Antes del anochecer

Quién iba a imaginar hace casi veinte años, cuando Celine (Julie Delpy) y Jesse (Ethan Hawke) se conocieron en Viena, que se estaba dando el pistolezo de salida a la que más tarde se convertiría en una de las love story -por capítulos- más atípicas e idolatradas de todos los tiempos. Sucedía en Antes del amanecer (1995), film que no hizo mucho ruido en su estreno pero que, con el tiempo, se fue convirtiendo en un título de culto para un nutrido grupo de espectadores que cayeron rendidos a su carácter original y minimalista. Fue precisamente la presión originada por los fans -mucho más que su escaso rendimiento en taquilla-, lo que propició una dignísima secuela: Antes del atardecer (2004), en la que se narraba el reencuentro de los protagonistas en París nueve años después. Nada hacía presagiar que, casi una década más tarde, el mismo trío artístico -actores principales y director, autores nuevamente del guión tras la segunda parte- fuesen a encarar la ¿última? entrega de la saga. Y lo hacen, como de costumbre, tomando como materia prima principal la inteligencia de un guión ofuscado en retratar a estos otrora inocentes jóvenes en plena etapa de madurez. Ahora ya no sueñan con cambiar el mundo, ha sido el mundo el que más bien les ha cambiado a ellos.

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Buscando un beso a medianoche

Si uno ama de verdad el cine, con todo su corazón y con la suficiente pasión, a la fuerza hará una buena película“. La ilustrativa frase con la que Quentin Tarantino explicó, en los extras de la edición en DVD de Reservoir Dogs (1992), la principal receta para hacer cine, parece haber sido aplicada por Alex Holdridge en su obra Buscando un beso a medianoche (2007). Buque insignia del cine independiente de la última década, hasta el punto de competir en más de 20 festivales de todo el mundo, incluido el de Gijón, este soplo de aire fresco podría encuadrarse en esas producciones que han dignificado al género romántico en los últimos años. Tras disfrutarla, es fácil que uno la engrose en la misma lista de 500 días juntos (Marc Webb, 2009), Bon Appétit (David Pinillos, 2010) o Two Lovers (James Grey, 2008). Aunque no llega al nivel de perfección formal de este trío invencible, ni tampoco atesora ninguna escena que la haga especialmente memorable, sería injusto negar a Buscando un beso a medianoche su capacidad para conectar con el espectador a través de un romance que no es más que un mero pretexto para radiografiar su tema central: el miedo a la soledad.

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Deliciosa Martha

Desde Como agua para el chocolate (Alfonso Arau, 1992) hasta Chocolat (Lasse Hallström, 2000) pasando por 18 comidas (Jorge Coira, 2010) o Bon Appétit (David Pinillos, 2010). No cabe duda que el terreno gastronómico ha servido de fuente de inspiración a numerosos directores que han conjugado, con mayor o menor tino, dos artes tan fascinantes como cocina y cine. Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2000) forma parte de esta lista, en la que sobresale gracias a su férrea personalidad y por saber mantener el tono elegante y sofisticado de principio a fin. Sin llegar a ser una gran película, y a pesar de presentar serias carencias, esta historia acerca de una reputada chef (Martina Gedeck) que, de golpe y porrazo, deba hacerse cargo de su sobrina después de que su hermana fallezca en un accidente de coche, demuestra saber distanciarse del envoltorio de típica comedia romántica bajo el que se nos ha presentado. Paradigma de hasta qué punto el ser humano debe reponerse con lucidez a los (arbitrarios) caprichos del destino, Deliciosa Martha se adentra en el proceso de evolución interior de la protagonista. A ello contribuye, además de la llegada de su sobrina, su compañero de trabajo italiano (Sergio Castellito); personajes que harán tambalear su hasta ahora monótona existencia, descubrir que hay vida más allá. 

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Sucedió una noche

Doce años antes de quedar consagrado con ¡Qué bello es vivir! (1946), Frank Capra filmó la que fue la película más premiada de su carrera y la primera en la Historia del Cine en conseguir los 5 Oscar principales: Película, Director, Actriz, Actor y Guión Adaptado. Sucedió una noche (1934) logró una hazaña que, en efecto, no se repetiría hasta Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975) y, más tarde, con El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). Título imprescindible de la comedia de la década de los 30 y una de las primeras road movies jamás filmadas -por el hecho de que su pareja protagonista, encarnada por unos soberbios Clark Gable y Claudette Colbert, se pasen toda la película viajando de un lugar a otro-, lo más destacable de la tremendamente atemporal Sucedió una noche es el hecho de no haber perdido ni un ápice de frescura ni de comicidad con el paso de los años. Capra recubre la película de tintes de alocada comedia romántica -o screwball comedy– con brochazos de melodrama y crítica social, pero siempre dejando un poso de alegría, de ese optimismo y felicidad transversal que caracterizaron estas producciones. 

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Ruby Sparks

Tras el enorme campanazo mundial que supuso Pequeña Miss Sunshine (2006), uno de esos sleeper cuya frescura y  magnetismo permanece impasible al paso del tiempo, no era fácil para sus directores enfrentarse a un nuevo proyecto cinematográfico. El listón estaba por las nubes y tanto Jonathan Dayton como Valerie Faris sabían que las más exigentes miradas del mundo del cine estaban puestas en su segundo largometraje. Con estas altas expectativas llegó Ruby Sparks (2012), la confirmación de que el matrimonio sigue manejando las reglas del cine tan bien como en su citada opera prima. Si bien es cierto que no alcanza las cotas de perfección ni golpea las conciencias de forma tan contundente que en el cuento de esa niña que quería ser modelo, Ruby Sparks se trata de la confirmación de que lo que caracteriza al cine de este férreo tándem artístico es, además de por su capacidad de dejar un poso irrefrenable de ternura y un excelente sabor de boca -algo sólo al alcance de muy pocos-, el abismal componente de humanidad y pulcritud que hay en cada uno de sus trabajos.

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Casablanca

Obra cumbre de la historia del cine y uno de los títulos que mejor refleja la confrontación entre el sentimiento amoroso y el  netamente patriótico, el espíritu de Casablanca (Michael Curtiz, 1942) sigue más vivo que nunca a los 70 años de su estreno. Confeccionada con el material con el que se tejen las obras eternas, inmortales, estamos ante un poderoso romance ambientado en la convulsa época de la Segunda Guerra Mundial cuyo título hace referencia a la ciudad portuaria marroquí donde los miembros de la Resistencia contra el régimen alemán se refugiaban intentando huir del nazismo; uno de estos miembros es Victor Laszlo (Paul Henreid), cuya mujer, Ilsa (Ingrid Bergman) mantuvo un romance en el pasado con Rick Blaine (Humphrey Bogart), el administrador del local nocturno más famoso de Casablanca, el Café de Rick. Ambos integran un triángulo amoroso marcado en todo momento, además de por su carácter imprevisible –realzado por ese antológico y subversivo final, desafiante a los cánones románticos de la época, auténtica apología del idealismo por encima de todo-, por una intensidad dramática de muchos kilates.

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Pollo con ciruelas

La contención y posterior explosión de emociones sostienen los andamiajes de Pollo con ciruelas (Marjane Satrapi & Vincent Paronnaud, 2011), adaptación de la novela gráfica homónima de la propia directora, también ilustradora de éxito. Ambientada en el Teherán de los años 50, esta tragicomedia recupera la estética del cine de esta década para ofrecernos un relato acerca del poder del recuerdo, de la pérdida y del amor más allá de los infortunios del destino. Los directores de Persépolis (2007) construyen una amarga fábula que, disfrazada de tintes posmodernos y surrealista, no es más que una tragedia griega clásica pura y dura. Tras mantener una airada discusión con su esposa y descubrir que su apreciado violín está roto, el prestigioso músico Nasser Ali Khan (Mathieu Amalric) se refugia en la soledad de su habitación donde, al tiempo que hace un exhaustivo balance de su vida, plantea suicidarse. La película, pues, esbozará la radiografía de los hechos más significativos de su existencia y, sobre todo, qué es lo que verdaderamente ha llevado a este artista a tomar semejante decisión. 

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El amigo de mi hermana

Son tan pocos las películas perfectas que nos regala el cine que, cuando esto ocurre, no cabe sino celebrarlo. Si además esta producciones, redondas hasta el punto de que no cambiaríamos ni un ápice su diseño, nacen en el seno de la comedia romántica, el motivo de satisfacción es doble. El amigo de mi hermana (Lynn Shelton, 2011) es uno de estos títulos. La directora filma, con determinación y creyendo firmemente en su sólida propuesta, una película se desmarca por completo de los típicos cánones de la comedia romántica USA que, salvo en contadas ocasiones, tanto daño ha hecho al buen cine. El nuevo largo de una de las directoras más a tener en cuenta de los últimos años es un relato sincero, pulcro y honesto que, como los mejores clásicos instantáneos, perdurará en el tiempo. Y lo hará gracias a que, por encima de cualquier otro aspecto, está respaldada por una buena historia en la que, junto con algunos de los gags más divertidos que el que esto firma es capaz de recordar, se conjugan soledades, frustraciones, miedos y desesperanzas. Al final, lo que queda no es una comedia romántica al uso, sino un proyecto al que Shelton se empeña, originalidad aplastante mediante, dar una vuelta de tuerca a un género agonizante introduciendo un fondo dramático y reflexivo al que no estamos acostumbrados. 

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Seis puntos sobre Emma

Quién le iba a decir a Verónica Echegui, aquella intérprete que nos sorprendió a todos con esa obra tan bizarra como realista de nombre Yo soy la Juani (Bigas Luna, 2006) iba a convertirse en uno de los rostros más imprescindibles y camaleónicos del cine español. Pero, por si alguien tiene alguna duda de esta incontestable realidad, no tiene más que ver Seis puntos sobre Emma (Roberto Pérez Toledo, 2011), una obra en la que Echegui no sólo ofrece un recital interpretativo a la altura de las grandes -tanto psicológico como, especialmente, físico-, dando viva a una invidente, sino que es ella -y su propio viaje emocional- los que sostienen una película que derrocha humanidad por los cuatro costados. Y es que la mirada que ofrece el cortometrajista canario en su primer largometraje sobre el mundo de los incapacitados es una visión muy alejada del drama convencional, donde, como ya ocurriese en la superior Yo también (Alvaro Pastor & Antonio Naharro, 2009), bascula entre los ingeniosos golpes de humor y el drama que le sirve como telón de fondo, impregnando al conjunto de gran ternura. 

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Cuando Harry encontró a Sally

Paradigma de las películas que abordan el eterno conflicto de la guerra de sexos, Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner, 1989), es uno de los más finos y hábiles retratos que se hicieron de las relaciones de parejas en la década de los ochenta, tomando como referente a las comedias de Woody Allen de esos años. Con el paso del tiempo, lo más recordado de la película es la escena del restaurante -quizá donde Meg Ryan, sin quererlo, dio el pistoletazo de salida en su carrera por alzarse con el título de Novia de América, poco antes de que Julia Roberts pegara un carpetazo con la incombustible Pretty Woman (Garry Marshall, 1990)-, aunque un servidor prefiere quedarse con unos diálogos, frenéticos y acelerados, que son la auténtica base del film. El guión, en efecto, uno de los más inteligentes dentro del género de la comedia romántica -viéndose recompensado con una Nominación al Oscar-, nos narra los conflictos que surgen en una pareja desde el instante de conocerse hasta el día de la boda, que es donde la ficción decide bajar el telón. Así, resultan imprescindibles los momentos en los que Harry (Billy Cristal) y Sally (Ryan) debaten acerca sobre si es posible mantener una amistad con alguien del sexo contrario unos instantes después de conocerse, o esa otra escena donde hablan acerca de sus fantasías sexuales.

 

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El diario de Noa

Consagrada por una incontable legión de fans como uno de los máximos paradigmas del cine romántico de los últimos tiempos, no cabe sino considerar a El diario de Noa (Nick Cassavetes, 2004) como un imperecedero fenómeno de masas. Aunque tan sólo sea por esto, el de su innata capacidad para conectar con un público que la ha alzado como uno de los más incontestables iconos del género  -originando, además, que producciones futuras la tomasen como referencia-, esta adaptación cinematográfica de la novela The Notebook, de Nicholas Sparks, merece todos mis respetos. Ahora bien, esto no es incompatible con que, desde un punto de vista subjetivo, El diario de Noa resulte tan cursi y empalagosa que, incluso en los momentos en los que pretende ponerse seria o mínimamente trascendente, llegue incluso a provocar risa o el sonrojo del personal, especialmente sobre aquel que es incapaz de tomar como creíble un relato plano, carente del más mínimo golpe de efecto y empañado siempre por la gelidez que desprende su conjunto. El único responsable de esto es un guión tan previsible, desde la primera hasta la última línea, que hasta la sorpresa con la que se clausura el film no sólo no nos pilla desprevenidos, sino que además es puesta en bandeja desde el inicio incluso al espectador menos avispado.

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Un paseo para recordar

Quien esperara que este crítico pusiese a parir una cinta tan facilona, tópica y tan en permanente búsqueda de la lágrima fácil como Un paseo para recordar (Adam Shankman, 2002), no puede andar más equivocado. Porque la segunda película del director que un año antes había sido el máximo responsable de la fallida ópera prima Planes de boda (2001) es tan previsible que es capaz de reunir, meticulosamente, todos los recursos mil veces vistos en otros títulos románticos teen -el chico malo del instituto, la típica joven conversadora que es objeto de burla de sus compañeros, etc- , pero, al mismo tiempo, nos regala una de las crónicas de historia de amor más honestas y libres de prejuicios que ha dado la historia del género. Quizá por ello, la manera más sensata de enfrentarse a ella sea, precisamente, exento de prejuicios: Un paseo para recordar no aspira a jugar en la liga de esas épicas historias de amor llamadas Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995) o Memorias de África (Sydney Pollack, 1985). Se conforma con ser algo más que un agradable pasatiempo que bien podría jactarse de saber manipular las emociones del espectador, en el mejor sentido de la palabra. Si bien el comienzo es algo titubeante -el prólogo, además, es innecesario y da una equivocada imagen del film-, la película da un golpe en la mesa a partir del segundo acto, de ese giro narrativo -gran acierto el no desvelarlo antes- por el cual se revela como una experta en el dominio de los sentimientos.

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