La forma del agua

El término de “obra maestra” es todo un tópico entre los que nos dedicamos a escribir críticas de cine, pero es que realmente no existe otra palabra que defina lo que es “La forma del agua” (2018), la última película de Guillermo del Toro. Un trabajo con unos estándares de calidad tan altos que supera a los dos títulos más emblemáticos de su director: El laberinto del fauno (2006) y El espinazo del diablo (2001), por lo que estamos hablando de la mejor película de la filmografía del director mexicano. En su obra cumbre -y también la más personal-, Del Toro se sirve de la fábula clásica de la mujer enamorada del monstruo, aunque en un acto de valentía sin precedentes el director va un paso más allá y abraza sin ningún tipo de pudor la sexualidad, la cual está aquí muy presente. Al fin y al cabo el amor y el sexo van cogidos de la mano, por lo que el hecho de que Del Toro muestre a los 5 primeros de película cómo la protagonista se masturba en la bañera -sin regodearse en ello en ningún momento, eso sí- o como los enamorados hacen el amor, es digno de admiración. 

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Call Me by Your Name

Hay películas que sólo se pueden disfrutar -y entender- si se dispone de la sensibilidad y la inteligencia necesarias para ello. Call Me by Your Name (2017), el último trabajo de Luca Guadagnino, uno de los directores claves del cine europeo contemporáneo, es una buena muestra de ello. Auténtica catedral de sensaciones e inabarcable templo de emociones, los 130 minutos que conforman este trabajo que desde el mismo momento de su estreno se convirtió en un título de culto son pura poesía visual y verbal. Estamos ante una de esas rarezas que de cuando en cuando llegan a la cartelera; entiéndase el término rareza como una de esas películas tan perfectas a todos los niveles que cuesta creer que sean de verdad. Que existan. Es bastante complicado, por no decir imposible, encontrar el más mínimo defecto a esta película que habla como muy pocas han hablado antes del paso del tiempo, de la fugacidad del primer amor, del deseo, la pasión o del dolor, la impotencia y la frustración que acarrea la pérdida. Temas lo suficientemente universales, todos ellos, para que algunos se limiten a calificar esta película como “una película de temática gay”, sin más. Y, aunque es cierto que estamos ante una de las historias de amor homosexuales más lúcidas que se han visto en pantalla grande en mucho tiempo, reducir todo su potencial a una “historia gay” es, además de simplista, injusto.

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El amante doble

Una de las señas de identidad más características del cine de François Ozon es su admirable equilibrio entre lo genial y lo ridículo. Este hecho, lejos de ser un argumento para atacarle, es la pasta de la que están hecha los más grandes autores y directores de cine. La pasmosa facilidad con la que Ozon construye escenas que no sabes si catalogar como geniales o directamente de tomadura de pelo son constantes en su filmografía, y el que esto escribe no tiene ningún pudor en calificarlas de geniales. Sí: soy un ferviente admirador de este director francés, al que descubrí de forma tardía -con la inmejorable En la casa (2012)-, y me ha ido conquistando con cada nuevo trabajo, especialmente con Joven y bonita (2013) y Una nueva amiga (2014). Por eso me duele especialmente tener que hablar mal de El amante doble (2017), el primer gran tropiezo de su extraordinaria trayectoria. Se me antoja imposible defender con argumentos sensatos y coherentes una película tan plana, absurda, vacía y terriblemente aburrida como esta, un extraño e imposible híbrido entre thriller erótico, romance y traumas existenciales aderezados con mezcla de realidad y ficción. Duele reconocerlo, pero es así: no hay por donde coger El amante doble, una película en la que es imposible no perderse. Hasta el espectador más avispado saldrá del cine con la sensación que la han tomado el pelo. 

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La la land

Ocurre de cuando en cuando. Y, cuando sucede, no cabe otra que celebrarlo. Estoy hablando de la película perfecta. Aquella a la que es (casi) imposible ponerle un “pero”. Me estoy refiriendo al que muchos califican como el musical del S.XXI y, sin duda, uno de los fenómenos cinematográficos  más importantes de los últimos años. Y lo más fuerte de todo es que, a la hora de escribir estas líneas, la cinta apenas lleva unos días en cartel. Tiempo más que suficiente para comprobar como La la land (2016) ha trascendido su condición de película para pasar a convertirse en un fenómeno social; no hay rincón del planeta en el que no se hable del tercer largometraje de Damien Chazelle, el aclamado director de Whiplash (2014). Como no soy de dejarme llevar por las opiniones mayoritarias, me dejé caer en una sala de cine dos días después del estreno de la película temeroso de que las expectativas disparadas -algo inevitable, después de leer y escuchar todo lo BUENO que se estaba diciendo del film en cuestión- no se cumplieran. Pero se cumplieron. La la land es una de esas bendiciones que agradecemos todos los amantes del cine. Un regalo. 

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La cumbre escarlata

Érase una vez una terrible mansión que guardaba un montón de oscuros secretos; una terrorífica construcción en donde los fantasmas campaban a sus anchas. Este escenario, de nombre Allerdale Hall, es el escogido por Guillermo del Toro para desarrollar la acción de La cumbre escarlata (2015), una película cuyo guión llevaba guardado en un cajón desde que finalizara el rodaje de El laberinto del fauno (2006), hace casi diez años. Ambientada en la Inglaterra del siglo XIX aunque rodada en Canadá, la nueva apuesta del director de Pacific Rim (2013) o El espinazo del diablo (2001) se puede interpretar como una declaración de amor hacia uno de los estilos literarios favoritos del autor: el romance gótico clásico. Lástima que dicho homenaje, este compromiso pendiente que Del Toro tenía con la pantalla grande con este género, esté muy por debajo de las expectativas creadas y, sobre todo, de las capacidades del aclamado cineasta. Y es que cuesta imaginar un espectáculo audiovisual tan torpe, reiterativo y plano como es La cumbre escarlata. Lo peor no es que no cuente nada -al menos durante su primera hora, terriblemente aburrida-, lo más grave es que incluso parece vanagloriarse de ello. Y el bostezo, claro, no tarda en aparecer.

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Suite francesa

Suite francesa (Saul Dibb, 2014) es una película que lo tenía todo para ser un espectáculo poderoso y un romance épico perdurable pero que, por la desgana con la que parece estar rodada, no pasa de ser un triste telefilm de sobremesa. Un telefilm, eso sí, envuelto en una elegante factura para que parezca mucho más interesante de lo que es. ¿Cuál es el motivo de tamaño desatino? A la evidente falta de interés o talento del director por trasladar la novela autobiográfica de Irène Némirowsky a la gran pantalla, se suma una puesta en escena más fría que el hielo y una realización plana y monótona; aspectos que, junto a un guión que no arriesga lo más mínimo, convierten el visionado de esta película en una experiencia soporífera. Pierdo la cuenta de las veces que me remuevo en la butaca o que consulto el reloj en esta obra que consigue aburrirme hasta la extenuación con sólo sus 5 primeros minutos. Un comienzo caótico que, en efecto, hace presagiar que lo peor está por venir: las sospechas de absoluta falta de ritmo, de emoción, de pasión y de todo lo que haga al espectador implicarse lo más mínimo con el relato se van confirmando conforme se va consumiendo el metraje. 

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Sexo fácil, películas tristes

Tras una curtida carrera como guionista –Vientos de Agua, Séptimo (Patxi Amezcua, 2013)-, y haber dirigido el cortometraje Vivir de negro (2010), Alejo Flah da el salto al largometraje con la romántica Sexo fácil, películas tristes (2015). Y lo cierto es que el realizador y guionista argentino no defrauda. Opera prima que bebe de títulos de cine indie americanos como Ruby Sparks (Jonathan Dayton & Valerie Faris, 2013) o 500 días juntos (Marc Webb, 2009), esta coproducción entre España y Argentina es una obra llena de encanto, de esas películas que en su mayor parte del tiempo se disfruta con una sonrisa. Aunque peca de cierta falta de impronta autoral y se echa en falta más riesgo en su realización, algo plana y televisiva, Flah construye la historia con buena caligrafía y teniendo siempre muy claro lo que quiere contar, algo especialmente remarcable al no ser éste último un atributo fácil de encontrar en los directores noveles. 

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Cenicienta

Los recientes éxitos de Alicia en el país de las maravillas (Tim Burton, 2010) y Maléfica (Robert Stromberg, 2014) -unido a la aguda crisis creativa de Hollywood- han reavivado la fiebre por las adaptaciones a imagen real de grandes clásicos de la factoría Disney. El último ejemplo es Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015), probablemente uno de los títulos de dibujos animados más difíciles de convertir en carne y hueso. La jugada, no obstante, le ha salido redonda al director de Mucho ruido y pocas nueces (1993) o Frankenstein de Mary Shelley (1994), que logra una adaptación con entidad propia sin nada que envidiar a su referente animado. El principal enemigo que sortea la película es la previsiblidad: todos nos sabemos el cuento de memoria y, por tanto, nos anticipamos a lo que va a ocurrir antes de que ocurra. Punto por punto. Y sin embargo, lejos de ser este un problema, se convierte en una virtud al ver cómo Branagh tira de ingenio para transformar en acción real momentos especialmente complicados, como la cómplice relación que la protagonista entabla con sus amigos los ratones o el emblemático momento de las 12 campanadas.

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Amigos de más

Cuando una comedia romántica no pierde un ápice de elegancia tras la pirueta, aparentemente suicida, de mostrar a sus protagonistas manteniendo una conversación acerca de la cantidad de heces que determinadas personalidades acumulaban en su intestino a la hora de morir, es que la cosa funciona. Es lo que sucede con la canadiense Amigos de más (Michael Dowse, 2013), deliciosa cinta inspirada en la también encantadora 500 días juntos (Marc Webb, 2009) en gran medida por sus entrañables matices fantásticos. Si estos rasgos distintivos venían de la mano de Joseph Gordon-Levitt cantando sin ton ni son en mitad de un parque en el film de Webb, aquí son las creaciones pictóricas de la protagonista, revoloteando en pantalla en momentos concretos, las que aportan ese meditado rasgo diferenciador. Lo curioso es que, a pesar de estas pinceladas surrealistas, la película nos gana desde el primer minuto por su constante apego a la realidad. Desde sus protagonistas, lejos del canon de belleza al que históricamente se han aferrado las producciones del género -que hace que los reconozcamos como alguien cercanos, de carne y hueso-, hasta la importancia de los temas tratados -fidelidad, tenacidad, ilusión-, todo en Amigos de más está orientado a buscar la complicidad con el espectador exigente. 

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Perdona si te llamo amor

A menudo me preguntan qué considero una mala película y mi respuesta siempre es la misma: una mala película es aquella que no cumple con lo que promete. O, dicho de otro modo, que engaña. Con esta tesis bajo el brazo, Perdona si te llamo amor (Joaquín Llamas, 2014), un trabajo que ofrece exactamente lo que uno espera de él, está lejos del desastre en el que algunos críticos la han situado. Quizá no han sabido ver su máxima virtud: que no intenta dar gato por liebre. Máxima expresión del cine sin complejos, estamos ante una historia de amor dirigida a los fans de las historias de amor. Adaptación de la tercera novela homónima del exitoso escritor italiano Federico Moccia, Perdona si te llamo amor ya contó en 2008 con una versión en su país de origen. En esta ocasión, el novel Joaquín Llamas, director curtido en televisión gracias a su trabajo en series como Tierra de Lobos o Acusados, reemplaza las calles de Roma por las de Barcelona -con todo el acervo cultural que eso conlleva-, aunque sigue conservando el espíritu del libro original: la alegría contagiosa, las ganas de sentirse libre. De vivir un amor, en definitiva, al margen de convenciones sociales. 

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La letra escarlata

A excepción de Ghost (Jerry Zucker, 1990), película por la que se convirtió en una de las actrices más cotizadas del Hollywood de los 90, Demi Moore pocas veces ha vuelto a gozar del favor de la crítica, que nunca ha tenido piedad en atacar -en ocasiones de forma especialmente vil- todos y cada uno de sus trabajos. ¿Los motivos? Principalmente que la actriz, más que desarrollar sus dotes interpretativas, se dedicaba de alimentar su imagen de mito erótico -beneficiada por su espectacular físico- en películas de medio pelo. Títulos como Acoso (Barry Levinson, 1994), Una proposición indecente (Adrian Lyne, 1993) o la infumable Striptease (Andrew Bergman, 1996) dieron alas a sus detractores en condenar a una intérprete que, siendo justos, nunca ha sido tan mala como la pintan y que, en realidad, cuenta con varios buenos títulos en su haber. Es el caso de La letra escarlata (Roland Joffé, 1995), remake de la película que Win Wenders dirigió en 1973 y que adapta muy libremente la novela homónima de Nathaniel Hawthorne; una historia que, además, nos regala uno de los personajes femeninos más icónicos de la historia del cine: la aguerrida y transgresora Hester Prynn. 

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Por un puñado de besos

Estupor generalizada en el pase de prensa en el Festival de Málaga de Por un puñado de besos (David Menkes, 2014), la primera película dirigida en solitario por el madrileño. Séptimo largometraje del director, tras separarse de su hasta ahora pareja artística Alfonso Albacete -con el que dirigió su último trabajo, la taquillera Mentiras y gordas (2009)-, la película recibió todo tipo de calificativos. O, más bien, improperios: que si provocaba la risa involuntaria en momentos supuestamente dramáticos, que sus diálogos rozaban la vergüenza ajena o que, simplemente, era una película indigna para un festival de esas características. La mayoría del público la abucheó y la crítica la destrozó. Hubo quien, incluso, acusó a TVE y Telemadrid, principales productoras de la cinta, de financiar una película de tan ínfima calidad, máxime cuando ambas televisiones públicas se encuentran al borde de la quiebra. Una carta de presentación que no es, está claro, la mejor carta de presentación para una película que, haciendo de abogado del diablo, me dispongo a defender. Y no porque no me parezca que tenga cosas malas, que las tiene, sino porque presenta una retahíla de virtudes lo suficientemente meritoria para salvarla de esa quema a la que la prensa especializada ha arrojado sin piedad. 

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