Moonlight

Resulta casi un milagro que una película como Moonlight (Barry Jenkins, 2016) haya llegado hasta donde ha llegado. Hay que exprimir mucho la mente para recordar cuándo una película tan alejada de los parámetros comerciales tradicionales, protagonizada por actores prácticamente desconocidos para el gran público y pilotada por un director casi debutante -por no hablar de su escaso presupuesto: apenas 5 millones de dólares, cifra casi insólita en el Hollywood actual- llegaba a las carteleras de todo el mundo de forma tan masiva, cosechando entusiastas acogidas de público y crítica. Un recorrido fulgurante que vivió su punto álgido la noche del 26 de febrero, fecha en la que esta cinta de corte independiente acerca de lo duro que es ser gay y afroamericano en América se alzó con el Oscar a la Mejor Película -uno de los tres galardones que logró de un total de 8 nominaciones-, arrebatándole el premio gordo a la que todas las quinielas daban como gran favorita: La la land (Damien Chazelle, 2016). Se convertía, así, en la primera película de temática LGTB en ganar el Oscar más importante. Pero, ¿es justificable este fenómeno? ¿por qué tras su historia aparentemente manida, y pese a abordar temas muy sobados en el cine -maltrato escolar, drogas, las trabas de la homosexualidad-, ha logrado conquistar al público?

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Múltiple

Imagino que para cualquier artista debe resultar agotador que el público compare cada una de sus nuevas creaciones con su obra cumbre. De esta realidad no se libran, ni mucho menos, los directores de cine. El cineasta M. Night Shyamalan firmó a finales de los años 90 un título clave ya no sólo para el cine de misterio -con un giro final del que se habló hasta en el rincón más recóndito del planeta-, sino también para la cultura popular, provocando un impacto social con pocos precedentes. El bombazo de El sexto sentido (1999) fue tal que, le guste o no, el director hindú tiene que soportar que público y crítica, a veces por mera rutina, infravaloren algunos de sus nuevos trabajos por el hecho de no estar a la altura de la mítica película protagonizada por Bruce Willis. Sirva esta introducción como autocrítica por no juzgar, a veces, las obras de un director de forma independiente, sino comparándolas con -digamos- el buque insignia de la filmografía del cineasta en cuestión. En cualquier caso, y como en en la cosecha de todo director de cine, Shyamalan ha firmado películas para recordar y otras para olvidar. Múltiple es de las primeras. Con sus puntos fuertes -la mayoría- y los débiles -la minoría-, este thriller psicológico termina en el lado de la balanza de las películas del cineasta que no nos podemos perder. 

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La la land

Ocurre de cuando en cuando. Y, cuando sucede, no cabe otra que celebrarlo. Estoy hablando de la película perfecta. Aquella a la que es (casi) imposible ponerle un “pero”. Me estoy refiriendo al que muchos califican como el musical del S.XXI y, sin duda, uno de los fenómenos cinematográficos  más importantes de los últimos años. Y lo más fuerte de todo es que, a la hora de escribir estas líneas, la cinta apenas lleva unos días en cartel. Tiempo más que suficiente para comprobar como La la land (2016) ha trascendido su condición de película para pasar a convertirse en un fenómeno social; no hay rincón del planeta en el que no se hable del tercer largometraje de Damien Chazelle, el aclamado director de Whiplash (2014). Como no soy de dejarme llevar por las opiniones mayoritarias, me dejé caer en una sala de cine dos días después del estreno de la película temeroso de que las expectativas disparadas -algo inevitable, después de leer y escuchar todo lo BUENO que se estaba diciendo del film en cuestión- no se cumplieran. Pero se cumplieron. La la land es una de esas bendiciones que agradecemos todos los amantes del cine. Un regalo. 

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Sully

Siempre he sido un ardiente entusiasta del cine de Clint Eastwood. Desde que tengo uso de razón lo he considerado uno de los más grandes directores en activo, poseedor de una extraordinaria sensibilidad tras la cámara, una habilidad innata para contar historias apasionantes y un gran conocedor de la condición humana. Por eso me pregunto en qué momento dejó de interesarme su cine o, dicho de otra forma, dejé de esperar sus películas como agua de mayo. Hago la vista atrás y descubro que ese punto de inflexión se produce a partir de esa -incomprendida, infravalorada- obra maestra llamada Más allá de la vida (2010), una de las películas más valientes, arriesgadas y desgarradoras de la filmografía del director americano. De ahí para atrás soy incapaz de detectar tropiezo alguno en la carrera de tan brillante creador. Sin embargo, es, ya digo, a partir de hace algo más de un lustro hasta la actualidad cuando Eastwood ha ido encadenando proyectos tan descafeinados como torpes. Películas tan rutinarias, planas y, en algunos casos, malas, que parece mentira que hayan sido firmadas por él. Me estoy refiriendo a: J. Edgar (2011) -quizá la peor película de su cosecha-, Jersey Boys (2014), El francotirador (2014) y, finalmente, la que hoy nos ocupa: Sully (2016), trabajo que acentúa el declive cinematográfico del otrora maestro Clint Eastwood. 

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La chica del tren

Partamos de la base de que no era fácil trasladar a imágenes La chica del tren, una novela contada desde múltiples puntos de vista, trufada de flashbacks y viajes temporales de todo tipo. Adaptar un best seller tan complejo narrativamente a la gran pantalla, sin duda, no era moco de pavo, si se me permite la expresión. Y eso sin contar la enorme presión que supone filmar la adaptación del que es considerado el último gran fenómeno editorial mundial, como demuestran sus 11 millones de ejemplares vendidos. Para que nos hagamos una idea, basta decir que cada 6 segundos se despachan en las librerías de todo el mundo un ejemplar de esta novela negra que ha convertido a su autora, Paula Hawkins, en multimillonaria. La cuestión es si la película está a la altura del potente material en el que se basa y, como suele suceder en la mayoría de ocasiones, desgraciadamente no es así. Si la novela de Hawkins se caracterizaba por su ritmo ágil, su carácter imprevisible y su intriga más o menos lograda, en la película (Tate Taylor, 2016) todo sabe a añejo, a algo mil veces visto. No ayuda, en absoluto, el tono desganado y frío con el que parece que está rodada, dando como resultado una película espesa, pasada de moda, taciturna. 

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Cuerpo de élite

De entre los muchos factores que contribuyen a que una película sea un éxito, no hay duda que la fecha elegida para su estreno es uno de los más importantes. Cuerpo de élite (2016), debut en el largometraje del director madrileño Joaquín Mazón, se ha visto enormemente beneficiada por haber llegado a las salas en un momento en el que los españoles parecen pedir a gritos una cosa: reír. Con la crisis económica todavía haciendo de las suyas y los conflictos nacionalistas en su punto álgido, no hay duda que lo que el público demanda son películas que les ayude a desconectar de sus problemas cotidianos. En este sentido la opera prima de Mazón es irreprochable: da exactamente lo que su público pide de ella. Humor costumbrista, risas construidas en base a los tópicos regionales -en la línea de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014)-, más mala baba de la esperada -genial toda su afilada crítica a los falsos defensores de la patria- y mucha acción son los ingredientes de una película cuyos pros y contras son claramente palpables. Pasamos a analizarlos.

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Elle

En un tiempo en el que cada vez más directores sucumben a la tentación de lo políticamente correcto, en el que cada vez cuesta más encontrar riesgo, atrevimiento y osadía en el séptimo arte, se agradece (y mucho) un film como Elle y un director como Paul Verhoeven, autor de una filmografía que se caracteriza precisamente por no casarse con ningún parámetro preestablecido y hacer básicamente el cine que le da la gana, ajeno a si éste resulta más o menos polémico. Y este adjetivo es, precisamente, el que mejor describe a su última criatura, un film que desde su triunfal proyección en el Festival de Cannes (dentro de la sección oficial de largometrajes a concurso) ha despertado un inusitado respaldo unánime de la crítica. Los factores que convierten a Elle, la elegida por Francia para representarle en los Oscar, en una película polémica van mucho más allá del hecho de mostrar algo que nunca se ha visto en el cine -como es el retrato de una mujer violada que se niega a aceptar el papel de víctima-, sino en todo el conjunto de debates morales que va desplegando su(s) trama(s) y la aguda mirada del director por mostrar un mundo enfermo. 

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No respires

Debería existir una máxima en el mundo del cine que impidiese rodar un remake si éste no nace con la ambición de mejorar o, por lo menos, igualar, a la obra original. Dicha máxima, ignorada o directamente despreciada por la mayoría de cineastas que se aventuran a hacer un remake, se la tomó muy en serio Fede Álvarez cuando en 2013 decidió hacer su particular versión del clásico de Sam Raimi Posesión infernal (1981). El debut del director en el largometraje, tras una exitosa carrera como cortometrajista, nos dejó a todos de piedra: no sólo por conseguir superar en calidad a la icónica obra de Raimi -tomándose muy en serio lo que para el director de la saga Spider-man era un cachondeo puro y duro-, sino por demostrar una personalidad fílmica, una concisión y un tono estilístico impropio en un director novel. No respires (2016), película en la que Álvarez reincide en el terror, viene a confirmar que lo que parecía un espejismo no lo es en absoluto y que el uruguayo, último de una estirpe de cineastas iberoamericanos afincados en Hollywood, ya puede considerarse uno de los más grandes directores de terror de los últimos años. 

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Nunca apagues la luz

Digámoslo alto y claro desde el principio: Nunca apagues la luz (2016) es una película de terror que da miedo de verdad. Y esto, en una época en la que el género está infectado de remakes insufribles, cintas que más que miedo dan risa y otras que pretenden ser tan falsamente vanguardistas que olvidan que el principal objetivo de una cinta de terror es que el espectador se retuerza en la butaca, es de especial agradecer. David F. Sandberg, que debuta en el largometraje con la adaptación de un corto dirigido por él –Lights out (2013)- nos regala una película confeccionada para que el amante del cine de terror se lo pase pipa. Y, como sabe que el público de este tipo de productos es de todo menos paciente, empieza a disparar sangre y sustos desde el minuto uno. El cineasta sueco, que aplica la máxima de lo bueno si breve dos veces bueno -la acción queda condensada en apenas hora y cuarto- no se va por las ramas y comienza a darle a su público lo que pide desde el primer segundo. Parece poco, pero no lo es. Y más en un género en el que parecía que había que acostumbrarse a que transcurriera el ecuador de la película para encontrar un susto, por mínimo que fuese. La afilada capacidad de provocar miedo es algo que cada vez cuesta más encontrar en las películas de terror y este es, precisamente, uno de los platos fuertes de un film del que el propio director ya está preparando la secuela.

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Café Society

Tras ver Café Society (Woody Allen, 2016) uno entiende por qué fue recibida con gran entusiasmo en el último Festival de Cannes: estamos ante una de las películas más logradas del genio neoyorquino. Al igual de lo que sucedió con Match Point (2004) o la más reciente Blue Jasmine (2013), la nueva obra de Allen está a la altura de alguna de las obras maestras de su primera etapa como cineasta, sin duda la más fructífera e interesante. Como muchas carreras cinematográficas, la trayectoria del director de Manhattan o Annie Hall está plagada de muchas cimas, simples colinas y algún que otro desastre -a la mente me viene A Roma con amor (2012), una película que nunca debería haber existido-. La razón principal por la que Café Society habría que encuadrarla dentro del primer grupo es que es una película que mezcla con pasmosa sencillez lo bonito con lo trágico, lo agradable con lo que no lo es, el brillo y la purpurina con el vacío más atronador. Inmensamente bella pero terriblemente trágica a la vez, esta comedia dramática ambientada en el Nueva York de los años 30 consigue dejar al espectador en un profundo estado de confusión: ese que te dejan las películas que disfrutas con una sonrisa pero que, al mismo tiempo, también te dan motivos para estar triste. 

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Expediente Warren: el caso Enfield

Si el cine de terror actual está viviendo un momento feliz es, en buena parte, gracias al director James Wan, uno de los máximos renovadores del género en los últimos años. Con Expediente Warren: el caso Enfield (2016), el director malayo se pone nuevamente al frente de una secuela de un trabajo dirigido por él, tal y como hizo con Insidious: Capítulo 2 (2013). Era inevitable que tras el brutal éxito de público y crítica de la imprescindible Expediente Warren: The Conjuring se pusiese en marcha la segunda parte de una de las películas de terror más estimulantes y terroríficas de lo que va de siglo. En esta ocasión nos encontramos ante una secuela que está al mismo nivel que su predecesora, dinamitando el concepto de que segundas partes nunca fueron buenas: Expediente Warren: el caso Enfield repite los mismos aciertos de la primera entrega -la misma atmósfera inquietante, lo en serio que se toma Wan a sus personajes, su robustez técnica…- y añade algunas mejoras, como incrementar el nivel de sustos y, sorpresa, prestar una atención especial a la banda sonora, con temas de Elvis Presley -“Can´t help falling in love“, brillante broche de oro- o de los Bee Gees –“I stapted joke”-, entre otros muchos. 

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A primera vista

En 2010 el director y guionista brasileño Daniel Ribeiro alumbró No quiero volver solo, un cortometraje de corte homosexual que encandiló a público y crítica -se alzó con el galardón al mejor cortometraje en el prestigioso Festival de Sao Paulo-. Dicho trabajo, en el que el director experimentó lo que suponía trabajar con un actor joven dando vida a un adolescente ciego, permitió a Ribeiro conseguir la financiación para rodar su primer largometraje, A primera vista (2014), film que profundiza en la trama de dicho cortometraje y que está protagonizado por el mismo elenco principal. En ambos proyectos es palpable la sensibilidad y el buen hacer del cineasta tras la cámara, así como su afán por conseguir transmitir la máxima emoción posible con el menor número de trucos y artificios. Si por algo destaca tanto el cortometraje, primero, como el largometraje, después, es por huir de cualquier tipo de exceso: sorprende encontrarse en la parcela de películas de temática LGTB, tan dadas a lo explícito y a lo superficial, un trabajo que deje de lado cualquier atisbo de provocación y morbo y no se deje arrastrar tampoco por el dramatismo que bien podría derivarse de muchas de las situaciones que aquí se nos plantean -los compañeros de clase homófobos, el sufrimiento interior del protagonista, etc-. 

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