El lobo de Wall Street

Desde Inside Job (Charles Ferguson, 2010), hemos vivido una eclosión de películas que, con mayor o menor tino, han ilustrado la crisis económica actual, como The company men (John Wells, 2010), la cual hacía hincapié en el drama del desempleo, o Margin Call (J. C. Chandor, 2011), donde se recreaban las 24 horas previas a dicha debacle. El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013) supera a las aquí citadas llevando hasta límites insospechados la máxima popularizada por el filósofo Hobbes de que “el hombre es un lobo para el hombre”. Viéndola, uno tiene la impresión de que el responsable de Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995) -donde, al igual que en ésta, se concentran algunos de los temas de cabecera del neoyorkino, como la fascinación por el poder o la avaricia-, la ha convertido en un gozoso cheque en blanco en el que poder contar lo que quiera. Con total y absoluta libertad. Poniendo el dedo sobre la llaga a los desmanes del capitalismo exacerbado en Estados Unidos -epicentro de un problema de dimensión mundial-, El lobo de Wall Street es la más salvaje crítica a este sistema jamás filmada. Situándose en la efervescencia de los 90, en plena gestación de la burbuja inmobiliaria -antesala de la hecatombe- estamos ante una feroz sátira contra todos los estafadores millonarios, responsables en buena medida de la penuria actual. 

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Somos gente honrada

Somos gente honrada (2013) no es una película sobre la crisis, por mucho que tome a ésta como telón de fondo. La primera criatura parida por el hasta ahora realizador de cortometrajes Alejandro Marzoa es más bien un retrato de cómo la avaricia o la ambición desmedida -precisamente en este convulso contexto social – corrompe a las personas, ilustrando cómo los hasta los más ejemplares especímenes humanos pueden caer en la tentación cuando ésta se le pone delante, máxime cuando se pinta como la anhelada solución -tan fácil como inmoral- que les permitirá liberarse de una existencia lastrada por las faltas de oportunidades. La cuestión de fondo está en saber si, después de penetrar en las entrañas de lo despreciable -aquellas en las que, repito, hasta el hombre más íntegro podría sucumbir- lograrán redimirse, enmendar su error. Los protagonistas en cuestión son Suso (Paco Tous) y Manuel (Miguel de Lira), dos padres de familia cincuentones en paro que, en una de sus jornadas de pesca, encuentran un fardo con diez kilos de cocaína. La sorpresa inicial se va tornando en lo que Manuel, otrora especulador inmobiliario,  se muestra convencido que es el golpe de suerte que necesitaban, ese con el que poner fin a su estrecha situación económica, convirtiéndose junto a su fiel amigo Suso en un singular narcotraficante.

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Margin Call

La ópera prima del director J.C. Chandor, Margin Call (2011), sigue la estela de producciones tipo Inside Job (Charles Ferguson, 2010) o The company men (John Wells, 2011) a la hora de aprovecharse de la actual coyuntura económica para su argumento. Con un comienzo en el que se retrata cómo un trabajador es despedido de una gran empresa que opera en las altas esferas de Nueva York, es imposible evitar compararla con la obra de Wells o con el clásico español Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002), a pesar de que la obra de Chandor no se centre exclusivamente en el drama del paro y su más ferviente objetivo sea el explicarnos el origen y las causas de un sistema financiero que ha erosionado de la peor de las maneras. Para ello, el director cuenta con un elenco de actores más que consagrados en el arte interpretativo que disfrazan, en muy buena medida, una producción independiente -algo que se nota especialmente en su escaso presupuesto y sus limitados escenarios-. Nombres como Kevin Spacey, Jeremy Irons, Paul Bettany o Demi Moore brillan con luz propia en una película en la que el director demuestra plena confianza en sus actores. 

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The Company Men

Quien recurra a The company men (John Wells, 2010) seducido por el oportuno y atractivo argumento del típico padre de familia que, de la noche a la mañana, es despedido de su empresa y deberá ingeniárselas para sobrevivir, con toda seguridad se sentirá estafado. Conviene advertir a este espectador que el debut en la dirección del productor de televisión Wells es, en efecto, una cinta engañosa que de nada le sirve tomar el drama del paro como telón de fondo cuando el protagonista de la función, Bobby Walker (Ben Affleck), se nos vende como un tipo que, de golpe y porrazo, se verá abocado a dejar de vivir en su mansión, conducir su lujoso coche o asumir, como si de una catástrofe nacional se tratase, que su hijo ya no podrá jugar más con la X-Box. ¿En serio es posible empatizar con alguien así? Habrá quien diga que el objetivo del director es prestar atención a cómo la crisis económica golpea no a esos millones de familias con dificultad para llegar a fin de mes, sino única y exclusivamente a la clase alta. Así que, de entrada, cualquier conexión con sus protagonistas es mera casualidad.

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Inside Job

¿Es Inside Job (Charles Ferguson, 2010) un film de terror? Es la primera pregunta que me viene a la mente tras visualizar este aclamado documental que intenta, a través de un lenguaje lo más clarificador y didáctivo posible, explicar las causas que han provocado la crisis financiera internacional en la que, en un mundo cada día más globalizado, estamos todos inmersos. Y lo cierto es que, tras este ilustrativo diagnóstico de un drama que llega a equipararse en el propio film como un tsunami que arrastra todo lo que encuentra a su paso, la sensación es la de estar ante una cinta de terror pura y dura, máxime cuando todo lo que se nos está contando es real y provoca una impotencia que ya quisiera para sí hasta la propia Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). Ferguson, además productor y guionista, elabora una feroz crítica contra los responsables de una crisis económica con pocos precedentes, señalando como principales culpables a unos gobiernos ineficaces que pusieron en marcha unas políticas monetarias aún más desastrosas. Se agradece, por tanto, que el cineasta tome cartas en el asunto y no se vaya en ningún momento por la tangente: Ferguson se muestra firma en su intención de dar respuesta a la pregunta que durante la última década todos nos hemos formulado: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

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Cinco metros cuadrados

Cuando oímos hablar de alguno de los males que padece la España actual, desde el desempleo hasta la burbuja inmobiliaria, en ocasiones olvidamos que detrás de estos titulares o cifras se esconden auténticos dramas humanos. Es por ello que, por encima de apartados formales y técnicos, el gran mérito de Cinco metros cuadrados (Max Lemcke, 2011), sea el de haber puesto rostro a una de las lacras más significativas de los últimos tiempos, que se ha cebado de forma incontrolable con nuestro país: la especulación inmobiliaria. El director de la estimable Casual day (2007), rueda, con tono seguro y convincente, un drama que llegó sin hacer ruido a nuestras carteleras, con una promoción más bien escasa y que, con el tiempo, se ha ido convirtiendo no sólo en una de las películas más frescas del panorama español, sino en un poderoso documento absolutamente comprometido sobre un drama que parece no tener fin; una pieza, pues, de incalculable valor que realiza una efectiva radiografía de uno de los pilares más sólidos de la actual crisis económica. 

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