La novia

Libre adaptación de la novela Bodas de sangre, del prosista y dramaturgo andaluz Federico García Lorca, La novia (2015), es uno de los trasvases entre disciplinas artísticas más importantes de los últimos tiempos. Paula Ortiz, nominada al Goya por su primer largometraje, De tu ventana a la mía (2011), se enfrenta a una misión (casi) imposible: poner en imágenes el onírico, lírico e imaginativo universo del reconocido poeta granadino. Titánica tarea la de trasladar a fotogramas la riqueza textual e imaginativa de Lorca de la que Ortiz no sólo sale indemne, sino triunfadora total. Aplaudida su valentía por embarcarse en semejante reto, por el que la realizadora aragonesa se consolida como una de las voces más personales y libres del cine español, conviene decirlo alto y claro: La novia es auténtica poesía para los sentidos. Y dentro de toda la poesía, la mejor. La continua fabricación de imágenes que encierran toda la belleza que seamos capaces de imaginar hace que llegue un punto en el que, literalmente, no seamos capaces ni de respirar; que nos sintamos realmente abrumados por un despliegue preciosista nunca antes visto en el cine español. 

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Los miércoles no existen

Aunque está basada en la pieza teatral homónima, muchos no saben que el origen de “Los miércoles no existen” (Peris Romano, 2015) es un guión de cine escrito por el propio director antes de que su obra se llevara a las tablas con gran éxito, con representaciones durante 3 años en 3 teatros de Madrid -El Sol de York, Lara y Fígaro- y una gira por toda España, a cargo de dos compañías distintas que la interpretaron de forma simultánea. La galopante crisis y la dificultad de encontrar productores imposibilitó la idea de trasladar a fotogramas un guión pensado inicialmente para el cine, pero la jugada le salió bien a Romano, ya que tres años después y con el aval del público y la crítica a sus espaldas, los productores se interesaron por fin en su proyecto. La película Los miércoles no existen pasó a ser una realidad. Comedia dramática ambientada en un Madrid que en todo momento funciona como un personaje más, la obra gira en torno a las idas y venidas sentimentales de un grupo de 6 treintañeros en crisis -siete, si contamos a María León, que únicamente aparece en la introducción del film-. Todo aderezado, claro está, con música, para mantener intacto el espíritu de la obra original. 

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Las ovejas no pierden el tren

Un escritor poco inspirado que hace tiempo que no saborea las mieles del éxito;  una mujer que intenta desafiar a su reloj biológico quedándose embarazada y otra desesperada por encontrar al amor de su vida; un anciano que padece Alzhéimer; la historia de un amor imposible… ¿El mayor drama de todos los tiempos? No: la última comedia de Álvaro Fernández Armero. Las ovejas no pierden el tren (2014), el regreso del cineasta madrileño a la gran pantalla tras 7 años dedicado a la televisión, es de esas películas con la habilidad de contarte cosas serias con risas; uno de esos trabajos que utilizan el humor como herramienta para reflexionar sobre temas de envergadura, como la madurez, la familia, la búsqueda del amor, las falsas expectativas… y, por encima de todo, la autodeterminación para romper con lo políticamente correcto. En efecto: el nuevo trabajo del director de las chispeantes e ingeniosas Todo es mentira (1994) o Nada en la nevera (1998)  es un  llamamiento a dar de lado a los cánones y a los plazos determinados que parece fijar la sociedad para triunfar, cuando lo único que ésto trae consigo es infelicidad y frustración. 

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3 bodas de más

Resulta interesante comprobar cómo Javier Ruiz Caldera, con tan sólo tres películas en su haber, se ha ido labrando una de las filmografías más sólidas y estimulantes de la comedia española reciente, convirtiéndose en un valor seguro del género. Tras sus comienzos como cortometrajista, el director catalán sorprendía con la incomprendida Spanish Movie (2005), excelsa parodia del cine español; se crecía en la gran Promoción fantasma (2012) y, por último, asesta el definitivo golpe de efecto con la que supone un considerable ascenso de calidad -y madurez- respecto a las ya citadas: 3 bodas de más (2013), donde vuelve a sintetizar en hora y media un cúmulo vertiginoso de chistosas situaciones. Encargada de inaugurar el Festival de Cine Europeo de Sevilla y escrita por Pablo Alén y Breixo Corral traspasando el espíritu de la comedia USA más irreverente (la sombra de los Farrylly es alargada), cumple con creces lo que se propone: ser graciosa de principio a fin -con sorpresa en los títulos de crédito finales incluida-. 

Madrid, Espa–a. 22/10/2011. Retrato del actor Maxi Iglesias.

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La voz dormida

Cada vez que en España se estrena una película ambientada en la Guerra Civil diversos colectivos -especialmente los conservadores o los relativos a la extrema derecha- tiemblan. Mientras que otros pueblos, como el americano o el francés, respetan su Historia, aquí parece que cada vez que un director ofrece, con toda la legitimidad del mundo, su visión sobre uno de los hechos históricos más relevantes del último siglo en nuestro país, se toma cuanto menos como una ofensiva. ¿Por qué? Como prefiero no pensar que el motivo principal son ciertas reminiscencias del franquismo, pasemos a analizar La voz dormida (Benito Zambrano, 2011), la adaptación de la novela homónima de Dulce Chacón, que viene a sumarse a la larga lista de películas ambientadas en los convulsos años de la posguerra española. La obra enfoca su atención en esas valientes mujeres que sufrieron la represión y la barbarie franquista. Se sitúa así, por tanto, en la misma división en la que ya jugaron títulos de temática similar como Las 13 Rosas (Emilio Martínez Lázaro, 2007) o Libertarias (Vicente Aranda, 1996). Con guión del propio director, en colaboración de Ignacio del Moral -la autora del libro original no pudo colaborar debido a su fallecimiento en 2003-, La voz dormida es una película que, por su permanente y firme compromiso con la realidad, despertará tantos odios como admiraciones: mientras algunos la acusarán de remover un pasado que (aseguran) ya cicatrizó, otros -entre los que me incluyo-, verán en ella una oportunidad perfecta para conocer más a fondo un suceso capital de nuestra historia reciente, desde una óptica imparcial.

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Blancanieves

Para paladear un cinta tan personal y vanguardista como Blancanieves (Pablo Berger, 2012), conviene desprenderse previamente de cualquier idealización previa, tanto literaria como cinematográfica, que se pueda tener del mítico personaje creado por los hermanos Grimm. De no ser así, habrá quién se resulte estafado por haber pagado para contemplar, sin duda, la adaptación más absolutamente libre que jamás se haya filmado sobre este inmortal icono de la cultura popular. Por contra, los que van predispuestos a dejarse sorprender por una de las fábulas con más aspiraciones artísticas de los últimos años -y, sin duda, de la historia del cine español-, no pueden sino caer rendidos a esta maraña de personajes perfectamente hilvanados, a este áspero y demoledor retrato de la España profunda de los años 20, a este lúcido y pulido monumento de orfebrería que tiene la extraña virtud de convertir cada uno de sus fotogramas en auténticas obras de arte. Sorprende la increíble facilidad con la que se maneja Berger en la dirección -debido quizá al hecho de saberse autor del guión y aupado, sin duda, por ser el máximo responsable de una de las cintas más inclasificables y premiadas del cine español, Torremolinos 73 (2003)-  y su incesante búsqueda de encuadres, de tiros de cámara, siempre al acecho del más alto nivel formal y estilístico. Porque si hay algo que llama la atención de Blancanieves -cinta que juega a ser muda, pero que en realidad no lo es- es su pletórico caudal expresivo, su extraña virtud de obligar al espectador a un segundo visionado, desbordado no sólo por toda la retahíla de elementos dramáticos de primer nivel que tiñen el relato -muerte, soledad, desamparo-, sino por sus enriquecedoras estampas que sacuden, hipnotizan, sobrepasan y conmueven y que, por tanto, bien podrían funcionar cada una de ellas de manera independiente, dignas de ser expuestas en los museos con los más altos niveles de exigencia. 

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