Morir en San Hilario

Después de su exitosa opera prima Sexo por compasión (2000) y la notable Palabras encadenadas (2003), la directora catalana Laura Mañá alumbró Morir en San Hilario (2005), un ejercicio algo menor y menos redondo de lo que cabría esperar después de sus dos primeros trabajos. Presentada en el Festival de Cine Español de Málaga, estamos ante una película con un argumento de lo más atípico a través del cual la realizadora retorna al realismo mágico de su primer largometraje. A pesar de no salir en los mapas, San Hilario es mundialmente conocido por la esmerada forma por la que sus vecinos organizan los entierros, razón por la que mucha gente quiere ir a fallecer allí. La economía del lugar, principalmente basada en los sepelios, verá un revulsivo cuando Germán Cortés, un afamado pintor, se dirija hacia el pueblo con el fin de morir allí. Sin embargo, el hombre fallecerá antes de llegar a su destino y en su lugar acogerán, por error, a un malhechor prófugo de la justicia, que seguirá el juego a los habitantes en beneficio propio. 

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Héroes

Las hazañas con los amigos, los paseos nocturnos en bicicleta, el aroma del mar en verano, el recuerdo del primer beso; todo cocinado en esa época en la que nuestra mayor preocupación era ganar al grupo rival, chapotear como el que más en el agua o no llegar tarde a las peripecias de nuestra pandilla . Héroes (Pau Freixas, 2010), alimenta al niño que todos llevamos dentro gracias a su apuesta por tomar por bandera la nostalgia y melancolía. Auténtica oda a la niñez, esos años que nos marcan para siempre, la ganadora del Premio del Público en el Festival de Málaga, es una película destinada a todo tipo de espectadores, aunque la disfrutarán sobremanera aquellos que se vean reconocidos en las ociosas actividades e incluso en alguna que otra travesura de estos colegas, todo aquél que todavía considere a los ochenta como una de las décadas más enigmáticas e influyentes de nuestra historia reciente. Rodada en catalán y castellano -a algunos les puede desconcertar el hecho de que los propios actores se doblen a sí mismos-, Héroes homenajea a esta época desde el punto de vista cinematográfico, con referencias a los megahits Los Goonies (Richard Donner, 1985), E.T. El extraterrestre (Steven Spielberg) o La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1982), y musical, con una estimulante y muy apropiada banda sonora de Alphaville (Forever Young, Big in Japan), Donna Summer (Last Dance) o Umberto Tuzzi (Ti Amo).

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No tengas miedo

Si por algo me gusta el cine español es por lo bien que ha sabido desenvolverse, de forma especialmente notable en el periodo moderno, en el terreno del cine social y de denuncia. Al grupo de las imbatibles Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003)  Los lunes al sol y Princesas (Fernando León de Aranoa, 2002-2005) se sumó en 2011 No tengas miedo (Montxo Armendáriz) o, lo que es lo mismo, la pulcra, comprometida y fidedigna mirada del veterano director hacia un tema tan espinoso como los abusos sexuales. La espera de seis años que el máximo responsable de clásicos como Tasio (1984) o Secretos del corazón (1997) tardó en ponerse tras la cámara después de Obaba (2005), su último trabajo, mereció la pena. No tengas miedo se erige como un valiente pero, sobre todo, necesario documento que expone un asunto que sigue siendo tabú a pesar de sus alarmantes estadísticas -sólo en 2010 se presentaron 3.500 denuncias de presuntos abusos sexuales contra menores, sin contar la cantidad de gente que no denuncia por miedo o por la dificultad de demostrarlo- y los irreparables efectos psicológicos que provoca en la víctima. Sirva la frase de la protagonista, “me siento como un vaso que se estrella contra el suelo y se rompe en mil pedazos: nunca se podrá recomponer” para ejemplificar este hecho.

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The Pelayos

Para bien o para mal, se ha instaurado entre el espectador patrio el tópico “esta película no parece española” cuando se termina de disfrutar una producción made in Spain con un nivel y factura por encima de la media. Pues bien, The Pelayos (Eduard Cortés, 2012), basada en la historia real de la familia de un personaje tan infravalorado como Gonzalo García-Pelayo, es una de esas películas. El director de Otros días vendrán (2005) o La vida de nadie (2002) firma la historia de un hombre que, moviéndose siempre en el ámbito de la legalidad, desbancó a casinos de medio mundo. Dicho cabeza de familia, junto a su hijo y el resto de miembros de tan extravagante grupo, conquistó tal hazaña en base a su insólita teoría acerca de las -imperceptibles- imperfecciones en la construcción de las mesas de las ruletas, lo cual hacía aumentar o disminuir la probabilidad de determinados números. El caso, es que la manera en la que está abordada la historia -que, en contra de lo que mucha gente cree, no es un biopic-, a través de esas imágenes en busca del impacto instantáneo aún no lo suficientemente generalizadas en nuestro cine, el repertorio de canciones extranjeras, su exquisita factura técnica o el propio título del film –The Pelayos, en vez de Los Pelayos-, ponen de manifiesto el carácter internacional de un film, dicho sea de paso, francamente entretenido. 

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Los ojos de Julia

En el cosmos hipersaturado de thrillers contemporáneos -la mayoría más cerca de la vergüenza ajena que de su capacidad para ser tomados en serio-, todavía se elaboran propuestas que a uno le devuelven la fe en el género. Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010), es una de ellas. Impecable ejercicio de suspense de una obra que, a su vez, se atreve a conjugar diferentes registros -de hecho, está más cerca de ser una fábula sobre el sentimiento amoroso que una cinta de intriga al uso, lo que evidencia lo atípico de su naturaleza-, la segunda película del director de la también notable El habitante incierto (2005) desarrolla su entidad cinematográfica bebiendo indisimuladamente de films como Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), El fotógrafo del pánico (Michael Powell, 1960) o Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967), lo que no resta un ápice al mérito de un director que demuestra manejar gran parte de los recursos del género para mantener enganchado al espectador en todo momento. Sobre todo a la hora de desarrollar esa atmósfera inquietante e incómoda que ayuda a potenciar ese clima de indefensión, soledad y oscuridad en el que se mueve, con la misma dosis de temeridad y arrojo, su fuerte personaje femenino protagonista.

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La habitación de Fermat

El terreno del thriller psicológico no está tan explotado como debería dentro del cine español. Es por ello que son especialmente bienvenidas propuestas como La habitación de Fermat (Luis Piedrahita & Rodrigo Sopeña, 2007), el debut en la dirección de estos dos amigos curtidos en el ámbito televisivo. El punto de partida de esta estimulante ópera prima, que se desarrolla en una claustrofóbica habitación en la que han sido citados cuatro brillantes matemáticos por alguien desconocido, bebe de clásicos como Diez Negritos, popular novela de Agatha Christie que cuenta con infinidad de adaptaciones cinematográficas, y de la mejor filmografía de Alfred Hitchcock como La soga (1948) o Crimen perfecto (1954), al tratarse de una película cuya acción se desarrolla en un único escenario. Sustentada en un notable quinteto protagonista  -Alejo Sauras, Elena Ballesteros, Lluís Homar, Santi Millán y Federico Luppi- la película nos sorprende, tras un breve prólogo, con unos de los más originales y trabajados títulos de crédito que nos ha ofrecido en mucho tiempo el cine español; no sólo supone minuto y medio de poesía audiovisual, sino que en ellos se introducen, además, sutiles pistas con las que poder averiguar quién es el malo de la función o, como apuntan ellos, “el lobo”. Porque estos personajes, una vez en el apartado lugar donde han sido reunidos,  descubren que todo ha sido una excusa para acabar con sus vidas. 

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Pájaros de papel

Pájaros de papel (Emilio Aragón, 2010), la primera película como director del conocido artista es, en contra de lo que pudiera parecer, una de las obras más valientes de los últimos años. Y no sólo por el hecho de apostar por un proyecto con la recurrente guerra civil española como telón de fondo -dando carnaza a los detractores de esta temática que a menudo olvidan que una película es mucho más que el contexto histórico en el que está desarrollada- sino, además, por haber convertido su ópera prima en un homenaje a toda esa generación de cómicos que, en tiempos convulsos, intentaban alegran al personal como buenamente podían. Un aspecto, este último, que el propio director conoce muy bien ya que pertenece a una de las sagas de artistas más importantes que ha dado nuestro país; es por ello que, debajo de todo ese sentimiento de agradecimiento a estas gentes del espectáculo, se halla un profundo homenaje a su propia familia -en general- y a la propia figura de su padre, en particular. 

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