Mujeres al borde de un ataque de nervios

Siempre he respaldado la idea de que, si Andy Warhol viviera, una de sus películas de cabecera sería Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988). Es imposible no establecer conexiones entre la cinta que supuso la consolidación internacional del cineasta manchego con la obra del mítico artista estadounidense, creador del denominado pop art del que Almodóvar bebe en toda su filmografía, especialmente en esta película. Ambos creadores, poseedores de una irreverente y carismática personalidad, son maestros a la hora de imprimir a sus obras de su particular estilo, apostando por un espectáculo colorista basado en tonalidades vivas y una estética undergrown destinada a romper con todos los cánones artísticos y cinematográficos establecidos hasta la fecha; en definitiva, decantarse por un camino estético-visual tan poco explorado como decididamente novedoso. Para entenderlo a fondo, hay que enmarcar a la película, un alarde de ironía y originalidad, dentro del contexto de la movida madrileña; situarnos en las entrañas de la década de los 80, una auténtica época de transgresión y espíritu reivindicativo que aparece reflejada en la pantalla bajo el particular sello almodovariano

La séptima película del realizador sirvió para confirmar un talento que ya resultaba evidente en anteriores producciones como ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) o La ley del deseo (1987). En esta ocasión nos ofrece un ejercicio de tragicomedia disparatada y regida en todo momento por un surrealismo extremo, en la línea de Luis Buñuel, cineasta que aquí aparece homenajeado de alguna manera al tomar como base argumental un grupo de mujeres que viven todo tipo de situaciones encerradas en un ático del que parece no poder salir, en la línea de El ángel exterminador (1962). Pero la gran virtud de Mujeres al borde de un ataque de nervios, más allá de sus referencias cinéfilas, es que se trata de una de las pocas películas del director capaz de despertar las simpatías tanto de detractores como de incondicionales de su cine, en particular, como del cine español en general. La razón más evidente sea porque quizá aquí Almodovar renuncia a su condición explícita – vista en, por ejemplo, La mala educación (2005) o La piel que habito (2011)- y prescinde de ese morbo en el que incurren algunos de sus trabajos, en ocasiones gratuito, y que se ha convertido en una de sus indiscutibles señas de identidad. El gran truco por el cual el film funciona es un divertido guión, depurado y rítmico, que no concede ni un minuto de respiro al espectador. 

 “Es mucho más fácil aprender mecánica que psicología masculina. A una moto puedes llegar a conocerla a fondo. A un hombre, jamás”. Esta ilustrativa frase pronunciada por Pepa sirve como excusa para hilvanar con la indiscutible capacidad de Almodóvar a la hora de conectar con la mentalidad femenina, de adentrarse en el cosmos que conforman   Pepa (Carmen Maura), Lucía (Julieta Serrano), Marisa (Rossy de Palma) y Candela (María Barranco), explorando ese sentimiento de pérdida que se apodera de ellas al ver marchar a los hombres a los que querían. Estamos, en este sentido, más que ante la crónica de una pérdida, ante una historia donde el género masculino no sale muy bien parado, ya que son ellos precisamente los que hacen sufrir a unas mujeres que saldrán reforzadas, regeneradas de este sufrimiento que a la larga se transforma en una útil lección de vida. Y aquí también Almodóvar demuestra ser un maestro: demuestra saber convertir, como pocos, un terrible drama como el que viven este cuarteto femenino en una de las comedias más antológicas de nuestro cine, donde todos y cada uno de sus personajes -femeninos y masculinos- ya forman parte de la cultura popular. 

A pesar de que se le puede reprochar de caer en el ridículo en algunas escenas -como en la de ese disco convertido en platillo volante, exagerado incluso para una película de Almodóvar-, no deja de ser cierto que en Mujeres al borde de un ataque de nervios cada plano está cuidadísimo, estudiado al milímetro. Así, es un lujo disfrutar de la película prestando atención a esa original dicotomía entre el color rojo y el azul; si nos fijamos, cada uno de ellos representa a una de las partes de la trama principal, oséase, la ruptura entre Pepa e Iván. Escenas como la de la cabina desde la que ella intenta ponerse en contacto con él por teléfono envuelta en un metafórico caparazón azul o esa cama -con edredón del mismo color- que termina ardiendo en llamas, poniendo sobre la mesa esos recuerdos que ya no volverán, son un buen ejemplo de una película que también pasará a la historia por su chispeante receta del gazpacho, símbolo puramente español: “Tomate, pepino, pimiento, cebolla, una puntita de ajo, aceite, sal, vinagre, pan duro y agua. El secreto está en mezclarlo bien”. Si a esto le añadimos un mambo-taxi, un esperpéntico informativo presentado por una anciana (Francisca Caballero, la madre en la vida real del director), un ático convertido en un zoológico, terrorismo yihíta, telefónos averiados, una amiga con tendencias suicidas, una portera testigo de Jehová, unos pendientes de cafetera que marcaron tendencia y, en definitiva, un cúmulo de casualidades formidable, el resultado es una obra imprescindible. 

Ganadora de 5 Premios Goya -incluyendo Película y Actriz-, de un total de 16 nominaciones, el film también se alzó con el premio al Mejor Guión en el Festival de Venecia y estuvo Nominada al Oscar como Mejor Película de habla no inglesa. Todo un mérito por el cual la carrera de Almodóvar despegó de forma inmediata. Pero no todo fueron triunfos: la cinta supuso la ruptura artística entre Carmen Maura y el manchego, que no volverían a trabajar juntos hasta dieciocho años después, en Volver (2006). Sí, sin duda Mujeres al borde de un ataque de nervios sería una de las películas favoritas de Andy Warhol. Más que nada porque ambos siempre serán dos de los artistas más influyentes, vanguardistas y rompedores de todos los tiempos. 

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12 pensamientos en “Mujeres al borde de un ataque de nervios

    • Yo también espero montar en ese taxi algún día! Revistas, golosinas, música ochentera… parece más bien un supermercado! jaja Gracias por el comentario y me alegro que te guste este clásico de nuestro cine!

  1. Bueno, yo nunca olvidaré la cafetera-earring y el mambo-taxi; a ningún otro director se le ocurría incluirlos en una de sus películas. ¡Ahí lo dejo!

    • Me quedo con una frase que me dijiste: “nadie hace lo que hace Almodóvar, por eso es un genio”. Pues eso. A nadie se le hubiera ocurrido meter a un taxista hortera en una película. Pero Almodóvar lo hace. Y triunfa.

  2. Me encantaría verla de nuevo después de tantos años. Recuerdo que tenía una copia en VHS cuando yo contaba unos 10 o 11 años y la veía una vez y otra….me tenían absorbida Carmen Maura y María Barranco, como hablaban, como respiraban y todo ese aire Warholiano como bien dices. Aún no sé pq me gustaba tanto verla pq no recuerdo ni el argumento pero que viciada!!! jeje

    • Creo que todos hemos visto esta película en VHS! jajaja, a saber donde estará ya la cinta de vídeo después de tantos años… de todas maneras de vez en cuando la ponen por la tele. Conviene verla cada cierto tiempo porque las risas están aseguradas, no importa las veces que la hayamos visto! Esa receta del gazpacho… es imposible de olvidar! 🙂

  3. Pablo, anoche la vi otra vez. Puntazo el de Maria Barranco con Banderas arreglando los animales y dice ella algo así: “ay estos conejos…comed nabos, que os gustan”. Y yo booom!! A saco!

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