Spotlight

Cuando veo películas como Spotlight (Thomas McCarthy, 2015) afianzo mi idea de que el cine es una de las más sólidas herramientas educativas que existen. Si fuese profesor en una Facultad de Periodismo y tuviese que explicarle a mis alumnos lo bonita y necesaria que es la profesión a la que se quieren dedicar, me ahorraría todas las horas teóricas que tendría que invertir para que lo entendiesen y les pondría Spotlight. Estoy seguro que tras las dos horas que dura la película mis alumnos no tendrían la más mínima duda de que el periodismo es una profesión fascinante. La última obra del director de The Visitor (2007) o Vías cruzadas (2003) y también guionista de Up (Pete Docter & Bob Peterson, 2009), es una película muy importante por muchas razones: en primer lugar, porque reivindica una profesión que, pese a lo mal considerada que está por algunos y su delicado momento de incertidumbre actual, sigue siendo vital para el correcto funcionamiento de un Estado democrático. En segundo lugar, por lo que nadie debería perderse Spotlight es porque, por fin, se aborda el tema de los abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia católica sin ningún tipo de censura -lo que no quiere decir morbo-.

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Ida

Si hay algo que haga imprescindible a Ida (Pawel Pawlikowski, 2013) es su capacidad por recordarnos una máxima que no conviene olvidar: sólo conociendo mejor nuestro pasado seremos capaces de entender nuestro presente. Empeñados en fumigar ciertos capítulos de la Historia cuyos -infames- coletazos siguen aún vigentes en nuestros días, algunos sectores sociales -políticos y religiosos, principalmente- viven obstinados en minimizar sus consecuencias, llegando incluso a negar las más flagrantes evidencias; las mismas que demuestran, por ejemplo, que el fascismo existió -y sigue existiendo-, y que la Iglesia católica fue mano derecha de tan despreciable ideología. Con una depuración narrativa digna de elogio, el tercer largometraje del insigne realizador Pawlikowski viene dispuesto a sacar los colores a quienes se empeñan en ocultar la verdad, aunque sólo sea por hacer justicia a quienes en la actualidad siguen sufriendo los efectos secundarios -o no tan secundarios- de este pasado que intentan ahora taponar. El director nos sumerge en las entrañas de la Polonia de los años 60; un país devastado por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, viva sombra de lo que fue; un territorio decrépito en el que ni los fugaces destellos musicales tienen el vigor, el fulgor suficiente para dejar asomar la esperanza. 

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Las hermanas de la Magdalena

Si hay algo que siempre he detestado de la Iglesia Católica -y de todas las religiones en general- es el hecho de creerse intocable, como si estuviera por encima del bien y del mal. Por ello recibí con satisfacción una película como Las hermanas de la magdalena (Peter Mullan, 2002), donde el director se atrevió a penetrar en uno de los capítulos más abominables que ésta ha cometido bajo el nombre de Dios. Además de confirmar que su estimable debut con Orphans (1998) no fue fruto de la casualidad, el reconocido actor Mullan -visto en Mi nombre es Joe (Ken Loach, 1998)-, se confirmó como un cineasta, además de virtuoso, valiente: hay que serlo para abordar un tema que sacudió a la sociedad irlandesa como el de los conventos de la Magdalena, putrefactos monasterios donde algunas jóvenes del país eran acogidas para expiar sus pecados. Éstos eran de diversa índole: desde ser madre fuera del matrimonio a, por ejemplo, tener los pechos pequeños. La película documenta la perpetua humillación a la que eran sometidas estas reclusas por las hermanas de la Misericordia, las cuales se creían dueñas de toda verdad. Una congregación más propia la Edad Media que de la década de los 60, época en la que se ambienta esta surrealista trama que se prolongó hasta 1996, año en el que cerró el último de estos conventos. 

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Paraíso: Fe

Todavía me pregunto por qué Paraíso: Fe (2012), la segunda parte de la trilogía pergeñada por el cineasta austriaco Ulrich Seidl, ha levantado tantas ampollas en los Festivales donde se ha proyectado. Un servidor suponía que, a estas alturas de la película, los críticos estaban adiestrados para el riesgo, la transgresión y, por qué no decirlo, para la polémica. Aunque la respuesta del film fue mayoritariamente positiva -con el Premio Especial del Jurado en Venecia como máximo reconocimiento-, algunos lo atacaron haciendo alusión a sus ganas de provocar. La pregunta es: ¿desde cuándo esto es un defecto? Al igual que Paraíso: Amor, la película que abre la veda a un tríptico tan políticamente incorrecto como hiperrealista, Paraíso: Fe está confeccionada para sacudir al público. Para revolverlo en su asiento. Está dotada con la potencia suficiente para que no podamos apartar la vista de ella a lo largo de sus dos horas; quizá por la congénita curiosidad vouyerista del ser humano. O, hablando en plata, su propensión innata al morbo. En una época en la que estamos cansados de que el cine dulcifique la realidad, que el trabajo de montaje desvirtúe el significado final de una obra o que exista a quien le falte agallas para abordar según qué asuntos, se agradece -y mucho- una película que se exprese de forma clara y contundente sobre un tema tan espinoso.

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Madre amadísima

Madre amadísima (Pilar Tavora, 2009) es una película valiente. Además, y aunque esto no aparezca especificado en ningún momento de la misma, es una triste historia basada en hechos reales. Su protagonista, un homosexual reprimido en la época del franquismo, es un personaje colectivo en el que muchos podrán reconocerse y, los que no, fácilmente identificarán en su entorno alguien similar. La vocación universal de este arriesgado ejercicio fílmico del segundo trabajo de la directora tras Yerma (1999), adaptación de una obra de teatro de Santiago Escalante, está fuera de toda duda. Pero es que, encima, si Tavora no hubiese rodado Madre amadísima alguien habría tenido que hacerlo: pocos ejemplos existen de cine social con tanta vocación de poner los puntos sobre las íes, de repartir justicia y de (¡por fin!) llamar a las cosas por su nombre. Sin manifestar conjeturas políticas ni atisbos ideológicos, el film sorprende por su imparcialidad, por criticar tanto al bando nacional -esa dictadura recalcitrante que asfixia al protagonista y le fuerza a vivir a escondidas- como a la izquierda, tal y como se desprende de esa ilustrativa escena en la que el protagonista no puede alistarse en el Partido Comunista por ser afeminado.

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Herencia del viento

La historia de un profesor de Geografía de la escuela secundaria de Dayton (Tennessee) que fue juzgado en 1925 por enseñar a sus alumnos la teoría de la evolución que Charles Darwin recogió en El origen de las especies se convirtió en uno de los juicios más mediáticos del S.XX. Era cuestión de tiempo, por tanto, que este insólito caso quedase plasmado en la gran pantalla. Así nació Herencia del viento (Stanley Kramer, 1960), película basada en la obra de teatro homónima de Jerome Lawrence & Robert E. Lee, ceñida al que popularmente se denominó juicio del mono o juicio de Scopes. El caso despertó una gran controversia en EE.UU, donde en buena parte de su territorio la enseñanza de cualquier teoría sobre el origen del mundo que negara la Divina Creación se perseguía con la cárcel y donde los evolucionistas, clara minoría, parecían no tener ni voz ni voto. Sin embargo, el sustrato del film dista mucho del típico discurso panfletario contra las religiones que, como la católica, explican el génesis del universo omitiendo cualquier rastro empírico, sino que se define como una crónica acerca de cómo estás no pueden interferir, invadir un espacio público abierto a múltiples ideas y creencias; máxime en el sistema educativo, donde de la calidad de la enseñanza debe comulgar con el conocimiento científico y jamás con el adoctrinamiento ideológico. 

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Sangre sabia

Con John Huston sucede como con Woody Allen: hasta los títulos menores de su filmografía merecen una oportunidad. Es el caso de Sangre sabia (1979), fiel adaptación de la novela más famosa de la prestigiosa Flannery O´Connor, escritora católica que, al igual que algunos de sus contemporáneos como Truman Capote o John Salinger, quiso reflejar en su obra el desencanto y la soledad de la juventud americana de mitad de siglo, marcada por la segunda guerra mundial y con escasas expectativas. Así nació Hazel Motes, el protagonista de Sangre sabia , interpretado en la -muy respetuosa con su material de partida- película de Huston por un excepcional Brad Dourif. El director consigue capturar la esencia de la novela de O´Connor reflejando en cada uno de los planos ese aroma putrefacto de la América profunda, desolada, invadida por la soledad, la falta de emoción y por personajes tan carismáticos y surrealistas como el propio Motes que, al fin y al cabo, sólo intenta encontrar el propio sentido de la vida. 

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La vida de Pi

Existen películas que, conforme transcurren, van desinflándose. Con La vida de Pi (Ang Lee, 2012) sucede justo lo contrario: a medida que avanza el metraje, las dimensiones épicas del proyecto van tornándose cada vez más notables, culminando en un final tan inesperado como redondo que obliga a replantearse de nuevo el espíritu de la cinta. Amante de las historias complejas, Lee no sólo le saca todo el jugo posible a esta historia basada en la novela homónima de Yann Martel -acerca de un joven hindú (Suraj Sharma) que, tras un naufragio, deberá aprender a sobrevivir en pleno Océano Pacífico con la única compañía de un tigre de bengala-, sino que convierte un relato en teoría muy poco cinematográfico -exceptuándo los 45 minutos iniciales, el resto del film corre a cargo de un único personaje- en uno de los espectáculos visuales -y temáticos- más enriquecedores de los últimos tiempos. Enigmática, trascendental y reflexiva a partes iguales, la nueva película del aclamado director chino es un nuevo compromiso por el buen cine de un realizador dispuesto siempre a sorprender, antojándose idóeno para un film en el que las localizaciones y el espíritu poético-lírico juegan un papel de determinante, en la línea de Brokeback Mountain (2005) o Tigre y Dragón (2000).

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El séptimo sello

En la lista de películas más difíciles a la hora de analizar, no hay duda que El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) ocupa uno de los primeros puestos. Fue esta onírica película no sólo con la que el director sueco consiguió abrirse del todo las puertas internacionalmente, sino que además con ella empezó su etapa de madurez creativa, a la que corresponde otros títulos significativos como El manantial de la doncella (1960), y en la que el surrealismo, al igual que su contemporáneo Luis Buñuel, es la base sobre la que se sustenta esta parte de su filmografía. De desarrollo complejo e inspirándose en El Quijote, Bergman nos traslada a la mitad del Siglo XIV, en plena Edad Media, para contarnos las andanzas del caballero Antonius Block (Max von Sydow, actor fetiche del cineasta) y su fiel escudero Jöns (Gunnar Björnstrand), que tras haber pasado diez años en las Cruzadas, se dirigen a su Suecia natal, ahora asolada por la peste negra. 

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