Ready Player One

Que me perdonen los incondicionales del cine de Steven Spielberg, pero su última película me ha parecido un coñazo. Con el corazón en la mano he de decir que mientras estaba disfrutando (o sufriendo, mejor dicho) Ready Player One (2018) en la sala de cine no fueron pocas las veces que me asaltó la idea de abandonar la sala -y eso es la primera vez que me pasa con un director cuyas películas han marcado mi adolescencia, juventud y, ahora, mi vida adulta-. Sí, me entraron ganas de irme no porque la película sea mala, que no lo es en absoluto, sino porque es una película que no está hecha para un espectador como yo. Hace mucho aprendí que, al igual que hay películas infames para el gran público que forman parte de mis placeres culpables, también hay películas magníficamente realizadas con las que no comulgo. Pero reconozco que son buenas películas. Es el caso de Ready Player One, largometraje número 31 en los casi 50 años de carrera del Rey Midas de Hollywood. Visualmente es brillante, los efectos especiales prodigiosos, sus escenas de acción están perfectamente coreografiadas… pero no consigo conectar con ella en ningún momento porque le falta lo más importante: alma. 

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Gorrión Rojo

Gorrión Rojo (Francis Lawrence, 2018) es una de esas películas en la que es imposible saber lo que nos vamos a encontrar tras ver su tráiler. Quienes crean que con ella resurge el thriller erótico de los años 90 se sentirán defraudados; lo mismo les ocurrirá a los que esperen una cinta de acción explosiva con protagonista femenina al más puro estilo de Atómica (David Leitch, 2017). Lo cierto es que Gorrión Rojo es una película imposible de definir, empecinada -y esto es lo mejor que se puede decir de ella- en sorprender constantemente al espectador. La película se las ingenia de mil formas diferentes para mantener al espectador con la boca abierta durante todo el partido, el cual alcanza la friolera de 140 minutos. Si tuviésemos que encuadrarla en un género la adscribiríamos al de espías, aunque este trabajo, que supone la cuarta colaboración entre el director y su musa Jennifer Lawrence -tras las tres últimas partes de Los juegos del hambre– es un film de espías diferente, alejado de todo lo que hayamos podido ver hasta ahora. Si existe una palabra para calificar la película sería, sin duda, la de “arriesgada”; Gorrión Rojo encara tantas piruetas, sortea tantos riesgos y se mete en tantos berenjenales -saliendo victoriosa de todos ellos- que, más que atrevida, se podría considerar una cinta suicida. Los que esperen ver algo diferente, pues, no se la pueden perder.

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La forma del agua

El término de “obra maestra” es todo un tópico entre los que nos dedicamos a escribir críticas de cine, pero es que realmente no existe otra palabra que defina lo que es “La forma del agua” (2018), la última película de Guillermo del Toro. Un trabajo con unos estándares de calidad tan altos que supera a los dos títulos más emblemáticos de su director: El laberinto del fauno (2006) y El espinazo del diablo (2001), por lo que estamos hablando de la mejor película de la filmografía del director mexicano. En su obra cumbre -y también la más personal-, Del Toro se sirve de la fábula clásica de la mujer enamorada del monstruo, aunque en un acto de valentía sin precedentes el director va un paso más allá y abraza sin ningún tipo de pudor la sexualidad, la cual está aquí muy presente. Al fin y al cabo el amor y el sexo van cogidos de la mano, por lo que el hecho de que Del Toro muestre a los 5 primeros de película cómo la protagonista se masturba en la bañera -sin regodearse en ello en ningún momento, eso sí- o como los enamorados hacen el amor, es digno de admiración. 

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Call Me by Your Name

Hay películas que sólo se pueden disfrutar -y entender- si se dispone de la sensibilidad y la inteligencia necesarias para ello. Call Me by Your Name (2017), el último trabajo de Luca Guadagnino, uno de los directores claves del cine europeo contemporáneo, es una buena muestra de ello. Auténtica catedral de sensaciones e inabarcable templo de emociones, los 130 minutos que conforman este trabajo que desde el mismo momento de su estreno se convirtió en un título de culto son pura poesía visual y verbal. Estamos ante una de esas rarezas que de cuando en cuando llegan a la cartelera; entiéndase el término rareza como una de esas películas tan perfectas a todos los niveles que cuesta creer que sean de verdad. Que existan. Es bastante complicado, por no decir imposible, encontrar el más mínimo defecto a esta película que habla como muy pocas han hablado antes del paso del tiempo, de la fugacidad del primer amor, del deseo, la pasión o del dolor, la impotencia y la frustración que acarrea la pérdida. Temas lo suficientemente universales, todos ellos, para que algunos se limiten a calificar esta película como “una película de temática gay”, sin más. Y, aunque es cierto que estamos ante una de las historias de amor homosexuales más lúcidas que se han visto en pantalla grande en mucho tiempo, reducir todo su potencial a una “historia gay” es, además de simplista, injusto.

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Tres anuncios en las afueras

Sólo un director con una gran seguridad en sí mismo y un inmenso talento puede rodar una película que gire en torno a la violación y asesinato de una joven desde un prisma sarcástico. El responsable de tal hazaña es el director británico Martin McDonagh, autor también del guión de una película que ha conquistado el Premio del Público en multitud de festivales (Toronto, San Sebastián…) y que opta a 7 estatuillas en los próximos Oscar. En efecto, el mayor mérito de Tres anuncios en las afueras (2017) es su funambulesco equilibrio entre el drama más desgarrado y la comedia más irreverente: conseguir esta constante dicotomía a lo largo de sus casi dos horas de metraje no es tarea fácil, pero McDonagh hace como si lo fuera. Embriagada de un humor negro que bebe constantemente de lo políticamente incorrecto, la que es la mejor película hasta la fecha del director de Escondidos en Brujas (2008) -por la que estuvo nominado a mejor guión original- es todo un tour de force de la búsqueda de la justicia, la venganza, el dolor, la pérdida, así como la violencia policial o el racismo. Temas de enjundia en una película que por sus gotas de western, cine negro, social y su ya comentada mezcla de drama y comedia hacen que sea difícil de adscribir a un género cinematográfico.

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Los Archivos del Pentágono

El llamado Rey Midas de Hollywood se ha ganado por méritos propios que cualquier estreno suyo en pantalla grande se convierta de forma instantánea en una cita ineludible, inexcusable. Convertido en el único director vivo que ha dirigido 11 películas nominadas en la categoría de mejor película en los Oscar, Spielberg es de esos tipos que nunca fallan. Y, cuando lo hacen, no quedan por debajo del 8 en una escala del 1 al 10, por lo que el notable lo tenemos más que garantizado. En esta ocasión, y para no perder la costumbre, el responsable de títulos tan míticos de la historia del cine como Tiburón (1975), E.T., el extraterrestre (1982) o Jurassic Park (1997), ha alumbrado una nueva obra maestra. Un 10. Una película de una perfección tan abrumadora que asusta y conmueve al mismo tiempo. Se titula Los Archivos del Pentágono y está predestinada a convertirse no sólo en uno de los títulos más emblemáticos de la filmografía de Spielberg, también en una de las cintas más importantes – y necesarias- de los últimos años.

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Jumanji: Bienvenidos a la Jungla

Hay películas que son intocables. Bien por el papel que desempeñan en la historia del cine o bien por la capacidad que tuvieron en su momento para marcar a toda una generación lo cierto es que, como digo, existen películas que -a priori- no admiten remakes, secuelas ni reboots. Jumanji, aquella joya que en 1995 nos enamoró a todos -gracias a su novedoso uso de los efectos digitales  pero, sobre todo, al inmenso carisma de su protagonista, el gran Robin Williams- es una de esas películas que tuvieron el poder de fascinar al mundo entero en su momento y que todavía hoy, más de dos décadas después de su estreno, se la recuerda con inmenso cariño. La mayoría que vimos este título siendo adolescentes nos sabemos la película de memoria y, aún así, somos incapaces de resistirnos a verla de nuevo cada vez que la vuelven a emitir por televisión. Era, sin duda, una de esas películas intocables. Por este motivo el público se echó encima del director Jake Kasdan cuando anunció que en 2017 estrenaría una nueva versión de la película original bajo el título Jumanji: Bienvenidos a la jungla. Y, para asombro de todos y el mío propio, el resultado ha merecido la pena.

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El gran showman

“El arte más noble es el de hacer felices a los demás”. La frase con la que echa el cierre El gran showman, debut en la dirección del australiano Michael Gracey, es toda una declaración de intenciones de uno de los musicales más exitosos de los últimos tiempos. Y lo es porque pocas veces se ha visto un musical con tanta vocación de hacer que el público se lo pase bien, que disfrute, que vibre incluso. Conscientes de que estaban ante uno de los géneros más peligrosos para la taquilla, los responsables de la que muchos han calificado como la heredera directa de Moulin Rouge -aunque Gracey no alcance el nivel de maestría ni el barroquismo de Luhrmann-, han apostado a lo seguro: canciones pegadizas, cast archiconocido, ritmo endiablado y duración ajustada. Estos son los ingredientes en los que se sustenta una película que no se avergüenza de estar ideada para las masas, que en ningún momento disimula su firme intención de llenar las salas de cine. Es más, parece incluso vanagloriarse de ello. ¿Es malo? Para los elitistas culturales quizá. Para este crítico desde luego que no.

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Asesinato en el Orient Express

Habrá quien se pregunte en la necesidad de poner en marcha esta nueva adaptación cinematográfica de la ya casi centenaria novela de Agatha Christie Asesinato en el Orient Express teniendo en cuenta la existencia de la mítica película de Sidney Lumet, quien en 1974 logró reunir a un cast de auténtico lujo para trasladar en imágenes la que muchos califican como la obra magna de la llamada Dama del Misterio. Y el resultado, lejos de ser una obra maestra, fue un trabajo más que digno muy aplaudido por la crítica, como demuestran sus 6 nominaciones a los Oscar y la estatuilla conseguida por Ingrid Bergman en el papel que ahora interpreta Penélope Cruz. Hay que destacar que igual de digna de aquella, lo es también este remake pilotado por Kenneth Branagh. Sí, es cierto que las comparaciones con su predecesora son inevitables y que la sombra de la obra de Lumet es alargada, pero intentaremos hacer una crítica de la película sin caer en comparaciones estériles e injustas. Merece la pena valorar esta nueva Asesinato en el Orient Express (2017) de forma independiente, porque cuenta con las suficientes virtudes como para sostenerse -y defenderse- por sí sola. 

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Anabelle: Creation

Poco podía imaginar James Wan cuando creó ese título de culto contemporáneo que es “Expediente Warren: The Conjuring” (2013) que éste iba a ser no sólo el comienzo de una saga de películas de miedo sino también el nacimiento de un universo fascinante repleto de secuelas, precuelas y spins-offs; un universo constituido por trabajos que, con mayor o menor tino, intentan aproximarse a la calidad artística y formal de la película con la que comenzó todo y que ha provocado que muchos amantes del género pasen incluso a considerar la marca “Expediente Warren” como un subgénero en sí mismo. Que los fans de dicha marca tiendan a relacionar entre sí todas las películas estrenadas a partir de “Expediente Warren: The Conjuring”, a pesar de ser proyectos independientes unos de otros, es un mérito que hay que agradecer a James Wan que, en su obra original y posterior secuela, creó un universo con el potencial suficiente para seguir estirando el chicle todo lo que se quiera. Pero, insisto, los resultados no han sido siempre positivos: ahí está Annabelle (2014) para corrobarlo: el spin-off de la muñeca que tanta curiosidad despertó en los fans cuando James Wan la presentó en sus films resultó ser el primer batacazo importante de este universo que poco a poco iba cogiendo forma: una película mala a rabiar, producida por el propio Wan, que suponía el primer -y hasta el momento único- naufragio en el universo Warren. 

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El amante doble

Una de las señas de identidad más características del cine de François Ozon es su admirable equilibrio entre lo genial y lo ridículo. Este hecho, lejos de ser un argumento para atacarle, es la pasta de la que están hecha los más grandes autores y directores de cine. La pasmosa facilidad con la que Ozon construye escenas que no sabes si catalogar como geniales o directamente de tomadura de pelo son constantes en su filmografía, y el que esto escribe no tiene ningún pudor en calificarlas de geniales. Sí: soy un ferviente admirador de este director francés, al que descubrí de forma tardía -con la inmejorable En la casa (2012)-, y me ha ido conquistando con cada nuevo trabajo, especialmente con Joven y bonita (2013) y Una nueva amiga (2014). Por eso me duele especialmente tener que hablar mal de El amante doble (2017), el primer gran tropiezo de su extraordinaria trayectoria. Se me antoja imposible defender con argumentos sensatos y coherentes una película tan plana, absurda, vacía y terriblemente aburrida como esta, un extraño e imposible híbrido entre thriller erótico, romance y traumas existenciales aderezados con mezcla de realidad y ficción. Duele reconocerlo, pero es así: no hay por donde coger El amante doble, una película en la que es imposible no perderse. Hasta el espectador más avispado saldrá del cine con la sensación que la han tomado el pelo. 

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It

Al igual que el director de la película que hoy nos ocupa, yo también leí la novela It de adolescente. Y, al igual que a él, a mí también me marcó profundamente. Sentí verdadero pánico durante su lectura, hasta el punto de que 15 años después aún recuerdo los escalofríos que recorrieron mi cuerpo. Durante el mismo instante en el que la leía supe que me hallaba ante un clásico de la literatura de terror; me atemorizaba enormemente la idea central del libro: que una entidad maligna, capaz de metamorfosearse en cualquier cosa, se alimentase de los miedos más recónditos de unos niños para torturarlos sin piedad. Uno de los aspectos por los que más conecté con esta obra magna de Stephen King fue, más que por el terror en sí, por la parte intimista del relato; por cómo todos los niños, llevando a la máxima potencia el concepto de amistad, se unen para superar sus miedos, hacer frente al monstruo y pasan de ser unos Perdedores a unos Ganadores. Porque It es una novela terrorífica, sí, pero también entrañable, tierna y por momentos incluso divertida. Y esto es lo que la convierte en algo especial. 

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