Madre amadísima

Madre amadísima (Pilar Tavora, 2009) es una película valiente. Además, y aunque esto no aparezca especificado en ningún momento de la misma, es una triste historia basada en hechos reales. Su protagonista, un homosexual reprimido en la época del franquismo, es un personaje colectivo en el que muchos podrán reconocerse y, los que no, fácilmente identificarán en su entorno alguien similar. La vocación universal de este arriesgado ejercicio fílmico del segundo trabajo de la directora tras Yerma (1999), adaptación de una obra de teatro de Santiago Escalante, está fuera de toda duda. Pero es que, encima, si Tavora no hubiese rodado Madre amadísima alguien habría tenido que hacerlo: pocos ejemplos existen de cine social con tanta vocación de poner los puntos sobre las íes, de repartir justicia y de (¡por fin!) llamar a las cosas por su nombre. Sin manifestar conjeturas políticas ni atisbos ideológicos, el film sorprende por su imparcialidad, por criticar tanto al bando nacional -esa dictadura recalcitrante que asfixia al protagonista y le fuerza a vivir a escondidas- como a la izquierda, tal y como se desprende de esa ilustrativa escena en la que el protagonista no puede alistarse en el Partido Comunista por ser afeminado.

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Los santos inocentes

¿Puede una película diseccionar una de las etapas más oscuras de la Historia reciente de España con una autenticidad pasmosa?; ¿Es posible que el reflejo del régimen franquista nos cubra de tanta impotencia que acabe por removernos en el asiento?;¿Realmente la adaptación cinematográfica de una novela puede no sólo estar a la altura de la misma, sino superarla? Se puede, si la película se llama Los santos inocentes (1984) y está dirigida por un intelectual de la talla de Mario Camus, consagrado un año antes con el Oso de Oro en el Festival de Berlín por La Colmena (1982), la otra gran obra maestra de su filmografía y por la que consiguió el reconocimiento nacional e internacional. Ambientada en los latifundios de los años 60, reflejo de España negra y rural de la que habla la acción, estamos ante un nada complaciente retrato de un país sometido por un poder cuya ambición no conocía límites, cuyo afán por pisotear a las clases bajas aún sigue sin casar con el sentido común. Todo ello queda expuesto con suma claridad y de forma nada condescendiente en una joya que pone de relieve el cinismo y la altivez con la que las clases adineradas, muchas comulgantes con el régimen, sometían a un pueblo oprimido y sin futuro. 

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Las 13 Rosas

Además de demostrar que es uno de los directores más polivalentes del panorama español -tras aprobar con notar en la comedia con títulos como Amo tu cama rica (1991) o en el género musical –El otro lado de la cama (2002) y Los dos lados de la cama (2005)- Emilio Martínez Lázaro demostró con Las 13 Rosas (2007), que es uno de los realizadores más comprometidos con la historia de nuestro cine. Ambientada en la guerra civil española -un contexto que generó infinidad de desgracias tan dignas de ser contadas como la que retrata esta película-, Lázaro elabora un arriesgado ejercicio de homenaje cinematográfico al llevar a la pantalla la grande la historia de un grupo de jóvenes mujeres que fueron condenadas a la pena de muerte por el Tribunal Militar del Franquismo. Un argumento, que evoca a la posterior, La Voz Dormida (Benito Zambrano, 2011) y en el que el director se rodea, al igual que en la mencionada obra del sevillano, de un solvente cast femenino, en el que sobresalen Nadia de Santiago, Marta Etura, Verónica Sánchez y, muy especialmente, Pilar López de Ayala. El personaje de ésta última, además, se alza como fundamental en el relato, puesto que, católica y en contra de la República, es vital para contrastar el prisma de imparcialidad del film.

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La voz dormida

Cada vez que en España se estrena una película ambientada en la Guerra Civil diversos colectivos -especialmente los conservadores o los relativos a la extrema derecha- tiemblan. Mientras que otros pueblos, como el americano o el francés, respetan su Historia, aquí parece que cada vez que un director ofrece, con toda la legitimidad del mundo, su visión sobre uno de los hechos históricos más relevantes del último siglo en nuestro país, se toma cuanto menos como una ofensiva. ¿Por qué? Como prefiero no pensar que el motivo principal son ciertas reminiscencias del franquismo, pasemos a analizar La voz dormida (Benito Zambrano, 2011), la adaptación de la novela homónima de Dulce Chacón, que viene a sumarse a la larga lista de películas ambientadas en los convulsos años de la posguerra española. La obra enfoca su atención en esas valientes mujeres que sufrieron la represión y la barbarie franquista. Se sitúa así, por tanto, en la misma división en la que ya jugaron títulos de temática similar como Las 13 Rosas (Emilio Martínez Lázaro, 2007) o Libertarias (Vicente Aranda, 1996). Con guión del propio director, en colaboración de Ignacio del Moral -la autora del libro original no pudo colaborar debido a su fallecimiento en 2003-, La voz dormida es una película que, por su permanente y firme compromiso con la realidad, despertará tantos odios como admiraciones: mientras algunos la acusarán de remover un pasado que (aseguran) ya cicatrizó, otros -entre los que me incluyo-, verán en ella una oportunidad perfecta para conocer más a fondo un suceso capital de nuestra historia reciente, desde una óptica imparcial.

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Muerte de un ciclista

Aunque sea un apellido que despierte tanta aversión como simpatía, lo cierto es que hablar de la familia Bardem es hablar de la lucha por las causas justas y por las desigualdades sociales. No me refiero sólo a Javier Bardem -el miembro del clan, sin duda, más internacional- y de sus proclamas en contra de la guerra de Irak o su persistente lucha a favor del pueblo saharaui. Medio siglo antes, su tío Juan Antonio Bardem -hijo también de actores- ya había usado su condición de director de cine para denunciar un régimen putrefacto que se cebaba con los habitantes de la España de provincias de mediados de la década de los 50. Así lo demostró en sus dos obras maestras -dejando al margen a Nunca pasa nada (1963)-: Calle mayor (1956) y Muerte de un ciclista (1955). Usando como telón de fondo esa flagrante desigualdad social entre las gentes adineradas, la burguesía, y el español de a pie, mucho más humilde, el comprometido cineasta construye una coproducción entre España e Italia cuyo motor es el sentimiento de culpa que se apodera de MªJosé (Lucía Bosé) y Juan Fernández Soler (Alberto Closas), dos jóvenes amantes que, tras uno de sus furtivos encuentros, atropellan y matan con su coche a un ciclista. Sin pensárselo dos veces, deciden huir del lugar del suceso y ocultar la tragedia. El joven profesor de Universidad intentará calmar a su bella acompañante con un “nadie nos ha visto”. ¿Nadie?

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¡Bienvenido, Míster Marshall!

Con la voz en off del narrador omnisciente Fernando Rey da comienzo ¡Bienvenido Míster Marshall! (Luis García Berlanga, 1953), una de las películas más emblemáticas de la historia de nuestro cine. Durante los casi diez primeros minutos de función esta ilustrativa voz en off no sólo nos muestra el lugar donde desarrollará la acción, ese pueblo alejado de la mano del hombre, Villa del Río, consumido por una extrema pobreza, sino también a sus carismáticos habitantes. En su primera película dirigida en solitario -tras codirigir junto a Juan Antonio Bardem Esa pareja feliz (1951)-, Berlanga empezó a demostrar su condición de espíritu creador libre, además de evidenciar que se trataba de uno de los cineastas que más varapalos y azotes propinó al franquismo, un régimen al que consiguió engañar disfrazando esta corrosiva mirada de la miseria de la época en forma de sutil, agradable y costumbrista comedia. Así, las autoridades no sólo no censuraron la película, sino que además la dejaron participar en festivales internacionales de cine como el de Cannes, donde consiguió el Premio Especial del Jurado y a partir de lo cual la película pasó de convertirse en un sonoro fracaso en taquilla a despegar notablemente.

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