Alarma en el expreso

Si hay una película que destaca en la primera parte de la filmografía de Hitchcock es Alarma en el expreso (1938), la penúltima de su etapa inglesa. Esta obra, junto con la también brillante Los 39 escalones (1935), fue decisiva para que el productor David O. Zelznick convenciese al director británico en dar el salto a Hollywood, donde pudo gozar de mayores presupuestos a cambio del mayor control al que eran sometidos sus trabajos. Lo mejor que se puede decir de Alarma en el expreso, la que Truffaut llegó a calificar como su película favorita del maestro, es su pulso entre el suspense y la comedia. Junto a la seña identidad de su cine de mantener al espectador intrigado de principio a fin a través de una trama central desconcertante, se suma el chorreo constante de humor por el que algunos críticos consideran esta película la primera -y quizá única- comedia que rodó el cineasta. Prueba de ello son los sus 20 minutos iniciales, auténtico vodevil de situaciones y personajes peculiares -sobre todo esa pareja de ingleses preocupados por su torneo de cricket-; un cóctel que bien podría haber sido extraído de cualquier película de los hermanos Marx.

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Marnie, la ladrona

Los pájaros (1963) y Marnie, la ladrona (1964) comparten algo más que director -Alfred Hitchcock- y actriz protagonista -Tippi Hedren-. Rodada con tan sólo un año de diferencia, Marnie, la ladrona es un película que tiene todas las de perder si se compara con su grandiosa predecesora: no posee ni la mitad de la brillantez de su guión, ni de su suspense, ni de su poder magnético. Ni siquiera es una de las obras maestras del cineasta británico. Sin embargo, hay en ella una larga lista de virtudes que la convierten en un film de visionado obligatorio y que son, precisamente, aquellas por las cuales podemos establecer paralelismos con Los pájaros: dejando al margen ese habitual y fugaz cameo del propio Hitchcock en los primeros minutos, en Marnie se vuelve a dar cita un tema que obsesionaba al director como es la muerte. En un aceptable atmósfera de intriga se desenvuelve una historia protagonizada por una mujer cleptómana, mentalmente inestable, que arrastra un profundo trauma infantil. Además, se vuelve a recurrir a un macguffin como punto de partida; aquí no son unos periquitos enjaulados, sino un bolso al que el realizador otorga un revelador primer plano encargado de abrir la película diseñado para llamar la atención del espectador.

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Yo confieso

El hecho de haber sido criado en el seno de una familia fuertemente católica y su educación en un colegio de jesuitas, de marcado carácter religioso, dejaron una profunda huella en Alfred Hitchcock. Esta experiencia, lejos de caer en el olvido, le sirvió al cineasta para rodar películas en las que el sentimiento de culpa, el perdón y los remordimientos figurasen en un primer plano (La ventana indiscreta -1954-,  39 escalones -1935-…). Entre todas ellas destaca Yo confieso (1953). El cineasta no sólo recurre aquí a esas constantes de su cine, sino que además aborda algunos temas polémicos para la época como es la historia de amor entre un sacerdote y una mujer  -motivo por el que en países como Islandia la cinta estuvo prohibida-  En esta obra, de gran calado moral, Hitchcock plantea uno de los dilemas más agudos de la historia del cine cuando un hombre, en secreto de confesión, le revela a un cura que acaba de cometer un asesinato. Tal y como dice el Derecho canónigo, “el sacerdote que viole el secreto de confesión incurre excomunión automática, sin excepciones”, por lo que el sacerdote deberá en todo momento guardar silencio, incluso cuando todos los indicios le señalan a él como el autor del crimen…

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Los Pájaros

Antes de que la película Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963) viera la luz, nadie podría imaginar que estas aves, aparentemente inofensivas, fuesen a convertirse en la pesadilla de millones de espectadores. Al igual que el genio británico logró que medio mundo tuviese pánico a los moteles de carretera con su anterior película, Psicosis (1960) -obra maestra en la que ya se nos advertía que los pájaros iban a tener un papel determinante en el próximo film del director- Hitchcock, en la que fue su etapa de mayor madurez cinematográfica, vuelve a jugar con los miedos más primarios del ser humano. En esta ocasión recurre a la naturaleza, a unos pájaros sedientos de sangre que, para más inri, ni siquiera son reales puesto que la mayoría fueron añadidos en post-producción, en una de las técnicas de efectos especiales más recordadas del cine. 

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REBECA

“Anoche soñé que volvía a Manderlay…”

Con esta reveladora voz en off de una dulce mujer sobre un plano subjetivo que recorre un largo camino hasta una mansión da comienzo Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), una de las películas más intrigantes y recordadas del cineasta. Auténtico prodigio de tensión narrativa, terror psicológico, su título hace referencia a una mujer… que jamás aparece en pantalla, aunque su presencia sea constante y palpable a lo largo de los 130 minutos del filmMaxim es un joven aristócrata inglés que, para recuperarse de la trágica muerte de su esposa a causa de un naufragio, la señora Rebeca de Winter, marcha a Montecarlo. Allí se enamorará de una joven dama de compañía, con la que contraerá matrimonio y marchará a vivir a Manderlay, la mansión de la infancia de Maxim, en la cual ha pasado toda su vida y donde Rebeca era la gran señora. Poco puede imaginar la joven (de la que no sabemos su nombre) que la sombra de la difunta mujer de su marido se interpondrá entre ellos… como si estuviera viva. Pero, ¿realmente lo está?  La protagonista deberá luchar contra un fantasma para que, por fin, pueda ocupar el lugar que le pertenece: la nueva dueña de Manderley.

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Psicosis

Una apacible ducha. Una sombra tras la cortina. Un cuchillo afilado. Y una muerte anunciada. Todo ello narrado bajo la batuta de uno de los directores de cine de terror mas prestigiosos de la historia: Alfred Hitchcock y musicalizada por la desasosegante partitura del maestro Bernard Herrmann (mano derecha del director y compositor de las bandas sonoras de sus principales películas). La escena que describo no sólo es la más famosa del film, sino una de las más iconográficas de la historia del cine. No es para nada explícita, en ningún momento se ve al cuchillo penetrando en la piel de la víctima, y apenas hay sangre… pero la forma en la que el director la narra produce auténtico pánico. Además, esta escena, imitada hasta la saciedad en cine -con calamitosos resultados-, se produce justo a la mitad de la película, algo que resulta cuanto menos desconcertante. Acabamos de ser testigos cómo Hitchcock fulmina a su flamante protagonista, aquella sobre la que cae el peso en la primera mitad del film. Y ahora, ¿qué?

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