográficos no sólo a la cultura de Castilla La Mancha -su gatronomía, su gente, su esencia, sus desérticas llanuras, sus quijotescos molinos de viento, sus tradiciones-, sino a la propia España, a la que ilustra con gracia a través de elementos tan castizos y populares como el flamenco o, sin ir más lejos, la alegría. Sin embargo, lejos de ser un obstáculo, esto no empaña en absoluto una obra de decidida vocación universal: porque Volver desprende el aroma de la pérdida, pero también el del reencuentro; irradia culpabilidad, pero también redención; hay heridas del pasado, pero qué mejor escenario como el futuro para subsanarlas. Volver, está edificada sobre la muerte, sí, pero sabe a vida. 

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Carne Trémula

Carne Trémula (1997), decimotercera película de Pedro Almodóvar, supone un título especialmente significado en la filmografía del manchego al ser su primera obra -y segunda hasta la fecha, tras La piel que habito (2010)- en la que partía de material ajeno. Muy atractiva debió resultarle la novela homónima de Ruth Rendell al cineasta para abandonar la que, hasta ese momento, fue una de sus máximas más rotundas: el construir un film en torno a su propia idea original. Una jugada arriesgada por la que Almodóvar, tomando las riendas del proyecto desde el primer momento y haciendo suya una novela que trasladó a la gran pantalla con la ayuda de los prolíficos Ray Loriga y Jorge Guerricoechevarría, no renunció a su seña cinematográfica. Carne trémula, antesala de la auténtica etapa de madurez creativa de su autor -dos años después llegaría Todo sobre mi madre (1999) y, con ella, el unánime aplauso de la crítica y el absoluto reconociendo internacional-, me gusta principalmente por su forma de entrelazar a su quinteto protagonista y por la aptitud del director para manejar el tiempo narrativo con soltura, a través de unos interludios y elipsis temporales -algunas de hasta 20 años- que aportan profundidad a la historia. 

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Los amantes pasajeros

“Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”. La advertencia explícita -y concienzudamente falsa- con la que Pedro Almodóvar abre Los amantes pasajeros (2013), esperado retorno a la comedia pura que el manchego abandonó hace 25 años con Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), nos lleva automáticamente a pensar que este espectáculo, que desde sus primeros compases lleva implícito la libérrima y purificadora personalidad de su autor, va a ser, en efecto, de todo menos casual. El director español en activo más importante en la actualidad demuestra que es una de las piezas angulares de la marca España, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, con una película que, aunque su máximo responsable se haya dedicado a negarlo por activa y por pasiva, radiografía un país tan sin rumbo y tan a la deriva como ese Airbus 340 en el que se desarrolla la acción; un metafórico escenario, pilotado por incompetentes e irresponsables, en el que Almodóvar confirma ser un maestro en eso de la historias corales, elaborando un nada fácil tejido narrativo en el que se entralazan, con mayor o menor protagonismo, la casi veintena de personajes -y sus circunstancias- a los que se va encargando de focalizar.

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Tacones lejanos

Tacones lejanos (Pedro Almodóvar, 1993) viene a ser el paradigma perfecto de la sabia frase de Charles Chaplin que reza: “el tiempo es el mejor autor porque siempre encuentra un final perfecto”.  En el vertiginoso tren de la vida quince años puede parecer un periodo de tiempo breve, insignificante, carente de importancia, excepto cuando se trata del periodo que han permanecido separadas una madre y una hija. Entonces, estos 15 años se convierten en una insoportable losa que pesa como cien siglos. Eso lo saben muy bien la gran dama de la actuación Betty del Páramo (Marisa Paredes) y su única hija, Rebeca (Victoria Abril). Después de tanto tiempo, ambas vuelven a reencontrarse en Madrid, su tierra natal, dispuestas a arreglar las cuentas pendientes y a dar continuación a esa portentosa historia de amores y odios que ha marcado su relación. El resto de personajes centrales lo completan Manuel (Féodor Atkine), el marido de Rebeca y gran amor de su madre en el pasado y Femme-Fatale (Miguel Bosé) un travestí que por las noches imita a a Betty y, por el día, es inspector de policía. Será él quien investigue el caso de Manuel cuando éste aparezca asesinado en su chalet.

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Mujeres al borde de un ataque de nervios

Siempre he respaldado la idea de que, si Andy Warhol viviera, una de sus películas de cabecera sería Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988). Es imposible no establecer conexiones entre la cinta que supuso la consolidación internacional del cineasta manchego con la obra del mítico artista estadounidense, creador del denominado pop art del que Almodóvar bebe en toda su filmografía, especialmente en esta película. Ambos creadores, poseedores de una irreverente y carismática personalidad, son maestros a la hora de imprimir a sus obras de su particular estilo, apostando por un espectáculo colorista basado en tonalidades vivas y una estética undergrown destinada a romper con todos los cánones artísticos y cinematográficos establecidos hasta la fecha; en definitiva, decantarse por un camino estético-visual tan poco explorado como decididamente novedoso. Para entenderlo a fondo, hay que enmarcar a la película, un alarde de ironía y originalidad, dentro del contexto de la movida madrileña; situarnos en las entrañas de la década de los 80, una auténtica época de transgresión y espíritu reivindicativo que aparece reflejada en la pantalla bajo el particular sello almodovariano

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Todo sobre mi madre

Marca la tradición que todo creador disponga su obra, más o menos extensa, una pieza realmente destacable. Los directores de cine no son una excepción. Y en el caso de Pedro Almodóvar esa obra eterna, insuperable y por la que siempre será recordado tiene un nombre: Todo sobre mi madre. A pesar de la contundencia de esta afirmación, no es una afirmación gratuita. Y, aún sabedor de que el manchego tiene una larga lista de 18 películas, de las que un buen puñado son obras maestras incontestables, sin duda es Todo sobre mi madre la que se abrió las puertas del director y guionista a nivel mundial.

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