Cosas que nunca te dije

Que Isabel Coixet es una de las directoras españolas de más inclasificable personalidad no es ningún secreto; la realizadora catalana sorprendió a propios y extraños con Cosas que nunca te dije (1996), su segundo largometraje, una cinta romántica que, como digo, no es una historia de amor al uso. Coixet convierte este relato, que parte con una ruptura, en una eficaz reflexión acerca sobre la pérdida, frustración y, en definitiva, el vacío que provoca el desamor. Como si se estuviese desnudando emocionalmente, la cineasta se vuelta por completo en una película intimista, sincera, sin artificios, de aspecto frágil y delicado pero construida sobre pilares de hierro, de cuidada ambientación y sustentada por un guión sólido, repleto de frases que trascienden su mera condición literaria y se convierten en auténticas lecciones de vida, como la que reza: “Puedes amar tanto a una persona que tan solo el miedo a perderla haga que lo juegas todo y acabes perdiéndola”, y que es la detonante de la acción dramática. Aunque, si tuviese que escoger una de ellas, sería la que inspira al título del film: “Las cosas que nunca se dicen suelen ser las más importantes”. Una afirmación nada circunstancial en una obra que, por encima de todo, aboga por expresar en todo momento lo que dicta el corazón con la persona que queremos porque, en ocasiones, la vida no concede segundas oportunidades. A veces, decir “te quiero” a tiempo puede ser la solución.

Eso lo sabe muy bien Ann (Lily Taylor) la protagonista de la función: esta dependienta de una tienda fotográfica representa la viva imagen de la desesperanza; ha conocido de primera amor el poder destructivo -pero, a su vez, tremendamente enriquecedor- que produce el amor -o más concretamente el desamor-, máxime cuando se ha mostrado incapaz de expresar a su pareja sus sentimientos afectivos. Cuando Bob, su novio, rompe con ella vía telefónica, momento que se nos narra visualmente a través de un brillante plano fijo sostenido, siente que el mundo se le acaba, hasta el punto de intentar suicidarse. Tras las recuperación intentará ponerse en contacto con ex a través de una grabación doméstica en cinta de vídeo, donde le comunica todo lo que ha callado durante su periodo de relación; un monólogo impecable, donde reflexiones como: “Te amo con esa clase de amor que había rezado por sentir cuando era una adolescente y que ahora rezo por no volver a sentir” han quedado grabadas para la posterioridad por su capacidad ilustradora del cosmos interior de Ann. Y es aquí cuando uno se da cuenta que empatiza con los dos personajes principales -ella y Don (Andrew McCarthy), un vendedor de casas que también trabaja en el teléfono de la esperanza al que Ann llama en busca de consuelo- engrandecen unos personajes ya de por sí son enormes, encarnados por dos actores de larga experiencia en el cine independiente americano; Coixet los perfila hasta el último detalle, hasta el último recoveco y logra que el espectador se identifique con ellos, quizá porque sus reflexiones interiores también han sido las nuestras en algunos momentos de nuestras vidas. Asistimos, con el alma sobrecogida, a seres a los que la vida no ha tratado muy bien, aparentemente frágiles pero a la vez dueños de una envidiable entera para hacer frente a sus problemas afectivos. 

Con una gran entidad audiovisual, donde la lluvia purifica y en la lavandería, en efecto, se lavan los trapos sucios, Cosas que nunca te dije es una película para digerir con calma, que huye de cualquier atisbo de pretensión y destinada a un saboreo pausado y al intentar sacarle todo el juego posible. Isabel Coixet se sumerge a lo más íntimo del ser humano, evidencia ser una hábil conocedora de la condición humana y sabe de lo que está hablando, como si lo que está narrando fueran experiencias autobiográficas de una directora que también firma el guión y que, además, reconoce tenerle un gran cariño a la película. Haciendo un viaje por el laberinto de las emociones de todos y cada uno de nosotros (“¿por qué a la gente le cuesta hablar tanto de sexo si lo relamente difícil es hablar del amor?”), la directora se muestra lo más cercana posible a la verosimilitud , mediante un juego constante con los silencios y apoyada en una fría ambientación -a veces, eso sí, excesiva- y sentó las bases de ese drama intimista que más tarde se convertiría en una constante en su cine, con La vida secreta de las palabras (2005) o Mi vida sin mi (2003). Cintas, por cierto, que evidencian como una buena campaña de marketing es la herramienta más eficaz a la hora de llegar al público, puesto que ambas son películas más o menos conocidas por las masas, mientras que Cosas que nunca te dije permanece más en el anonimato.

Muchas veces nos han hablado del amor en cine, pero en pocas ocasiones se ha construido una pregunta que intenta definir este concepto y todo lo que le rodea, sus aristas, aunque Coixet se centra más en el drama del desamor y, concretamente, en el desengaño amoroso. La autora sabe lo difícil que es que una relación funcione y plasma esta idea temática en una cinta amarga, de sabor agridulce, donde se nos muestra que el drama de otras personas -escena del helado- podemos también padecerlos nosotros en un momento dado. Pero, al final, siempre hay hueco para la esperanza. Y la vitalista música de Tom Jones sonará más fuerte que nunca. Eso sí: cuidado a quien se lo recomiendan. 

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