Déjame salir

Déjame salir (2017), debut en el largometraje del director y guionista Jordan Peele, es una de esas raras bendiciones que el amante del (buen) cine de terror agradece hasta la extenuación. En realidad cualquier amante del séptimo arte debería agradecer que se estrenen películas tan inteligentes, lúcidas y entretenidas como esta. Convertida en la gran sensación del cine de terror en Estados Unidos -donde a pesar de sus ínfimos 5 millones de dólares de presupuesto lleva recaudados sólo en ese país más de 150-, Déjame salir supone una de las operas primas más estimulantes del último cine de terror, demostrando que el género está más vivo que nunca. Peele, que ha hecho historia al convertirse en el primer director afroamericano que debuta con una película que rebasa los 100 millones de dólares en taquilla, firma un ejercicio cinematográfico de primer nivel; una película que va envolviendo al espectador poco a poco, enredándolo en una telaraña malsana y ametrallándolo con múltiples preguntas para terminar explotando por todo lo alto en su tramo final, tan apoteósico como inolvidable. 

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Alien: Covenant

Hay pocas sagas en la Historia del Cine que me vea capaz de defender con uñas y dientes en su totalidad. Por mucho que sea amante de una saga en concreto, siempre encuentro uno o varios capítulos de la misma que me resultan decepcionantes, cuando no malos. Por eso acudo temeroso a mi cita con cada nueva película de la serie Alien porque esta es, precisamente, una de las escasas sagas que nunca ha dejado de entusiasmarme. Porque, aunque la lista de películas que la integran sean mejores o peores, todas me terminan ganando porque me dan exactamente lo que les pido. No obstante, con Prometheus (Ridley Scott, 2012) esta relación de amor casi se va al traste. ¿Era mala? En absoluto, pero sí era la más floja de todas las rodadas hasta la fecha, ahogada en su (impostada) pretenciosidad y sin escrúpulos a la hora de traicionar una de las reglas fundamentales de la serie: dar miedo de verdad. Prometheus era visualmente impoluta, y tenía escenas muy logradas, pero la presencia de las criaturas malignas era tan escasa que casi había que parar la película para presenciarlas. Sin embargo, y a pesar de que despertó mis temores de que a partir de ahí todo fuese cuesta abajo, Prometheus me gustó. Pero nada comparado con Alien: Covenant (2017), su secuela, sin duda la entrega más visceral, entretenida y gore de la saga.

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El círculo

Las nuevas tecnologías están tan presentes en nuestras vidas que, a menudo, olvidamos que son un arma de doble filo. Un caramelo envenenado. ¿Son útiles? Indudablemente. Pero bien es sabido que donde existe el Paraíso -búsqueda de información instantánea, contacto directo con familiares y amigos y mil cosas más- también existe el Infierno. Y es aquí, justo aquí, donde encuentra su razón de ser El círculo (2017), el nuevo trabajo de James Ponsoldt, director de las estimables Aquí y ahora (2013) y The End of the tour (2015). Adaptación del fenómeno editorial homónimo de Dave Eggers, un auténtico best seller, principalmente entre el público juvenil, esta amalgama de thriller, drama y ciencia ficción es un trabajo que reflexiona sobre los peligros de Internet de una forma muy didáctica, amena y con una clara (y sana) vocación de llegar a todos los públicos. El resultado es una película de trazo limpio, inusitadamente entretenida y con un poder hipnótico fuera de toda duda.  

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La bella y la bestia

Empecemos hablando claro: quien piense que por adaptar una obra maestra de la animación a acción real el resultado tiene que ser necesariamente otra obra maestra, está profundamente equivocado. Es más, puede que lo que salga de dicho experimento sea una película poco recomendable o, directamente, una mala película. Hay revisiones -o repeticiones- que sobran, y La Bella y la bestia -última criatura de esa factoría Disney dispuesta a rentabilizar a toda costa sus grandes éxitos de animación de la Historia- ha sido la última en engrosar esta lista. Dirigida por Bill Condon y escrita a cuatro manos -por increíble que parezca, ya que el 80% de los diálogos están calcados de la original-, esta adaptación de la mítica película de 1991, el primer largometraje de animación nominado a la Mejor Película en los Oscar, es un trabajo injustificable se mire por donde se mire que lo único que pone de manifiesto es la falta de creatividad y de ideas originales del Hollywood actual. Acabará el año como la película más taquillera de 2017: quizá aquí tengamos la justificación de haberla puesto en marcha. 

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Moonlight

Resulta casi un milagro que una película como Moonlight (Barry Jenkins, 2016) haya llegado hasta donde ha llegado. Hay que exprimir mucho la mente para recordar cuándo una película tan alejada de los parámetros comerciales tradicionales, protagonizada por actores prácticamente desconocidos para el gran público y pilotada por un director casi debutante -por no hablar de su escaso presupuesto: apenas 5 millones de dólares, cifra casi insólita en el Hollywood actual- llegaba a las carteleras de todo el mundo de forma tan masiva, cosechando entusiastas acogidas de público y crítica. Un recorrido fulgurante que vivió su punto álgido la noche del 26 de febrero, fecha en la que esta cinta de corte independiente acerca de lo duro que es ser gay y afroamericano en América se alzó con el Oscar a la Mejor Película -uno de los tres galardones que logró de un total de 8 nominaciones-, arrebatándole el premio gordo a la que todas las quinielas daban como gran favorita: La la land (Damien Chazelle, 2016). Se convertía, así, en la primera película de temática LGTB en ganar el Oscar más importante. Pero, ¿es justificable este fenómeno? ¿por qué tras su historia aparentemente manida, y pese a abordar temas muy sobados en el cine -maltrato escolar, drogas, las trabas de la homosexualidad-, ha logrado conquistar al público?

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Múltiple

Imagino que para cualquier artista debe resultar agotador que el público compare cada una de sus nuevas creaciones con su obra cumbre. De esta realidad no se libran, ni mucho menos, los directores de cine. El cineasta M. Night Shyamalan firmó a finales de los años 90 un título clave ya no sólo para el cine de misterio -con un giro final del que se habló hasta en el rincón más recóndito del planeta-, sino también para la cultura popular, provocando un impacto social con pocos precedentes. El bombazo de El sexto sentido (1999) fue tal que, le guste o no, el director hindú tiene que soportar que público y crítica, a veces por mera rutina, infravaloren algunos de sus nuevos trabajos por el hecho de no estar a la altura de la mítica película protagonizada por Bruce Willis. Sirva esta introducción como autocrítica por no juzgar, a veces, las obras de un director de forma independiente, sino comparándolas con -digamos- el buque insignia de la filmografía del cineasta en cuestión. En cualquier caso, y como en en la cosecha de todo director de cine, Shyamalan ha firmado películas para recordar y otras para olvidar. Múltiple es de las primeras. Con sus puntos fuertes -la mayoría- y los débiles -la minoría-, este thriller psicológico termina en el lado de la balanza de las películas del cineasta que no nos podemos perder. 

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La la land

Ocurre de cuando en cuando. Y, cuando sucede, no cabe otra que celebrarlo. Estoy hablando de la película perfecta. Aquella a la que es (casi) imposible ponerle un “pero”. Me estoy refiriendo al que muchos califican como el musical del S.XXI y, sin duda, uno de los fenómenos cinematográficos  más importantes de los últimos años. Y lo más fuerte de todo es que, a la hora de escribir estas líneas, la cinta apenas lleva unos días en cartel. Tiempo más que suficiente para comprobar como La la land (2016) ha trascendido su condición de película para pasar a convertirse en un fenómeno social; no hay rincón del planeta en el que no se hable del tercer largometraje de Damien Chazelle, el aclamado director de Whiplash (2014). Como no soy de dejarme llevar por las opiniones mayoritarias, me dejé caer en una sala de cine dos días después del estreno de la película temeroso de que las expectativas disparadas -algo inevitable, después de leer y escuchar todo lo BUENO que se estaba diciendo del film en cuestión- no se cumplieran. Pero se cumplieron. La la land es una de esas bendiciones que agradecemos todos los amantes del cine. Un regalo. 

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Sully

Siempre he sido un ardiente entusiasta del cine de Clint Eastwood. Desde que tengo uso de razón lo he considerado uno de los más grandes directores en activo, poseedor de una extraordinaria sensibilidad tras la cámara, una habilidad innata para contar historias apasionantes y un gran conocedor de la condición humana. Por eso me pregunto en qué momento dejó de interesarme su cine o, dicho de otra forma, dejé de esperar sus películas como agua de mayo. Hago la vista atrás y descubro que ese punto de inflexión se produce a partir de esa -incomprendida, infravalorada- obra maestra llamada Más allá de la vida (2010), una de las películas más valientes, arriesgadas y desgarradoras de la filmografía del director americano. De ahí para atrás soy incapaz de detectar tropiezo alguno en la carrera de tan brillante creador. Sin embargo, es, ya digo, a partir de hace algo más de un lustro hasta la actualidad cuando Eastwood ha ido encadenando proyectos tan descafeinados como torpes. Películas tan rutinarias, planas y, en algunos casos, malas, que parece mentira que hayan sido firmadas por él. Me estoy refiriendo a: J. Edgar (2011) -quizá la peor película de su cosecha-, Jersey Boys (2014), El francotirador (2014) y, finalmente, la que hoy nos ocupa: Sully (2016), trabajo que acentúa el declive cinematográfico del otrora maestro Clint Eastwood. 

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La chica del tren

Partamos de la base de que no era fácil trasladar a imágenes La chica del tren, una novela contada desde múltiples puntos de vista, trufada de flashbacks y viajes temporales de todo tipo. Adaptar un best seller tan complejo narrativamente a la gran pantalla, sin duda, no era moco de pavo, si se me permite la expresión. Y eso sin contar la enorme presión que supone filmar la adaptación del que es considerado el último gran fenómeno editorial mundial, como demuestran sus 11 millones de ejemplares vendidos. Para que nos hagamos una idea, basta decir que cada 6 segundos se despachan en las librerías de todo el mundo un ejemplar de esta novela negra que ha convertido a su autora, Paula Hawkins, en multimillonaria. La cuestión es si la película está a la altura del potente material en el que se basa y, como suele suceder en la mayoría de ocasiones, desgraciadamente no es así. Si la novela de Hawkins se caracterizaba por su ritmo ágil, su carácter imprevisible y su intriga más o menos lograda, en la película (Tate Taylor, 2016) todo sabe a añejo, a algo mil veces visto. No ayuda, en absoluto, el tono desganado y frío con el que parece que está rodada, dando como resultado una película espesa, pasada de moda, taciturna. 

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Cuerpo de élite

De entre los muchos factores que contribuyen a que una película sea un éxito, no hay duda que la fecha elegida para su estreno es uno de los más importantes. Cuerpo de élite (2016), debut en el largometraje del director madrileño Joaquín Mazón, se ha visto enormemente beneficiada por haber llegado a las salas en un momento en el que los españoles parecen pedir a gritos una cosa: reír. Con la crisis económica todavía haciendo de las suyas y los conflictos nacionalistas en su punto álgido, no hay duda que lo que el público demanda son películas que les ayude a desconectar de sus problemas cotidianos. En este sentido la opera prima de Mazón es irreprochable: da exactamente lo que su público pide de ella. Humor costumbrista, risas construidas en base a los tópicos regionales -en la línea de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014)-, más mala baba de la esperada -genial toda su afilada crítica a los falsos defensores de la patria- y mucha acción son los ingredientes de una película cuyos pros y contras son claramente palpables. Pasamos a analizarlos.

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Elle

En un tiempo en el que cada vez más directores sucumben a la tentación de lo políticamente correcto, en el que cada vez cuesta más encontrar riesgo, atrevimiento y osadía en el séptimo arte, se agradece (y mucho) un film como Elle y un director como Paul Verhoeven, autor de una filmografía que se caracteriza precisamente por no casarse con ningún parámetro preestablecido y hacer básicamente el cine que le da la gana, ajeno a si éste resulta más o menos polémico. Y este adjetivo es, precisamente, el que mejor describe a su última criatura, un film que desde su triunfal proyección en el Festival de Cannes (dentro de la sección oficial de largometrajes a concurso) ha despertado un inusitado respaldo unánime de la crítica. Los factores que convierten a Elle, la elegida por Francia para representarle en los Oscar, en una película polémica van mucho más allá del hecho de mostrar algo que nunca se ha visto en el cine -como es el retrato de una mujer violada que se niega a aceptar el papel de víctima-, sino en todo el conjunto de debates morales que va desplegando su(s) trama(s) y la aguda mirada del director por mostrar un mundo enfermo. 

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No respires

Debería existir una máxima en el mundo del cine que impidiese rodar un remake si éste no nace con la ambición de mejorar o, por lo menos, igualar, a la obra original. Dicha máxima, ignorada o directamente despreciada por la mayoría de cineastas que se aventuran a hacer un remake, se la tomó muy en serio Fede Álvarez cuando en 2013 decidió hacer su particular versión del clásico de Sam Raimi Posesión infernal (1981). El debut del director en el largometraje, tras una exitosa carrera como cortometrajista, nos dejó a todos de piedra: no sólo por conseguir superar en calidad a la icónica obra de Raimi -tomándose muy en serio lo que para el director de la saga Spider-man era un cachondeo puro y duro-, sino por demostrar una personalidad fílmica, una concisión y un tono estilístico impropio en un director novel. No respires (2016), película en la que Álvarez reincide en el terror, viene a confirmar que lo que parecía un espejismo no lo es en absoluto y que el uruguayo, último de una estirpe de cineastas iberoamericanos afincados en Hollywood, ya puede considerarse uno de los más grandes directores de terror de los últimos años. 

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