Alarma en el expreso

Si hay una película que destaca en la primera parte de la filmografía de Hitchcock es Alarma en el expreso (1938), la penúltima de su etapa inglesa. Esta obra, junto con la también brillante Los 39 escalones (1935), fue decisiva para que el productor David O. Zelznick convenciese al director británico en dar el salto a Hollywood, donde pudo gozar de mayores presupuestos a cambio del mayor control al que eran sometidos sus trabajos. Lo mejor que se puede decir de Alarma en el expreso, la que Truffaut llegó a calificar como su película favorita del maestro, es su pulso entre el suspense y la comedia. Junto a la seña identidad de su cine de mantener al espectador intrigado de principio a fin a través de una trama central desconcertante, se suma el chorreo constante de humor por el que algunos críticos consideran esta película la primera -y quizá única- comedia que rodó el cineasta. Prueba de ello son los sus 20 minutos iniciales, auténtico vodevil de situaciones y personajes peculiares -sobre todo esa pareja de ingleses preocupados por su torneo de cricket-; un cóctel que bien podría haber sido extraído de cualquier película de los hermanos Marx.

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La trama de Alarma en el expreso transcurre en un país ficticio de Europa central llamado Vandrika en los años previos de la Segunda Guerra Mundial y, como tantas otras películas de intriga, la mayor parte de su acción se desarrolla en un tren. Hitchcock, sin ir más lejos, volvería a recurrir a este medio de transporte para Extraños en un tren (1951). En esta ocasión, tras pasar una noche en el hotel aislados por una fuerte tormenta de nieve, la adinerada Iris Matilda Henderson (Margaret Lockwood) reanudará su camino hacia Londres en el Transcontinental Express. Durante el trayecto la muchacha entabla conversación con Miss Fray, una vieja institutriz y profesora de música inglesa que, de pronto, desaparece sin dejar rastro. Iris intenta que el resto de pasajeros del tren le ayuden a localizar a la anciana, pero nadie parece saber de su existencia hasta el punto que intentan convencer a Iris de que todo ha sido fruto de una alucinación. El único que se tomará en serio a la joven será un apuesto músico, Gilbert Redman (Michael Redgrave), a través del cual la película sortea la vertiente romántica. En efecto, en medio de ese clima opresivo, de espacios cerrados -fue el primer film de Hitchcock que transcurre en un espacio cerrado, máxima que repetiría en La soga (1948) o Crimen perfecto (1954)- y casi conspiranoico, destaca el feeling que se establece entre la propia Iris y Redman, sobre todo por el gran nivel de ternura y compañerismo que demuestra éste último. 

Contando en sus mimbres con algunos de los actores más reputados de la época -la mayoría con gran experiencia teatral-, tito Alfred tiene toda la película desconcertado al espectador, al que somete a un juego constante de pistas con las que resolver el enigma. Un envoltorio de té, una copa de vino, un nombre escrito en el cristal, unos anteojos… pequeños leit-motivs que se alternan con el variopinto y estrafalario grupo de personajes que viajan en el tren, desde una anciana a punto de morir hasta una monja sordomuda. No obstante, en Alarma en el expreso Hitchcock se muestra más tramposo que de costumbre, y se congratula de ello, dosificando estrategicamente su información y sorprendiendo con unos giros de guión de los que queda claro que nada es lo que parece. La espiral de tensión en la que va envolviéndose el expeditivo relato hace que el viaje en el tren se torne una pesadilla, donde todos parecen tener algo que ocultar o ser sospechosos de la desaparición de Miss Fray. La telaraña de espionaje, tramas secretas y secretos que se va desarrollando no tiene desperdicio, así como las sutiles referencias sexuales en los primeros compases de la cinta que terminaron de atestiguar a Hitchcock como la viva imagen de la provocación. 

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Premiado en el Círculo de críticos de Nueva York al Mejor Director, Hitchcock ofrece una película que se ve con agrado que es, además, todo un prodigio de ingenio. Es de admirar como el director saca partido a su escasez de recursos y camufla, a través de las maquetas, falsos fondos y otra serie de efectos innovadores para la época, el hecho de que se rodara exclusivamente en un estudio londinense. Décadas después se rodó un remake titulado La dama del expreso (Anthony Page, 1979), encabezado por la mítica Angela Lansbury y donde también está muy presente esas onzas de comedia del original. Con todo, el mayor elogio que le podemos dedicar a Alarma en el expreso es que fue un broche de oro de la primera fase en la filmografía del mejor embajador cinematográfico que ha dado nunca Reino Unido. 

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