12 años de esclavitud

Que la Academia de Hollywood tiene especial debilidad por las películas sobre el racismo, la superación personal o sobre aquellas que penetran en alguno de los capítulos de la Historia USA no es ningún secreto. Quizá por ello, 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013), adaptación de la autobiografía de Solomon Northup sobre sus vivencias como esclavo en la América sureña, se ha vendido como “la gran favorita” de estos premios. Pocas veces una obra goza de un beneplácito tan aplastante de la crítica. Y, claro, las expectativas se disparan. No las de un servidor, al que el oficio de crítico de cine le ha enseñado a ser, ante todo, cauteloso. El tiempo me ha instruido a no dejarme llevar por las corrientes mayoritarias, tanto si son condescendientes con un producto como si no. Dicho lo cual: sin poder superar a El mayordomo (Lee Daniels, 2013) como gran decepción del año, 12 años de esclavitud se queda cerca. El nuevo proyecto del director británico no es tan tramposo ni manipulador como el desastre de Daniels, pero lleva grabado a fuego algo peor: sus ganas de convertirse en “La Gran Película sobre la Esclavitud”. Y al que esto firma, que no cree que por abordar un asunto espinoso en cine -ni siquiera el de la trata de esclavos, con las consabidas alabanzas de los Académicos- te convierta automáticamente en una gran película, le da por reírse. 

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El mayordomo

Sucede todos los años. Es una tradición que, nada más despegar la nueva temporada de los Oscar, surja esa película con un hambre voraz e indisimulado a galardones. Este año la protagonista de tan discutible hazaña ha sido El mayordomo (Lee Daniels, 2013), el nuevo trabajo del responsable de las fallidas El chico del periódico (2012) y la sobrevalorada Precious (2009). Pero centrémenos en la que hoy nos ocupa: el gran problema de El mayordomo es que quiere ser lo que no es. Pretende que nos creamos que es magna e inteligente cuando, en realidad, el intelecto brilla por su ausencia. Lucha por ser un espectáculo vivo y consistente, pero lo cierto es que es una cinta inerte, falta de garra y de ingenio. Aspira a posicionarse en el más alto puesto de la escala de mejores películas del año, cuando su constante aroma a telefilm de sobremesa dilapida este objetivo. No, no me ha gustado El mayordomo y me da rabia, especialmente porque el personaje en el que se inspira me resulta apasionante, así como todos los acontecimientos históricos que salpican la historia. La desconocida y apasionante figura del que fue mayordomo jefe de la Casa Blanca Cecil Gaines (Forest Whitaker), testigo de excepción del acaecimiento social y político de la segunda mitad del S.XX, se merecía una película mejor, una que la haga justicia. 

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Frozen River

La protección maternal es fascinante. Resulta admirable cómo una hembra, en todas sus tipologías, es capaz de hacer cualquier cosa (o casi cualquier cosa) con tal de sacar a sus crías adelante, a rescatarlas de la penuria aún a riesgo de traspasar ciertos límites. Ray Eddy (Melissa Leo), protagonista de Frozen River (Courtney Hunt, 2008), es una de las últimas heroínas del cine en recordarnos hasta dónde es capaz de llegar este don exclusivo de las féminas, tan imprevisible como fascinante; una mujer cuyo marido, un ludópata, ha huido con los ahorros de su familia y sobra la que pesa una amenaza de embargo. En su busca, Eddy se topará con Lila Littlewolf (Misty Upham), una mujer india también abandonada por su esposo. La incertidumbre y su empecinada lucha por la supervivencia no tardará en unirlas, surgiendo entre ambas una férrea amistad. Abocadas al drama más insostenible y con sus mundos patas arriba, no dudan en embarcarse en un peligroso negocio: cruzar inmigrantes ilegales de Canadá a Estados Unidos a través de un río helado, esquivando las patrullas fronterizas colocadas en las orillas. Una discutible forma de ganar dinero que empezará a tambalearse con la llegada de un deshielo que no sólo supondrá el resquebrajamiento del río, sino también el de sus propias vidas. 

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Matar a un ruiseñor

No lo tenía fácil Robert Mulligan a la hora de trasladar a la gran pantalla una novela con tanta enjundia y tan adelantada a su tiempo como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. La osadía del hasta entonces máximo responsable de Hasta que llegue septiembre (1961) o El gran impostor (1961) al tomar como material de partida este clásico de la literatura americana ganador del Pulitzer, todo un pionero en abordar el tema de la marginación o la discriminación racial de principios de siglo, está fuera de toda duda. Sin embargo, nada podía salir mal al hacerse cargo del papel fundamental de un libro basado en la propia experiencia personal de su autora un Gregory Peck en estado de gracia: en el que fue el mejor papel de su carrera -premio Oscar incluido, junto con los también merecidos Guión Adaptado y Dirección Artística de un total de 8 nominaciones- Peck conmueve dando vida a ese abogado defensor de las causas perdidas llamado Atticus Finch, a ese paradigma de lo que tendría que ser un letrado ejemplar e íntegro, principalmente a la hora de no dejarse contaminar por injerencias externas, por las corrientes de opinión mayoritarias. Rasgos que también definen su vida privada, dominada por sus férreos principios, su dignidad y honradez. Valores, todos, que intentará transmitirles a sus hijos, Scout y Dill, huérfanos de madre.

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Alacrán enamorado

“Violentos son los telediarios”. Con estas palabras respondió Carlos Bardem, autor de la novela homónima publicada en 2009 en la que se basa Alacrán enamorado (Santiago A. Zannou, 2013), cuando en una rueda de prensa fue preguntado acerca de si la última película del director de El truco del manco (2009), le parecía violenta. Y, lo cierto, es que el reconocido actor no pudo estar más acertado. Epopeya de la superación y el esfuerzo, de la capacidad de la toma de decisión del individuo a la hora de saber con quien codearse -una especie de “dime con quién andas y te diré cómo eres”-, Alacrán enamorado es, ante todo, una feroz condena al odio, ese que diariamente se asoma por los informativos en nuestros hogares. Un odio en toda su extensión, aunque focalizado en un racismo que nunca deja de latir; una pestilente e incesante plaga que esos telediarios de los que habla Bardem -los que son, o deberían ser, los medidores del estado de salud del país y del mundo, en sincronía con el espíritu claramente universal del film- recoge en sus ediciones diarias; noticiarios que ilustran agresiones xenófobas del calibre de las que nos narra una película que nos recuerda hasta qué punto se sigue prodigando el culto a la exclusión, a destruir al extranjero, a la de, en definitiva, sinrazón. 

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Django desencadenado

Era cuestión de tiempo que, un director que apunta a El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966) como su película favorita de todos los tiempos -junto con los también western Winchester 73 (Anthony Mann, 1950), Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990 o el resto de la trilogía de Leone-, rodase su primera incursión en el género. Quentin Tarantino resucita el espíritu del spaguetti western en Django Desencadenado (2012), drama sureño en el que el cineasta demuestra su admiración por un género que ha condicionado parte de su carrera cinematográfica, como el tramo inicial de Malditos bastardos (2010), donde ya rendía un homenaje al mismo. Sin embargo -y como cabría esperar-, la primera aventura del director en el western es deliberadamente polémica; el responsable de Death Proof (2007) o Pulp Fiction (1994) se aleja de todas las convenciones de Hollywood y de cualquier rastro de lo políticamente correcto; y lo hace  través de un espectáculo grotesco, poseído por la irrefutable madurez de un director que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana, con alma de cine blaxploitationdonde las personas de raza negra dejan de ser afroamericanos para pasar a ser niggers– y alzando la bandera temática de la esclavitud y lo que de ella se desprende.

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Gran torino

Cuando Clint Eastwood aseguró que con Gran Torino (2008) ponía punto y final al mundo de la actuación sus seguidores sufriendo un duro revés. Con esta película, la primera  dirigida y protagoniza por el cineasta desde Million Dollar Baby (2004), Eastwood nos regaló una actuación, de tintes biográficos, en la que demostró su gran oficio delante de la cámara volviendo a apostar por ese prototipo rudo y valiente a partes iguales que el propio artista ha convertido en marca de la casa, muy en línea de obras como Harry el sucio (1971). En una pieza que le sirvió para reflexionar acerca de cuestiones tan trascendentales como el perdón, la religión, la fe o el sentimiento de venganza, sin pasar por alto ese choque cultural tan presente en la cinta, abogando en todo momento por un mutuo entendimiento entre ambas partes, el cineasta construyó su última gran obra maestra. Prescindiendo de grandes estrellas y con una película que recae íntegramente en el personaje principal de Walt Kowalski (Eastwood), estamos, pues, ante una obra densa, de gran calado moral, en la que con cada visionado podemos extraer una nueva lectura. 

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Criadas y señoras

Que Mississippi ha sido el estado más racista de Estados Unidos es algo que todo el mundo sabe. Pero, por si acaso, ya está aquí Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011) para recordánoslo. Y lo hace de una forma muy inteligente: la película desvela que detrás de palabras tan genéricas como son xenofobia o racismo se esconden vivencias aterradoras marcadas por la división de clases sociales, la humillación y el desprecio. Y todo por un hecho tan banal como es el tener un color de piel diferente al resto. Este es el punto de partida del casi debutante Tate Taylor, que se ha descubierto al mundo entero como un director capaz de abordar un problema tan espinoso como latente -presente aún hoy en todos los estratos sociales- con sutileza, encanto y mucho, muchísimo sentido del humor.

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