La la land

Ocurre de cuando en cuando. Y, cuando sucede, no cabe otra que celebrarlo. Estoy hablando de la película perfecta. Aquella a la que es (casi) imposible ponerle un “pero”. Me estoy refiriendo al que muchos califican como el musical del S.XXI y, sin duda, uno de los fenómenos cinematográficos  más importantes de los últimos años. Y lo más fuerte de todo es que, a la hora de escribir estas líneas, la cinta apenas lleva unos días en cartel. Tiempo más que suficiente para comprobar como La la land (2016) ha trascendido su condición de película para pasar a convertirse en un fenómeno social; no hay rincón del planeta en el que no se hable del tercer largometraje de Damien Chazelle, el aclamado director de Whiplash (2014). Como no soy de dejarme llevar por las opiniones mayoritarias, me dejé caer en una sala de cine dos días después del estreno de la película temeroso de que las expectativas disparadas -algo inevitable, después de leer y escuchar todo lo BUENO que se estaba diciendo del film en cuestión- no se cumplieran. Pero se cumplieron. La la land es una de esas bendiciones que agradecemos todos los amantes del cine. Un regalo. 

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Irrational man

Llega un punto en la vida de cualquier artista en el que éste ya no tiene que demostrar nada a nadie; ese punto en el que lo que piensen los demás, por decirlo de forma llana y coloquial, se la trae al pairo. A estas alturas de la película -y nunca mejor dicho-, después de 4 Oscar, 24 nominaciones y de haber dirigido una cinta por año durante algo más de cuatro décadas, Woody Allen se ha ganado el respeto de la crítica y el público a base de tesón, genialidad y su capacidad de hacer cine en mayúsculas. El cine de Allen se ha convertido en un género en sí mismo; cuando un espectador paga por ver una de sus películas sabe lo que va a ver: su público más fiel sabe incluso detectar que una película está firmada por él con solo visionar alguno de sus planos. Y cuando un director consigue algo tan difícil ya se puede retirar con la cabeza alta. Sin embargo Woody Allen ahí sigue, al pie del cañón con 79 años. Es cierto que en su cosecha hay obras mayores y menores -como en la filmografía de cualquier otro cineasta, ojo-, pero siempre defenderé la idea de que una película menor de Woody Allen sigue siendo una película por encima de la media. Es el caso de Irrational man (2015), segunda colaboración de Emma Stone con el genio neoyorkino tras Magia a la luz de la luna (2014), esta vez acompañada del animal escénico Joaquin Phoenix. 

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Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

En una época en la que los grandes estudios imponen cada vez con más frecuencia sus reglas a los cineastas o es el propio director el que se autocensura para resultar políticamente correcto, se agradece una película como Birdman (o la inesperada virtud de la ingorancia) (Alejandro González Iñárritu, 2014); una cinta que irradia libertad por cada uno de sus poros. El director de Biutiful (2010) hace, para entendernos, la película que le da la gana. Auténtico torrente de libertad creativa y artística, nadie puede negar este incuestionable mérito a la obra de Iñárritu. Dicho lo cual, ¿a qué se debe que me dejara más frío que el hielo? El principal problema de Birdman es que se cree más transgresora de lo que realmente es. Sin ánimo de restar valor a sus peripecias técnicas, a su intención de erigirse como un número visual continuo, recordemos que no es la primera vez que se rueda una película en un (falso o no) plano secuencia –La soga (Alfred Hitchcock, 1950), El arca rusa (Alexandr Sokurov, 2002)-, ni, ciñéndonos al plano narrativo, Iñárritu descubre nada del otro mundo hablando de la caducidad de la fama o la prepotencia de las estrellas de Hollywood, temas que ya abordaron, y con más maestría, cintas como El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950). 

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Magia a la luz de la luna

Al acumular un buen puñado de obras maestras a sus espaldas, siempre que Woody Allen estrena una película que no lo es, crítica y público coinciden en el mismo calificativo: “obra menor”, como si el ser una obra menor del neoyorkino, que desde 1982 cuenta con la peculiaridad de estrenar un film por año, fuese poca cosa. Está claro que Magia a la luz de la luna (2014) no es una película redonda, ni mucho menos, pero lleva grabada a fuego la esencia, el alma de Woody Allen en cada uno de sus planos. Y conseguir dotar de personalidad y estilo propio cada uno de tus trabajos y, encima, sin esfuerzo aparente como es el caso de Allen, es una cualidad sólo al alcance de los más grandes. El mayor atractivo de Magia a la luz de la luna es su encanto, su capacidad de ser disfrutada con una sonrisa en la boca -y algún que otro bostezo, dado su irregular arranque y algún que otro tramo arrítmico- aunque, mal que le pese a los incondicionales del cineasta, se ve tan rápido como se olvida. La nueva película de Allen te garantiza hora y media de satisfacción, pero le falta potencial para perdurar en el recuerdo como sí lo hizo su anterior film, Blue Jasmine (2013) u otros grandes títulos como Match Point (2004).

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The Amazing Spiderman 2

Más que por sus producciones de terror, por lo que siempre le estaré agradecido a Sam Raimi es por haber orquestado una trilogía tan rayana en lo sobresaliente como Spiderman. Experimentado cineasta, consiguió con ésta, para el que esto firma, la mejor saga de superhéroes hasta la fecha –incluyendo Spiderman 3, injustamente vilipendiada por la crítica a pesar de ser la más floja de las tres-. Pero cuando creíamos que el hombre araña ya tenía su saga definitiva, cinco años más tarde salta la noticia de que Marc Webb, director con una única película a sus espaldas –500 días juntos (2009)-, pilotará un reboot del famoso arácnido. La pregunta inmediata fue clara: ¿era necesario? Aunque, ante todo, admiré la valentía de un director que pasó de manejar reducidos presupuestos a amasar grandes cantidades -los algo más de 5 millones de su película indie Vs. los más de 200 millones de The Amazing Spiderman– y que tuvo la osadía de enfrascarse en un universo creativo sometido a las suspicacias de sus millones de fans, máxime cuando Raimi había dejado el listón tan alto.

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The Amazing Spider-Man

No era fácil embarcarse en la aventura de renacer una saga de un superhéroe tan mítico como Spider-Man, máxime cuando éste ya contaba con una extraordinaria trilogía dirigida por Sam Raimi. Pero Marc Webb arriesgó y ganó. Con The Amazing Spider-Man (2012) el director consigue uno de los blockbuster más contundentes y atípicos de los últimos años; lo primero, por su estratosférico presupuesto -200 millones de euros-, sus 136 minutos de duración y por su capacidad de quedar grabado en la retina del espectador. Lo segundo, porque se trata de una película de acción donde, precisamente, las escenas de acción no son las que más peso tienen -de hecho la primera escena entre Spider-ManEl Lagarto tiene lugar casi a la hora y media de función-, algo que, por otro lado, puede desagradar a quien esperara algo diferente. Pero Webb se mantiene fiel a la esencia de los cómics, tal y como hizo en su día Raimi; porque Spider-Man es mucho más que la lucha contra héroes y villanos. Es la historia de Peter Parker (Andrew Garfield), un adolescente de 17 años que saca buenas notas y que vive enamorado de su compañera de clase Gwen (Emma Stone), personaje que es rescatado después de que Bryce Dallas Howard lo interpretara en Spider-Man 3 (2007). Tras enfrentarse a la desaparición de sus padres, pasará a vivir con sus tíos May (Sally Field) y Ben (Martin Sheen). No obstante, su vida dará un giro radical cuando, por un lado, descubra un maletín perteneciente a su padre que le llevará a relacionarse con el peligroso Dr. Curt Connors (Rhys Ifans) y, por otro, cuando su tío Ben sea asesinado.

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