Fuera de carta

Lo primero que pensé cuando tuve constancia de la existencia de Fuera de Carta (Nacho. G. Velilla, 2008), es que ya era hora de que el creador de las dos sit-com más influyentes de la historia de la televisión en España –7 vidas y Aída-, pudiese demostrar también su talento en la gran pantalla. Siguió así el ejemplo de Tom Fernández, también guionista de ambas series, que un año antes debutó con la estimable opera prima La torre de Suso (2007). Velilla, auténtico buque insignia de la comedia en nuestro país, pone al servicio de  Fuera de carta todo el ingenio y gracia de la que hizo gala en la pequeña pantalla, en una obra confeccionada para erigirse como remedio a todas las penas, como refugio a todos los males. El director y guionista explota esa máxima sagrada de la sit-com que obliga ofrecer un gag cada quince segundos para regalarnos una historia construida a base de tópicos, sí, con personajes que no escapan del cliché, también, pero en la que todo ello termina dando igual ante la búsqueda incesante de la carcajada que persigue, con rotundo éxito, el realizador.

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Volver

En la carrera de numerosos directores encontramos películas capaces de despertar las simpatías de hasta sus más férreos detractores. En el caso de Pedro Almodóvar ocurrió con Todo sobre mi madre (1999), para repetirse años después en Volver (2006), films que abren y cierran la etapa de absoluta madurez creativa de su autor. Incursión absoluta a los orígenes del propio Almodóvar, a esa fértil tierra manchega a la que pone todo su empeño en radiografiar y filmar con toda intensidad, Volver es un sentido homenaje de tintes autobiográficos no sólo a la cultura de Castilla La Mancha -su gatronomía, su gente, su esencia, sus desérticas llanuras, sus quijotescos molinos de viento, sus tradiciones-, sino a la propia España, a la que ilustra con gracia a través de elementos tan castizos y populares como el flamenco o, sin ir más lejos, la alegría. Sin embargo, lejos de ser un obstáculo, esto no empaña en absoluto una obra de decidida vocación universal: porque Volver desprende el aroma de la pérdida, pero también el del reencuentro; irradia culpabilidad, pero también redención; hay heridas del pasado, pero qué mejor escenario como el futuro para subsanarlas. Volver, está edificada sobre la muerte, sí, pero sabe a vida. 

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Los amantes pasajeros

“Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”. La advertencia explícita -y concienzudamente falsa- con la que Pedro Almodóvar abre Los amantes pasajeros (2013), esperado retorno a la comedia pura que el manchego abandonó hace 25 años con Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), nos lleva automáticamente a pensar que este espectáculo, que desde sus primeros compases lleva implícito la libérrima y purificadora personalidad de su autor, va a ser, en efecto, de todo menos casual. El director español en activo más importante en la actualidad demuestra que es una de las piezas angulares de la marca España, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, con una película que, aunque su máximo responsable se haya dedicado a negarlo por activa y por pasiva, radiografía un país tan sin rumbo y tan a la deriva como ese Airbus 340 en el que se desarrolla la acción; un metafórico escenario, pilotado por incompetentes e irresponsables, en el que Almodóvar confirma ser un maestro en eso de la historias corales, elaborando un nada fácil tejido narrativo en el que se entralazan, con mayor o menor protagonismo, la casi veintena de personajes -y sus circunstancias- a los que se va encargando de focalizar.

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Las chicas de la sexta planta

Tal vez resulte exagerado considerar a Las chicas de la sexta planta (Philippe Le Guay, 2010) como un documento histórico acerca de aquellas mujeres españolas que inmigraron a Francia para trabajar como criadas en casas de familias ricas -y, de paso, huir de un opresivo régimen y de una posguerra que parecía no tener fin-. Pero, de lo que no hay duda, es su capacidad para erigirse como una incuestionable pieza audiovisual, tan fidedigna como exenta de pretensiones, a la que recurrir para conocer a fondo el París de los años 60; un París cuyas familias aburguesadas y su castiza y envolvente atmósfera iban a protagonizar un auténtico choque cultural (un tema ya explorado en films como Intocable o Bienvenidos al norte) con esta riada de féminas típicamente españolas, de todas las edades, que marcharon hacia la capital de Francia en busca de un futuro mejor. En forma de retrato social, en la película están muy presentes cuestiones como la emigración -con Españolas en París (Roberto Bodegas, 1971) como referente más directo-, el siempre efectivo contraste entre ricos y pobres y la capacidad de afrontar la vida con positivismo hasta en las circunstancias más trágicas. 

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Yo, también

Todos los años, el 21 de Marzo se celebra el Día Mundial del Síndrome de Down, una ocasión especial para recordar a las personas afectadas con esta discapacidad. Y lo cierto es que, aunque este colectivo cada vez está más integrado en la sociedad -gracias sobre todo a la adaptación de un método de aprendizaje y a un clima de aceptación generalizado- aún existen muchos prejuicios entorno al asunto. Yo, también (Álvaro Pastor & Antonio Naharro, 2009) no sólo los desmonta todos y cada uno de ellos, sino que además refleja los impedimentos a los que todavía tienen que hacer frente estos discapacitados. Daniel (Pablo Pineda), el primer licenciado europeo con síndrome de Down, empieza a trabajar en la administración pública en Sevilla, donde conoce a su compañera Laura (Lola Dueñas). Con el paso de los días, ambos comienzan a entablar una relación cada vez más profunda que despierta la atención de sus compañeros de trabajo y familia; relación que se complicará en el momento en el que Daniel confiese a Laura que se ha enamorado de ella…

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