Marnie, la ladrona

Los pájaros (1963) y Marnie, la ladrona (1964) comparten algo más que director -Alfred Hitchcock- y actriz protagonista -Tippi Hedren-. Rodada con tan sólo un año de diferencia, Marnie, la ladrona es un película que tiene todas las de perder si se compara con su grandiosa predecesora: no posee ni la mitad de la brillantez de su guión, ni de su suspense, ni de su poder magnético. Ni siquiera es una de las obras maestras del cineasta británico. Sin embargo, hay en ella una larga lista de virtudes que la convierten en un film de visionado obligatorio y que son, precisamente, aquellas por las cuales podemos establecer paralelismos con Los pájaros: dejando al margen ese habitual y fugaz cameo del propio Hitchcock en los primeros minutos, en Marnie se vuelve a dar cita un tema que obsesionaba al director como es la muerte. En un aceptable atmósfera de intriga se desenvuelve una historia protagonizada por una mujer cleptómana, mentalmente inestable, que arrastra un profundo trauma infantil. Además, se vuelve a recurrir a un macguffin como punto de partida; aquí no son unos periquitos enjaulados, sino un bolso al que el realizador otorga un revelador primer plano encargado de abrir la película diseñado para llamar la atención del espectador.

Pero, por encima de esos climas sórdidos y esa sensación claustrofóbica presente tanto en Los pájaros como en Marnie, la ladrona, si hay algo que caracteriza ambas obras es por su condición de atípicas e inusuales historias de amor; historias en las que el hombre se erige como la figura encargada de proteger a una mujer que se presenta, bajo ese férreo carácter, como un ser vulnerable y que pide a gritos ser rescatada. El encargado de dicha misión será Mark Rutland (Sean Connery, eclipsado por una gigantesca Tippi Hedren), un empresario millonario que intentará que este objeto de fascinación que acaba de conocer abandone sus prácticas delictivas, no sin antes chantajearla con el matrimonio: “Alguien tiene que hacerse responsable de usted, y no le queda más remedio que escoger entre la policía y yo”. A partir de esta afirmación, da comienzo un insólito romance, plagado de secretos del pasado, temor a lo desconocido y guiado por una tensión sexual no resuelta, otro de los temas recurrentes del director -y que aquí incluso llega a desnudar a su musa, razón por la que fue tachada como película X en Gran Bretaña-. Tampoco falta el elemento letal de los celos: en Los pájaros era una profesora y aquí este rol lo desempeña la enigmática cuñada de Mark, Lil Mainwaring (Diane Baker).

Haciendo uso de un particular humor negro, ejemplificado en escenas tan redondas como la del robo a la caja fuerte, en la que se hace un uso del silencio tan extraordinario como en ese largo plano fijo final de Los pájaros– y cuya sorpresa resolutiva -esa limpiadora sorda- busca la carcajada del espectador, en ambos films también se dan cita ese gusto que tiene Hitchcock por la figura de la madre como figura dominante, controladora, capaz de condicionar e interferir en la personalidad de sus vástagos. El paradigma de este hecho es, sin duda, Psicosis (1960), aunque en las dos obras que estamos comparando también están muy presentes -en Marnie, la ladrona incluso llega a abofetear a su propia hija-. Por último, en lo referido al aspecto técnico, merece la pena subrayar que, por un lado, en las dos películas se hace un extraordinario uso del color, y por otro, fueron las dos últimas cintas en las que colaboró el compositor por excelencia de Hitchcock: Bernard Herrmann. Y aunque, si bien en la primera su colaboración estaba limitada a la creación de los efectos sonoros prescindiendo por completo de banda sonora propiamente dicha, con este film se despidió a lo grande, regalando uno de sus mejores trabajos.

Lo que provoca que Marnie la ladrona sea considerada una película menor del genio es, sobre todo, un final tan previsible como alargado. No sólo el factor sorpresa es prácticamente inexistente, puesto que se proporcionan las suficientes pistas a lo largo del relato para que intuyamos a qué es debido ese pánico de Marnie por ese color rojo que simboliza la sangre, sino que además es imperdonable esta resolución se nos ofrezca pasadas las dos horas de película, cuando se podría haber contado lo mismo con treinta minutos menos de metraje. El argumento, que peca de un exceso de ambición y de una cierta pretensión en todo lo referido al tema del psicoanálisis -y que nos evoca a otra de sus obras, Recuerda (1944)-, con tintes freudianos, está desmesuradamente estirado, incorporando escenas vacías y de duración indiscriminada. No comparto, eso sí, las críticas que en su día recibió la película -que fue un sonoro fracaso en EE.UU- en cuanto a sus efectos especiales; si bien escenas como la del accidente a caballo, que por otro lado están lejos de incluirse entre las mejores de su filmografía, no nos parecen precisamente en pleno siglo XXI un alarde cinematográfico, sí que es cierto que hay que analizarlas desde una óptica contextualizadora. En aquel momento esta clase de escenas -por no hablar de sus famosos paseos en coche- eran cuanto menos revolucionarias.

A pesar de adolecer de una irregular tensión narrativa, de esa aparente sorpresa final o de lo desfasada que puede haber quedado en la actualidad esa lectura psicoanalítica, como digo, Marnie, la ladrona es una película que merece la pena ver. Aunque en realidad, ¿qué película de Alfred Hitchcock no lo merece?

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2 pensamientos en “Marnie, la ladrona

  1. jajaja me ha hecho mucha gracia lo de sus escenas en coche (o carros de caballos), ahora también son “revolucionarias”. Tienes que apuntar también (y para casi todas las pelis de “Alfredo”) el miedo a la policía, que siempre aparece como elemento amenazador. Está fenomenal Pablo!

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